(Artículo aparecido
en la revista Verbo, nros.71-72, año
1969)
La temática de Teología
de la Historia anunciada con este título va a ser
desarrollada en una conversación con ustedes; no
en forma de conferencia ni de lección magistral.
Nadie podría ser maestro; mucho menos yo, en la interpretación
de la palabra de Dios sobre el sentido de la historia. Será
una confidencia íntima entre amigos, con los que
se tiene la seguridad de poder hablar sin el riesgo a ser
mal interpretádo. Trataré así de dar
a conocer, o de recordar a los que ya lo conocen, el pensamiento
teológico en torno a la historia que profesó
y enseñó el P. Ramón Orlandis, S. 1.,
fundador de Schola Cordis Iesu, inspirador de la revista
Cristiandad; el que fue maestro de muchos de nosotros y
también de algunos amigos inolvidables que ya nos
dejaron.
No pretendemos abarcar, naturalmente, el sistema completo
del P. Orlandis, sino de señalar algunas líneas
orientadoras y sugerencias nucleares. Esta confidencia merece
ser dicha y oída con humildad cristiana, espíritu
de fe y deseo de confirmar nuestra esperanza en Jesucristo
Rey.
* * *
El tema secular de la polémica
entre "los judíos", hijos del pueblo escogido
que había recibido la promesa del Mesías y
que no recibieron su advenimiento, y los cristianos, los
que creemos que Jesús de Nazaret, hijo de María
Virgen, es el Mesías prometido a Israel, el Hijo
de Dios Salvador del mundo, ha sido el del cumplimiento
de las profecías mesiánicas. Para el judío
creyente en la Ley y en los Profetas, y que en nombre de
ellos niega que Jesús sea el Rey Mesías, el
argumento de su incredulidad fue siempre el de que por Jesús
de Nazaret no han venido a Israel y las naciones los bienes
profetizados como signo y fruto del advenimiento.
Leemos en el profeta Miqueas:
"Acontecerá en los últimos tiempos que
el monte de la casa de Yahveh será constituido por
cabeza de todos los montes; más alto que todo collado,
los pueblos correrán a él; muchas naciones
vendrán y dirán: venid, subamos al monte de
Yahveh, a la casa del Dios de Jacob; nos enseñará
sus caminos, andaremos por sus sendas, porque la Ley saldrá
de Sión, la palabra de Yahveh saldrá de Jerusalén;
y juzgará entre muchos pueblos, y corregirá
a las naciones fuertes hasta muy lejos, y convertirán
las gentes sus espadas en azadones, sus lanzas en hoces.
Ninguna nación alzará la espada contra otra;
ya no se ensayarán para la guerra; cada uno se sentará
debajo de su vid y debajo de su higuera y no habrá
quien amedrente porque la boca de Yahveh de los ejércitos
así lo ha dicho. Bien que todos los pueblos anduvieren
cada uno en el nombre de sus dioses, nosotros andaremos
en el nombre de Yahveh, nuestro Dios para siempre y eternamente."
y en Isaías:
"Saldrá una vara del tronco de Jesé,
un vástago retoñará de su raíz
y sobre El reposará el espíritu de Yahveh,
espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu
de consejo de fortaleza, espíritu de conocimiento
y de temor de Yahveh, y hará entender diligente en
el temor de Yahveh, no juzgará según la vista
de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus
oídos, sino que juzgará con justicia a los
pobres y argüirá con equidad para los mansos
sobre la tierra, y herirá la tierra con la vara de
su boca, con el espíritu de sus labios matará
al impío y será la justicia cinto de sus lomos
y la fidelidad ceñidor de sus riñones; morará
el lobo con el cordero y el tigre con el cabrito se acostará,
el becerro y el león y la bestia doméstica
dormirán juntos y un niño los podrá
pastorear; la vaca y la osa pacerán, sus crías
se echarán juntas, y el león comerá
paja como el buey y el niño de teta se entretendrá
sobre la cueva del aspid, y el recién destetado extenderá
su mano sobre la caverna del basilisco; no harán
mal ni dañarán en todo mi santo monte, porque
la tierra estará llena del conocimiento de Yahveh
como el mar cubierto por las aguas; y acontecerá
que la raíz de Jesé será puesta como
enseña sobre las naciones y buscada por todas las
gentes; acontecerá que Jahveh tornará a tomar
otra vez su mano para reunir las reliquias de su pueblo
de Asur, de Egipto, de Partia, de Etiopía y de Persia,
de Caldea, de Jamat y de las Islas; juntará los desterrados
de Israel y los reunirá los esparcidos de Judá
de los cuatro cantones de la tierra."
A los judíos es prometida la reunión del Israel
disperso, la liberación de Israel y del mundo entero
de las guerras, de la opresión, de la tiranía,
la justicia para los pobres y los mansos; todo el mundo,
como está el mar lleno de agua, lleno de conocimiento
de Yahveh; todas las naciones buscando en Jerusalén
la Ley salvadora de Dios, la paz mesiánica, los bienes
mesiánicos;las naciones viendo en Israel brillar
la bendición de Yahweh, todos los ídolos de
las gentes, hundidos, derribados por la manifestación
del rey Mesías. Esto es lo que los profetas anunciaban.
También anunciaban un siervo sufriente, rechazado
por su pueblo, también anunciaban que el pueblo rechazaría
y sería reprobado, dejaría de ser pueblo;
también anunciaban que el pueblo que Dios buscaba
quedaría rechazado y que las naciones que no le buscaban
serían ahora el pueblo de Dios. Pero también
anunciaban esto que acabamos de leer. ¿Es muy extraño
que el pueblo de Israel considerase que el advenimiento
del Mesías tenía que ser la bendición
para Israel? ¿Es muy extraño que pudiese preguntar
a los cristianos si acaso Jesús de Nazaret había
hecho desaparecer las guerras entre las naciones o había
hecho desaparecer toda tiranía y opresión
en el mundo?
* * *
Este es el tema de los judíos
con los cristianos. En el siglo II, San Justino el Filósofo
nos lo refiere en su diálogo. El judío Trifón
le arguye a Justino que los cristianos han abandonado a
Dios para adorar a un hombre, a Jesús; que han abandonado
la Ley de Yahveh. Justino comienza por vindicarse de la
acusación de que los cristianos no adoran al Dios
de Abraham, de Isaac y de Jacob, y dice: "Reconocemos
que no hay otro Dios que el que creó el universo,
el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacoh, nos consideramos
linaje israelítico, hijos de Judá, de Jacob,
de Isaac y de Abraham, a quien Dios cuando le llamó
-dice el cristiano al judío- le prometió que
sería padre de muchas naciones. Nosotros somos este
linaje de Abraham." Por Trifón, el judío,
le replica:
"Pero vamos a ver, dime, ¿reconocéis
vosotros que Jerusalén será restaurada, que
vuestro pueblo se congregará; esperáis triunfar
juntamente con los Patriarcas y Profetas, los que fueron
de nuestro linaje, los que se juntaron con nosotros antes
de que viniese vuestro Cristo?" Y le dice: "¿no
será que para aparentar que nos superáis en
las controversias os refugiáis en la aceptación
de todo esto?". Estamos ante el problema central. El
judío le dice al cristiano: ¿esperáis
vosotros lo que los Profetas anunciaron, o no lo esperáis?
¿Esperan los cristianos lo que anunciaron los Profetas?
¿Esperan la restauración de Israel y la reuniÓn
de las naciones con él? ¿Esperan la paz mesiánica?
El judío sospecha que para el cristiano son ésas
vanas e ilusorias esperanzas del pueblo judío, que
veía en el Mesías a quien había de
restituir el reino a Israel. Cuando los creyentes en Cristo
confiesan que también ellos esperan la conversión
de Israel y el cumplimiento de los bienes mesiánicos
por la consumación del Reino, sospecha el judío
que habla así para no verse obligado a reconocer
que vanamente cree en Jesucristo. En el lenguaje del apologista
cristiano se patentizaría sólo la argucia
hipócrita que disimula la no aceptación del
mensaje de los Profetas de Israel.
San Justino replica airadamente: "No soy tan miserable
que diga una cosa sintiendo otra. Yo y otros muchos cristianos
así pensamos, de modo que tenemos como absolutamente
cierto que así será. Así pues, yo y
los cristianos que en todo sienten rectamente sabemos y
creemos esto: Creemos en la resurrección de la carne,
en la restauración de Jerusalén, la que profetizaron
Ezequiel e Isaías y todos los demás Profetas.
Pero he reconocido también -añade- que por
su parte muchos, incluso del linaje de los cristianos, no
reconocen lo que afirma la sentencia pura y piadosa."
"En cuanto a los que se llaman a sí mismo cristianos,
pero que son impíos y ateos herejes, te he ya mostrado
que en todo sienten impíamente." Las últimas
palabras de San Justino aluden a quienes niegan, con la
restauración de Israel y el reino mesiánico,
también la resurrección de la carne, la realidad
de Cristo encarnado -del Cristo histórico diríamos
hoy- y blasfeman del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.
Son los gnósticos, que se oponían antitéticamente
a los cristianos judaizantes, ebionitas y milenaristas:
los que, aun aceptando la fe en Cristo, deformaban la esperanza
del segundo advenimiento, reduciendo a Cristo a ser rey
de un reino mundano y visible, unívoco con las potestades
terrenas.
Para los gnósticos carecía de sentido la Encarnación,
pues todo lo que hay sobre la tierra y en el mundo visible
es constitutivamente malo, efecto de un principio inferior
y "caído", es decir, del Dios de Israel.
Cristo no venía sino a liberamos de la naturaleza
y de la ley. Los milenaristas esperaban un Cristo y un reino
mesiánico, cuyo sentido acertaríamos probablemente
a expresar refiriéndonos a la empresa religioso-política
de los primeros califas islámicos.
* * *
En el Adversus Hereses de
San Ireneo, el mayor de los Padres antignósticos,
leemos: "No sería ya Jesucristo quien tiene
carne y sangre por la que nos redime si no recapitulase
en sí todo lo que creó antes Dios en Adán.
Vanos son, pues, los de Valentín que así dogmatizan
y excluyen la salvación de la carne y desprecian
la creación de Dios. Y vanos son también los
ebionitas, que no aceptan la unión de Dios y el hombre,
sino que perseveran en la vieja levadura. Reprueban éstos
la conmixtión del vino celeste y quieren ser sólo
agua secular (Conmixtionem vini coelestis reprobant et solamt
aquam salecularem volunt esse). No aceptan que DioS venga
a unirse con ellos y perseveran en el Adán que cayó
y fue arrojado del paraiso."
En estas palabras de un Padre del siglo II tenemos una definición
rigurosamente actual de la reducción del reino mesiánico
en el horizonte de un humanismo judío, de una comprensión
ebionita, esto es, de defensa y revancha de los pobres,
en fuerza de la cual se desdeña la gracia y el orden
sobrenatural.
* * *
Rafael Gambra nos ha hablado
con rigor y profundidad de la dialéctica hegeliana.
Hegel llegó a considerar la dialéctica como
el método absoluto a partir de una reflexión
sobre la historia de la filosofía griega. La historia
de los errores religiosos muestra también movimientos
de oposición y de superación sintética
de contrarios, cuya correcta interpretación no podría
conducir a un determinismo racionalista ni al reconocimiento
del carácter absoluto del devenir dialéctico;
antes al contrario, pondría de manifiesto la inestabilidad,
e inconsistencia del error.
En cuanto mal en el orden intelectual, todo error proviene
de un cerrarse soberbio del hombre sobre sí mismo.
Siempre se "recortará" así la realidad;
y la parcialidad de las afirmaciones impulsará el
movimiento de contradicción y de superación
de los opuestos. Pero la síntesis de los momentos
opuestos no podrá alcanzar la integridad y coherencia
de la verdad y de la unidad ontológicas.
Desde los primeros siglos hallamos un enfrentamiento antitético
en los errores y herejías que deforman la vida cristiana:
la antítesis entre el error judío, el ebionismo
negador de la divinidad de Cristo, y la gnosis antinomista,
hostil al orden creado, despreciadora de lo humano en odio
al Creador.
El reflexionar sobre esta dialéctica del error, escisión
satánica del misterio, que contrapone aspectos parciales
para dar fueza y apariencia de verdad cristiana a la herejía,
puede ayudamos hoy a comprender nuestra situación.
Muchos autores han mostrado en el marxismo la reducción,
ya explícitamente antiteística, del ebionismo
judaico, que ya San Ireneo caracterizaba como desprecio
de lo divino y opción de exclusivismo secular.
* * *
La Escritura presenta insistentemente al pueblo elegido
por Dios pobre y oprimido, y a los gentiles opresores como
poderosos y ricos; se promete la liberación de los
oprimidos frente a las naciones y a los poderosos soberbios.
El marxismo, heredero, secular izado hasta el antiteísmo,
del concepto ebionita de la esperanza mesiánica,
ha convertido en resentimiento contra Dios la esperanza
incumplida de la justicia sobre la tierra.
El proletariado ocupa el puesto de Israel; la burguesía
el de la gentilidad; El Capital suplanta a la Biblia; Carlos
Marx es el Mesías; el Partido sustituye a la Iglesia;
el segundo advenimiento y el reino consumado sobre la tierra
es sustituido por la revolución; el hundimiento de
la burguesía equivale al castigo de las naciones
idólatras; en lugar del milenio tenemos la sociedad
sin clases.
Estos paralelismos, establecidos por Russell y otros autores,
revelan la vigencia en nuestro tiempo, después de
la apostasía de las naciones cristianas, de un humanismo
antiteístico cuyo origen no es "gentil",
sino "judío"; humanismo que consiste en
la radicalización del orgullo judío por el
que Israel fue reprobado: el error de creer que la elección
del pueblo pobre de Israel se fundaba en su propia justicia.
No merecemos ante Dios por nuestro talento, ni tampoco por
falta de él; por nuestra riqueza o prestigio, ni
porque carezcamos de prestigio y de riqueza. Y si Dios se
complace en elegir las cosas que "no son'" para
confundir a las que "son", al ignorante y al pobre
con mayor benevolencia que al rico y al prestigioso y poderoso
en el mundo, lo hace para patentizar ante los hombres que
es El quien salva por su gracia. Y exige que quien es salvado
tenga fe en la salvación de Dios y reconozca que
no tenía ante El títulos para serlo. Para
que no se gloríe el sabio en su sabiduría
ni el rico en su riqueza, ni el pobre y el ignorante en
la justicia de sus obras.
La esencia del fariseísmo consiste en esta gloria
en las obras propias. Los fariseos se gloriaban en las promesas
de Dios a Israel como si les fuesen debidas en virtud de
su observancia de la Ley, y así despreciaban a las
naciones. El extremo fariseísmo contagió al
cristianismo judaizante; se comprende así el sentido
del ebionismo: Nosotros, los judíos, los pobres,
somos los justos ante Dios. Y este ebionismo es el que persevera
en el marxismo.
Y este mismo ebionismo originó paradójica
y dialécticamente el capitalismo; porque si el pobre
y el oprimido se siente elegido por sus propios méritos
y se enorgullece en su elección, se instala en la
más profunda de las soberbias; la que sintieron los
grandes dirigentes del jansenismo o del calvinismo puritano;
la exaltada estrechez de los dirigentes del islamismo. Y
en la expansión musulmana realizan los árabes
lo que los judíos creían leer en sus profetas;
y los "santos " de Cronwell aniquilan y oprimen
a los irlandeses; y los descendientes de los "peregrinos"
emigrados al Nuevo Mundo se enriquecen con el exterminio
de los indios y la compra de los hijos de Cam. En todo esto
persevera también el fariseísmo judaico en
Occidente a través de la orgullosa lectura calvinista
de la Biblia.
Es este un modo de entender la bendición divina como
enriquecedora del pobre: es la revancha de los elegidos,
que toman los despojos de sus opresores y se sitúan
por encima de ellos, para ser ahora los elegidos los tiranos
y tener los gentiles a su servicio. Esto es propiamente
el milenarismo.
Los Padres que se enfrentan a él aducen textos en
que se interpretan las bienaventuranzas como si prometiesen
a los santos resucitados en el reino milenario el ciento
por uno en riquezas y placeres en premio de la renuncia
y de la pobreza. Y esto, que no ocurrirá en la resurrección,
lo hemos visto realizado en la fundación del capitalismo
occidental.
* * *
La vana deformación
ebionita de la esperanza del Reino en un humanismo secular
ha continuado su obra a lo largo de los siglos. E igualmente
la antítesis, la gnosis hostil a la naturaleza y
que reviste el odio a Dios de desprecio de los bienes terrenos.
Gnosis y milenio se sintetizan, por otra parte, reiteradamente
en la historia y, con influencia patente y universal, se
entrañan en los errores de nuestro tiempo.
La expresión más "moderna" de la
gnosis, en el sentido en que ahora nos interesa considerar,
lo hallamos en la obra de Marción. Cristo representa
la antítesis del Antiguo Testamento.
Su enseñanza revela que la obra del Dios de Israel,
el mundo creado, es mala; que todo lo que hay en la naturaleza
es contrario a la libertad que Cristo nos trae, la que nos
emancipa y opone a la Ley y a la naturaleza creada por el
Dios de Israel. y si hoy hallamos en el cristianismo social
secularizado, continuador del ebionismo, también
el concepto de un cristianismo sin Dios, y el rechazo de
la idea del poder divino, para ponderar la debilidad y humillación
de Cristo, vemos sobrevivir aquí la idea marcionita:
el Padre de Cristo no es Señor del mundo, no es omnipotente
y dominador, sino que el Dios supremo y bueno del que Cristo
es Hijo, y que se opone al Dios de Israel, es sólo
bondadoso y liberador.
Otros aspectos de las corrientes gnósticas los podemos
hallar explicados en San Ireneo: "Después de
que el Anticristo haya devastado todas las cosas de este
mundo, sentándose en el Templo de Jerusalén
-según los Santos Padres el reino del Anticristo
sería recibido como el esperado reino mesiánico
por los judíos nuevamente reunidos en Jerusalén
en el que de nuevo reconstruirían el Templo- vendrá
el Señor en la gloria del Padre y restituirá
a Abraham la promesa de la herencia.
"Pero algunos de los que creen pensar rectamente alteran
el orden de la resurrección de los justos e ignoran
el proceso hacia la incorrupción por tener sentimientos
heréticos: pues los herejes, despreciando lo que
Dios ha creado y no aceptando la salvación de su
carne, afirman que con la muerte se sobrepasan los cielos
y el Demiurgo para ir hacia la Madre o hacia aquel Padre
fingido por ellos. Pues no es de extrañar que los
que reprueban la resurrección universal ignoren también
el orden de la resurrección."
"Hay algunos cuya opinión es desviada por el
lenguaje de los herejes y vienen a ser ignorantes de la
dispensación divina y del misterio de la resurrección
de los justos y del Reino."
Antitética a la vanidad ebionita, la "herejía",
la "gnosis" impugnada por San Ireneo no reconoce
en este mundo nada que salvar. Podríamos decir que
se trata de un "cristianismo de trascendencia".
No hay esperanza del reino mesiánico y no la hay
tampoco de la resurrección de los justos. La muerte
es un retorno a la Madre -la suprema divinidad femenina,
la Gran Madre de los cultos asiáticos que pervive
hoy en lo femenino unitivo de Teilhard de Chardin- o hacia
"aquel Padre que fingen": que no es sino el principio,
el indeterminado abismo de que todo se origina.
Si el milenarismo representa la deformación de la
esperanza mesiánica, la visión secularizada
del segundo advenimiento, el pasaje de San Ireneo -paralelo
al que antes hemos citado del diálogo con el judío
Trifón de San Justino- muestra la negación
de la esperanza del reino como una minimización o
recorte de la fe cristiana, efecto de la influencia de las
gnosis enemigas del Dios de Israel, hostiles a la Ley y
a los Profetas, y despreciadores de los dones y de la creación
de Dios.
Milenarismo ebionita y gnosis negadora del Reino de Cristo
y de la plenitud del Israel restaurado son errores antitéticos
que desconocen la dispensación del Reino de Cristo.
* * *
En la "modernidad anticristiana"
una síntesis gnóstico-ebionita pone en movimiento
el dinamismo del error y deforma de raíz la mágica
idea del Progreso. Es esta una idea "anticristiana"
en el sentido más profundo y propio de la palabra;
la concreción en el dinamismo histórico de
aquel misterio de iniquidad del que San Pablo dice que ya
actúa y que prepara la manifestación del hombre
del pecado, que se, enfrenta a todo lo que se llama Dios
o recibe culto.
El carácter anticristiano de esta idea del progreso
radica precisamente en que escinde y desorienta conceptos
e ideales presentes en la historia como herencia de Israel
y de la revelación bíblica. Nos habla de redención,
pero no es la redención del hombre por la gracia
divina; es una redención según elementos del
mundo y que obra diríamos mágicamente: por
el proceso írreversible de la Historia, por las exigencias
del nivel de nuestro tiempo, somos redimidos del pasado,
constitutivamente malo. Esta redención progresista
presenta los caracteres de inmanencia secular e intramundana
del ebionismo, pero a la vez revela aquel dualismo de las
gnosis. Por esto, más que un proceso lineal de maduración
en el tiempo, se concibe el Progreso como una serie de choques
dialécticos redentores: a fines del siglo XVIII la
burguesía redimia de la nobleza; más tarde
el proletariado redime de la burguesía; en nuestro
tiempo la juventud redime de los "padres podridos".
Oímos frecuentemente afirmaciones universitles de
este tipo: Los jóvenes de hoy son justos, puros,
exigentes, y quieren un mundo mejor, porque las generaciones
anteriores lo habían construido injusto y opresor.
En consecuencia, ya no tenemos que considerar el bien y
el mal en su verdadera línea: el bien comó
integridad y el mal como privación y desorden. El
bien como algo a agradecer últimamente a la bondad
y poder de Dios, y el mal y el pecado como consistentes
en la cerrazón de la soberbia. El bien es para el
progresismo algo arrojado al mar de la existencia por la
generación, y ,que va a causar el mundo nuevo, fecundo
y creador, al nivel de nuestro tiempo.
Dualismo maniqueo, y también ebionismo; ya que en
todas las polaridades, y por satánico modo, también
lo que "no es" confunde a lo que "es".
Por satánico modo: porque lo que "no es"
tiene el privilegio de la soberbia y del desprecio hacia
lo que, precisamente por ,ser, es ya anquilosado, superado
y destinado a la destrucción. Estamos ante redenciones
inmanentes, mágicas, maniqueas. Se ha escindido la
divinidad misma en el dios del poder y de la justicia, legislador
y señor, y el dios de la libertad y de la renovación.
Se ha escindido la espiritualidad; se ha fragmentado la
fe; se lanza una parte de misterio contra el otro, y se
obtiene así la tensión en la que está
la vida y el proceso del movimiento dialéctico redentor.
* * *
Las esperanzas de la Iglesia
en la plenitud del Reino de Cristo son hoy, como en los
primeros siglos cristianos, acusadas de milenarismo judaizante:
quienes así sienten parecen exigir un cristianismo
puro de contaminaciones "políticas", desarraigado
de la historia, del que estuviese ausente el deseo y la
esperanza de una integración del orden temporal bajo
el signo de la fe y de la gracia.
Pero esta misma negación
del Reino de Cristo en la historia, que desde los primeros
siglos hallamos en las herejías gnósticas,
se sintetiza también en nuestros días con
el concepto humanista e inmanente de la redención.
A la vez que parece exigirse un cristianismo "liberado
de toda alianza", "despolitizado", es decir,
librado de la sobrevivencia del orden cristiano, se reduce
la redención a la lucha social, y la tarea apostólica
al compromiso temporal, que viene a ser la destrucción
liberadora frente a la tradición y al pasado. Este
cristianismo es simplemente revolucionario, lucha de clases,
marxismo antiteístico. El príncipe de las
tinieblas sigue obrando el misterio de iniquidad, sugiriendo
en la mentalidad contemporánea las mismas deformaciones
que se expresaron en Marción y en los ebionitas.
* * *
Dice Santo Tomás
que la fe católica se presenta cual una vía
media entre errores opuestos. El movimiento dialéctico
del error sintetiza, como hemos visto, tales oposiciones
en el confuso agregado de una concepción en la que
se desintegra el sentido cristiano de la historia.
Si no seguimos ni el error judío del humanismo ebionita,
presente en nuestro tiempo en las diversas corrientes del
Evangelio social, ni el error herético, que desprecia
el orden natural y no acepta la espeanza de su integración
en el Reino de Cristo, deberemos profesar la esperanza que
la Iglesia vino a institucionalizar litúrgicamente
en la fiesta de Cristo Rey.
No es erróneo milenarismo vivir, en estos tiempos
de misterio de iniquidad, en el consuelo y la esperanza
a que nos invita el Evangelio: alzar los ojos y levantar
la cabeza porque se acerca nuestra redención.
De esta esperanza vivimos los cristianos; a ella nos invita
la Escritura, que nos alienta a esperar y nos invita a suplicar
con ardiente plegaria la humillación de los poderes
anticristianos.
No porque así vengamos a tener nosotros la aportunidad
de llegar a ser poderosos al modo como lo son los enemigos
de Cristo: sería esto envidiar la prosperidad de
los malos y tener celos de quienes obran la iniquidad.
"La altivez de los ojos del hombre será abatida;
la soberbia de los hombres será humillada, y sólo
Yahveh será ensalzado aquel día." Si
al leer esto en la Escritura esperamos que humillara a "nuestros"
enemigos y que nosotros "los fieles" triunfaremos,
seríamos puritanos o fariseos. Porque: "el día
de Yahveh de los ejércitos vendrá sobre todo
lo soberbio y altivo y sobre todo lo ensalzado y sobre todos
los cedros del Líbano altos y sublimes; sobre los
alcornoques de Basan; sobre todos los montes altos y sobre
todos los collados levantados; sobre torre alta y sobre
todo muro fuerte; sobre todas las naves de Tarsis y sobre
toda las pinturas preciosas".
"La altivez del hombre será abatida y la soberbia
de los hombres será humillada, y sólo Yahveh
será ensalzado aquel día."
"Aquel día arrojará el hombre sus ídolos
de plata y sus ídolos de oro, que se hicieron para
que fueran adorados, y se entrarán en las hendiduras
de las rocas y en las cavernas de las peñas, por
la presencia temible de Yahveh y por el resplandor de su
majestad, cuando se levantare para herir a la tierra. Dejaos
estar del hombre, cuyo hálito está en su nariz,
pues ¿ por qué tiene que ser él estimado?”
Oremos con el salmista:
"Te alabaré Yahveh con todo mi corazón;
cantaré tus maravillas; me alegraré y regocijaré
en Ti; cantaré tu nombre altísimo porque mis
enemigos han sido echados para atrás. Caerán
y perecerán ante Ti porque has hecho juicio de mi
causa. Te has sentado en tu silla y has juzgado justicia.
Has reprendido a las naciones y has destruido al perverso.
Raíste el nombre de ellos para siempre jamás.
¡Oh enemigo!, acabados son para siempre los asolamientos
y las ciudades que elevaste; su memoria pereció con
ellas; mas Yahveh permanecerá para siempre. Ha dispuesto
su trono para juicio, y juzgará al mundo con justicia
y a los pueblos con rectitud. Y será Yahveh refugio
del pobre, refugio para el tiempo de angustia, y en Ti confiarán
cuantos conocen tu Nombre, por cuanto no desamparaste a
los que te buscaron. Cantad a Yahveh que habita en Sión.
Dad a conocer a los pueblos sus obras: porque, demandando
su sangre, no se olvidó del clamor de los pobres."
"Hundiéronse las naciones en la fosa que hicieron;
en la red que escondieron fue tomado su pie. Yahveh fue
conocido por el juicio que hizo: el perverso fue enlazado
en la obra de sus propias manos. Serán los malos
trasladados al infierno, y todas las gentes que se olvidaron
de Dios: porque no será para siempre olvidado el
pobre, ni la esperanza de los pobres perecerá para
siempre. Levántate, ¡oh Yahveh!, no sea que
prevalezca el hombre. Sean ante Ti juzgadas las naciones.
Pon, ¡oh Yahveh!, temor en ellas: conozcan las naciones
que no son más que hombres."
Para terminar esta confidencia alentémonos a la plegaria
con la que roguemos a Dios que no tarde ya, que no calle
por más tiempo.
En las profecías se nos habla del silencio de Dios,
y estamos en este misterioso momento. Pero leemos en Isaías:
"Callé por largo tiempo fui como sordo y me
contuve. Como la que da a luz ahora grito y suspiro y respiro
jadeante."
"Desvastaré montañas y collados y secaré
la lozanía de las plantas. En erial convertiré
los ríos y dejaré en seco los estanques. "
"Haré marchar los ciegos por un camino ignoto
y les haré pisar senderos ignorados. Ante su faz
haré de las tinieblas luz, de lo escarpado llano;
todo cuanto Yo digo así lo cumpliré y no les
dejaré."
Que así sea. ¡Ven, Señor Jesús!