En nuestros días son bastantes los
católicos que obran y hablan como si no existiera
una «doctrina social católica»; e incluso,
con frecuencia, se niega su existencia. nuestra reunión
es ya ella misma expresión de la convicción
que, gracias a dios, compartimos todos, y que en sí
misma habría de pertenecer como patrimonio común
a todos los hijos de la iglesia, de que tal doc
trina existe de hecho, y que el hecho de su existencia se
relaciona esencialmente con el carácter y misión
de la potestad de magisterio de la iglesia católica.
Formulemos enseguida algunas precisiones
sobre el concepto de doctrina social católica, en
el sentido en que nos hemos ocupado de ella en este congreso.
no damos este nombre de modo primero y propio a cualquier
doctrina sociológica o filosófico-social que
sea en sí misma verdadera y conforme con la verdad
católica. al referimos a la doctrina social católica
hablamos propiamente y en primer lugar de una doctrina enseñada
por el magisterio de la iglesia, cuyo contenido es la vida
social en su más amplio sentido, es decir, la vida
política, económica, cultural, educativa,
familiar e incluso, naturalmente, la vida internacional.
Ha sido indudablemente una característica del magisterio
eclesiástico del presente y del pasado siglo, sobre
todo del ejercido desde la cátedra apostólica,
el haberse ocupado con reiterada insistencia, ya combatiendo
enores, ya precisando positivamente los principios orientadores
de la vida social, de todos estos temas referidos en diversas
dimensiones a la vida colectiva e histórica de la
humanidad. de aquí que, para definir adecuadamente
el sentido y la validez, es decir, la obligatoriedad práctica
de la doctrina católica en todos estos campos, conviene
preguntarnos en qué sentido y por qué título
pertenece a la misión de la Iglesia el proponerlos
a los hombres como algo exigido por la vida orientada por
el Evangelio de Cristo.
«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra;
así, pues, id y enseñad a todas las naciones,
enseñándoles a guardar -esto es, a poner en
práctica- todo lo que yo os he mandado. y estad ciertos
que yo estaré con vosotros hasta la consumación
de los siglos». «Quien a vosotros oye, a mí
me oye».
La promesa de permanencia a lo largo de los siglos hasta
la consumación, nos hace patente que los sucesores
de los Apóstoles, con el sucesor de Pedro a la cabeza,
son los destinatarios de la promesa del Señor, y
que el precepto de oírles como a Cristo a ellos se
refiere a lo largo de las generaciones.
A la luz de las palabras evangélicas, y orientados
por la propiaenseñanza del magisterio de la Iglesia,
podríamos advertir ahora cómo «lo enseñado»
en virtud de su misión divina tiene en sí
mismo la doble dimensión sin la que no podría
cumplirse el designio de salvación para el que ha
sido instituido aquel Magisterio: la dimensión de
verdad «especulativa», de verdad que ha de ser
profesada y afirmada y en sí misma reconocida, y
la dimensión «práctica», de enseñanza,
desde la autoridad de Dios, de cómo se deben guardar
todas las cosas que Cristo ha mandado.
Es conveniente precisar que esta doble dimensión
no coincide con los dos campos que inmediatamente deberemos
distinguir en los contenidos del Magisterio, es decir, entre
lo que pertenece como núcleo primario y esencial
al misterio revelado, y el orden de las verdades con él
conexas como presupuestos, o conclusiones especulativas
o prácticas de las verdades de la revelada.
Porque la misma reveiación, que la Iglesia anuncia
y propone para ser creída con fe teologal, contiene
ya en sí misma las supremas verdades a contemplar
y a afirmar por el cristiano en su profesión de fe,
y las normas también divinamente reveladas y promulgadas
que son ley divina de la vida cristiana.
El Magisterio de la Iglesia se ejerce con autoridad divina
y anuncia lo que Dios ha revelado -y según definió
el Concilio Vaticano I se ejerce infaliblemente por elRromano
Pontífice en el ámbito de la fe y de las costumbres,
de fide vel moribus.
Pero en uno y otro ámbitos, en lo referente al misterio
a creer y en lo referente a la vida del cristiano conforme
a las normas divinas, la Iglesia enseña con autoridad
propia, querida e instituida por Dios, no sólo lo
contenido en la palabra de Dios escrita o transmitida en
la Tradición, o que pertenece al núcleo del
mensaje, que se propone como verdad. salvífica, para
ser creído en la fe divina, por el acto de la virtud
teologal de la fe, sino también un conjunto de verdades,
especulativas y prácticas, que tienen necesaria conexión
con las reveladas.
Este conjunto de verdades, conexas con las que pertenecen
a la fe católica, no se distinguen de los misterios
de la fe ni por tener carácter «práctico»,
como si las de la fe sólo fuesen verdades especulativas,
ni tampoco porque en ellas el magisterio no se ejerza por
modo infalible.
Por el contrario, la doctrina verdadera acerca de la misión
del Magisterio y de su infalibilidad, ha de reconocer que
el Magisterio de la Iglesia puede ejercitarse también
de modo infalible y definitivo en el ámbito de estas
verdades conexas. Es doctrina común de una teología
correcta, prescindiendo de las contemporáneas confusiones
y equívocos, esta posibilidad de ejercicio infalible
del magisterio eclesiástico en el ámbito de
verdades conexas con la revelación, en un cuádrupe
campo: en las verdades filosóficas que se presuponen
como «preámbulos de la fe» a los artículos
que han de ser creídos con fe divina; en los juicios
singulares sobre «hechos dogmáticos»;
en la canonización de los santos y en el de la declaración
de lo que pertenece a la ley y al derecho natural.
Quienes no reconozcan la posibilidad de definir dogmáticamente
las llamadas «conclusiones teológicas»,
es decir, lo que no se contiene en la palabra revelada explícita
o implícitamente, sino sólo «virtualmente»
y por medio del raciocinio teológico, han de incluir
además en aquel cuádruple elenco, el de estas
«conclusioies teológicas», ya que sobre
ellas "puede la Iglesia juzgar infaliblemente».
Otros teólogos han afirmado, incluso, que el Magisterio
infalible al definir en este campo lo hace ya como proponiendo
lo contenido en la revelación misma, aunque sólo
estuviese allí virtualmente, y que por lo mismo lo
así definido es verdad dogmática que pertenece
al núcleo esencial y a la misión primaria
del Magisterio y ha de ser creído con fe teologal
como misterio de fe divina y católica. Personalmente
me inclino por esta tesis que formuló el P. Marín-Sola;
porque" no podía ponerse en el ámbito
de las verdades conexas la definición del Concilio
de Florencia referente al misterio trinitaria, según
el cual, en Dios «todo es uno, donde no obsta la oposición
de relación» que, por otra parte, parece que
hay que reconocer como sólo virtualmente contenido
en la palabra revelada, y alcanzado como conclusión
teológica por la vía de la especulación
trinitaria de los Santos Padres, especialmente de san Agustín.
.
En todo caso, recordemos esta doble afirmación:
la Iglesia por mandato de Cristo anuncia lo que hay que
creer y lo que hay que obrar. Por mandato de Cristo propone
la verdad salvífica y también todas aquellas
verdades, universales o singulares, teóricas o prácticas,
sin cuyo reconocimiento y sin cuyo cumplimiento no se puede
realizar adecuadamente ni el acto de fe ni la vida conforme
a la misma.
Las precisiones hasta aquí formuladas
nos permiten definir con mayor precisión lo que entendemos
por «doctrina social católica». Hay verdades
de fe divina y católica referidas a la vida social:
tales, por ejemplo, lo que se contiene en la escritura acerca
del origen divino del poder. Pero cuando hablamos de «doctrina
social católica», utilizamos esta terminología
para significar con ella todo el conjunto de lo que la Iglesia
enseña en el ejercicio de su potestad de Magisterio,
en el campo de las verdades conexas con lo revelado, en
lo referente a todas las dimensiones de la vida social humana;
y así como en el ámbito de lo revelado, de
lo que la iglesia propone para ser creído con fe
teologal, no sólo hay verdades especulativas sino
también prácticas, también en este
campo de la «doctrina social católica»
se proponen por la Iglesia verdades acerca de la naturaleza
de las cosas sociales, aunque es importante notar que esta
doctrina social tiene en la mayor parte de su contenido
y desarrollo el carácter de una enunciación
práctica.
Convendrá aclarar aquí también
algunos conceptos, que están muy claros en la teología
tradicional, e incluso en el patrimonio filosófico
permanentemente válido y específicamente en
Aristóteles, y que suelen quedar confusos en nuestros
días. Se piensa, a veces, que, porque las acciones
humanas son siempre singulares, sólo tienen carácter
de «verdad práctica» las decisiones y
elecciones particulares realizadas en. Un concreto aquí
y ahora. Pero hay que recordar que toda ley, que tiene,
como tal, carácter universal, es una enunciación
práctica, imperativa, promulgada para ser realizada
en la acción. No sólo el «último
juicio práctico», el inmediatamente conexo
con la elección singular, sino todo principio imperativo
de orden natural o revelado, puesto por el legislador humano,
es también un enunciado práctico. Y no sólo
la ley, sino la enunciación a modo de orientación
o de exhortación para su cumplimiento, todo cuanto
se dice para dar norma y sentido a las elecciones y juicios
prácticos singulares pertenece ya al entendimiento
práctico.
Distingamos también aquí
entre lo que sería un conocimiento o consideración
racional especulativa acerca del orden de lo práctico;
lo que llamaban los escolásticos lo «especulativamente
práctico», de lo que es ya orientado a la acción,
aunque sea como norma universal de la misma. Una «filosofía
moral», una «filosofía del derecho»
pertenecen al orden del conocimiento especulativo, y difieren
no sólo de las elecciones singulares, o de los actos
jurídicos concretos, sino de las enunciaciones morales
«prácticamente-prácticas» de la
«teología moral», o de las enseñanzas
de un conocimiento práctico del derecho.
Decimos esto para poner en claro que la
doctrina social católica es, en su máxima
parte, de carácter prácticamente práctico,
aunque por lo mismo los documentos que la desarrollan enuncian
también verdades de carácter teórico
sobre la naturaleza de las sociedades, de las actividades
y de las relaciones humanas de que se ocupan. Este carácter
«prácticamente práctico», normativo,
orientador de la vida social para que en ella se cumpla
todo lo que Cristo ha mandado, no implica que no corresponda
en cada caso a los sujetos singulares la elección
singular prudente que habrá de tener en cuenta, como
todo juicio regulado por la virtud del entendimiento práctico
que es la prudencia, todas las circunstancias particulares.
El juicio de la prudencia, en su dimensión racional
deliberativa, tiene por principio primero la norma universal
-prácticamente práctica en cuanto a norma-
y como conclusión aquel último juicio conexo
con la decisión de voluntad que es la «elección».
Un documento pontificio sobre el matrimonio
podrá ser orientador y, en sí mismo deberá
serlo para la vida de los fieles, pero sería contra
la naturaleza de las cosas tanto lamentar que de él
no pueda nadie concluir una indicación concreta para
la elección de aquella con la que quiere establecer
el vínculo conyugal, como deducir de este hecho,
que responde también a la naturaleza de las cosas,
que la doctrina católica carece de contenido prácticamente
orientador para la vida del cristiano. Sirva este ejemplo
como referencia de algo que se puede proporcionalmente aplicar
a todos los contenidos y dimensiones de la enseñanza
social del magisterio de la Iglesia.
Aunque la doctrina social católica
se contiene por lo general en lo normativo universal, en
los principios que deben ser aplicados en lo particular
por la prudencia, específicamente por la prudencia
del laico cristiano, no cabría negar el derecho de
la iglesia a enunciar también juicios en el orden
de las realidades sociales históricas en una aquí
y ahora concretas. El Papa Pío XII notaba que, puesto
que Dios no es nunca neutral ante los acontecimientos humanos
ni ante el curso de la historia, tampoco puede serlo la
Iglesia; la Iglesia misma juzga si debe o no emitir en lo
particular alguna valoración u orientación
concreta, e incluso afirmaba aquel gran pontífice
que, «cuando la Iglesia habla, cuando juzga los problemas
del día, lo hace con la clara conciencia de anticipar,
por la virtud del Altísimo, el juicio que Dios mismo,
al fin de los tiempos, confirmará y sancionará»
es una reafirmación por la enseñanza del Papa
de aquello del Evangelio: «lo que atareis en la tierra
será atado en el cielo, y lo desatareis en la tierra
será desatado en el cielo».
Cuando san Ignacio da sus reglas para «el
sentido verdadero que en la iglesia debemos tener»,
da por supuesta la fe, en cuanto virtud teologal por la
que creemos el contenido revelado, lo que llaman los teólogos
el objeto primario del Magisterio. Al recordar que, «depuesto
todo juicio debemos tener ánimo aparejado y pronto
para en todo obedecer a la verdadera esposa de cristo nuestro
señor, que es la nuestra santa iglesia jerárquica»,
no está tratando de los artículos de la fe
sino, precisamente, de la aceptación obediente de
las normas, orientaciones y juicios dados por la Iglesia
para regir nuestra vida. Se advierte claramente esto por
el contenido de otra de aquellas reglas, en la que leemos:«debemos
siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo
veo, creer que es negro, si la Iglesia jerárquica
así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro
Señor, Esposo y la Iglesia, su esposa, es el mismo
espíritu que nos gobierna y rige para la salud de
nuestras almas, porque por el mismo Espíritu y Señor
nuestro que dio los diez mandamientos, es regida y gobernada
nuestra santa Madre Iglesia».
Es indudable que san Ignacio, al aludir a la experiencia
humana «lo blanco que yo veo» y contraponerle
le necesidad de «creer» que algo es como lo
determina la Iglesia jerárquica, no se refiere a
los misterios trascendentes y sobrenaturales que están
más allá de nuestra razón y de nuestra
sensibilidad, sino que alude en esta regla a aquello que
es contenido del régimen y el gobierno, para la salud
de nuestras almas, de nuestros comportamientos para que
seamos así dóciles al mismo Espíritu
y Señor que dio los diez mandamientos. Piensa, pues,
san Ignacio en aquello que la Iglesia jerárquica
determina en orden a la aplicación de los preceptos
divinos, cumpliendo la Iglesia jerárquica aquella
misión de enseñar a los hombres a poner en
práctica todo lo que Cristo ha mandado.
Insisto en que esta enseñanza prácticamente
práctica se mantiene por lo general en las normas
universales, pero que no puede el cristiano, alegando su
propia responsabilidad y prudencia, negar a la autoridad
de la Iglesia el derecho a «determinar» en lo
singular, juzgando los problemas del día, lo que
sea conducente para el bien de la sociedad cristiana.
Precisamente a estas determinaciones se refiere san Ignacio
en la citada regla no dudó que a los polacos católicos
les podía parecer la realidad de su patria sometida,
tras los inicuos repartos, a los imperios ruso, prusiano
y austriaco, y del derecho a sus reivindicaciones nacionales,
de manera distinta a como la juzgaron los Papas. Gregorio
XVI, en una encíclica a los obispos polacos, de 9
de junio de 1832, desautorizó claramente 1a insurrección
nacionalista contra Rusia -que apoyó con entusiasmo,
por el contrario, el movimiento católico liberal
de Lamennais- y león XIII, en 19 de marzo de 1894,
adoptaba una clara actitud por la que aconsejaba a los polacos
nuevamente la sumisión al imperio de los zares, al
del Káiser alemán y al Emperador de Austria.
Tal vez, a nosotros, ahora, se nos hace más fácil
comprender que el liberalismo nacionalista de los polacos
fue, a lo largo de muchas décadas, uno de los impulsos
que harían posible, finalmente, con el hundimiento
de los zares, el triunfo de la revolución bolchevique.
Todo lo hasta aquí dicho se refiere
a h necesidad de dejar claramente afirmada la misión
de la iglesia, que no podía quedar reducida al solo
anuncio de las verdades reveladas sobre la fe y las costumbres,
sino que, por la misma naturaleza del orden establecido
por Dios, ha de ser competente en este campo «secundario»
del Magisterio, es decir, en todo el orden de verdades especulativas
y prácticas que es necesario proponer a los hombres
para la eficaz custodia de las propias verdades reveladas
y para su cumplimiento efectivo por los hombres.
Conviene afirmar con claridad también que todo lo
que pertenece a este objeto secundario del Magisterio, en
el que se da siempre autoridad legítima y en el que
cabe también ejercicio de la infalibilidad en algunos
casos -como son las normas prácticas universales
y los juicios singulares que se conexionan necesariamente
con la defensa de la fe y la puesta en práctica de
los preceptos divinos, como ocurre con los hechos dogmáticos
o la santidad de los bienaventurados declarada en la canonización,
se subordina al objeto primario, al contenido revelado y
salvífico, y tiene toda su razón de ser en
el eficaz conocimiento, defensa y cumplimiento del mensaje
divinamente revelado, que es la razón de ser esencial
del Magisterio jerárquico.
Esto nos lleva a considerar ahora la doctrina
social católica en una nueva perspectiva, la que
deriva precisamente de su comparación con el contenido
mismo de la fe teologal.
Es evidente que la convicción absoluta
de la certeza especulativa y práctica de la doctrina
social católica, de la competencia de la Iglesia
jerárquica para proponerla y del deber de los fieles
católicos de asentir a ella y ponerla en práctica,
no podría llevarnos a esperar que se incluyeran en
un «símbolo de la fe» o en una profesión
propuesta a quienes van a ser bautizados, confirmados u
ordenados, afirmaciones sobre «el principio de subsidiariedad»
y la necesidad del respeto a los «cuerpos intermedios»,
o formulaciones sobre la relación entre el derecho
de propiedad privada, la función social de la misma,
los límites de la intervención del estado
en la vida económico-social, o el derecho de la familia
y de la Iglesia a tener iniciativa y libertad en el ámbito
de la creación y dirección de escuelas, o
de intervención en los medios de comunicación
social.
Sobre todo esto hay una doctrina social
que es «doctrina católica», pero que
no es, evidentemente, «misterio de fe». todo
este conjunto de verdades conexas, así las relativas
a presupuestos filosóficos como las que expresan
principios prácticos sin cuya observancia se desintegraría
la vida cristiana en la sociedad, son de suma importancia
para vivir guardando los mandamientos de Cristo, pero en
ellos y en los misterios que nos anuncia nuestra redención
por Cristo y nuestra santificación por el espíritu
santo que nos ha sido dado, y por el que se ha derramado
la caridad en nuestros corazones, está la razón
de ser de todo aquello la fe que es necesaria para nuestra
justificación como su primera raíz y fundamento,
la profesión de la fe que es necesaria para nuestra
salvación, tiene por objeto a Dios mismo que nos
ha enviado a su Hijo para nuestra salvación, sólo
en cuyo nombre podemos ser salvados.
Quien se dedicase con demasiada exclusividad
al estudio de la doctrina social católica, pero prácticamente
descuidase la meditación y contemplación del
misterio de Cristo, correría el peligro de interpretar
el «catolicismo» como una ideología,
y la Iglesia católica sólo como una institución
social humana y visible. Su opción por lo que la
Iglesia ha enseñado en el ámbito de lo «social»,
es decir, internacional, político, económico,
cultural, educativo, perdería tal vez su vital conexión
con la «obediencia a la fe». Pero en esta obediencia
al Evangelio de que habla el Apóstol está
toda la razón de ser de la seriedad e importancia
práctica capital de la doctrina católica.
Por lo mismo está también
en la luz de Cristo la posibilidad de captación,
en su verdadero sentido, de las enseñanzas sociales
de la iglesia. No me parece injusto reconocer que hemos
podido vivir la amarga experiencia de núcleos y grupos
para los cuales la insistencia en lo que se vino en llamar,
extrañamente, «catolicismo social», ha
venido a ser caldo de cultivo de la pérdida de sentido
cristiano, lo que les ha conducido a las inmanentizaciones
y limitaciones de horizonte e inversiones de sentido que
les hace asumir el contradictorio título de «cristianos
para el socialismo». Muchos de los católicos
liberales del siglo pasado y sus herederos en los movimientos
demócrata-cristianos fueron, y son en el fondo, «cristianos
para e11iberalismo», «cristianos para la democracia»
y, en algunos pueblos, «cristianos para el nacionalismo».
Nos conviene a nosotros también examinarnos, no viniéramos
a ser como quienes «en lo que condenas a los otros
a ti mismo te condenas». Porque si es profundamente
deformador de la propia fe teologal el orientar la vida
como a fin último a finalidades contrarias al mismo
orden natural, también sería deformador subordinar
la fe al servicio del orden natural, cuya custodia es, desde
luego, obligatoria. No se puede asentir correctamente ni
poner en práctica debidamente la doctrina social
católica sin entenderla y vivirla en la autenticidad
de la fe en Cristo y en su gracia, y en la vida sobrenatural
del amor a Dios sobre todas las cosas, con toda nuestra
mente y con todas nuestras fuerzas.
Esto me lleva a formular ahora dos puntos
de reflexión que personalmente considero importantes
para la orientación de nuestra tarea. Me refiero,
en primer lugar, al importantísimo aspecto de la
propia doctrina social católica, por la que ésta
tiene su primer principio y su último fin, cobra
su coherencia y sentido profundo, y se hace prácticamente
orientadora de nuestra vida, en la contemplación
y afirmación de Cristo como Rey universal, al modo
como nos invita san Ignacio en sus ejercicios a contemplarlo.
Mi maestro Ramón Orlandis escribió que la
idea de Cristo Rey es el núcleo y la fuerza de todo
el cuerpo de doctrina religioso-político-social propuesto
al mundo contemporáneo por el Magisterio de la Iglesia.
Al iniciar su pontificado, Pío XII aludía
a la consagración universal al Sagrado Corazón
realizada por León XIII cuarenta años antes,
exhortaba a centrar en el culto al Sagrado Corazón
de Cristo Rey toda la vida de la Iglesia, y presentaba este
culto al Rey de reyes y Señor de los que dominan
como el alfa y la omega de su Pontificado.
Todo el movimiento en el que está
inserto el congreso que estamos celebrando ha de reconocerse
originado en el mismo impulso y actitud que llevó
a Jean Ousset a la publicación de su libro Pour qu'il
régne. Actuando siempre en nosotros la devoción
a Cristo Rey y el anhelo y la esperanza del reinado de su
Corazón Sagrado nos mantendremos siempre en la actitud
adecuada para una comprensión y enfoque verdadero
y fecundo de la doctrina social católica.
El otro punto al que considero oportuno
llevar la atención es el referente al lugar, por
decirlo así, que corresponde, en la vida del pueblo
de Dios, que es la Iglesia, al estudio y al conocimiento
más desarrollado y cultivado de las enseñanzas
de la Iglesia en estas materias.
Me tomo la libertad de ejemplificar, también
de manera muy concreta, para acertar a expresar más
eficazmente una verdad capital que formula santo Tomás
de Aquino. Todos conocemos, y yo personalmente tengo la
fortuna de conocer, mujeres que no han leído nunca,
que no es de esperar que lleguen a hacerlo tampoco en el
futuro, la espléndida Encíclica Casti connubii,
de Pío XI, pero que son ejemplares esposas y madres
de familia. Reconocer esto no podría llevarnos ni
a despreciar el documento pontificio, ni a pensar que no
es muy fructífero para el bien de la comunidad cristiana
y concretamente para el bien de las familias, el que haya,
individual y colectivamente, quien se dedique con asiduidad
y perseverancia al estudio de los documentos del magisterio
pontificio.
Todas las verdades que desarrollan la enseñanza
católica parten, como de su principio, de algo que
pertenece ya al depósito de la fe, al objeto primario
del Magisterio, y que se propone o debe proponerse a todo
fiel ya desde la primera catequesis. Para seguir moviéndose
en el ejemplo puesto, recuerdo que la inclusión del
Matrimonio en la enumeración de los siete sacramentos
instituidos por Jesucristo, es el germen de que parte y
el fin a que tiende, todo lo que la Iglesia enseña
o legisla sobre el matrimonio cristiano.
Si pensamos ahora universalmente lo que
se ha sugerido en este ejemplo nos daremos cuenta de que
un conocimiento sistematizado, detallado y conceptualmente
fundamentado, de todo aquello que la Iglesia tiene derecho
y misión de proponer para custodia y puesta en práctica
de lo que a la fe cristiana pertenece, es decir, un conocimiento
explícito de las verdades conexas con la fe, no lo
tienen por lo común la multitud de los fieles cristianos,
sino que es algo a lo que sólo una minoría
se dedica y consagra.
En definitiva, ninguna verdad «conexa»
podría ser considerada entre aquellas que afirmamos
ser «de necesidad de medio para la salvación».
Aunque sean necesarias para que en cada caso, según
las responsabilidades y circunstancias de cada uno, pueda
el cristiano cumplir seriamente los divinos preceptos y
profesar debidamente aquellas verdades salvíficas.
De aquí que haya que reconocer que
es bien de la Iglesia, el de aquí que haya que reconocer
que es bien de la Iglesia el que surjan entre los católicos,
y específicamente entre los laicos, quienes se sientan
llamados al estudio y al cultivo de la doctrina social católica.
Pero que a la vez ha de reconocer que se trata de una tarea
que puede no ser exigible, ni deba esperarse de la universalidad
de los hijos de la Iglesia.
Pues bien, he aquí la verdad capital
que formula santo Tomás al plantearse la comparación
en dignidad y perfección, entre la gracia santificante,
la gracia habitual que nos es infundida primeramente en
el bautismo y que está destinada universalmente a
todos los cristianos, y los «carismas» o gracias
dados para el bien de la comunidad o algunos, tales como
profecía, el don de obrar milagros, o la palabra
de ciencia y de sabiduría en la que brillan los doctores
de la iglesia.
Parece, comienza por objetarse a sí mismo santo Tomás,
que lo más común y universal es menos digno
y noble, menos perfecto que lo particular y singular. Así,
en la naturaleza abunda lo inerte sobre lo viviente en cuanto
al número y a la cantidad, pero la vida es más
perfecta. En la vida animal son más los irracionales
que los racionales, pero el hombre es lo más perfecto
en la naturaleza de las cosas visibles. Parece, pues, que
también en el orden de la gracia es más perfecto
y noble lo que está destinado a ser participado por
pocos, y menos digno aquello a que todos están llamados
y que a todos se comunica al incorporarse por el bautismo
a la Iglesia.
La respuesta de santo Tomás es clara y decisiva.
«Donde lo menos común se ordena, como a su
fin, a lo más común, lo más común
es lo más perfecto». Todos los carismas, y
los ministerios y potestades y los «estados de perfección»
constituidos para la práctica de los consejos evangélicos,
se ordenan como a su fin a la vida de la gracia santificante.
Santo Tomás, en conexión con esto, afirma
que la perfección cristiana no consiste sino en el
cumplimiento perfecto de los preceptos.
Como afirmó Teresa de Calcuta, la
santidad no puede ser entendida como un privilegio ni como
un elitismo, sino como la obediencia a la vocación
universal de todo cristiano.
Si todo carisma, todo estado de perfección,
incluso toda potestad y ministerio, han de estar al servicio
de la difusión de la gracia santificante, por la
que gozamos de la adopción de hijos de dios, también
toda tarea de estudio y de difusión de la doctrina
social católica ha de servir a la mejor y más
fiel práctica de la ley divina, resumida en el doble
precepto del amor.
Como toda teología ha de servir a la fe, y el ejercicio
de toda potestad a la vida cristiana, y todo carisma -que
de suyo no garantiza la salvación eterna- ha de servir
a la gracia santificante, así también el estudio
y la tarea de difusión de la doctrina social católica
ha de considerarse «instrumental» para que,
por nosotros mismos y por aquellos a quienes nos sea dado
ayudar en esto, vivamos más plenamente en «obediencia
a la fe», urgidos por la caridad de Cristo al servido
del Reinado del amor de su Corazón y en esperanza
del advenimiento de su Reinado.