(Artículo aparecido
en la revista Verbo, nros.329-330, año
1994)
La relación entre las realidades
naturales y su origen y destino sobrenatural es uno de los
temas más propios de nuestro tiempo. En concreto,
no se entiende el ataque a que está sometida la familia
por parte de la ideología marxista si no se ha pensado
primeramente en su profunda realidad, esto es, en la relación
que guarda con la paternidad divina. En las Tesis sobre
Feuerbach escribe Marx que si el origen de la familia
celestial no es más que la misma familia terrena,
la humana, es a ésta a la que hay que destruir. El
caso de la familia no es más que un ejemplo, pues
la idea global marxista es la de destruir, negar o revolucionar,
como se dice preferentemente, toda realidad humana que tenga
alguna antología con alguna realidad divina.
Aunque la familia está también amenazada por
la violentación de las relaciones entre padres e
hijos, el ataque más esencial lo recibe en la misma
medida en que se destruye la estructura matrimonial, en
cuanto que en el matrimonio se encuentra el núcleo
de la familia y el ataque al mismo no sólo incide
en la reacción entre esposos, sino que también
se orienta intencionadamente a la destrucción de
la relación paternofilial. Ello está en consonancia
con la definición del matrimonio como unión
indisoluble de un hombre y una mujer en orden a la procreación
y educación de los hijos. En efecto, en la conocida
obra de Engels El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, no se habla de la familia más
que como el resultado de una determinada concepción
del matrimonio. Según Engels basta modificar el concepto
de matrimonio para que deje de existir la familia tal como
la conocemos.
El ataque marxista consiste estrictamente en considerar
al hombre como animal sexual a la vez que como acaparador
de riqueza. Las contradicciones son, por otra parte, abundantes,
porque se quiere fundamentar en un «primitivismo»
en el que desaparecería la monogamia, y quiere concluir
en una «liberación» de la mujer por la
inserción de ésta en las grandes fábricas
modernas. En general, hoy podemos observar la íntima
relación que hay entre la revolución marxista
y los movimientos feministas que niegan el sentido tradicional
de la familia. Estos últimos serían muy poco
operantes en nuestra sociedad si no tuviesen el apoyo de
los partidos políticos de sentido marxista.
El tema que nos ocupa exige, pues, pensar en el sentido
del matrimonio indisoluble como fundamento y núcleo
de la familia. En otras conferencias de este ciclo hemos
oído ya diversos argumentos en favor de la indisolubilidad
del matrimonio. Me interesa sólo añadir una
reflexión fundamental de tipo sociológico:
ningún contratante aceptaría que en el momento
del matrimonio, religioso o incluso sólo civil, se
formularan restricciones a su unión matrimonial.
Un acto realizado en estas condiciones resultaría
grotesco y haría inútil toda la ceremonia.
Más aún, ninguna legislación recoge
como restricciones a la unión matrimonial las mismas
causas, por cierto muy variables, que pueden después
ser argumento de divorcio. La profunda razón de ello
estriba en que la enumeración de estas supuestas
razones para disolver el matrimonio desnaturalizarían
el acto mismo del matrimonio y entonces, en lugar de derecho
al divorcio, lo que se daría realmente sería
uniones ilegítimas, puesto que, con tales ceremonias,
no habría estrictamente ningún matrimonio.
Hay un hiato radical entre el matrimonio y el divorcio.
Si las causas de divorcio se incluyeran, como debería
ser en un acto jurídico realizado con toda lógica,
como explícitas menciones de las condiciones en que
se celebra el matrimonio, éste quedaría ipso
facto desnaturalizado, y no sólo teóricamente,
sino que sería imposible prácticamente. Ningún
contrayente toleraría que su cónyuge dijera
en aquel momento lo que la ley le da derecho a invocar después.
Con el divorcio una cosa es la ley y otra la realidad.
La ordenación de la unión matrimonial a la
generación de los hijos por la que participamos del
mismo don creador de Dios, exige que el matrimonio sea indisoluble.
Es obvio y nadie puede negado, que la unión inseparable
del matrimonio es el único fundamento de la familia.
Más aún, la unión indisoluble entre
los esposos es el fundamento de la preocupación,
de la entrega, de la dedicación, de los padres hacia
sus hijos. Abdicar del matrimonio indisoluble es poner en
duda la responsabilidad paternal. Hay un mutuo acuerdo entre
la generación natural y la educación espiritual.
La relación paternofilial queda garantizada en la
teoría y en la práctica por la unión
matrimonial perenne.
El matrimonio no consiste en establecer una relación
voluntariamente fijada por los cónyuges, pues de
este modo no sabríamos lo que es el matrimonio, ya
que su naturaleza dependería en cada caso de la voluntad
de los contrayentes. Podría ser un matrimonio económico
o social o político o cultural o estrictamente hedonístico,
etc. No se podría hablar del matrimonio en cuanto
tal. Todos los aspectos favorables o desfavorables que se
juntan en el matrimonio inciden en él meramente como
accidentes, y no forman parte de su definición esencial.
Lo nuclear es la denominación(donación) mutua
y total, sin restricciones, en orden a los hijos. Y así
como la generación no es fruto del arte, de la técnica,
sino de la naturaleza, así también la educación
no es fruto de la competencia sino de la paternidad. Sólo
por ser padres se tiene derecho a educar, y esta paternidad
es el resultado de una fidelidad.
El marxismo, como hemos dicho, niega que la monogamia sea
la institución familiar natural, pero tiene que reconocer
que el único matrimonio posible para el futuro es
el matrimonio monógamo. Según Engels lo que
debe desaparecer del matrimonio es «la indisolubilidad»
y la «preponderancia del hombre». Pero la monogamia
sin la indisolubilidad y la primacía del hombre son
pura palabrería. Sin la indisolubilidad es evidente
que se consagra la poligamia de hecho y sin la primacía
del varón lo que se pretende es negar el principio
de estabilidad matrimonial, pues en ninguna sociedad puede
haber dos principios de unión. Más aún,
esto último es tan evidente que el mismo Engels sostiene
en que la «liberación» de la mujer traerá
la desaparición de la familia, lo cual sucede si
ella se dedica al trabajo productivo social y abandona las
tareas domésticas: «La manumisión de
la mujer exige, como condición primera, la vuelta
de todo el sexo femenino a la industria pública y,
a su vez, esta condición exige que se suprima la
familia individual como unidad económica de la sociedad».
Cuando la familia individual deja de ser la unidad económica
de la sociedad, escribe Engels, la guarda y educación
de los hijos se convierte en asunto público.
Si la primacía del hombre, esta primacía que
expresa San Pablo con un lenguaje que no puede tergiversarse
en ningún sentido, es como la causa formal
de la familia, el "estar 1a mujer en casa" es
como la causa material de la misma. Por ello, el
marxismo insiste en que la mujer debe insertarse en el trabajo
productivo en las fábricas y abandonar el trabajo
doméstico y el cuidado de los hijos que pasarían
a ser custodiados por el Estado. Al marxismo le interesa
presentar el matrimonio cristiano, el matrimonio indisoluble
como «la primera opresión de clases»
y que, en consecuencia «el hombre es en la familia
el burgués; la mujer representa en ella el proletario».
Nótese que tal crítica no recae sobre un determinado
modo histórico de entender la preponderancia del
varón, sino sobre el hecho mismo del matrimonio indisoluble
e incluso de la monogamia misma.
El craso materialismo del que parte la visión marxista
del matrimonio se patentiza muy adecuadamente en un fragmento
de la citada obra de Engels que conviene reseñar:
«si el matrimonio fundado en amor es el único
moral, sólo podrá serio donde el amor persiste.
Pero la duración del acceso del amor sexual es muy
variable según los individuos especialmente entre
los hombres; y la desaparición del afecto ante un
amor apasionado nuevo hace de la desaparición un
beneficio, lo mismo para ambas partes que para la sociedad.
Sólo que debe ahorrarse a las gentes patalear en
el inútil fango de un pleito de divorcio».
Nótese que Engels identifica amor con amor sexual
e incluso advierte, lo que no agradaría mucho a las
actuales feministas, que el acceso del amor sexual es muy
variable entre los hombres y, finalmente, reconoce Engels
que el afecto desaparece ante un amor apasionado nuevo.
No hay en este texto demasiadas concesiones ni disimulos:
el matrimonio no es estable ni lo puede ser en el supuesto
de que se trata de una relación fundada exclusivamente
en el amor sexual. La indisolubilidad proviene según
Engels del deseo del padre a dejar sus bienes a los que
sabe con certeza que son sus hijos. La monogamia resultaría
así ser el triunfo del deseo de transmisión
de riqueza sobre la apetencia sexual. El matrimonio monógamo
es el resultado del triunfo del capitalismo. Si no se hubiera
dado la acumulación de riqueza no existiría
el matrimonio indisoluble, ni siquiera la monogamia.
No hace falta tener una experiencia extraordinaria ni un
conocimiento elevado de lo que es el matrimonio para ver
que esta teoría no puede sostenerse bajo ningún
aspecto. Pero la idea marxista sigue siendo hoy lo que era
en 1884 cuando se publicó la obra que comentamos:
La familia está fundada en una opresión, que
a su vez tiene por justificante la acumulación de
riqueza. En consecuencia, la única liberación
posible de la mujer está en la transformación
del modo de relación de ella con su entorno o, dicho
más técnicamente, en la terminación
de la actual división del trabajo. Nótese,
pues, que la que sustancialmente cambia de actividad es
precisamente la mujer. La desaparición de la familia
se produce justamente cuando la mujer se incorpora al trabajo
productivo, «en la gran industria moderna» con
palabras del propio Engels.
Al reflexionar sobre la tesis marxista nos damos cuenta
de que la familia es una realidad natural fundada sobre
una relación natural y que la manera más rápida
de destruir una familia es sustituir la idea de la economía
doméstica por la de la producción social.
Economía, esto es, administración de los bienes
domésticos sustituida por producción, esto
es, fabricación de productos de intercambio social.
El trabajo doméstico es el fundamental quehacer del
matrimonio y por esto dice Enge1s que la igualdad de condición
con el hombre será imposible «mientras permanezca
excluida del trabajo productivo y confinada dentro del trabajo
privado doméstico». Adviértase que si
«doméstico» es opuesto a «social»
el adjetivo «privado» debería ser opuesto
a «productivo», pero evidentemente no lo es.
Lo verdaderamente contrario de la producción es,
en último término, la contemplación
y en el terreno de la acción, puesto que se trata
de un trabajo en ambos casos, lo opuesto a la producción
es la ordenación, la distribución, la administración,
lo que estrictamente se llama economía. Contra esta
economía está básicamente el marxismo.
El matrimonio, que tiene por objeto la procreación
y educación de los hijos, es una unidad económica,
pero no una unidad productiva. En ella pueden realizar trabajo
productivo varios de sus miembros, pero sólo puede
haber una economía, una administración de
estas riquezas. Es esta administración la que confiere
unidad material a la familia y la que expresa en lo humano
la tarea más espiritual de la formación de
los hijos.
La armonía entre la diferente disposición
del hombre y de la mujer frente al trabajo encuentra en
el matrimonio y en la familia su natural cumplimiento. Pero
en lugar de reconocer que la familia es una realidad natural
fundada en una diferente disposición natural de los
diversos sexos, el marxismo arguye que la mujer debe conquistar
su «verdadero ser» mediante su inserción
en un determinado medio social productivo: la empresa pública.
El ataque a la familia, la destrucción de esta célula
social es necesaria para crear el nuevo tipo de mujer. Las
condiciones actuales de nuestra sociedad productiva hacen
más fácil, en realidad hacen posible el ideal
marxista. La familia real, la única posible y existente
es una continua refutación del marxismo por su sola
presencia. Por consiguiente, la destrucción de la
misma es un proyecto insustituible, especialmente en la
actual estrategia eurocomunista de conquista del poder político
a través del dominio de la sociedad.
La idea expresada por Marx en su cuarta Tesis sobre
Feuerbach ha de ser pensada por nosotros con profundidad.
El orden natural no es indiferente al orden divino sino
que es participación de éste. La grandeza
del ser humano que viene a la vida en el seno de una familia
no podría ser comparada más que con el mismo
acto creador de Dios. Por consiguiente, la negación
última de toda realidad sobrenatural exige la negación
de aquello que participa de la divinidad, como son en nuestro
caso concreto la primacía del varón sobre
la mujer en el matrimonio, la indisolubilidad de esta unión,
la dedicación primordial de la mujer al cuidado de
los hijos y a las tareas domésticas. Pero todas estas
realidades que el marxismo quiere destruir no pertenecen
a una determinada imagen de la familia sino a la familia
misma en cuanto tal, la única posible y la única
existente. Por lo mismo, los valores en que se funda la
familia no pertenecen a una determinada época ni
al dominio de una determinada ideología o situación
económica, sino que se fundan en la realidad de la
misión que ha de cumplir la familia. La grandeza
de la generación y de la educación han de
ser los puntos de vista que fundamenten los requisitos del
matrimonio y de 1a familia. Y estos requisitos fundamentales
no están a merced de ningún acontecimiento
humano individual o colectivo.
La moderna sociedad de consumo podrá crear las condiciones
materiales más idóneas para la práctica
destrucción de la familia de muy diferentes maneras,
pero, el marxismo con su idea fundamental de la transformación
de la realidad es quien sabe aprovechar estas circunstancias
para provocar la desarticulación de la familia, presentando
la indisolubilidad como un prejuicio burgués incompatible
con la liberación de la mujer. Y es el marxismo el
único que sacará provecho práctico
de toda la literatura sofística encaminada a "superar»
la época de la preponderancia del marido sobre la
mujer. Y finalmente también será el marxismo
quien conseguirá la incorporación de la mujer
a las tareas revolucionarias, aprovechando y explotando
la ligereza con que hoy se desprestigia o se ridiculiza
el valor de la tarea doméstica.
Definir como tensión lo que es armonía, y
presentar como igual lo que primeramente se ha puesto como
contradictorio, es el modo típico de obrar de la
dialéctica marxista. Aplicado a la familia este nefasto
mecanismo de seducción ofrece estos caracteres: la
familia, fundada en el matrimonio monógamo, es una
explotación de la mujer por el hombre. A su vez la
división del trabajo consagra la primada del varón
al reducir a la mujer a las tareas domésticas no
productivas de riqueza. La realidad a conquistar por el
marxismo es simplemente la destrucción de este concepto
de familia mediante la negación de la indisolubilidad
del matrimonio y la obligatoriedad de llevar la mujer al
trabajo productivo social. No sólo no oculta Engels
que estos son dos supuestos para la destrucción de
la familia, sino que explícitamente lo afirma. No
hay un nuevo modelo de familia sino su simple desaparición
porque el Estado ocupa tanto la manutención como
la educación de los hijos. La familia pierde su razón
de ser y no se mantiene más que en la medida en que
los hombres no pueden ser fabricados sino que han de ser
todavía engendrados pero nada más allá
de esta función le compete a la familia.
En general, para concluir, debemos pensar que detrás
de determinadas fórmulas aparentemente progresistas
están formulaciones doctrinales que tienen ya muchos
años de existencia y que obedecen a planteamientos
radicalmente opuestos y a fines totalmente inversos a los
que sustentan nuestro concepto de familia. La familia es
una realidad tradicional, solemos decir, pero esto no significa
que el fundamento de su constitución sea meramente
el resultado de la experiencia humana, que podría
ser superada por el mismo desarrollo de la humanidad. El
fundamento de la familia es, por el contrario, trascendente
y no tiene otro espejo en el que mirarse que la propia divinidad
creadora y providente, e incluso recibe nuevo esclarecimiento
al contemplar esta realidad natural y sobrenatural que fue
la Familia Santa de Nazaret, de modo especial el papel de
María, Esposa y Madre, modelo para todas las mujeres
de fidelidad, de contemplación. y de trabajo cotidiano
y doméstico.