(artículo aparecido
en la revista Verbo, nros. 329-330, 1994,
pgs. 901-919)
INTRODUCCIÓN
El aristotelismo.
El concepto de naturaleza es muy originario
y fundamental, de modo que con el término «naturaleza»
no se expresa un concepto colectivo simplemente sinónimo
del de «Mundo». El concepto de naturaleza es
de aquellos conceptos-clave cuya comprensión manifiesta
de por sí toda una filosofía de modo parecido
a como sucede con el concepto mismo de ente.
La caracterización de este concepto alcanzada en
la filosofía de Aristóteles se ha de considerar
uno de los logros más importantes del pensamiento
humano, que no podía darse más que en quien
tuviese -como el estagirita- una adecuada comprensión
del ente y del movimiento. Para el propósito de esta
conferencia sólo hay que destacar que pudo así
superar el fisicismo de los presocráticos, que era
prácticamente en muchos de ellos -especialmente en
el caso de Empédocles- un verdadero materialismo,
y haber aprovechado el planteamiento platónico del
Modelo del mundo, pero superándolo muy ampliamente,
al declarar la respectividad de la materia hacia la forma
y evitar hacer de la «jora» platónica
-la «nodriza» del diálogo Timeo- un tercer
elemento autóctono, independiente y del todo extraño
al hacedor, en la formación del mundo.
Señalemos de pasada que fue mérito indiscutible
de Santo Tomás el haber superado el error aristotélico
sobre la eternidad del mundo sin caer por ello en la antigua
tentación de rechazar la comprensión que de
la naturaleza se presentaba en dicha filosofía, dándose
cuenta de que el aristotelismo, a pesar de las falsas interpretaciones
averroístas, ofrecía el único marco
válido para entender la trascendencia de Dios creador
sobre el conjunto del universo que, paradójicamente,
no podía salvar el aparente relato «creacionista»
del Timeo.
Sintetizando el pensamiento de Aristóteles, digamos
que entendemos por naturaleza la misma esencia de los entes
en cuanto que poseyendo el principio de sus operaciones,
tal como lo define el aquinate en el De ente et essentia.
De este modo la naturaleza significa algo crucial en la
comprensión del mundo que, al profesor Prevosti y
a mí, nos place expresar con esta afirmación
sintética: la naturaleza significa el enraizamiento
del devenir en el ser, esto es, que en el obrar de cada
ente natural se manifiesta el mismo ser del que obra y así,
no sólo lo finito y contingente sino incluso lo cambiante,
manifiesta en este su movimiento, un modo de ser. El movimiento
no es, como en Heráclito, negación de ser
y ni siquiera es, como en el platonismo, mezcla de ser y
no ser, sino precisamente una casi misteriosa patencia del
mismo.
Aristóteles hizo por primera vez en la historia del
pensamiento humano -y todo abandono de su concepción
ha de recaer en el monismo absoluto- un esfuerzo de comprensión
de lo que significa cambiar, mudar de forma sustancial o
accidenta1. Ello sólo puede expresarse con referencia
a dos polos fundamentales, interno uno y externo el otro.
Por un lado, la naturaleza es, en cada ente natural, una
tendencia, una «hormé», por otro lado,
esta tendencia manifiesta el fin al que tiende como la causa
de las causas, perdida la cual no queda en el mundo ninguna
verdadera causalidad, sino mera «transición»
de objetos, como expresó la corta, pero sincera,
perspectiva intelectual de Hume.
Sirva este pequeño preámbulo para acceder
a nuestra consideración sobre el significado actual
de la pérdida del sentido de la naturaleza en la
modernidad, que pasamos ahora a desarrollar.
Entenderemos en esta conferencia' por modernidad, no estrictamente
la modernidad romántica, que es uno de los objetos
inmediatos de esta reunión de AMIGOS DE LA CIUDAD
CATOLICA de este año, sino la modernidad en sentido
amplio, es decir, de aquella modernidad que, aunque toma
nombre de la llamada «filosofía moderna»
del siglo XVII, según la propia expresión
de sus protagonistas, en realidad aparece claramente en
el siglo anterior.
Modernidad significó, simplemente, la nueva filosofía
que se quería hacer al margen de la secular filosofía
de las Escuelas y por ello la filosofía moderna no
fue, en la práctica, ni esta ni aquella filosofía
sino meramente filosofía no escolástica.
Como es bien sabido, se quiso hacer la filosofía
separada de la teología, rechazando tanto su ayuda,
al recibir luz revelada sobre cuestiones fundamentales acerca
de Dios, del hombre y del mundo, como en su orientación,
su relación, de servicio de la teología que
la obligaba a ser precisamente del todo rigurosa. Este distanciamiento,
que culmina finalmente en un rechazo e incluso una aversión
hacia lo sobrenatural, tomó inicialmente la forma
de una deliberada separación del aristotelismo, precisamente
en las cuestiones de filosofía natural, en concreto,
con una vuelta arcaizante hacia el anterior platonismo,
tanto en su vertiente animista como en su componente pitagórico,
volviéndose luego más explícitamente
hacia el antiguo atomismo.
PRIMERA PARTE
La crisis moderna.
Entrando en nuestro objetivo específico
señalemos que en la modernidad filosófica,
olvidando y apartándose de las precisiones aristotélicas,
aparecen sucesivamente cuatro grandes maneras de concebir
la naturaleza, que de algún modo pueden aparejarse
dos a dos, como veremos. Aclaremos también que la
originalidad de estas concepciones es relativa, pues, a
pesar de su afectada novedad, si se conoce su génesis
y se atiende a sus textos concretos, en realidad, son desarrollos
de otras tantas concepciones del pensamiento expresado ya
en la antigüedad prearistotélica.
La primera concepción «moderna» que se
abre camino la representa la filosofía típicamente
renacentista, tal como la puede caracterizar, de manera
absoluta, Giordano Bruno, entre otros.
La concepción de la naturaleza que se quiere rehabilitar
es, a pretexto de la intrinsicidad del origen de su movimiento,
la del pansiquismo neoplatónico cuyo representante
genuino había sido Platino. La naturaleza es toda
ella un gran organismo viviente, un gran todo en el que
no cabe diferencia entre lo inaminado y la vida, entre pluralidad
y unidad, entre materia y forma, entre lo finito y lo infinito,
etc. Su mayor o menor radicalidad dependerá del autor
considerado, pero la característica esencial se mantendrá
en todos. La naturaleza es tan «divina» que
es monísticamente autosuficiente.
Así razona Teófilo, en el diálogo de
Bruno Sobre la causa, el principio y la unidad: «El
espíritu, el alma, la vida, se encuentran en todas
las cosas» ... «Pues el alma del mundo es el
principio formal constitutivo del universo y de lo que en
él está contenido» ... «El alma
viene a ser la forma de todas las cosas» ... «Entiendo
que esta forma es la misma en todas las cosas» ...
«Así, cambiando de sitio y vicisitud, es imposible
que esa forma quede anulada» ... «Así,
pues, tenemos un principio intrínseco, formal, eterno
y subsistente» ... «Dicen que el hombre es resultado
de una composición; que el alma no es más
que la perfección y el acto de un cuerpo» ...
«No hay pues que sorprenderse si hacen tanto caso
y tienen tanto miedo a la muerte» ... «Contra
tal demencia grita la naturaleza en voz alta que ni los
cuerpos ni las almas deben temer a la muerte, porque tanto
la materia como la forma son principios constantísimos»
(Giordano Bruno: Sobre la causa, el principio y la unidad,
II).
Señalemos solamente que esta concepción parece
ser una «exageración» de la peculiaridad
de la naturaleza, una radical afirmación de su originariedad
y por ello superioridad sobre todo lo que es obra del arte
e industria humanos. Tal comprensión será
en buena parte recogida en el pensamiento romántico,
pero de modo inmediato provocará, dialécticamente,
una visión del todo opuesta.
La segunda concepción, como hemos
dicho en oposición dialéctica a la anterior,
la constituye la filosofía del mecanicismo, cuyo
representante genuino fue Descartes, y que, en esencia,
y partiendo de tesis sustentadas ya en el nominalismo escolástico,
retomó las antiguas concepciones de los pitagóricos,
cuya influencia fue también grande en hombres como
Galileo. Ahora la naturaleza es «minimizada»
en comparación con el arte. Desaparece toda «divinización»
e incluso todo misterio. Nada es más fácil
de comprender que la naturaleza, porque es puramente matemática.
Es bien conocida la célebre expresión de Galileo:
«La filosofía está escrita en este grandísimo
libro que tenemos abierto ante los ojos, quiero decir, el
universo, pero no se puede entender si antes no se aprende
a entender la lengua, a conocer los caracteres en los que
está escrito. Está escrito en lengua matemática
y sus caracteres son triángulos, círculos
y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible
entender ni una palabra» (Galileo: El ensayador, n.
6).
La naturaleza es vista bajo el prisma de la metafísica
y, en consecuencia, la Naturaleza es entonces lo mismo que
la ley. La diferencia que hay entre el Caos y la Naturaleza
-escribe reiteradamente Descartes- es solamente la presencia
de las leyes. Es en este período donde la inversión
respecto al concepto genuino de naturaleza es más
radical. El modelo de la naturaleza es ahora nada menos
que el arte, atiéndase bien, el arte humano, es decir,
aquel en donde las relaciones cuantitativas espaciales,
es decir, la geometría, impone su ley constructiva.
Este es ahora el modelo de la naturaleza. Hay un breve párrafo
del astrónomo J. Kepler en la dedicatoria de su obra
Mysterium Cosmographicum que anuncia, quizá por primera
vez, esta concepción: «No me detendré
en observar que mi tema constituye un valioso testimonio
del hecho de la creación que ciertos filósofos
han negado. Vemos, en efecto, que Dios ha intervenido en
la formación del universo siguiendo un orden y una
regla, asemejándose a un arquitecto humano y disponiéndolo
todo de tal modo que pudiera creerse que, lejos de haber
el arte tomado por modelo a la naturaleza, el propio Dios
se ha inspirado para su creación en los modos de
construir del futuro hombre». En el umbral del paso
del renacimiento al racionalismo, se recogen en este texto
tanto el antropocentrismo renacentista -el modelo divino
es el arte humano como la primacía de la cantidad
sobre la cualidad: Dios hace geometría.
La ley que constituye la entraña del universo implica,
eo ipso, un legislador que no es otro que un Dios, Deus
ex machina, que se hace coincidir con el Dios de la Biblia.
Dicha concepción se presentó por tanto, al
principio, como genuinamente «teísta»,
pues Dios daba «razón» del orden matemático
del mundo, pero el orden natural se presentaba como puramente
externo y meramente mecánico produciéndose
el frontal rechazo de la finalidad intrínseca y de
la jerarquía universal. Desapareció así
la idea de tendencia y por ello la idea de bien propio común,
para ser todo engullido por la primacía de la indiferente
cantidad. El mundo no era ni siquiera bueno, sino simplemente
salido de la voluntad divina, que debía necesariamente
expresarse como verdad matemática porque es lo que
el hombre entiende de manera clara y distinta.
Muchos párrafos cartesianos, desde el Tratado Del
Mundo o del Hombre, o del Discurso del método o de
los Principios de filosofía abundan en esta idea.
En el Mundo no hay más que pura extensión,
pues tal es y no otra cosa la naturaleza de cualquier cuerpo,
y a esta extensión sólo le compete movimiento
local (reducido a su vez a ser un mero «modo»
de la extensión) y son simplemente unas, muy pocas,
leyes fundamentales las que dan razón de todo el
comportamiento del Mundo: la inercia y la conservación
de la cantidad de movimiento en el choque. La tercera ley
es la curvatura de todo movimiento (los célebres
torbellinos) que debían soslayar la dificultad cartesiana
para explicar la posibilidad del movimiento y que, obviamente,
es incompatible con la primera ley y de consiguiente expresa
sólo una facticidad de la naturaleza.
Esta concepción ejerció influencia en la marcha
de la futura inmediata ciencia natural, aunque ésta
nunca se dejó reducir del todo al puro mecanicismo.
Fue principalmente la noción clave de fuerza la que
se negó a dejarse expresar como pura cantidad. Tanto
el Leibniz filósofo como el Newton científico
se apartaron del cartesianismo. Pero la nueva concepción
de la naturaleza, desarraigada de su ser verdaderamente
natural, se erigió en paradigma hacia el que, en
todo caso, había que tender, según las mentes
preilustradas, y, como no podía ser menos, fue también
exponente del orden moral que quedaba del todo absorbido
por la sola voluntad, al principio divina, pero pronto puramente
humana. El orden ético y político acabaron
creándose supuestos paradigmas, pretendidamente racionales,
que querían imitar como modelo hipotético
el mundo de la necesidad de las leyes matemáticas.
Pero las explícitas consecuencias del mecanicismo
se sacaron en el siglo de la Ilustración.
La tercera concepción que se acaba de apuntar sigue
ya bien pronto a la anterior y en esencia conserva la forma
de una naturaleza mecánica, pero, a diferencia de
Descartes, se produce una especial aceptación del
antiguo atomismo filosófico -propugnado ya por contemporáneos
cartesianos como Gassendi y Boyle-, y tomando, cada vez
más, sus características más filosóficas,
como son su eternidad, su necesidad ciega, su omnipresencia
y su autosuficiencia. Es la filosofía natural del
empirismo, especialmente a partir de Hume, que radicaliza
el planteamiento de Locke. En sucesivas e inmediatas radicalizaciones
-Helvetius, La Mettrie, el barón de Holbach, etc.-
no se hace sino repetir las tesis del más estricto
monismo materialista de los filósofos presocráticos
más fisicistas. Así, por ejemplo, escribe
La Mettrie su obra titulada El hombre máquina, título
como se ve bien sugestivo, en 1748, donde escribe: «Si
se admite que la materia organizada está dotada de
un principio de movimiento que es lo único que la
distingue de la materia no organizada (¿y quién
podrá negarlo frente a tantas irrefutables observaciones?),
y además que en los animales todo depende de las
diferencias en la organización, según he demostrado
de modo suficiente, basta con esto para despejar el enigma
de la sustancia y del hombre. Es evidente que no hay en
el mundo más que una sustancia, y que el hombre es
su más completa expresión». Es el mismo
planteamiento cartesiano, pero del que ha desaparecido la
res cogitans, desaparición que tiene su lógica
interna en la imposibilidad cartesiana -verdadera conmoción
del cartesianismo posterior- en explicar la comunicación
de las dos sustancias.
La naturaleza triunfa entonces sobre el entendimiento y
la libertad, cerrándose, cada vez más sobre
sí misma, hacia toda clase de determinismos. Es la
naturaleza vista por la Ilustración y continuada
por los explícitos materialismos, principalmente
franceses, hasta la primera mitad del siglo XIX, prolongándose
hasta nuestros días, de modo especial de la mano
del marxismo. En su inicio apenas encontró en Kant
una tímida crítica, que intentó en
vano salvar lo trascendente en el orden cognoscitivo y la
libertad en el orden práctico. En nuestro siglo chocó
con los más innovadores descubrimientos de la nueva
física, pero sin crítica filosófica
que frenase su divulgación, bien puede decirse que
está muy lejos de desaparecer.
Hay que señalar, sin embargo, que en el posterior
romanticismo que sigue a la ilustración, y ligado
inicialmente al idealismo alemán, la naturaleza vino
a ser repensada, en buena medida, como aquel todo originario,
confuso, creador, vital, de fuerza irresistible, en fin,
como el verdadero Dios de quien el hombre es sólo
una peculiar y ambigua manifestación -y al decir
del «primer postmoderno» Nietzsche, no la mejor.
Se abandonó «románticamente» el
mecanicismo, pero se conservó el monismo anterior
al mecanicismo, que hemos ya caracterizado, abismándose
con complacencia en el materialismo posterior del que procedía
dialécticamente, aunque usasen y abusasen del término
«espíritu». En el Tiefurter Journal se
publicó un artículo titulado precisamente
Naturaleza -firmado por Goethe- del que expongo ahora una
buena parte --dado el interés explícito que
en este Congreso recae sobre el romanticismo--, según
la traducción hecha por el Dr. Antonio Prevosti (puede
leerse entero en nuestra obra La filosofía de la
Naturaleza, págs. 251-252):
«¡Naturaleza! Estamos rodeados
y envueltos por ella -impotentes para salirnos de ella,
e impotentes para penetrar en ella más profundamente.
Nos toma, sin que se lo pidamos y desprevenidos, en las
vueltas de su danza y sigue con nosotros su curso hasta
que estamos agotados y nos caemos de sus brazos.
Eternamente produce nuevas formas; lo que hay, no lo hubo
aún jamás; lo que fue, no volverá -todo
es nuevo, y, sin embargo, siempre lo mismo de antes.
Vivimos en medio de ella, y le somos extraños. Habla
incesantemente con nosotros y no nos revela su secreto.
Obramos continuamente sobre ella y, con todo, no tenemos
ningún poder sobre ella.
Parece haberlo ordenado todo a la individualidad, y no hace
ni caso del individuo. Siempre construye y siempre destruye,
y su taller es inaccesible.
Vive en innumerables hijos; ¿y la madre, dónde
está? Es la única artista: del material más
simple a los mayores contrastes; sin apariencia de esfuerzo
hacia la mayor perfección -a la más exacta
determinación, siempre revestida de algo suave. Cada
una de sus obras tiene una esencia propia, cada una de sus
manifestaciones el concepto más aislado, y aún
así, todo hace una unidad.
Representa una comedia; no sabemos si ella misma la ve,
pero desde luego la representa para nosotros, que nos hallamos
en un rincón.
Hay en ella un eterno vivir, devenir y moverse, y con todo
no avanza ni un ápice. Se transforma eternamente
y no hay en ella ni un momento de reposo. No entiende de
permanecer, y ha lanzado su maldición sobre el reposo.
Es firme. Su paso es mesurado, sus excepciones raras, sus
leyes inmutables.
Ha pensado, y continuamente medita; pero no como un hombre,
sino como naturaleza. Se ha reservado un sentido propio
y universal, que nadie le puede descubrir.
…
También lo no natural es la naturaleza. Quien no
la ve en todas partes, no la ve correctamente en ningún
lugar.
Se ama a sí misma y eternamente se aferra con ojos
y corazones sin número a sí misma. Se ha desplegado
para disfrutarse a sí misma. Siempre hace surgir
nuevos sibaritas, incansablemente, para comunicarse.
…
Sus hijos no tienen número. Con ninguno es mezquina
en todo, pero tiene predilectos, con los que malgasta mucho
y a los que sacrifica mucho. Ha vinculado su protección
a lo grande.
De la nada rocía sus criaturas y no les dice de dónde
vienen ni a dónde van. Sólo han de correr.
El camino lo sabe ella.
Su comedia siempre es nueva, porque siempre produce nuevos
espectadores. La vida es su invención más
bella y la muerte es su truco para tener mucha vida.
Envuelve al hombre en la insensibilidad, y lo espolea eternamente
hacia la luz. Lo hace dependiente de la tierra, indolente
y pesado, y lo sacude siempre de nuevo.
…
Se obedece a sus leyes incluso cuando uno se resiste a ellas;
se obra con ella incluso cuando se quiere obrar contra ella.
…
No tiene habla ni lenguaje; pero produce lenguas y corazones
a través de los que siente y habla.
…
Ella lo es todo. Se premia a sí misma y se castiga
a sí misma, se alegra y se tortura a sí misma.
Es ruda y suave, deliciosa y espantosa, débil y todopoderosa.
Todo existe siempre en ella. No conoce pasado ni futuro.
El presente es para ella eternidad. Es benévola.
La alabo con todas sus obras. Ella es sabia y silenciosa.
No se le arranca del cuerpo explicación alguna, ni
se le arrebata regalo alguno, que no dé ella voluntariamente.
Ella es artera, pero a buen fin, y lo mejor es no notar
su artimaña.
Es entera, y, no obstante, siempre inacabada. Tal como se
las trae, puede traérselas siempre.
A cada uno se le aparece con una forma propia. Se oculta
en mil nombres y términos y siempre es la misma.
Ella me ha introducido, y asimismo me expulsará.
Yo me confío a ella. Que disponga de mí. No
odiará su obra. No he hablado yo acerca de ella.
No, lo verdadero y lo falso, todo lo ha dicho ella. Todo
es culpa suya, todo es mérito suyo».
Podemos valorar la calidad literaria y
la fuerza sugestiva de estos pensamientos poéticos,
pero no cabe duda de que nos asalta en su lectura un cierto
miedo, incluso un creciente pánico, por su mensaje
monista, aniquilador del individuo. La exaltación
del individuo pasa por ser un tópico del romanticismo,
pero ha de ser juzgada a la luz de este texto claramente
monista. La naturaleza es amplia pero cerrada sobre sí,
y su supuesta ternura esta teñida de crueldad y preferencia
por lo grandioso. La naturaleza romántica no presenta
propiamente jerarquías y por ello en esta naturaleza
el hombre no tienen más papel que el de ser «la
voz de la naturaleza». El mismo amor es fusión
pero sin intimidad y ofrece fecundidad pero sin donación
singular, como mero efecto de la actividad natural. Es la
máxima manifestación de una naturaleza que
no tiene. otro fin que ella misma y, en definitiva, es la
expresión de la máxima inmanencia. Es, en
fin, la naturaleza que sustituye al Dios personal, providente
y misericordioso, que tiene con nosotros una relación
personal y que quiere elevarnos a participar de su vida
divina que es eminentemente personal, lo que queda especialmente
puesto de relieve en el misterio de la Trinidad de Dios.
Parece, en muchos sentidos, que la concepción romántica
de la naturaleza representa una vuelta al pansiquismo renacentista
con un expreso rechazo del matematicismo. Pero se trata
en el fondo de una afirmación de la ciega necesidad
propia del más estricto mecanicismo y materialismo,
apuntando, en un sentido muy preciso, a una idea que será
característica de la postmodernidad y que, en el
texto transcrito, viene representado, de modo terrible,
con aquel párrafo que dice así: «De
la nada rocía sus criaturas y no les dice de dónde
vienen ni a dónde van. Sólo han de correr.
El camino lo sabe ella». Difícilmente encontraríamos
un texto más opuesto al concepto cristiano del cosmos
ordenado por Dios para el hombre, y al concepto de la propia
vida humana. Evidentemente recuerda esto el posterior, tantas
veces citado, verso de Machado, y que tiene la misma significación:
«Caminante no hay camino; se hace camino al andar».
SEGUNDA PARTE
La postmodernidad.
Supuesto este sucinto panorama histórico
de la modernidad, podemos hacernos ahora esta pregunta:
¿Cuál de estas concepciones descritas predomina
en la postmodernidad actual? ¿En qué medida
estamos ante una nueva manera de entender la naturaleza?
En un orden cronológico regresivo podemos ir repasando
las actitudes que caracterizan la mentalidad postmoderna
en relación con la descripción anterior. Hoy
no somos románticos pero se acepta todo lo instintivo
y se valora más que lo racional. Hoy se afirma el
valor absoluto de la libertad pero se tiene una concepción
materialista del hombre que la hace metafísicamente
imposible, entendiendo la libertad como mera libertad de
coacción y sintiendo un auténtico horror por
la libertad entendida como libre arbitrio del hombre, como
capacidad de decidir. Hoy se habla de continuo del papel
fundamental del azar, pareciendo alejarse -al igual que
los románticos- de la preconfiguración mecanicista,
pero sometido a la ciega necesidad, paradoja que muchos
no han comprendido en su verdadero significado, que no es
otro que el de su ciega y fatal necesidad. El azar -del
que veremos su preponderante papel en la visión de
un postmoderno contemporáneo- significa sólo
que todo devenir está fuera de toda finalidad y por
ello la necesidad es su riguroso complemento que expresa
el carácter absoluto del devenir sin fin. Hoy se
niega toda presencia espiritual en la naturaleza, toda tensión
hacia lo alto, pero se afirma la existencia de «fuerzas
psíquicas» en nuestro cosmos y somos de continuo
invitados a creer seriamente en toda clase de astrologías
cuya presencia social es creciente y que cumplen el papel
de la nueva religión de la humanidad.
En fin, pues, no podemos decir que estemos en una nueva
concepción acerca de la naturaleza, pero tampoco
que se hayan rechazado ninguno de los anteriores errores
filosóficos. De alguna manera en la postmodernidad
anticristiana todos los errores andan conjuntados y, aunque
de suyo son incompatibles unos con otros, la falta de rigor
conceptual permite a nuestros actuales sofistas invocar
en cada caso el error más idóneo con la falacia
política que se quiere edificar. Conviene, sin embargo,
señalar un solo punto de coincidencia. Hay hoy un
consenso unánime acerca de la manera como se ha de
entender la naturaleza, o mejor dicho, la manera como no
se ha de aceptar en modo alguno.
La naturaleza no puede ser para la mentalidad orgullosa
de la filosofía actual nada que se imponga de manera
universal al discurso voraz de la voluntad humana. Digo
discurso voraz porque se trata de un verdadero engullimiento
de la realidad natural y digo de la voluntad porque el lenguaje
ideológico se mueve estrictamente en el terreno de
la pura voluntad de ser y de producir. Ningún razonamiento
es hoy tolerado, ninguna disensión intelectual es
escuchada. Toda dilucidación es tomada por escolástica
y toda discrepancia desoída como lo que no se mueve
al ritmo de la historia. .
Profundicemos en esta unánime coincidencia postmoderna:
la naturaleza no puede ser aceptada en la postmodernidad
como algo que se imponga como la realidad ineludible, en
ningún sentido. Y no puede ser aceptada no por esta
o aquella concepción natural contrapuesta sino porque
la naturaleza ha de ser superada por la historia, como el
ser ha de ser superado por el devenir. El grito unánime
es hoy que no hay naturaleza humana, pues, ambas expresiones
se consideran antinómicas. El hombre es su historia
-se dice-, luego no tiene naturaleza. La desaparición
más absoluta y radical del derecho natural y de la
ley natural jalonan hoy el espíritu legislativo y
la praxis judicial.
La naturaleza es hoy pensada según este modelo antropológico,
pero con la nueva concepción del hombre. El hombre
no es, ha de ser; luego la naturaleza entera no es sino
que ha de ser. La naturaleza, se piensa, no puede anteponerse
a la voluntad de construcción de un futuro porque
la naturaleza misma es obra de la historia; tal es la conclusión
más esencial de la teoría evolucionista más
allá de todo darwinismo. En la naturaleza ya no hay
propiamente objetos sino hechos} acaecimientos, sucesos.
Es así como comienza una obra breve pero muy influyente
y sintomática de la filosofía contemporánea:
«El mundo es lo que acaece». «El mundo
no se compone de objetos sino de hechos» (proposición
primera del Tractatus de Wittgenstein).
Recogiendo una idea, reiteradamente expuesta por el Dr.
Canals, diría que el signo más evidente de
que estamos en una época que no tiene parangón
con las anteriores, lo que vulgarmente llamamos época
apocalíptica, se manifiesta precisamente en esto,
a saber, que la naturaleza no sólo no es entendida
como la creación, lo que exigiría la existencia
del ser creador, Dios, sino que tampoco es vista como un
sustituto de la idea de Dios que presentase una nueva dogmática
meramente «natural». Hoy ya no hay ni naturalismo,
en la medida en que esta concepción implica algo
que está por encima del hombre. Según la advertencia
de San Pablo a los tesalonicenses, el hombre, del pecado
se alza contra todo lo que es Dios o recibe culto.
Tal idea la vemos múltiplemente expresada en la obra
de un filósofo francés contemporáneo,
en especial en un libro titulado precisamente antinaturaleza,
escrito en 1973. Las páginas iniciales del prólogo
de esta obra son bien significativas: «¿Cuándo
daremos término a nuestros escrúpulos y prevenciones?
¿Cuándo dejaremos de estar obcecados por todas
estas sombras de Dios?
¿Cuándo nos será al fin permitido,
a nosotros los hombres, comenzar a ser naturales, a "naturalizarnos",
con la pura naturaleza, la naturaleza recobrada, la naturaleza
liberada?». «Tal es la cuestión planteada
por Nietzsche al final de un aforismo de La gaya ciencia
(aforismo 109), que describe la realidad como infraracional
y a la vez trascendiendo toda interpretación, es
decir, ajena por definición a todas las ideas qué
haya podido tomada como pretexto (vida, finalidad, orden,
necesidad, armonía, ley). A esta cuestión
le será propuesta aquí una respuesta concebida
del siguiente modo: el hombre será "naturalizado"
el día en que asuma plenamente el artificio renunciando
a la idea de la naturaleza misma, que puede ser considerada
como una de las principales “sombras de Dios",
si no como el principio de todas las ideas, que contribuyen
a "divinizar" la existencia (y, de esta manera,
a despreciarla como tal». (Clément Rosset:
La anti-naturaleza, ed. Taurus, prólogo, pág.
9). La propuesta de Rosset se centra con estas palabras:
«El artificialismo del que se ha tratado y se tratará
en el presente libro, designa, pues, esencialmente una negación
de la naturaleza y una afirmación universal del azar,
sentido que se sitúa en las antípodas de todas
las formas de naturalismo antropocéntrico que se
han manifestado tras Aristóteles, en la historia
de la filosofía» (ibíd., pág.
59).
Esta tesis, física y metafísicamente imposible,
me recuerda el acto primero de la representación
de los populares «pastorests» catalanes, en
concreto la obra llamada L'Estel de Natzaret del Dr. Pamies
en que, en el acto primero con que se inicia la representación,
se produce un diálogo entre el ángel fiel
a Dios, Miguel, y el ángel caído, Luzbel,
en que éste último, Satanás, le dice
a San Miguel que él no ha sido creado por Dios sino
que el azar los creó a ambos, tesis típicamente
maniquea, pero que viene al caso recordar. El azar en la
postmodernidad es creador. Este es un mensaje insistente
de los actuales medios de comunicación y de difusión
cultural: todo procede del azar. En vano podríamos
nosotros aducir los textos del gran físico Newton
rechazando de plano la tesis epicúrea de la existencia
del sistema solar por azar, así como en vano opondríamos
a esta mentalidad el célebre aforismo de Einstein:
«Dios no juega a los dados». Digo en vano porque
hoy este es el mensaje fundamental, que está exigido
para negar en su misma raíz toda posibilidad de remontarse
desde este mundo hasta Dios.
Quien abrigase alguna duda sobre el carácter antiteísta
de esta aparente «propuesta filosófica»,
sólo tendría que leer el capítulo II
de la obra mencionada, titulada precisamente «Naturaleza
y religión», donde escribe párrafos
como estos: «Frecuentemente la idea de naturaleza
ha sido considerada como un arma eficaz, y puede incluso
que como la más eficaz de las armas, contra todas
las formas de superstición y de creencia religiosa...
Sea como sea, el que la naturaleza se opone a la religión
como el progresismo al oscurantismo es una idea que aún
hoy influye profundamente en la mayoría de las conciencias:
se aceptará de buen grado que los períodos
de progreso intelectual y social han sido aquellos que han
hecho fracasar la ideología religiosa en nombre de
la naturaleza, como lo acreditan el Renacimiento o la Aufklarung
del siglo XVIII. No hay nada más ambiguo, en cambio,
que esa pretensión crítica en lo que a la
idea de naturaleza se refiere: podría ocurrir que
ésta no sólo sustituya una religión
por otra, sino que además retornase siempre, so pretexto
de luchar contra la superstición, a la muy general
y viva fuente de todas las representaciones religiosas,
dando de esta manera dos grandes pasos hacia atrás
por cada pequeño paso hacia adelante».
Sigue diciendo, en aclaración de su peculiar respuesta:
«Según una perspectiva naturalista, la idea
de naturaleza sigue a la idea de sobrenaturaleza y se halla
investida de una función crítica con respecto
a esta última. Desde el punto de vista de una filosofía
no naturalista, esta proposición sólo tiene
sentido a la inversa: la idea de naturaleza precede a la
idea de sobrenaturaleza y, lejos de criticarla, la favorece
por la simple razón de ser la única capaz
de hacerla posible». Y unas pocas líneas después
continúa: «Una interpretación religiosa
del mundo sólo es posible si hay un mundo que interpretar,
es decir, si lo que existe debe su existencia a principios
y su duración a fuerzas que, actuando en la existencia,
le permitan sobrevivir». Y concluye: «La naturaleza
es, pues, el arma al servicio de la religión, que
ciertos filósofos pretendieron dirigir contra ella
únicamente por haber asimilado apresuradamente la
religión a ciertas instituciones perecederas y por
haber ignorado la profundidad de su propia religiosidad.
Lo que se opone a la idea de naturaleza no es la ideología
religiosa, sino por el contrario el pensamiento materialista,
que se niega a ver en la existencia tanto el efecto de fuerzas
como el resultado de principios: para dar cuenta de lo que
los hombres llaman naturaleza el materialismo se contenta
con invocar dos "negaciones de principio" que
son la inercia (negarse a introducir la idea de fuerza en
la existencia) y el azar (el único capaz de explicar
la posibilidad de producciones sin menoscabar el principio
de inercia»> (ibíd., págs. 35-37).
El filósofo postmoderno encuentra materialistas a
La Mettrie, a Helvetius y -en menor medida, dice- al barón
de Holbach, pero quien es verdaderamente materialista a
su juicio es Lucrecio, para el cual la única causa
de los fenómenos es una «anticausa»:
el azar. Y concluye este capítulo con estas palabras:
«La búsqueda de una razón para las cosas
constituye en definitiva el dominio privilegiado de la religión
según Lucrecio, puesto que esta búsqueda implica
el deseo de elevarse por encima de la observación
puramente material de los fenómenos (deseo de elevación
que se expresa precisamente en la palabra supersticio);
y que esta razón sea reputada «natural»
como en Aristóteles o en los estoicos, no hace sino
confirmar la opción metafísica. Naturaleza,
razón y dioses son de esta manera, para el autor
del De rerum natura, tres fantasmas próximos e intercambiables,
tributarios por igual de una afectividad fundamentalmente
religiosa que se niega a admitir que la existencia -conocida
su capacidad para complacer o frustrar al hombre- pueda
producirse sin causa ni programa» (ibíd., pág.
47).
La deuda metafísica de esta posición «natural»
con Nietzsche, Schoppenhauer, Marx y Sartre -sin olvidar
en ningún modo a Heidegger- es evidente. En definitiva
parece que resuena la tesis once de las tesis de Marx sobre
Feuerbach y que, en otras ocasiones hemos citado. «Cuando
se ha descubierto, dice Marx, que la familia celestial se
funda sobre la familia terrena es a ésta a la que
hay que destruir en la teoría y en la práctica».
Pues, bien, en la medida en que no ya la familia monógama
e indisoluble, sino la misma naturaleza puede ser el punto
de partida de la existencia de Dios -recordemos la carta
a los Romanos y el salmo en el que San Pablo se inspira-,
es esta naturaleza la que ha de ser negada.
El pensamiento postmoderno ha emprendido, como no se había
hecho antes, la crítica más revolucionaria
a la noción de naturaleza.
Comd ejemplo de pensamiento artificialista, no naturalista,
en el plano de la filosofía política encuentra
el filósofo francés a Maquiavelo y a Hobbes.
Nada menos sorprendente que esto. Del primero alaba su falta
absoluta de moralidad, con estas palabras sintéticas:
«Si Maquiavelo no habla jamás de moral, es
en primer lugar porque desconoce una instancia que sirve
de fundamento necesario a toda preocupación moral:
la idea de naturaleza. Y precisamente porque ignora la idea
de naturaleza, Maquiavelo ignora también toda exigencia
de orden moral» (ibíd., pág. 192).
Más revelador ha de resultar el juicio sobre el Leviathan
de Hobbes. Apenas hay una línea de desperdicio en
este capítulo que ya comienza con toda la presentación
de la tesis, por otro lado, ya nada sorprendente, conociendo
a Hobbes y conociendo la tesis del autor francés:
«Desde las primeras líneas del Leviathan --escribe
Rosset- Hobbes define la organización política
como el reino del artificio». Y completa en el párrafo
siguiente las características de este artificio político
que es el Estado: «Que todo sea producción
implica que todo es azar, en el sentido que la producción
no acompaña su acto productivo de un diploma de necesidad
natural y metafísica: ley fundamental de todo pensamiento
artificialista. De esto resulta en el pensamiento de Hobbes,
un cierto número de negaciones características:
en el plano físico negarse a considerar una naturaleza
que es algo más que una red de producciones no producidas
por el hombre, pero no menos artificiales que las producciones
humanas; en el plano moral negarse a todo principio, excepto
aquellos que resultarán artificialmente del Estado
y de sus prescripciones soberanas; en lógica, negarse
a toda necesidad excepto aquellas producidas por la convención
del lenguaje, o mejor de los lenguajes humanos». Y
podemos. añadir una tercera cita para terminar esta
descripción somera de este pensamiento «desnaturalizador»:
«El Leviathan, del que el Larouse del siglo xx dice
que es una “obra maestra de lógica cruel y
pesimista", aparece como una lógica muy rigurosa
de lo peor o, lo que viene a ser lo mismo, una lógica
de lo mejor en el peor de los mundos posibles: es decir,
en el mundo del azar, que podemos también llamar
ausencia de mundo (mundo, por su origen etimológico
-mundus-, implica una idea de elaboración estética
resultado de una voluntad creadora incompatible con la idea
del azar). La clave de esta lógica hobbiana reside
en esta intuición de que todo orden debe ser íntegramente
construido, sin esperar una guía o algún tipo
de ayuda por parte de una naturaleza del hombre o del mundo:
en un mundo en que todo es artificialmente construido, toda
construcción (política o social) debe ser
arbitrariamente inventada. Dicho de otra manera: una construcción
lo será sin punto de apoyo o no lo será»
(ibíd., págs. 209-211).
Podemos definir -para concluir- el pensamiento
postmoderno sobre la naturaleza como la más alta
recusación de Dios, realizada sobre su obra, la creación.
El pensamiento postmoderno no usa ya intermediarios «modernos»
en su rechazo de Dios que de algún modo sustituyan
a Dios. Augusto Comte decía: «sólo se
destruye lo que se sustituye». Pero Comte no era todavía
un postmoderno. La tentación a que está sometido
el pensamiento actual no pasa ya por la mediación
de lo que puede suplantar a Dios, sino que se elige su directa
antítesis.