Prólogo del libro
de JOSE MARIA ALSINA ROCA: El tradicionalismo filosófico
en España. Su génesis en la generación
romántica catalana (Barcelona, P.P.U., 1985),
La costumbre de proyectar sobre el pasado
histórico términos cuyo significado se ha
gestado en ambientes sociales diversos, o con posterioridad
y a través de procesos largos y complejos, unida
a las ambigüedades, conexas muchas veces con prejuicios
y perspectivas diesenfocadas, constituye un factor permanente
de confusión en 1a tarea de los historiadores y de
los sociólogos.
Viene a resultar así, en ocasiones, tarea muy ardua
1a comprensión del dinamismo y orientación
de 1as actitudes políticas y del sentido de las concepciones
y corrientes que las impulsan e inspiran.
La inevitable, y en cierto sentido exigida, aceptación
de los usos significativos corrientemente admitidos, no
dispensa de la reflexión sobre su génesis,
ni mucho menos exime del deber de revisar los prejuicios
y las ambigüedades que han venido a consolidarse con
el paso del tiempo. No cabe prescripoión en los juicios
históricos ni en las caracterizaciones sociológicas.
El término «tradicionalismo» es, sin
duda, uti1izado con mucha frecuencia como significando las
concepciones y los ideales que alentaron la secular resistencia
española frente liberalismo, realizada concretamente
en el carlismo, pero iniciada ya en décadas anteriores,
y manifestada de modo especial en Cataluña, en guerras
como la de la Regencia de Urgel, durante el trienio liberal
1820-1823, y la de los «Agraviados» de 1827.
Hay que comenzar por advertir que de este modo una palabra,
asumida sólo bastantes décadas después
de la primera guerra carlista, y sólo generalizada
con posterioridad a la segunda y a las situaciones que siguieron
a el1a, viene a recubrir, con aquel desplazamiento cronológico,
una acepción muy amplia y que habría que calificar,
por las razones que enseguida veremos, más bien como
confusa.
Porque, si queremos nombrar como «tradicionalismo»
el pensamiento y las actitudes que dieron impulso a las
resistencias contra el constitucionalismo liberal y a la
primera guerra dinástica, aquel término tendría
que pensarse abarcando también las doctrinas y los
sentimientas de los adversarios del liberalismo de las Cortes
de Cádiz, e incluso de los impugnaidores españoles
del enciclopedismo. Incluiríamos así, como
una primera etapa del «tradicionalismo» español,
a toda una amplia constelación de escritores, caracterizados
por haberse mavido, en su intransigente polémica
oontra las ideas liberales, en el contexto de una pura tradición
escolástica, sin contaminaciones fllosóficas
ni culturales derivadas de las posiciones que combatían:
Jerónimo Ceballos y el Padre Alvarado, el «Filósofo
Rancio»; el mallorquín Puigsever, dominico,
y Fray Ramón Strauch, franciscan catalán,
después obispo de Vich, mártir de la fe en
1823; los dominicos catalanes Francisco Xarrie y Narciso
Puig; el mercedario catalán Magín Ferrer,
el dominico valenciano José Vidal.
Al decir de Menéndez y Pelayo, en un texto que ha
ejercido influencia determinante en interpretaciones posteriores,
esta corriente de pensamiento escolástico habría
agotado su vigencia entre los mismos sectores «realistas»,
es decir, adversarios del const1tudonalismo libera1, antes
de que terminase cl reinado de Fernando VII, para ser sustituida
por otra, derivada del pensamiento de los apolagistrus católicos
de los tiempos de la Restauración en Ftancia.
«Todavía a principios del siglo -escribe--
se conservaban, especialmente en las Ordenes Religiosas
y en el seno de algunas universidades, tradiciones venerables,
aunque por lo común de pura escolasticismo; y en
tal escuela se formaron algunos notables apologistas, férreos
en el estilo, pero sólidos en la doctrina...; pero
su obra resultó estéril en gran parte, así
por la sujeción demasiado nimia que mastraron al
pensamiento escalástico, sin hacerse cargo de la
diferencia de tiempos y lectores, cuanto por la intransigencia
de que hicieron alarde respecto de toda otra filosofía...
Este escolasticismo póstumo no solamente no sirvió
para convencer a los liberales, sino que, entre los realistas
mismos hizo pocos prosélitos; siendo sustituido pronto,
y sin ninguna ventaja de la cultura nacional, por traducciones
atropelladas de aquellos elocuentes y peligrosos apologistas
neocatólicos del tiempo de la Restauración
francesa, Chateaubriand, De Maistre, Bonald, Lamennais (en
su primera época). Tal fue la más alsidua
lectura del clero español y de los legos piadasos
en los últimos años del reinado de Fernando
VII; y por este camino la devoción española
vino a saturarse muy pronto de sentimentalismo poético,
de tradicionalismo filosófico, de simbolismo teosófico,
de abslutismo teocrático, de legitimismo feudal y
andantesco, y de otra porción de ingredientes de
la cocina francesa, que mal podían avenirse con nuestro
modo de ser llano y castizo».
Este texto alude a dos diferencias que caracterizan una
y otra corriente, en lo ideológico y en lo cultural.
Hallamos de un lado un pensamiento escolástico, al
que se contrapone en la otra escuela una doctrina uno de
cuyos rasgos centrales es el «tradicianalismo filosófico»,
ajeno a la tradición escolástica e incompatible
con ella.
Se evitarían equívocos si se aceptase la terminología
sugerida por Elías de Tejada, distinguiendo un «tradicionalismo
hispánico», del «ttadicionalismo europeo»,
originado en Francia. Es decir, un pensamiento contrarrevolucionario
apoyado en la teología y filosofía escolástica,
y que fue posible precisamente por su ininterrumpida vigencia
en España y muy especialmente en Cataluña;
y un esfuerzo novedoso, con pretensión de defensa
de la tradición, creado en ambientes en los que se
había producido durante algunas décadas un
vacio y ausencia de tradición metafísica y
teológica.
En lo literario y cultural, hallamos un contraste entre
la prosa polémica, a veces férreamente irónica,
de autores cuyo estilo parece saltar por encima del academicismo
neoclásico del siglo XVIII, y el ambiente y el talante
de los apologistas franceses, en los que los rodeos del
lenguaje de Menéndez y Pelayo -aludiendo al «sentimentalismo
poético», al «legitimismo feudal y andantesc»,
a cierto «simbolismo teosófico» y al
«tradicionalismo filosófico»- quieren
sugerir inequívocamente la inmersión de la
escuela apologética de la Restauración en
el movimiento literario y cultural en el que se originó
el Romanticismo.
El texto que hemos citado fue escrito por Menéndez
y Pe1aryo en 1893, en su Introducción a los Ensayos
Religiosos, Políticos y Literarios de D. José
María Quadrado. Impulsado por una intención
polémica contra el tradicionalismo integrista que
se había expresado en 1888 en el «manifiesto
de Burgos», y deseoso en el fondo de defender su posición
política que, con 1a bandera de la Unión Católica,
venía a ser en la práctica liberalconservadora,
Menéndez y Pelayo proyecta, sobre los años
anteriores a la primera guerra carlista, unos esquemas inadecuados,
que le llevan a atribuir a los sectores sociales en que
se apoyó la resistencia «realista» y
antiliberal que se concretó en la causa de Carlos
V -evidentemente aludidos al mencionar «el clero español
y los legos piadosos»- el haberse nutrido en las fuentes
del tradicionalismo ftancés.
Desde esta desenfocada perspectiva, la intransigencia contrarrevolucionaria
que habría sido la causa de la guerra civil, y que,
para Menéndez y Pelayo habría sido también
responsable del fracaso de las soluciones conciliadoras
propuestas después por Quadrado y Balmes, sería
altribuible, no tanto al «cerrilismo» castizo
de la «escolástica póstuma», sino
muy concretamente a la contaminación de los que llama
«partidarios del antiguo régimen» por
deletéreos elementos recibidos de los escritores
franceses apologistas de la Restauración.
Según este esquema forjado por el polígrafo
de Santander, habría sido en el seno de lo que, con
lenguaje balmesiano, podríamos llamar «sociedad
antigua», en donde habría tenido lugar el injerto,
filosóficamente tradicionalista y culturalmente romántico,
de aquella corriente apologética francesa.
Ahora bien, lo que el documentado y riguroso estudio del
profesor Alsina pone de manifiesto, mediante el acceso directo
a los hechos y a las fuentes, es una conexión que
podrá sonar a muchos como una paroadoja, pero que
responde plenamente a la realidad histórica: La corriente
«tradicionalista», si entendemos por tal lo
que en una perspectiva europea acostumbra a ser así
denominada, se incorpora al pensamiento español casi
exclusivamente a través de hombres, publicaciones
y escuelas pertenecientes a la «sociedad nueva»,
a la España liberal; y, muy principalmente, y con
clara primacía en lo cronológico y en la amplitud
de la influencia y difusión, por hombres, publicaciones
y grupos culturales pertenecientes a la burguesía
liberal de la generación romántica de la Cataluña
isabelina.
En su estudio sobre Balmes, su vida, su tiempo y sus obras,
Ignasi Casanovas, por medio de una investigación
histórica más ceñida a los hechos y
metódicamente documentada que la que se expresó
en los amplios y desenfocados juicios de Menéndez
y Pelayo, había mostrado ya como rasgo general a
todos los hombres de la que llama «escuela apologética
catalana», la aceptación del tradicionalismo
filosófico. Pero, en contraste con Menéndez
y Pelayo, y a pesar de reconocer en el tradicionalismo filosófico
algo así como una enfermedad intelectual, «aquella
malura tradicionalista», de la que es excepción
únicamente Balmes, elogia sustancialmente a la apologética
francesa y a su versión o imitación catalana
como dotada de tres rasgos que encuentra a faltar en el
pensamiento escolástico de aquellos años:
«Una generosa afusión de amor, una tendencia
estética y una acomodación a la sociedad de
su tiempo».
Para precisar el diverso sentido de los juicios de valor
emitidos respectivamente por Menéndez y Pelayo e
Ignasi Casanovas, conviene no olvidar tampoco que el historiador
caÍalán presenta a los hombres de la «escuela
apologética catalana» como «dotados de
una intensa hambre de cu1tura», profundamente religiosos,
a pesar de que hubiese llevado el morrió, es decir,
el distintivo de la Milicia nacional, con lo que queda como
algo indudable 1a caracterización cultral y política
de aquella generación integrada sociológicamente
en la burguesía moderada isabelina.
De aquí que, mientras los dos autores citados coinciden
en criticar los aspectos negativos de los escritores contrarrevolucionarios
escolásticos, a los que acusa de falta de diálogo
con otras filosofías y cerrada intransigencia política,
aunque ambos reconocen en ellos solidez metafísica
y teológica; discrepan notablemente en 1a valoración
del pensamiento tradicionalista de importación francesa.
Menéndez y Pelayo se sitúa en una actitud
de casticismo españolista y habla de «ingredientes
malolientes», Ignasi Casanovas aprecia la recepción
del pensamiento apologético francés como aportación
enriquecedora que abría perspectivas de adaptación
a los tiempos y de incorporación a nuevas perpectivas
venidas de Europa.
Uno y otro juicio de valor se explican obviamente desde
las distintas motivaciones culturales que animaban sus respectivas
obras. Menéndez y Pelayo intentaba desprestigiar
el «integrismo» español acusándo1e
de contaminación francesa y, por lo mismo, de inautenticidad
extranjerizante; Ignasi Casanovas deseaba valorar el que
podríamos llamar «tradicionalismo catalán»
como una enriquecedora aportación europeizante de
la generación romántica catalana.
El tradicionalismo filosófico es ciertamente la actitud
doctrinal común a los hombres de aquella escuela
de apologistas catalanes; pero el que ha de ser reconocido
como el verdadero y definitivo introductor en España
de la doctrina de Bonald, es uno de los más íntimos
colaboradores de Balmes: Ferrer y Subirana. Es éste
un punto de decisiva importancia, que en este estudio del
profesor Alsina se pone en claro definitivamente, con lo
que habría que considerar como canceladas las representaciones
forjadas por Menéndez y Pelayo, y que ejercieron
desde entonces una influencia deformadora en el enjuiciamiento
del pensamiento político español.
La complejidad y ambivalencia de la obra de los apologistas
franceses, si se explican sociológica y culturalmente
desde sus condicionamientos románticos, tienen su
más concreta y profunda razón de ser en el
sentido equívoco y confuso del tradicionalismo filosófico.
Este ha sido visto muchas veces como una exageración
y exceso en una línea de afirmación de la
fe religiosa y de la autoridad en el orden político,
y así se le acostumbra a señalar, con intención
de crítica negativa, como raíz de las posiciones
que hoy llamaríamos «integristas», y
que a mediados del siglo XIX eran denominadas en Francia
como características de un «ultramontanismo
intransigente».
Desde esta perspectiva, que es obviamente aquella en que
se sitúa Menéndez y Pelayo, sería difícil
comprender que el pensamiento de De Maistre y Bonald estuviese
presente en las motivaciones ultramontanas y tradicionilistas
de la alianza realizada en Bélgica entre los católicos
y los liberales en el movimiento por su independenda en
1830. Sería también de imposible comprensión
el hecho de que el radical tradicionalismo filosófico
que profesó Lamennais, con el nombre de filosofía
del sentido común o de la razón general, impulsase
desde las posiciones «ultra-realistas» de sus
primeros años hasta la fundación de la escuela
de l' Avenir, expresión de un catolicismo liberal
que llevaría a cristianismos izquierdistas y revolucionarios.
El tradicionalismo filosófico estuvo inmerso en una
confusión y desenfoque radicales, no sólo
en Lamennais, sino en el propio Bonald. La relación
entre el orden racional humano y los constitutivos naturales
de la sociedad, con la presencia, en la vida humana individual
y colectiva, de una autoridad de origen trascendente y sobrenatural
anunciadora de la palabra revelada, es transformada, en
un proceso inexpresado de inmanentización y naturalización
de las mismas dimensiones sobrenaturales de la religión.
Para Bonald la revelación queda reducida a la acción
de la palabra humana, transmisora de un tradición
o «revelación» rebajada al nivel de un
elemento constitutivo de la sociabilidad de los hombres;
mientras en Lamennais l autoridad infalible del Romano Pontífice
quiere ser sostenida sobre la base de una interpretación
de la autoridad religiosa suprema del Pontificado como el
órgano del consentimiento común o razón
general de la Humanidad.
La adaptación a l cultura contemporánea, y
la apertura de una posibilidad de diálogo con los
adversarios, que Casanovas elogia en el pensamiento francés
de la Restauración, tienen, pues, una raíz
viciada, que iba a hacer muy problemática su eficacia
ulterior. Hay que reconocer que algunas de aquellas deformaciones
contaminaron también a pensadores y políticos
con voluntad sincera de defensa de los valores cristianos
y de su presencia en la sociedad; pero resultará
siempre justo calificar aquellos elementos contaminantes
presentes en el tradicionalismo francés, y concretados
especialmente en las posiciones del tradicionalismo filosófico,
como una grave deficiencia del pensamiento católico
de las generaciones románticas.
Conviene sobre esto no dejar sin precisar, si se quieren
superar los equívocos usuales, que no podría
caracterizarse con justicia la doctrina de Donoso Cortés
en sus últimos años, en su autenticidad y
originalidad profundas, como inmersa en esta corriente contaminada.
Un órgano representativo y autorizado de la tradición
escolástica, como la revista romana La Civiltá
Cattolica -que ejerció durante alguas décadas,
a partir de su fundación en 1850, una influencia
universal en el pensamiento católico- mientras combatía
tenazmente el pensamiento de los tradicionalistas filosóficos,
defendió a Donoso Cortés, afirmando la ortodoxia
de su pensamiento, y advirtiendo que su lenguaje, si no
era el utilizado por los escolásticos, podía
ser reconocido como heredero de modos de hablar recibidos
de la tradición de los Santos Padres.
En realidad, Donoso Cortés, que en modo alguno coincide
con Bonald en la doctrina de éste sobre las relaciones
entre conocimiento y el lenguaje, se mueve en los planteamientos
de un «agustinismo político»; su tema
no es la inmersión confusionaría de la fe
y la revelación en la tradición social y la
autoridad humana, sino, por el contrario, el reconocimiento
de la impotencia de la naturaleza y de la razón humana
en cuanto viciadas por el pecado. A diferencia del propio
De Maistre, cuya apologética del Pontificado y de
su infalibilidad se mueve preferentemente en un plano institucional
y sociológico, en Donoso Cortés hallamos una
comprensión auténticamente teológica
y sobrenatural de la realidad católica.
No tiene sentido hablar, como había hecho también
el propio Menéndez y Pelayo en su Historia de los
Heterodoxos Españoles, de un contraste según
el cual, mientras en Cataluña se siguió preferentemente
a Balmes, los escritores católicos de Madrid se habrían
inclinado más a la línea de Donoso y al «tradicionalismo».
Precisamente el propio autor notaría después
en la citada introducción a las obras de Quadtado,
que en éste aparece el tradicionalismo filosófico
bonaldiano ya en 1843 y 1844, es decir, siete años
antes de la publicación del Ensayo de Donoso Cortés,
y muy poco después de la entrada de la filosofía
de Bonald en España por obra de Ferrer y Subirana
en Barcelona.
Es también importante poner en alaro, como lo hace
con precisión y rigor el profesor Alsina, las razones
que explican que Balmes sea en Cataluña, o más
propiamente, en el ambiente de la generación romántica
catalana, una excepción caracterizada por no haber
aceptado la filosofía de Bonald. Las razones hay
que buscarlas en la doble formación escolástica
recibida por Jaime Balmes, en el seminario de Vich y en
la Universidad de Cervera; una doble formación por
la que Torras y Bages en La Tradició Catalana, le
presenta como receptor de una doble herencia: la del tomismo
tradicional persistente siempre en Vich, y en la que Torras
y Bages ve el pensamiento educador de Cataluña, y
la de la escuela más ecléctica, y con designio
de apertura a ciertos aspectos de la modernidad científica
y filosófica, que predominó en la Universidad
de Cervera hacia la mitad del siglo XVIII, y que se había
prolongado, incluso después de la expulsión
de los jesuitas, por algunos hombres continuadores de aquella
línea antiquo-nova de la escuela jesuítica
cervariense.
A este propósito habría que reconocer que
Jaime Balmes sería tal vez mejor comprendido si no
se le juzgase habitualmente como un iniciador del neoescolasticismo,
y confrontándole con etapas posteriores en la maduración
de la restauración esoolástica, sino más
bien como un continuador eminente de aquella escolástica
ecléctica propia de los jesuitas de la Universidad
de Cervera. En todo caso, es claro que fue la doble herencia
escolástica la que ponía a Balmes fuera del
ambiente en el que se pudo gestar la recepción del
tradicionalismo filosófico, uno de cuyos condicionamientos
decisivos fue precisamente el olvido o el desconocimiento
de la tradición filosófica de 1as escuelas,
unida a cierta audacia innovadora, demasiado carente de
fundamentos metafísicos y teológicos.
En relación con este punto hay que seña1ar
como un acierto del propio Ignasi Casanovas el negar la
pertenencia de Balmes a la «escuela filosófica
catalana» que en aquellos años se iniciaba
en la obra de Martí d'Eixalà, que, a juicio
del historiador jesuita, había de parecer a Balmes
como dotada de insuficiente base metafísica.
Las conexiones documentadamente afirmadas en el presente
estudio del profesor Alsina son especialmente fecundas en
orden a la comprensión de una doble linea de problemática
histórica y sociológica. Me refiero, par una
parte, a aquellas dimensiones por las que el tradicionalismo
originado en Francia e injertado en España por la
tarea de la burguesía moderada catalana y balear,
pudo influir en actitudes posteriores del tradicionalismo
político español, a través de la incorporación
a la causa carlista de hombres, procedentes del llamado
neocatolicismo, que constituyeron, después de la
caída de Isabel II, la minoría monárquico-católica
en las Cortes de 1869.
Pienso, por otra parte, en el hecho de que el tradicionalismo
filosófico, carácter doctrinal de la «escuela
apologética catalana», constituye también
uno de los elementos centrales que, en íntima conexión
con un romanticismo historicista, y con las orientaciones
de la naciente «filosofía catalana»,
revelan los orígenes de los ulteriores movimientos
culturales y políticos que constituyeron el catalanismo
y el nacionalismo catalán, ya que, como notó
Allison Peers, la Renaixensa prolongó en Cataluña
el romanticismo. Esta génesis romántica constituye
una comprobación de la tesis de quienes han sostenido
el carácter extrinseco a la tradición catalana
del catalanismo y el nacionalismo, tesis extrinsecista afirmada
por Rovira i Virgili en su Historia del moviments nacionalistes,
siguiendo a Alexandre Plana y Va1etí Almirall, contradiciendo,a
quienes querían presentar el movimiento catalanista
como una concentración y fortalecimiento de 1as energías
tradicionales del pueblo catalán.
Abordando la primera de las problemáticas
apuntadas, hay que atender a aquel aspecto del tradicionalismo
filosófico por el que éste vino al ser como
un escepticismo, pretendidamente puesto al servicio de la
recepción tradicional de la verdad; con ello también
la misma fe revelada quedaba inmersa y rebajada a un orden
humano y social, precisamente por desconocimiento de sus
bases naturales, que tan rigurosamente había afirmado
santo Tomás de Aquino. Los creadores del tradicionalismo
filosófico no deberían haber leído,al
parecer, ni la cuestión primera de 1a Summa Theologica
ni los primeros capítu1os de la Contra Gentiles.
Ahora bien, podría decirse que, en el orden de las
relaciones de la religión y la política, el
movimiento ultramontano, defensor de la autoridad infalible
del Pontificado, de la generación romántica
francesa,aplicaba también un esquema parecido: el
escepticismo político vino a ser interpretado como
si tuviese una conexión necesaria con la afirmación
de la autoridad religiosa. Las fórmulas que hablaban
de ser «católicos ante todo» para inferir
inmediatamente la consigna de liberar el movimiento católico
de cualquier concreción «legitimista»,
que fueron propias del «partido católico»
francés durante la monarquía orleanista, tiene
sus raíces ya en el pensamiento de la primera época
de Lamennais, e incluso la apologética «romanista»
del conde De Maistre sirvió también a los
«católicos» franceses y belgas para iniciar
el sorprendente modo de argumentar que ha llegado hasta
nuestros días: se invoca la heterogeneidad y la trascendencia
del «catolicismo» -o del «cristianismo»-
frente a cualquier causa política, y se concluye
en la oonvoootoria de todos los ciudadanos creyentes en
apoyo de una única opción política.
La imanentización de la fe religiosa por efecto de
la confusión «tradicionalista», que tiene
su expresión más radical en el sistema de
Lamennais, puede haber sido la causa profunda delcurso ulterior
de una serie de actitudes, que parecen conexionarse según
un sorprendente proceso: se habló primero de «catolicismo»,
entendido como una ideología y bandera política,
que eximía de cualquier otra opción e incluso
exigía evitarla; hablaron después otros de
«catolicismo liberal», adjetivando así
la opción religiosa con una calificación política;
después, substítuyendo por «cristianismo»
el término primeramente empleado, que de algún
modo aludía a la realidad católica, se sustantivizó
la opción política, para utilizar sólo
como adjetivo la pralabra significativa de lo religioso,
y se habló de «democracia cristiana»;
en nuestros días se expresa abiertamente la reducción
a instrumento y medio del ideal religioso, y se habla de
«cristianos para el socialismo».
Ya en aquellos años notaron pensadores de diverso
signo que, mientras se invocaba la independencia de la Iglesia
respecto de las causas políticas, se venía
a exhortar a los católicos a ponerse al servicio
del liberalismo o de las más radicales revoluciones:
así lo notaron, por ejemplo, hombres tan distintos
como Donoso Cortés y Dupanloup, que después
de la revolución de febrero de 1848, se sentía
enfrentado a quienes, si quisiéramos nombrar1es según
esquemas conceptuales de hoy, hubieran podido ser llamados
«católicos para la República».
El indiferentismo político, que hallamos en décadas
posteriores en corrientes tan opuestas como el tradicionalismo
integrista, escindido del legitimismo carlista, y en los
que se integraron en la «Unión católica»
procedentes de los sectores transigentes de la política
«Monárquico-Católica», tiene conexiones
inconfundibles con las «traducciones» españolas
del ultramontanismo francés, como las que hallamos
en El Católico, en José María Quadrado,
y en los hombres de 1a escuela apologética catalana.
El sobrenaturalismo de Donoso Cortés y el realismo
metafísico, no contaminado por la filosofía
tradicionalista, de Jaime BaJmes, pueden dar razón,
como se analiza acertadamente en el presente estudio, de
que ni uno ni otro alzaran en España una
bandera de «partido católico». Se ha
de reconocer, no obstante, que el intento balmesiano de
conciliación polítida, que tenía como
una de sus condiciones el enlace matrimonial por el que
se hubiese superado la lucha dinástica -intento fracasado
no por la resistencia del pueblo carlista, de la que se
ha hablado muchas veces, forjando con ello una historia-ficción,
sino por la intransigencia antitradicional de los liberales
moderados, como advirtió con precisión Ignasi
Casanovas- fue posteriormente invocado según una
dialéctica confusa, que comienza llamando a la conciliación,
incluso en nombre de motivaciones religiosas, para concluir
simplemente en la cancelación de los ideales y valores
tradicionales y la entrega al servicio de los ideales opuestos;
lo que en el fondo es un resultado contradictorio con el
intento balmesiano.
Contempladas 1as cosas desde Cataluña, tal vez habría
que reconocer, en la inconsistencia doctrina del tradicionalismo
filosófico y en las delicuescencias de la apologética
romántica, la raíz remota de la facilidad
con que los descendientes aburguesados de los menestrales
o de las familias rurales de la Cataluña carlista,
pasaron, después de algunas generaciones, al campo,
liberal en definitiv:a, del catalanismo «regionalista».
Este cambio de posición constituía en lo político,
y en muchos aspectos también en lo cultural e ideológico,
una ruptura con la tradición familiar y social de
aquella Cataluña carlista, en loque persistía,
hasta tiempos no muy lejanos, la Cataluña en su modo
de ser tenazmente tradicional. Fue Rovira i Virgili quien
tuvo la sinceridad de reconocer que «los herederos
de 1640 y de 1714 son en realidad los carlistas de la montaña
catalana».
La conexión así afirmada entre las guerras
catalanas contra la «modernidad» absolutista,
y las de siglos posteriores en las que se combaltió
reiteradamente contra el jacobinismo y el Estado liberal,
hace comprensible un hecho casi generalmente silenciado.
El pueblo catalán es aquel que, entre todos los pueblos
de España o de Europa: ha vivido en más ocasiones
y durante más tiempo en guerra contra el Estado inspirado
en los principios de la Revolución francesa: la Guerra
gran; la Guerra de la Independencia contra el Imperio napoleónico;
la de la Regencia de Urgel contra la Constitución
de Cádiz, durante el trienio :liberal de 1820-23;
la de los agraviats, en 1827; la «primera guerra carlista»,
la de los matiners, de 1846 ;a 1849; y la «segunda
guerra» carlista, de 1872 a 1876.
Para caracterizar, de una manera sociológicamente
adecuada, el injerto del tradicionalismo francés
en España por mediación del ambiente de la
burguesía isabelina moderada de Cataluña,
es necesario no desatender al hecho de la vigorosa pervivencia
de la más pura tradición escolástica
en la Cataluña misma y en las tierras hermanas de
Valencia y Mallorca. Una tradición escolástica,
tomista principalmente, a la que pertenecieron numerosos
apologistas y polemistas antiliberales de estas tierras,
en las que la 1ínea de pensamiento que Ignasi Casanovas
califica de intransigente y cerrada, y que Menéndez
y Pelayo denomina «escolástica póstuma»,
es superior, por el número de sus representantes
y por la influencia de su tarea, a la que hallamos en otras
tierras y pueblos hispánicos.
A los nombres ya anteriormente citados podrían añadirse
otros como los de Fra Esteve d'Olot, el santo misionero
capuchino, cuya hija espiritual fue Santa Joaquina de Vedruna,
y que con su predicación ferviente, y explícitamente
opuesta al constitucionalismo liberal, parece haber alentado
el espíritu combativo de sus contemporáneos;
o el Doctor Caixal i Estradé, el que fue Obispo de
Seo de Urgel, y que orientó también la tarea
apostólica del ya beatificado Manyanet y Vives. En
definitiva, no habría que ignorar cuál fue
el arraigo sociológico de toda aquella generación
de fundadores y misioneros, en una época de la que
afirmó Vicens Vives que «nunca en Cataluña
había habido tantos santos como entonces».
Conviene no dejar tampoco de notar el revelador desenfoque
del calificativo de «póstuma» atribuido
a aquella corriente. Porque los escritores escolásticos
contrarrevolucionarios de esta tierra no sólo continuaron
escribiendo durante muchos lustros, sino que se hicieron
presentes más allá de nuestras fronteras.
El dominico Xarrié -presentado siempre como uno de
los más intransigentes y anticuados entre aquellos
representantes del puro escolasticismo y de la intansigencia
antiliberal- fue en la década de los cuarenta del
pasado siglo- después de exiliarse de España
al fin de la guerra carlista, regente de estudios de Santa
María Sopra Minerva, la casa de estudios romana de
la Orden de Predicadores; su compañero de hábito
y co1aborador Narciso Puig ocupó el mismo cargo en
el Colegio Teológico de Bolonia, centros ambos de
decisiva influencia en el resurgir del tomismo en Italia.
Xarrié y Puig publicaron en colaboración,
en 1861, en latín, unas Instituciones Teológicas
según la mente del Doctor Angélico, y en 1865
una obra polémica contra los errores vigentes, en
la línea del Syllabus de Pío IX, promulgado
el año anterior.
Si en una perspectiva general española resulta irrisoria
la calificación de póstuma atribuida a una
corriente escolástica que podríamos considerar
como perviviendo desde entonces hasta nuestros días,
en Fonseca, Norberto del Prado, Santiago Ramírez
y sus disdpulos; en una perspectiva catalana no resulta
menos sorprendente el califiaativo, si no dejamos en el
olvido la tenaz persistencia de 1as tradiciones escolásticas
en Cataluña; a las que hay que atribuir lo más
nuclear del pensamientb de Torras y Bages -para quien la
filosofía y la teologia de santo Tomás constituía
la raíz de la tradición cultural y elemento
esencial de la educación colectiva del pueblo catalán-
y que se prolongan hasta nuestros días. Por citar
solo algunos nombres, recordemos las tareas del cardenal
Vives y Tutó, del estudioso de la escuela franciscana
Miguel Oromí, del metafísico suarista Roig
Gironella, y el profundo impacto de la acción espiritual
y cuJruml que desarrolló en Barcelona el jesuita
mallorquín Ramón Orlanms, maestro y creador
de la actual escuela tomista barcelonesa.
Hay que atreverse al un acercamiento a los hechos en sí
mismos, prescindiendo de las nebulosas que han encubierto
las conexiones reales y los valores profundos de la tradición
de Cataluña. Hay que prescindir del desdén
novocenrista hacia Verdaguer, y del olvido y ocultamiento
del modo de ser de nuestro pueblo, ocurrido en las recientes
décadas de marxistizaci6n del catalanismo. Tiempo
en que hemos tenido que sufrir el desconocimiento, por las
nuevas generaciones, de las expresiones más auténticas
y populares de la literiatura y de la música religiosa
catalana; y el empeño, a veces apoyado en 1a invocación
del genio artístico de Gaudí, por detener
la consttuoción del templo de la Sagrada Familia.
Si nos encaramos con los mismos hechos, como ocurre en el
presente estudio del profesor Alsina, encontranremos que
la innegable calidad cultural de algunas de las tareas de
los hombres de la generación romántica catalana
no puede ocultar aquel desarraigo y extrinsecismo de sus
actitudes y vivencias. En un aspecto literario, aquella
generación pudo ser caracterizada por Antonio Rubió
y Lluch -hablando en 1918 en la Universidad de Baocelona
sobre la figura de Milá y Fontanals-- como la que
por primera vez desde los días de Boscán creaba
en Cataluña una escuela literaria castellana; y añadía
en seguida que «de esta escuela, que parecía
había de ser la negación de nuestra propia
personalidad, y que iba a realizar la obra de asimilación
literaria, que tres siglos no habían podido conseguir,
surgió cabalmente nuestro actual renacimiento, que
en rigor no fue más que su continuación lógica».
El propio Ignasi Casanovas reconoce que se dan «dos
irrupciones poderosas, una la del romanticismo francés
y la otra la del romanticismo castellano, y también
Menéndez y Pelayo hubo de escribir refiriéndose
a Rubió y Ors, en 1889: «Debe advertirse que
en ellas -en sus poesias- se revela a cada paso la intención
de hacer poesía catalana... pero tiene más
bien el color general de la poesía romántica
francesa y española en que su autor se educó.
Víctor Hugo y Zorrilla fueron sus principales maestros».
«Es poesía enteramente moderna, y a esto debe
su vitalidad y fuerza».
Posteriormente, hablando en Baroelona en 1908 sobre Milá
y Fontanals, reconocería que «la poesía
popular salvó a la literatura catalana», citando
en su apoyo a Marian Aguiló. «Sin esta benéfica
levadura... la renaciente poesía se hubiera extraviado
por los fáciles senderos de la imitación de
los románticos franceses y castellanos». Es
claro que esta «poesía popular» es muy
principalmente la de Mossen Cinto Verdaguer, aquel por quien
«a la horniga le nacieron alas de águila»,
y que internacionalizó la lengua catalana desde una
fuerza de enraizamiento comarcal apoyado en su entorno vital
y familiar de la «Plana de Vich».
A pesar del carácter excepcional de la Oda de Arribau
y de la obra poética catalana de Rubió y 0rs,
resulta extraordinariamente significativo el que fuese Rovira
i Virgili, historiador y teórico del nacionalismo
catalán, quien de forma más expresa atribuyese
a los hombres de aquella generación literariamente
castellanizada, el carácter de iniciadores del posterior
catalamlsmo cultural y político. Con rotunda sinceridad
habla de la supervivencia de una literatura en lengua catalana,
decadente y «vallfogonesca», para afirmar que
el espíritu de modernidad, que haría posible
el ulterior nacionadismo, se gestó en escritores
que en su mayoría eran cultivadores exclusivos de
la lengua castellana. Su juicio es, también en esto,
coherente con la interpretación extrincesista de
los orígenes del catalanísmo.
Por esto es posible que, quienes discrepamos radicalmente
de sus juicios de valor, coincidamos con él en el
juicio de hecho sobre el carácter extrínseco
a 1as seculares y profundas energías de la tradición
catalana, de aquel movimiento generado por un impacto «revolucionari»,
matizado de romanticismo iterario Walterscottiano, de historidsmo
jurídico, de psicologismo filosófico «escocés»,
y en los hombres y tareas de que se ocupa el presente estudio,
de los elementos ideológicos y actitudes apologéticas
características del tradicionalismo francés.
Es un encubrimiento del problema seguir utilizando los tópicos
que presentan un contraste entre una Cataluña del
interior, de la montaña, de mentalidad antigua y
tradicional, y una Cataluña del litoral, abierta,
liberal y prgresiva, para presentar después los movimientos
cutul1ales y políticos catalanistas, especialmente
a partir de las décadas de la politica «regionalista»,
como un esfuerzo de síntesis y convergencia de aquella
doble tradición. De este modo se encubre aquel origen
extrínseco, su carácter de impacto cultural
producido en la década que sigue al año cuarenta
del pasado siglo, en los sectores de una burguesía
barcelonesa plenamente inmersa en 1a sociedad de 1a «España
nueva» de la monarquía borbónica isabelina,
pero que constituía por lo mismo como un islote en
la Cataluña real de enrtonces, e incluso en muchos
aspectos descentrado de la vida real que se continuaría
también en posteriores generaciones catalanas.
Si, buscando los antecedentes que hicieron posible la cultura
de la generación romántica -inidadas ya por
las tareas de El Vapor durante la guerra civil, y El Europeo
en el trienio liberal-,los pudiésemos hallar en los
Ilustrados catalanes, o en el humanismo y eclecticismo de
los hombres de la Universidad de Cervera a mediados del
siglo XVIII, como lo sugieren las investigaciones respectivas
de Bonet Baltá, o de Casanovas y Batllori, nos encontraríamos
con un origen más remoto cronológicamente,
pero no menos «extrínseco» que el afirmado
por Rovira i Virgili. Estamos, en efecto, en ambientes y
actitudes de los que, desde una perspectivaa interna al
modo de ser catalán, no sólo habría
que decir que se movían en los condicionamientos
impuestos en España por el advenimiento de la dinastía
borbónica, sino que también, por ello mismo,
tendrían que ser calificados como botíflers.
Tal vez ,el sentido de aquella cultura de la burguesía
moderada, que el propio Maragall describió como «de
un aire serio y provinciano, un matiz discreto pero un poco
triste, porque la verdadera vida de la tierra no se había
despertado todavía», y el posterior empeño
de confundir «la voluntad de ser» de Cataluña
con la radicalizadón y generalización de corrientes
extrínsecas a su tradición, expliquen el hecho,
que podría parecer paradójico, de que el pretendido
autenticismo, búsqueda de identidad y voluntad de
ser del nacionalismo catalán, tengan tantas veces
el carácter de un esfuerzo para hacer de Cataluña
un pueblo desmemoriado y desmedulado.