(Artículo
aparecido en la revista Verbo, nros. 357-358,
año 1997)
Esta exposición acerca del sentido cristiano de la
historia no ha sido encomendada por el doctor Vallet a ningún
historiador -entre los muchos y buenos que hay entre los
amigos de la Ciudad Católica-, lo que me permite
pensar que debo más bien discurrir de modo breve
por los caminos de una especie de reflexión acerca
del sentido cristiano de la historia, en esta XXXV Reunión,
a modo de cierta meditación de la que podamos sacar
algún provecho.
En la revista Cristiandad se dedicaron, en los primeros
años, ya desde el número cinco del año
1944, varios artículos al tema del sentido cristiano
de la historia, lo que el padre Ramière llamó
“Teología de la Historia”. Especialmente
recomendable es la lectura del número doble de julio
de 1945. Siguiendo al insigne apóstol del Corazón
de Jesús, se cultivaba entre los discípulos
del padre Ramón Orlandis, S.I. esta rama de la teología
y de la historia, no para satisfacer ninguna curiosidad
sino para alimentar la indispensable esperanza católica
en unos tiempos de creciente secularización de la
vida social y política. Ello requería, ante
todo, estudiar historia y penetrar en su sentido con toda
seriedad.
Pero mirando a la historia de la humanidad, que ha de ser
redimida y entrar a formar parte de la Iglesia, aparece
una dificultad, porque nos desconcierta que la historia,
explicada por la historiografia laica, parece ser un cúmulo
de arbitrariedades desconexas, contradictorias incluso,
cambiantes siempre y, cuando se pretende darle un sentido,
siempre es hacia la emancipación de la humanidad
respecto a Dios. Los que no aceptan esta tendencia secularizadora,
se tienen que conformar con una historia que se nos presenta
como algo majestuoso a veces, pero tan deplorable en la
mayoría de las ocasiones, que casi preferimos no
atender demasiado a ella y en cierto modo nos parece, no
sabemos bien por qué, que es preferible mirar al
futuro porque, además, decimos, el futuro lo haremos
nosotros y siempre puede ser mejor que el que hemos encontrado
hecho.
Nos gustaría saber historia, al menos en sus trazos
más generales, y sobre todo nos gustaría entender
la historia. En cierta manera querríamos que la historia
fuese una ciencia, con sus principios, sus demostraciones
y sus conclusiones, pero en seguida pensamos que tal cosa
ni es ni puede ser ni ha de ser, pues sería horrible
que resultasen los hombres meros juguetes de leyes superiores
que fatalmente decidiesen los acontecimientos humanos presuntamente
realizados por seres libres.
Como es bien sabido, ésta fue la falsa conclusión
a que llegó el filósofo alemán Oswald
Spengler en el período de entreguerras cuando vislumbró
fatalmente la decadencia de occidente. Sin duda se apercibió
muy bien de esta decadencia, pero falto de esperanza la
consideró fatalmente irreversible y asimiló,
sin más, la vida de las culturas a la vida de cualquier
otro ser vivo que nace, crece y muere. Spengler estaba en
contra de encontrar un sentido a la historia, como podemos
vedo en este texto así:
«Es
completamente inaceptable el modo de interpretar la historia
universal, que consiste en dar rienda suelta a las propias
convicciones políticas, religiosas y sociales, y
en las tres fases que nadie se atreve a tocar, discernir
una dirección que conduce justamente al punto en
que el interpretador se encuentra. Unas veces será
la madurez del intelecto, otras la humanidad, o la felicidad
del mayor número, o la evolución económica
o la ilustración, o la libertad de los pueblos, o
la victoria sobre la naturaleza, o la concepción
científica del universo, o cualquiera otra noción
por el estilo la que sirva de unidad absoluta para medir
los milenios y demostrar que los antepasados o no supieron
concebir la verdad o no pudieron alcanzada.»1
Advirtamos
que a Spengler no le pasa por la cabeza la interpretación
teológica de la historia y la razón más
profunda es porque la providencia no actúa en un
sentido lineal sino, precisamente, en un sentido parecido
al propuesto por el filósofo. La diferencia fundamental
es que Dios usa nuestra libertad en función de su
proyecto, sin determinamos a obrar ciegamente. La conclusión
de Spengler no la sostiene hoy nadie, a pesar de la justeza
de su observación sobre la diferencia entre cultura
y civilización. La cultura es la vida, la civilización
es la muerte de una cultura, a pesar de su aparente esplendor.
Concluye así su visión de terminista vitalista:
«Hasta
hoy éramos libres de esperar del futuro lo que quisiéramos.
Donde no hay hechos manda el sentimiento. Pero en adelante
será un deber para todos preguntar al porvenir qué
es lo que puede suceder, lo que sucederá con la invariable
forzosidad de un sino, que no depende de nuestros ideales
privados, de nuestras esperanzas y deseos. Empleando la
palabra libertad, tan equívoca y peligrosa, podemos
decir que ya no tenemos libertad para realizar esto o aquello,
sino lo prefijado o nada... El nacimiento trae consigo la
muerte, y la juventud la vejez. La vida tiene su forma y
una duración prefijada. La época actual es
una fase civilizada, no una fase culta; lo cual excluye
por imposible toda una serie de contenidos vitales.»2
Nos
encontramos en un cierto callejón oscuro y sin salida
aparente, pero atisbamos una solución cuando por
un buen historiador, quizá simplemente de un hombre
que vivió personalmente un hecho singular, para nosotros
extraño en el tiempo o en el espacio, nos llega su
narración con una doble cualidad, la de ser muy verídico
y la de saber mostrar el sentido de su relato, su razón
de ser. Spengler no podía prohibir la interpretación
de la historia por dos razones. Primero porque él
también la interpretó, aunque de modo cíclico;
segundo porque sin interpretación no hay historia.
La interpretación de la historia es la que no deforma
el hecho pero le encuentra el sentido. Es como si, en el
plano de las ciencias filosóficas, hubiésemos
encontrado la causa eficiente y la final porque conocemos
el sentido profundo y el marco general de cuanto es y acaece.
Este es el sentido de una historia de la que sacamos una
conclusión que eleva nuestro espíritu dentro
incluso de su misterio. Tal cosa sucede, por ejemplo, con
las vidas de los santos y quizá, en particular, con
las vidas de los mártires cuyo final, humanamente
trágico, resuena para nosotros como lleno de sentido
y de salvación a la luz de la fe. Para encontrar
un sentido a la historia ésta ha de ser estudiada
desde la perspectiva teológica. A la historia le
sucede lo mismo que a la filosofía. En sí
misma considerada, es una labor de la mera razón,
independiente de la fe, pero, de hecho, en las cuestiones
más fundamentales que más afectan al hombre,
como es el caso de la existencia de Dios, la razón
humana se extravía si no se deja iluminar por la
fe. La causa es bien sencilla, pues por el pecado original
se ha oscurecido la inteligencia y, como dice Santo Tomás,
de no haber mediado la revelación habría desaparecido
del haz de la tierra la idea de Dios. Hay que retomar, pues,
la perspectiva teológica.
Cuando yo era párvulo estudiábamos, o mejor,
nos enseñaban, lo que se llamaba «Historia
Sagrada». Estudiar la Historia Sagrada era para nosotros
estudiar el Antiguo Testamento o, más concretamente,
algunos pasajes especialmente significativos y aleccionadores
de aquellos libros históricos, que junto con los
salmos, los sapienciales y los profetas, constituyen la
exposición de la primera Alianza de Dios con los
hombres. Dejemos ahora a un lado todos los libros genuinamente
históricos, a los que hay que añadir por su
contenido los libros proféticos, y que ocupan más
de la mitad de los textos sagrados, se narran las vicisitudes,
bien complejas por cierto, del pueblo escogido por Dios.
Nuestros hijos estudian hoy estos temas bajo el nombre más
formal de «Historia de la Salvación».
Leído en nuestra adultez con mayor amplitud, nos
damos cuenta de que aquella alianza es el diálogo
entre Dios y unos hombres que se eligió como pueblo.
Quizá a veces nos ha sorprendido la crudeza de algunas
descripciones, pero aprendemos en estas lecturas algo muy
importante, pues no sólo vemos que Dios siempre es
fiel y misericordioso, sino que Dios actúa entrando
en la historia de su pueblo y que la prosperidad de éste
va siempre ligada a su fidelidad, como su desgracia a su
abandono de la Ley. Sí, realmente el Antiguo testamento
es sobre todo histórico y vemos claramente que la
historia de Israel tiene un sentido que es su referencia
a Dios. Por primera vez en la historia de la humanidad un
pueblo tiene una historia con sentido porque tiene un guía
y un destino.
El filósofo Nicolás Berdiaeff, reconvertido
a la fe ortodoxa, planteó acertadamente la cuestión
al relacionar la historia con el sentido de la historia,
es decir, cuando los hechos se suceden en vistas de algo
que ha de venir, y esta idea que era extraña al mundo
cultural griego, constituía la base de la vida de
Israel, quien en este sentido es el primer pueblo que tiene
una historia y la comunica a los demás:
«Fueron
los hebreos los que nos trajeron el concepto de "lo
histórico". Por ello estoy firmemente convencido
de que la misión del pueblo hebreo había sido
verdaderamente la de introducir, en la historia del espíritu
humano, una conciencia del proceso histórico francamente
opuesto a la concepción cíclica, propia del
espíritu helénico. La antigua conciencia hebrea
había relacionado siempre el proceso histórico
con el mesianismo, y es aquí donde advertimos la
diferencia esencial que media entre la conducta helénica
y la hebrea. Mientras la primera iba dirigida hacia el pasado,
la segunda tendía constantemente a lo futuro. El
pueblo hebreo vivía intensamente de cara hacia el
porvenir, esperando siempre una resolución del destino
del pueblo de Israel.»3
Pero
el mesianismo del pueblo de Israel no es algo vago sino
que es la espera del Mesías concreto, aquel que de
hecho los jefes de Israel no supieron o no quisieron reconocer,
La Iglesia sabe bien que éste es el acontecimiento
primordial de la historia humana, tal como lo recuerda el
Catecismo:
«La
venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento
tan inmenso que Dios quiso preparado durante siglos. Ritos
y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera
Alianza" (Hb. 9, 15), todo lo hace converger hacia
Cristo, anuncia esta venida por boca de los profetas que
se suceden en Israel.»
Ahora bien, el Nuevo Testamento, la segunda y definitiva
Alianza de Dios con los hombres, cumplimiento perfecto de
las antiguas profecías y consumación del plan
de Dios sobre la humanidad, es también un texto histórico,
que describe con detalle los hechos principales que comienzan
con la Encarnación del Verbo de Dios, que refieren
algunos de los muchos milagros que hizo para probar su divinidad
y recogen las enseñanzas de la corta pero intensa
vida pública de Jesús, Dios hecho hombre,
y que en conjunto y en sus cuatro presentaciones llamamos
con el esperanza dar nombre de evangelio, el buen anuncio.
Y se cierra con el libro profético del Apocalipsis
que escribió el apóstol y evangelista San
Juan, libro verdaderamente histórico, pero de una
historia de lo que había de suceder a partir de aquella
inspirada revelación, que fue la revelación
de Jesús. Incluso la historia de la primitiva Iglesia,
los hechos de los apóstoles, y las mismas enseñanzas
escritas de los apóstoles, sobre todo del apóstol
de los gentiles, que en forma de cartas han llegado a nosotros
como el eco autorizado de aquella primera Iglesia, no hemos
de desconocer que incluyen aspectos proféticos que
constituían el fundamento de la esperanza de los
primeros cristianos y que conservan este carácter
también hoy para alimentar la nuestra.
El nuevo testamento es, pues, también histórico.
La resurrección de Jesús -como todos sus milagros-
no puede reducirse a una mera ocasión para hacer
una piadosa alegoría. Nada ha hecho tanto daño
a la Iglesia como las sectas gnósticas que desvirtuaban
el sentido histórico y convertían la religión
de Jesucristo en una mera llamada a la «espiritualidad»
o a la filantropía. Y no sólo es histórico
sino que es también profético.
Pero comparando bajo este aspecto los dos Testamentos, quiero
llamar la atención sobre el hecho de que casi inconscientemente
muchos tienden a pensar que fue, sobre todo, en la Antigua
Alianza donde Dios se mostró como providente respecto
a su pueblo, mientras que desde la Nueva Alianza dicha providencia
les parece que ha sido sustituida por la fundación
de la Iglesia que ya no es tanto un pueblo de elegidos cuanto
un cuerpo de doctrina y de santificación. Hay que
hacer un examen de conciencia sobre esta injustificada tendencia
a ver en nuestra Iglesia sólo el cuerpo doctrinal,
como si el Espíritu Santo que rige a la Iglesia fuese
sólo un Consolador y Vivificador de tal naturaleza
que habría abandonado a la colectividad de los redimidos
para atender solamente a los cristianos de modo individual.
Aunque tenemos una ley perfecta, la ley de la gracia, no
estamos autorizados a sobreentender erróneamente
que carecemos de una providencia colectiva. Y, siguiendo
por esta corriente podría suceder algo peor, se podría
pensar que no la necesitamos.
Una manifestación práctica de esta actitud
podría quedar ejemplarizada en el hecho de que los
cristianos no sabemos casi nada de la historia de la Iglesia,
en particular, por ejemplo, la fundamental historia de los
concilios ecuménicos, que frente a las herejías
fijaron la exposición y comprensión correcta
de nuestra fe, mientras que nos extrañaría
mucho encontrar un judío creyente que no conociese
muy bien el Deuteronomio y, en general, todo el Pentateuco,
que es, a la vez, la exposición de la Ley y la historia
de la salvación del pueblo a quien se ha dado esta
ley.
Claro está que hay una diferencia fundamental entre
ambas historias, pues la historia de la Iglesia, pasada
la época apostólica, ha de ser necesariamente
una historia escrita por hombres sin especial asistencia
divina, cuando se ha cerrado ya -con el Apocalipsis- la
revelación. Fuera de la primera época de la
Iglesia nosotros no tenemos una historia sagrada, pero sí
tenemos un principio interpretativo de la historia que ha
de venir, cuyo fundamento ha de ser aquellas palabras de
Jesucristo con las que se termina el evangelio de San Mateo:
«Sabed que estoy con vosotros todos los días
hasta la consumación de los siglos»
En
el Nuevo Testamento hay una especial referencia de Jesús
a las cosas que han de venir. También nosotros debemos
estar alerta sobre los tiempos futuros, ante sucesos trascendentales
en cuya expectación hay que estar vigilantes, como
dijo en aquellas parábolas en que se habla del dueño
o del novio que tarda en llegar, sin dormirse -como en la
parábola del siervo fiel- y, si nos dormimos -como
en la parábola de las vírgenes prudentes y
necias- con suficiente aceite, esto es con suficiente fe
y esperanza. Es bien claro que tales expectativas no se
refieren a la muerte, como con excesiva simpleza se dice
en muchas homilías, sino a la segunda venida de Jesucristo,
que la liturgia actual -y el Catecismo- con tanto énfasis
nos anuncian.
Pero hay algo más que también hemos de considerar.
Lo que distingue al pueblo elegido de Israel del nuevo pueblo
de Dios según la nueva y definitiva Alianza, no es
que ahora la historia no sea parte de nuestra consideración
sino que ahora el pueblo es ya toda la Iglesia extendida
por todo el mundo y, en cierto sentido, toda la humanidad
en cuanto que la Iglesia tiene vocación intrínseca
de predicar a todas las gentes según el mandato explícito
y constituyente de nuestro Salvador: «Id al mundo
entero y predicad el evangelio a toda la creación»
. Bien claramente dijo Jesucristo: «tengo otras ovejas
que no son de este redil», aún después
de haber manifestado su predilección por los judíos
que eran su pueblo. Hay, por tanto, una cuestión
importantísima, pues mientras el pueblo de Israel
tenía una historia muy enmarcada en sí mismo,
el actual pueblo de Dios, que es la Iglesia, aparece no
sólo extendido por todo el mundo sino en relación
con todo el mundo. La Constitución Conciliar Gaudium
et Spes, Constitución sobre la Iglesia en el mundo
actual, del último Concilio ecuménico es una
buena prueba de ello.
Consideremos ahora el punto fundamental que nos ha de invitar
a pensar en el sentido cristiano de la historia. La providencia
es un dogma fundamental de la vida cristiana. Expone esta
verdad que Dios cuida de los hombres muchísimo más
que de todo el universo creado, pues todo el universo no
hubiera sido hecho por Dios si no fuera pensando en el hombre
que lo había de habitar. Ahora bien, Dios cuida con
sabias leyes la marcha de los astros, con perfecta reiteración
el paso cambiante y armonioso a la vez de las distintas
estaciones y, en general, de todos los procesos naturales
sin los cuales la vida humana sería imposible. ¿Cuál
ha de ser el cuidado que Dios toma de los hombres? Jesucristo
dijo que todos nuestros cabellos están contados y
que si cuida de los lirios del campo y de los gorriones
más ha de cuidar de sus hijos los hombres.
Los hombres, en lo natural dependemos de las cosas creadas
por Dios, que nos rodean y nos dan luz, calor y nos alimentan,
pero los hombres dependemos también de todo aquello
que los mismos hombres nos han dejado con su paso anterior.
Luego para nuestro sustento integral necesitamos también
de la sociedad humana y no sólo de la naturaleza
externa. De ahí que la Iglesia diga que siendo el
hombre social por naturaleza y siendo la naturaleza humana
obra de Dios, la misma sociedad es obra de Dios y a Él
se ha de ajustar, pues no puede estar ausente de la Providencia
aquello que más ha de influir en la vida del hombre,
cual es la sociedad.
Ninguna realidad puede decirse independiente de Dios, pues
sería ella misma divina, con lo que la historia humana,
como realidad en este mundo, no puede considerarse ajena
al señorío de Dios. La historia le ha de estar
sujeta más que toda la creación . Sería
muy extraño que lo que más influye en la vida
del hombre y más condiciona su comportamiento estuviera
determinado sólo por la voluntad de algunos hombres,
quizá los más malvados. Los hombres seríamos
los más olvidados de Dios, de hecho.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado
por el Papa en 1992, hablando del dogma de la Providencia,
leemos estas palabras bien contundentes:
«El
testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud
de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene
cuidado de todo, de las cosas más pequeñas
hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia.
Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía
absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: "Nuestro
Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place
lo realiza" (Sal, 115,3); y de Cristo se dice: "si
Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra,
nadie puede abrir" (Ap., 3, 7); "hay muchos proyectos
en el corazón del hombre, pero sólo el Plan
de Dios se realiza.» (Pr., 19, 21) .
Debemos
penetramos de la relación entre la historia de la
salvación y la historia de la humanidad. La salvación
la ha realizado Dios en el tiempo. Y los tiempos adquieren
consistencia por los hechos que en ellos suceden. Y Dios,
que ha venido a salvarlo todo, asume en su acto salvador
todos los acontecimientos humanos, de modo que no sólo
aprovecha los actos libres de los hombres sino que muestra
su sabiduría al encauzados hacia su propia voluntad.
En esta obra temporal brilla su poder y brilla su misericordia
y queda patente a todos que son vanos los proyectos de los
hombres que se alejan de Dios. El sentido de la historia
muestra esta doble verdad, que la voluntad de Dios se eleva
sobre las ruinas de los falsos proyectos humanos y que muestra
de continuo su amor y misericordia, de modo que nos maravillemos
más de su providencia que de su misma creación.
La historia es importante porque hay un destino, una meta
que le da un sentido y ello no se funda en ningún
idealismo inmanentista, sino en el plan de Dios, del todo
trascendente pero realizado en la historia. El proyecto
divino no es otro que la salvación de todos los hombres,
pero realizado de modo histórico.
Dios, que hizo el mundo en el tiempo, como nos narra expresamente
el Génesis con su relato de los seis días
de creación, tuvo de él providencia también
en el tiempo. Cuando nuestros primeros padres abandonaron
el paraíso, no los abandonó y, a pesar de
la maldad que se extendió por la tierra, en cierto
tiempo eligió un hombre, Noé, para perpetuar
la humanidad a pesar del castigo universal. Eligió
a Abraham en el tiempo e hizo de él un gran pueblo,
sacándolo de su tierra originaria y haciendo después
trasladarse a sus descendientes en tiempos de Jacob a la
larga estancia en Egipto, y todo ello en el tiempo. Y liberó
al pueblo elegido por mano de Moisés en el tiempo,
y así, en toda la historia posterior de Israel, ya
instalado en la tierra prometida, con sus jueces y sus reyes,
con sus dos deportaciones y sus vueltas al país prometido,
ha mostrado siempre que obra en el tiempo que Él
mismo ha hecho.
Lo mismo acontece en la Nueva Alianza. En el tiempo fue
la Encarnación, y la Iglesia por Él fundada
que vive en el tiempo en toda clase de vicisitudes. Dar
sentido a estas vicisitudes lo hicieron sintéticamente
San Agustín en La ciudad de Dios, quien sostiene
que lo que acaece al imperio romano no es imputable a los
cristianos, sino que es para castigo de los malos y recompensa
de los buenos, y, más en particular, Bossuet, tenía
la misma idea apologética, al prolongar su reflexión
hasta la consumación del imperio de Carlomagno, en
el Discurso sobre la Historia Universal. Ellos entendieron
que las cosas creadas son temporales y Dios mismo ha querido
obrar observando unos tiempos.
Encontrar un sentido a la historia es ver que hay un orden
razonable en los acontecimientos humanos de modo que han
servido para la expansión de la Iglesia, a pesar
de parecer hechos fortuitos y aún meramente calamitosos
para la humanidad o incluso, a veces, como en tiempo de
persecuciones, para la misma Iglesia.
Pero fue sobre todo el padre Ramière quien mostró
la necesidad de atender a estas leyes de la providencia
-que nacen del conocimiento de la historia de la Iglesia
comparándola con la historia de la humanidad- para
estar prontos, alegres y orantes en el tiempo actual, porque
Dios no hará renacer a la humanidad a la luz total
de su salvación más que después de
haber aniquilado las falsas pretensiones humanas. Saber
distinguir en la humanidad sus profundos anhelos, de sus
equívocas resoluciones.
Saber conjugar el fracaso con la esperanza, la inminencia
de las calamidades humanas con la proximidad del triunfo
total.
A las leyes de la Providencia que, como ya dijera San Agustín,
son de permitir el mal para sacar de ello mayor bien, hay
que unir, además, las promesas del mismo Rey de la
humanidad. Estas promesas hablan inequívocamente
de triunfo final en medio de las mayores adversidades. Estas
profecías entroncan con las del Apocalipsis. Las
profecías, decía el padre Ramière en
su gran libro Las esperanzas de la Iglesia , son de tres
tipos, las que proceden de los libros sagrados, las que
proceden de la devoción al Sagrado Corazón
y las que proceden de la definición dogmática
de la Inmaculada Concepción. El libro que comentamos
ahora merecería ser resumido en su globalidad, aunque
vamos a dar sólo una muestra de su argumentación
y de su fuerza. El padre Ramière había dado
en Vals donde se formaban los jóvenes jesuitas para
ir a las misiones, un curso titulado “El reino de
Jesucristo en la historia" durante el año académico
1862-63 , pero sus ideas fueron luego a parar, sobre todo,
al gran libro que fue Las esperanzas de la Iglesia, y de
esta obra vale la pena exponer un párrafo un poco
largo:
«El
estudio de los caminos seguidos por la Providencia en el
pasado, induce al convencimiento de que Dios no deparará
el triunfo a su Iglesia, hasta que sus enemigos hayan desplegado
contra ella todo su furor y parezca haber logrado un triunfo
completo.
No de otra manera, Jesucristo, cuya vida mortal es el tipo
de la existencia terrena de la Iglesia, ha vencido a la
muerte dejándose vencer por ella, ha obtenido un
pleno éxito en su misión al entregarse en
manos de sus verdugos.
De igual modo, la Iglesia triunfó de la crueldad
de los emperadores romanos, de las sutilezas de las herejías,
de la barbarie de los pueblos del Norte, de la tiranía
de los emperadores y reyes cristianos, en una palabra, todos
cuantos enemigos se le han opuesto en el curso difícil
de su existencia, no ya desarmándolos antes del combate,
sino, al contrario, después de haber sufrido hasta
el límite los excesos de su rabia y hostilidad.
También de esta manera en el mundo antiguo, figura
de la nueva Era, la raza de los servidores de Dios, no fue
salvada por el diluvio, por la invocación de Abraham,
por la salida de Egipto, por el fin de la cautividad de
Babilonia y, por último, por el nacimiento del Salvador,
hasta el momento en que el predominio del error y del crimen
parecía no dejar esperanza alguna a la verdad y a
la virtud.
(.. .)
Es siempre la misma economía, de la que hallamos
una viva expresión en la célebre visión
de Ezequiel. Para infundir de nuevo el espíritu de
vida espera Dios a que la muerte haya concluido su obra.
Permite a la infidelidad encerrar a todos los hombres en
un calabozo sin salida, a fin de manifestar más gloriosamente
su misericordia al devolverles la libertad. Tal nos dice
San Pablo: "Conclusit omnia in infidelitate ut omnium
misereatur".
Todo nos lleva a creer que esta analogía, que tan
exactamente se ha realizado en el pasado, se verificará
igualmente en el porvenir. Nada priva a Dios, Todopoderoso,
de hacer milagros; pero como su sabiduría nunca se
separa de su poder, guarda un orden y sigue una ley, aun
en aquellos actos por los que deroga el orden común
y las leyes naturales. Todo lo hace, incluso los milagros,
con número, peso y medida. Si en sus obras se descubre
una infinita variedad, también reina en ellas una
admirable unidad, y difícilmente nos equivocaremos
al pensar que en esta suprema lucha en que la Iglesia se
ve atacada a la vez por todos sus antiguos enemigos: cesarismo
y democracia, herejía, cisma e incredulidad, no obtendrá
la victoria, más que en iguales condiciones a que
ha tenido que comprar el triunfo parcial sobre cada uno
de sus adversarios. Como todas las doctrinas erróneas
que le han precedido, el anticristianismo masónico,
que las resume todas en su infernal unidad, probablemente
no será vencido por la unidad divina más que
después de haber logrado el triunfo que persigue
con tanto ardor, y que parece prometérselo. Sólo
entonces, la sociedad, que únicamente puede ser instruida
por su propia experiencia, comprenderá el precio
de la realeza de Jesucristo y el crimen cometido al insubordinarse
contra su autoridad» .
El
cristiano actual necesita conocer este sentido de la historia
porque ello alimenta su esperanza y conforta su fe, a la
vez que le da discernimiento sobre el modo como debemos
ser hoy apóstoles de la novedad del evangelio. Me
refiero muy en concreto al contenido total de nuestra fe
que ha de ser presentada también como una salvación
social e histórica. Más allá de los
errores que nos han invadido, nos han sacudido y nos han
armado incluso, en la humanidad actual se dan unas aspiraciones
de totalidad que sólo la Iglesia de Jesucristo puede
llenar.
Es también urgente explicar el sentido de la historia
y que la totalidad del evangelio, con sus profecías
y promesas, sea proclamado a todo el mundo para que no nos
trague del todo el error socialista-marxista, el error liberal-economicista,
el error nacionalista-racista, etc., entre otros argumentos
negando ningún sentido lineal al auge de alguno de
estos errores. Frente al mito del progreso indefinido de
la historia en una dirección materialista se ha de
dar el sentido de total redención espiritual y material
del hombre incluso en este mundo.
La
Constitución Gaudium et Spes, antes ya citada, hablando
de la actividad humana en el mundo, nos habla de la «tierra
nueva y el cielo nuevo". Este párrafo empieza
con estas palabras:
«Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación
de la tierra y de la humanidad» . Y al llegar aquí
cita en nota la referencia a esta cuestión en los
Hechos de los apóstoles. El texto se enmarca al comienzo
de dicho relato, cuando los apóstoles reunidos en
el Cenáculo de Jerusalén, por mandato de Jesús,
en espera del Espíritu Santo, le hacen la siguiente
pregunta, obteniendo esta respuesta:
«Los
que se habían, pues, reunido le preguntaban diciendo:
Señor, ¿en esa sazón vas a restablecer
el reino a Israel? Díjoles:
No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos oportunos
que el Padre fijó con su propia potestad» .
Es,
por tanto, claro que se trata de una pregunta que afecta
a la historia de la nueva Iglesia. La interpretación
desgraciadamente usual tiende a pensar que «consumación»
significa término, o, más claramente, si se
me permite la expresión fuerte, pero para que se
me entienda, se toma el término consumación
como «liquidación». Pero consumar una
tarea no es liquidarla, sino que es llevada a su perfección.
Es en este sentido que dijo Cristo en la cruz «todo
se ha consumado» Cristo había venido a redimir
a los hombres y morir en cruz era la consumación
de este proyecto decretado por toda la Trinidad y que el
Hijo aceptó realizar.
Pero la Iglesia no habla de liquidación, en absoluto,
pues en el catecismo podemos leer estas palabras, del todo
conformes con la liturgia actual:
«Al
celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia
actualiza esta espera del Mesías: participando en
la larga preparación de la primera venida del Salvador,
los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda venida.»(cfr.
Ap., 22, 17) .
El
sentido último de la historia de la humanidad y de
la Iglesia no es otro que la segunda venida de Jesucristo.
Porque es cierto que el cielo definitivo implicará
el término de la historia, pues no habrá historia
humana indefinidamente, pero nadie puede pensar que la Iglesia
nos invita a «desear ardientemente» la segunda
venida, a pedirla insistentemente, porque deseamos con ardor
que se acabe el mundo histórico. Esto ni es, ni puede
ser, verdad. Si los cristianos pidiéramos, anhelásemos,
el fin del mundo sería lógico que nadie nos
escuchase, porque esto no sería trascendente ni sobrenatural,
sino simplemente inhumano e incluso absurdo. Pero nosotros
no anhelamos el fin del mundo sino la consumación
de la historia de la salvación.
Un punto capital para nuestro propósito lo hemos
de encontrar en la explicación de la oración
dominical, el Padrenuestro, tal como se encuentra en el
Catecismo, concretamente en la petición que se titula
«venga a nosotros tu reino». Empieza por explicar
que el término griego «basilea» puede
traducirse también por la acción concreta
y no sólo por el nombre abstracto. De modo que podríamos
perfectamente decir «venga a nosotros tu reinado»,
que sonaría más parecido al título
de las obras del padre Ramiere Reinado social del Corazón
de Jesús. A continuación, y citando una oración
de San Cipriano, dice una cosa tan interesante como la siguiente:
«Incluso
puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona,
al cual llamamos con nuestras voces todos los días
y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra
espera» .
Dos
números más abajo insiste el Catecismo en
la misma idea y con gran naturalidad pone en relación
íntima la venida del Reino y el retorno de Jesucristo,
con estas claras y breves palabras:
«En
la Oración del Señor, se trata principalmente
de la venida final del reino de Dios por medio del retorno
de Cristo.(Cfr. Tt., 2, 13) (16).
La
razón de este anhelo es sencillo de expresar, pues
no es otra cosa que la misma voluntad salvífica de
Dios. Ahora bien, todo el mundo entiende que Dios, Cristo,
desea nuestra salvación, pues lo enseñó
expresamente el evangelista San Juan y, sin embargo, pedimos
nuestra salvación porque sabemos que no podemos alcanzarla
sin la gracia de Dios. Pues lo mismo sucede con la salvación
de todos los hombres. Desear ardientemente la segunda venida
es desear el triunfo definitivo de Dios sobre el mundo para
salvarlo. La salvación tiene que ser, de toda necesidad,
en este mundo histórico.
La íntima relación entre los dos testamentos
es evidente desde el punto de vista de Dios, pero demasiadas
veces nos parece a algunos de entre nosotros que la novedad
del evangelio ha clausurado definitivamente la referencia
al Dios de Israel, al único Dios, y a pensar en Cristo
fuera de las profecías que lo anunciaban como Mesías
de Israel. De este modo, ni avanzamos en el diálogo
con los judíos ni creemos prácticamente en
las profecías. La separación, y negación,
del Antiguo Testamento era tema central de la herejía
gnóstica y maniquea.
Pero el Catecismo nos ilustra desde una perspectiva muy
unificadora la relación entre la promesa del Mesías
y la venida del Salvador Jesucristo, cuando escribe:
«Por
otra parte, cuando se considera el futuro, el Pueblo de
Dios de la Antigua Alianza y el nuevo Pueblo de Dios tienden
hacia fines análogos: la espera de la venida (o del
retorno) del Mesías; pues para unos es la espera
de la vuelta del Mesías, muerto y resucitado, reconocido
como Señor e Hijo de Dios; para los otros es la venida
del Mesías». (17).
Y
comentando la Epifanía, la fiesta de los no judíos
ante el nacimiento de Jesús en Belén, escribe
unas maravillosas líneas de acercamiento de la fe
en el Rey de las naciones al Rey de los judíos:
«La
llegada de los magos a Jerusalén para rendir homenaje
al rey de los judíos (Mt., 2, 2) muestra que buscan
en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David
(cfr. núm. 24, 17-19; Ap., 22,16) al que será
el rey de las naciones. Su venida significa que los gentiles
no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo
de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia
los judíos (cfr. Jn., 4, 22) y recibiendo de ellos
su promesa mesiánica tal como está contenida
en el antiguo testamento (cfr. Mt., 2,4-6). La Epifanía
manifiesta "que la multitud de los gentiles entra en
la familia de los patriarcas" (San Leonardo Magno,
serm. 23) y adquiere la "israelitica dignitas"
(MR, Vigilia Pascual, 26; oración después
de la tercera lectura)» .
Uno
puede quedarse muy atónito ante este fenomenal texto,
pero no podía cuestionarse su redacción sin
poner en entredicho todas las citas bíblicas, de
uno y otro testamento, y la misma liturgia de la Iglesia
católica tal como está en el Misal Romano.
En definitiva, hemos de pensar que Cristo es el señor
del mundo y de la historia, aun cuando, a veces, no sepamos
entrever sus caminos. Tal como lo recuerda el catecismo:
«Creemos
firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la
historia. Pero los caminos de su providencia nos son con
frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga
fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara
a cara" (1 Co., 13, 12), nos serán plenamente
conocidos los caminos por los cuales, incluso a través
de los dramas del mal y el pecado, Dios habrá conducido
su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cfr. Gn.,
2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo
y la tierra» .
Notas
1 OSWALD SPENGLER, -La decadencia de Occidente.,
en Cristiandad, ibid., pág. 336.
2
ibid., pág. 337.
3
NICOLÁS BERDIAEFF, .EI sentido de la Historia. Ensayo
filosófico sobre los destinos de la humanidad., en
Cristiandad, Barcelona-Madrid, 1945, pág, 340, 15
de julio de 1945, núm. 32-33.
4
Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 522.
5
Mt., 28, 20.
6
Mc.,16,15.
7
Catecismo..., n. 450.
8
Catecismo..., n. 303.
9
ENRIQUE RAMIERE, Las esperanzas de la Iglesia, en Publicaciones
Cristiandad, Barcelona, 1962, trad. padre Hilario Marín,
S. I.
10
Véase el artículo del padre DUDON, Le Pere
Ramière, en Cristiandad, núm. cit., págs.
333-334.
11
ENRIQUE RAMIERE, op. cit., Introducción, págs.
4-6.
12
Gaudium et spes, n. 39.
13
Act., 1, 6-7.
14
Catecismo, n. 524.
15
Catecismo, n. 2816.
16 Catecismo, n. 2818.
17
Catecismo, n. 840.
18
Catecismo, n. 528.
19
Catecismo, n. 314.