La ideología democrática
de la escuela comprensiva
Karl Mannheim, en su obra Libertad, poder
y planificación democrática propone, rememorando
a Aristóteles, que «la estabilidad política
depende de la adaptación de la educación a
la forma de gobierno», de tal forma que «la
experiencia demuestra que la democracia no puede existir
a menos que todas sus instituciones estén perfectamente
orientadas hacia objetivos democráticos». No
es de extrañar que desde hace décadas se haya
utilizado a la institución educativa para llevar
a cabo el proyecto de la creación de un modelo de
«hombre democrático». La pregunta es:
¿en qué consiste este modelo?, y si es posible
la existencia de una «escuela democrática».
Tal y como pronosticara Tocqueville, la democracia ha quedado
reducida a un sistema meramente igualador que ha condicionado
el papel fundamental de las instituciones educativas. Ya
hace décadas, en el mundo anglosajón, nació
la denominada «Escuela comprensiva» cuya finalidad
era conseguir la igualdad social y no la mejor educación
posible para los alumnos.
La crisis educativa actual no podría entenderse sin
contemplar la expansión de la «Escuela comprensiva»
en casi todos los sistemas educativos europeos. El modelo
surgió a finales del siglo XIX en Estados Unidos,
motivado por profesores progresistas que se oponían
a que las universidades utilizaran los estudios clásicos
como instrumento de selección. Suponían que
ello atentaba contra las oportunidades de los alumnos provenientes
de clases más desfavorecidas que no eran formados
en estudios clásicos. Para ello propusieron la escuela
centrada en estudios prácticos, y que se abandonaran
los estudios «inútiles» de, por ejemplo,
el latín o el griego clásico, que, en principio,
siempre favorecían a los hijos de las elites. La
propuesta triunfó en Nueva York creándose
un currículo único para todos los alumnos,
unificando así la escuela e iniciando el igualitarismo
dominante. Desde ahí, el modelo se fue extendiendo
a todo el país. Curiosamente, tras la Revolución
rusa de 1917, el modelo fue adoptado por los comunistas.
Pedagogos marxistas como Lunacharski o Krupuskaya elogiaron
y prácticamente copiaron el modelo de «Escuela
comprensiva» norteamericano, al que añadieron
unas cuantas dosis de marxismo.
Fue en 1947, con el triunfo de los laboristas en Gran Bretaña
tras la segunda guerra mundial, cuando se defiende por primera
vez en Europa «una escuela secundaria única
e igual para todos» (la Comprehensive School) que
sustituiría a la academicista Grammar School. Poco
a poco el modelo fue imitado por el resto de estados europeos.
En 1967 el Comité Plowden (del Consejo Central de
Educación de Gran Bretaña) eliminaba una reválida
selectiva que dirigía a los alumnos hacia la Grammar
School o hacia escuelas tecnológicas. Entre las recomendaciones
del Comité se encontraban: evitar reagrupar los alumnos
en función de los resultados académicos, acabar
con la memoria como método para fijar conocimientos
o el rechazo de las clases magistrales y la relativización
de la autoridad del profesor.
El modelo educativo español, desde la aprobación
de la Ley General de Educación de 1970, se constituyó
también como un modelo comprensivo. En 1990, la socialista
Ley de Ordenamiento General del Sistema Educativo (Logse)
consagraba definitivamente ese modelo nacido durante el
franquismo. Como consecuencia, se alargaron los estudios
obligatorios y comunes, obligando a la convivencia en la
ESO de alumnos de todo tipo y motivación donde unos
lastran a otros. Se imponía también en el
orden práctico la coeducación o la discriminación
positiva. Ya los países nórdicos siguieron
este mismo criterio con la «grundskola» en Suecia,
la «folkeskole» en Dinamarca, el «collège»
único en Francia o la «scuola media»
en Italia. Sólo en Alemania no se afianzó
el proyecto y se mantiene la diversificación de los
estudiantes a partir de los diez años en instituciones
secundarias de objetivos diferentes. Curiosamente, es en
Alemania donde el fracaso escolar es menor y los resultados
educativos están más optimizados.
Algunas claves del fracaso educativo: un error antropológico
Además del carácter ideologizante
e igualitarista de la escuela comprensiva, otras tesis aplicadas
en las aulas han acabado de arruinar el edificio educativo.
Especialmente demoledor ha sido el dominio pedagógico
del constructivismo, una versión modernizada de las
propuestas pedagógicas de Rousseau. Basado en las
tesis de Piaget, el constructivismo propone que el niño
es, de por sí, un científico autónomo
y que la educación consiste en darle meramente unos
instrumentos, para que él construya por sí
mismo el saber, el conocimiento y la verdad. Esta sencilla
tesis contiene muchos presupuestos erróneos que han
sido desarrollados por centenares de constructivistas que
han inundado con sus tesis las estrategias educativas. Presentamos
a modo de síntesis algunos de los errores y consecuencias
de estas tesis, que hoy campan sin freno por el mundo educativo.
1.- Una falsa autonomía. La nueva
educación proclama la autonomía plena del
alumno y propone, como forma de asentarla, la promoción
de formas de autoevaluación y autorreflexión,
más que las indicaciones externas del docente. Al
reducir institucionalmente todo tipo de correcciones, ya
que se consideran formas de represión, se ha potenciado
la idea de la «creatividad autónoma»
del alumno. Sin embargo, esta nueva pedagogía confunde
la creatividad con una mera «motricidad no desarrollada»,
ya que el niño de por sí no es creador ni
creativo. Sólo en base a hábitos adquiridos
y al dominio de técnicas por repetición es
como se puede manifestar la creatividad (como bien saben
los que han aprendido a tocar instrumentos de música).
Pero los defensores del constructivismo afirman que obligar
al niño a repetir las cosas es represivo y anticreativo.
2.- Una falsa libertad. Se ha confundido
la educación en la libertad con el ofrecimiento de
ciertas asignaturas de libre configuración que los
alumnos pueden escoger. Este tipo de micro-itinerarios,
en un principio, debían conseguir que los alumnos
se esforzaran más en aquellas asignaturas que habían
elegido libremente. Pero la realidad ha sido otra bien diferente.
En las escuelas, aquellas asignaturas de libre configuración
acaban perdiendo su carácter académico para
transformarse en meras curiosidades dispersivas. Un pedagogo,
Lund, criticando este sistema, denuncia que así a
los alumnos: «Les invitamos a la pereza intelectual
y sentimental, pero no a la libertad». En cierta medida,
la educación en la libertad sólo es posible
con el requerimiento de los educadores para que los alumnos
reflexionen sobre sus actos, y ello sólo es posible
desde una comprensión y un juicio fuerte de la realidad.
Cuando los padres y docentes no tienen convicciones con
las que educar, los niños perciben su incoherencia
y prefieren dejarse arrastrar por otros referentes especialmente
los comerciales; o peor aun, por las consignas ideológicas
de la cultura dominante.
3.- Un falso protagonismo. La nueva escuela se ha presentado
como una escuela «niñocéntrica»
donde el papel del maestro o de las instituciones educativas
debe ser mínimo, aunque, paradójicamente,
la presencia de la administración pública
es más potente que nunca. Los defensores de la tesis
de la escuela «niñocéntrica» presuponían
que así el niño sería más feliz
y creativo ya que la autoridad del docente no le reprimiría.
Sin embargo, en la medida en que el papel de los profesores
se ha ido minimizando en las escuelas, han empezado a aparecer
fenómenos como «la depresión infantil».
Hoy las escuelas se llenan de niños que tiene miedo
de ir a las aulas. La causa es evidente, la autoridad y
presencia del maestro es una defensa contra la acción
de unos niños sobre otros. En la medida que los niños
perciben que el maestro está dejando de ejercer la
autoridad, entre ellos surgen presiones, acosos e imposiciones.
Los constructivistas nunca han entendido que sin la autoridad
del maestro emerge el autoritarismo de algunos niños
sobre otros.
4.- Una falsa maduración. La enseñanza
formal tradicional tenía un papel fundamental para
crear una madurez psíquica en el educando ya que
planteaba la escuela como un paso intermedio entre la vida
familiar y la vida social. Dentro del proceso natural de
socialización, el niño debe ir consolidando
etapas de madurez psíquica que le proporcione entrar
en nuevos ambientes, con nuevas reglas y nuevas dinámicas
sociales. Sin embargo, los sistemas pedagógicos modernos
pretenden exactamente lo contrario: que los ambientes escolares
y familiares se identifiquen y confundan. A ello hay que
sumarle la feminización de la profesión educativa
en todas las etapas de la escolarización, lo que
lleva a un tipo de escuela donde se reproducen buena parte
de las dinámicas familiares, perdiendo así
unas de sus funciones principales. Como diría Simmel
en su Pedagogía escolar: la escuela es para guiar
al alumno de un mundo artificial al real.
5.- Una falsa preparación. Estudios
más que serios y completos, comparando internacionalmente
sistemas educativos, han demostrado que en los sistemas
que se fundamentan en la memorización y mantienen
la autoridad –como los modelos asiáticos–
los alumnos obtienen resultados mucho mejores. Para no reconocer
el fracaso educativo en nuestro entorno, las autoridades
administrativas presionan para que el número de aprobados
sea mucho más alto del debido en las escuelas públicas.
Las pruebas de selectividad bajan sus niveles para esconder
nuevamente el fracaso. Los alumnos, por tanto, se encuentran
con la sorpresa de que van aprobando sin prácticamente
esfuerzo alguno. Si bien la ESO significó el traslado
de la primaria a la secundaria, ahora la secundaria se está
trasladando a la Universidad.
Voces críticas
Poco a poco, frente a la ideología
dominante, se van oyendo voces disonantes que denuncian
la imposición igualitarista y mesocrática
de la escuela comprensiva y del constructivismo. Una de
las voces más críticas es la de Inger Enkvist
que ha denunciado por toda Europa lo que considera la muerte
de nuestros sistemas educativos y, por tanto, de nuestra
cultura. Su obra La educación en peligro se vuelve
imprescindible para aquel que esté preocupado por
la educación. En Gran Bretaña, convencidos
tras varias décadas de la deficiencia del sistema
de escuela comprensiva, se ha elaborado un Libro Blanco
titulado Excellence in Schools que pone en entredicho buena
parte de los principios pedagógicos progresistas.
Por ejemplo, se renuncia al principio de heterogeneidad,
esto es, que todos los alumnos, aun con niveles diferentes,
tienen que estar en el mismo grupo. Por el contrario, reza
el libro: «La agrupación homogénea [setting],
particularmente en ciencias, matemáticas y lenguas,
ha probado su eficacia en muchas escuelas».
En Francia, hace pocos años saltó la sorpresa,
el sociólogo Michel Fize publicaba Les pièges
de la mixité (Las trampas de la escuela mixta), poniendo
en duda la eficacia pedagógica de una educación
mixta y unitaria y abogando por la diversificación.
En una entrevista reciente afirmaba: «Yo critico que
la educación mixta sea considerada como un artículo
de fe, un dogma, un principio sagrado, intocable».
Igualmente Jean-Claude Michéa escribía La
escuela de la ignorancia, donde denunciaba una estrategia
política para hundir los sistemas educativos y preparar
así a una masa de población para los requisitos
de infraempleo que traerá la globalización.
En España también van apareciendo voces disonantes.
José L. García Garrido, catedrático
de Educación de la Uned, escribía recientemente
en un artículo: «Tenemos que acabar con algo
habitual en las aulas de secundaria: la bochornosa escena
de unos cuantos alumnos en permanente estado de aburrimiento,
de los que el profesor o bien prescinde (al precio, a veces,
de situaciones de indisciplina) o bien atiende a costa del
retraso de todos los demás. Como con gran sentido
social han hecho los laboristas británicos, hay que
atreverse a agrupar por separado a los alumnos de bajo rendimiento
en las materias principales, porque es la única manera
de ayudarles a superar su situación». O han
aparecido obras sumamente críticas con el constructivismo,
como La secta pedagógica, de Mercedes Ruiz.
Estas voces disonantes, y muchas más, como las reflexiones
educativas de Mercedes Palet, permiten tener un referente
que impida que se cumpla aquello que Mannheim temía
de los sistemas totalitarios: «El sistema totalitario
asume una actitud de paternalismo estatal al encargarse
de muchas de las funciones de los padres. Trata en especial
de controlar la formación psicológica de la
juventud, con la esperanza de que de esta forma, la juventud
desplace inconscientemente hacia el Estado sus sentimientos
con respecto a la familia». En el fondo, siempre que
desde la educación estatal se ha exaltado la autonomía
individual, ha sido para que el individuo se someta con
facilidad a las consignas estatales.