(Artículo
aparecido en el revista Verbo, nros.339-340,
año 1995)
El
tema propuesto como clausura de esta reunión dedicada
monográficamente a la familia, está ya de
hecho elaborado por el actual Pontífice a lo largo
de todo su magisterio, de modo especial en la encíclica
Familiaris Consortio, de 1981, que constituye un armonioso
y rico análisis acerca del matrimonio y la familia,
así como en la reciente Carta a las familias, con
ocasión de la declaración por la UNESCO del
año 1994 como Año Internacional de la familia.
A esta iniciativa política, como sabéis, se
ha unido la Iglesia por deseo del Pontífice quien,
más que nadie, se ha preocupado de la familia. Juan
Pablo II pasará, ciertamente, a la historia de la
Iglesia como el «Papa de la familia». Seguiremos,
pues, las sugerencias pontificias en la exposición
del tema, buscando sobre todo alguna conclusión práctica
para nuestra vida familiar.
Los dos aspectos propuestos en este título, el matrimonio
como sacramento y la familia como iglesia doméstica
están íntimamente relacionados. La conexión
entre ambos está sugerida por un significativo texto
de la mencionada Carta a las familias. Escribe allí
Juan Pablo II:
«No se puede, pues, comprender a la Iglesia como Cuerpo
místico de Cristo, como signo de la Alianza del hombre
con Dios en Cristo, como sacramento universal de salvación,
sin hacer referencia al "gran misterio", unido
a la creación del hombre varón y mujer, y
a su vocación para el amor conyugal, a la paternidad
y a la maternidad. No existe el "gran misterio",
que es la Iglesia y la humanidad en Cristo, sin el “gran
misterio" expresado en el ser "una sola carne"
(cf. Gén., 2, 24; Ef., 5, 31-32), es decir, en la
realidad del matrimonio y de la familia.
La familia misma es el gran misterio de Dios. Como "iglesia
doméstica", es la esposa de Cristo. La Iglesia
universal, y dentro de ella cada iglesia particular, se
manifiesta más inmediatamente como esposa de Cristo
en la "iglesia doméstica" y en el amor
que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y materno,
amor fraterno, amor de una comunidad de personas y de generaciones»
(núm. 19).
Comentemos
brevemente cada uno de estos dos párrafos. En cuanto
al primero, advertimos que es San Pablo el que nos recuerda
la relación entre el significado de la iglesia como
cuerpo de Cristo y el «misterio» de la unión
conyugal entre el hombre y la mujer. El texto paulino, para
mostrar el gran valor del matrimonio humano, quiere iluminar
el sentido del mismo a la luz de la relación que
Cristo tiene con su Iglesia. La naturaleza de la unión
matrimonial ha de ser tan íntima y tan espiritual
como 1a de Cristo y su Iglesia, su cuerpo místico.
Y Cristo ha amado a la Iglesia hasta morir por ella; de
la misma manera, pues, los esposos han de vivir con tal
donación y fidelidad y, en particular, el varón
debe amar a su mujer como a su propio cuerpo, porque así
como la Iglesia es el cuerpo de Cristo así la mujer
debe ser el cuerpo del varón. Este es el bien conocido
sentido de la carta a los efesios (Ef., 5, 22-32).
Partiendo de esta interpretación tan audaz e insólita
pero, desde luego, inspirada de san Pablo, Juan Pablo II
entiende en el párrafo arriba citado que el misterio
de salvación, que es propio de la Iglesia, es la
consumación del plan divino que, «desde el
principio», ha creado al hombre y a la mujer para
la vocación del amor mutuo y la constitución
de una comunidad de salvación.
La Iglesia fundada por Cristo es la plenitud del sacramento
del amor y de la salvación pero, por lo mismo, no
hay que olvidar ,que la familia manifiesta la «inmediatez»
de este amor y de esta salvación. Hay una aparente
«inversión» en la interpretación
de nuestro Pontífice, respecto a la letra del texto
sagrado. Pero no es una inversión, propiamente, sino
una recíproca y necesaria referencia.
En realidad el apóstol de los gentiles dice que el
matrimonio es un misterio grande y que para entender este
misterio hay que remontarse a Cristo y a su Iglesia. Es
una analogía en la que hay un analogado principal
que, sin duda, es el de la relación de Cristo a su
Iglesia. Cristo ya ha fundado su Iglesia y ha muerto en
la cruz por ella. La realidad sobrenatural ilumina la realidad
natural que, sin aquella referencia podría verse
reducida a una mera unión carnal y egoísta.
Pero este misterio sobrenatural es la plenitud de una realidad
creada anteriormente por Dios, la del hombre y mujer con
vocación de amor mutuo y de fecundidad. No hay más
que una Humanidad como uno solo es Dios que la ha creado.
En este sentido, el Papa nos invita a que meditemos que
la relación matrimonio-Iglesia debe también
entenderse recíprocamente: el matrimonio es el punto
de partida para comprender a la Iglesia. ¿En qué
sentido la realidad natural del matrimonio da luz sobre
la esencia misma de la Iglesia? La Iglesia no es una superestructura
social. Es, sin duda, una sociedad, una sociedad perfecta,
pero su carácter, su idiosincrasia, su relación
fundamental con Dios, es como la de un matrimonio: Cristo
se ha desposado con su Iglesia. El matrimonio es, como lo
proclamaban los profetas de Israel, el modo de relación
entre Dios y el pueblo escogido. Al pensar en esta conexión
de matrimonio y de Iglesia, no se piensa sólo en
la relación entre lo natural y lo sobrenatural sino
también, desde un punto de vista cristocéntrico,
de la relación entre la creación y la redención,
como pertenecientes ambos misterios a un único proyecto
divino. Cobran aquí relevancia las fuertes palabras
de Jesús desautorizando la «libertad»
concedida por Moisés a los judíos que querían
divorciarse, por la dureza de su corazón: al principio
no fue así. Lo que Dios ha unido no lo separe el
hombre (Mt., 19, 3-12).
* * *
Pensemos
ahora un poco más en el segundo párrafo del
fragmento citado de la Carta a las familias, que nos invita
a profundizar en el tema de la familia como «misterio
de Dios», como iglesia doméstica. Para ello
será bueno, ante todo, enlazarlo con el sentido cristiano
del matrimonio, tal como en el título del tema propuesto
se establece y tal como hemos establecido en la exposición
precedente.
En la encíclica Familiaris Consortio destacaba el
Papa el sentido del matrimonio cristiano en la perspectiva
del proyecto único de Dios: la palabra de Dios nos
aclara el sentido del matrimonio cristiano como misteriosa
y real participación en el amor mismo de Dios hacia
la humanidad:
«El
momento fundamental de la fe de los esposos está
en la celebración del sacramento del matrimonio,
que en el fondo de su naturaleza es la proclamación,
dentro de la Iglesia, de la buena nueva sobre el amor conyugal.
Es la Palabra de Dios que "revela" y "culmina"
el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre los esposos,
llamados a la misteriosa y real participación en
el amor mismo de Dios hacia la humanidad» (núm.
50).
Idea
que se completa con la siguiente:
Entendido así el matrimonio, veamos cómo la
familia que se constituye a partir de él ha de ser,
es de hecho, una comunidad, una «asamblea» que
sea como una pequeña pero verdadera iglesia. La terminología
iglesia doméstica nos era desconocida, pues aunque
muy antigua no se usaba normalmente en la Iglesia, hasta
el Concilio Vaticano n, en su constitución Lumen
Gentium, número 11. Su desarrollo podemos encontrarlo
en la encíclica Familiaris Consortio, en todo el
apartado IV de la misma, que trata precisamente de la participación
de la familia en la vida y misión de la Iglesia.
«Para comprender mejor los fundamentos, contenidos
y características de tal participación -leemos
en el núm. 49-, hay que examinar a fondo los múltiples
y profundos vínculos que unen entre sí a la
Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta última
como una "Iglesia en miniatura ("Ecclesia domestica)de
modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación
histórica del misterio mismo de la Iglesia».
Un compendio de esta doctrina ha sido también recogido
en el Catecismo de la Iglesia Católica, en varios
números, al hablar de la participación de
la familia en la vida y misión de la Iglesia. Es
el texto del Catecismo el que nos servirá de modo
especial para nuestra reflexión, porque aparecerán
dos ideas directrices sumamente importantes. La primera
es, digamos, de naturaleza, la segunda de misión.
Desde el punto de vista de la naturaleza de la Iglesia,
hay que decir que ella es una familia: «Cristo quiso
nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José
y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia
de Dios"»(Cat. núm. 1655). El hecho de
que la primera Iglesia, la primera comunidad cristiana,
la constituyó la sagrada Familia, antes, por cierto,
de la predicación pública de Jesús,
muestra esencial y existencialmente la naturaleza de la
Iglesia.
Y, desde el punto de vista de la misión de la Iglesia,
no se puede olvidar la importancia de la familia, ya que
ellas fueron los núcleos de las primeras iglesias:
«Desde su orígenes -dice el Catecismo en el
citado epígrafe- el núcleo de la Iglesia estaba
a menudo constituido por los que, "con toda su casa",
habían llegado a ser creyentes (d. Hch. 18, 8). Cuando
se convertían deseaban también que se salvase
"toda su casa" (d. Hch. 16, 31 y 11, 14). Estas
familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un
mundo no creyente».
Estos párrafos del Catecismo nos dan mucha luz sobre
la realidad y trascendencia de la familia, La familia cristiana
es Iglesia porque, originariamente, la Iglesia nació
en Nazaret como la familia de Dios. Fue por voluntad de
Cristo que, durante treinta años, la Iglesia coincidió
con una familia, la que formaban Jesús, María
y José.
Pero no sólo es válido hablar de la familia
de Nazaret como origen de la Iglesia, sino que también,
como lo destaca expresamente el texto citado, si consideramos
a la Iglesia fundada por Cristo sobre la roca de Pedro y
los apóstoles, después de la ascensión
del Señor, la que surgía de la predicación
apostólica, por efecto de los trabajos de aquellos
que habían sido enviados a predicar a todo el mundo,
nos encontramos también que las conversiones fueron
familiares. Y, en un mundo no creyente, en un mundo pagano
que era politeísta y que además, por exigencias
políticas, adoraba al emperador, la Iglesia católica
la formaban un conjunto de familias como islotes de fe en
el mar de la incredulidad.
Ahora bien, la aplicación práctica, para nuestro
tiempo, de esta enseñanza de la historia de la Iglesia
la propone de inmediato el mismo catecismo cuando en el
número siguiente nos dice:
«En
nuestros, días, en un mundo frecuentemente extraño
e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen
una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva
e irradiadora» (núm. 1656).
Faros
que, siguiendo la misma metáfora, iluminan el navegar
de todos los cristianos en el mar de la actual paganidad.
El mundo que nos rodea, dice el catecismo, no sólo
es extraño sino incluso hostil a la fe, aunque sea
muy sutil, a veces, la manera de manifestar esta hostilidad.
El carácter explícitamente salvador de la
familia lo hallamos también muy explícito
en la encíclica familiar de Juan Pablo II dice:
«Por
su parte, la familia cristiana está insertada de
tal forma en el misterio de la Iglesia que participa, a
su manera, en la misión de salvación que es
propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos,
en virtud del sacramento, "poseen su propio don, dentro
del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida".
Por eso no sólo "reciben" el amor de Cristo,
convirtiéndose en comunidad "salvada",
sino que están también llamados a "transmitir"
a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose
así comunidad "salvadora". De esta manera,
a la vez que es fruto y signo de la fecundidad sobrenatural
de la Iglesia, la familia cristiana se hace símbolo,
testimonio y participación de la maternidad de la
Iglesia» (núm. 49). .
* * *
Una
reflexión recapituladora nos invita a pensar en el
hecho de que somos nosotros, nuestras familias de hoy, las
que han recibido con mayor insistencia esta enseñanza
acerca del carácter eclesial de nuestra comunidad
familiar. Parejo progreso en la consideración de
la familia como iglesia, se ha producido por el mejor conocimiento
de dos aspectos fundamentales de la realidad del plan salvífico
de Dios en su Hijo divino Jesucristo.
El primero es el mejor conocimiento del sentido del sacerdocio.
El punto de partida es conocer que el sentido del sacerdocio
es más amplio de lo que parece. En concreto, no hay
un sólo tipo de sacerdocio sino dos. Uno es el ministerial,
aquél que se concede por la imposición de
las manos y que faculta para el ministerio litúrgico
y de la palabra, para la consagración del Cuerpo
del Señor, para el perdón de los pecados y,
en general, para la administración de los sacramentos
y el gobierno de la iglesia. Pero hay otro sacerdocio, que
es el mismo de Jesucristo, que es un sacerdocio según
Melquisedec, es decir, según su realeza.
El segundo es el mejor conocimiento de la naturaleza y misión
de la Iglesia. La Iglesia no es una sociedad que aspire
a segregarse de la humanidad, sino que la Iglesia ha de
ser la misma humanidad redimida que se incorpora a Cristo
con todas sus realidades humanas. La Iglesia es, como dice
el Concilio Vaticano II, esencialmente evangelizadora, misionera.
Pero al realizar esta misión, como enseña
Juan Pablo II, la Iglesia no se predica a sí misma
sino que anuncia el Reino de Cristo. Analicemos por un momento
estos dos aspectos que están íntimamente relacionados.
El sacerdocio común de los fieles procede del hecho
de ser cristianos, otros Cristos. Y Cristo es sacerdote
por ser rey. De aquí que nuestro sacerdocio común,
no ministerial, sea un sacerdocio regio. La existencia de
este sacerdocio no había sido suficientemente explicada
y vivida. Estamos habituados todavía hoy a pensar
el sacerdocio un tanto unilateralmente, como el conjunto
de los hombres elegidos por Dios para dispensar los dones
divinos y representarle a Él en esta donación.
Sin duda existe este sacerdocio y Cristo lo instituyó
como una perfección de la ley antigua. Pero los dones
que este sacerdocio ministerial dispensa proceden de un
Sumo Sacerdote absoluto que, por serlo, no puede estar en
la misma analogía que el sacerdocio «elegido
de entre los hombres», sino que es el mismo Redentor
de la humanidad. A su vez, Aquél a quien representa
es sacerdote auténtico, es decir, por sí mismo,
el que puede, por sí mismo, representar a toda la
humanidad y dirigirla porque es el rey de reyes y señor
de los que dominan.
Bajo este aspecto inserta el Catecismo la actividad eclesial
de los miembros de la familia en el sacerdocio común
de los fieles, que es el sacerdocio que adquirimos con el
bautismo:
«Aquí
es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio
bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos,
de todos los miembros de la familia» (núm.
1657).
Pensamos,
con razón que hay Iglesia donde hay sacerdocio, pero
el sacerdocio que hay en la familia, lo que la hace verdadera
Iglesia, es el sacerdocio común. Es nuestra participación
adoptiva en la naturaleza de Cristo la que nos hace sacerdotes.
No hay que pensar que por ser este sacerdocio común
a todos los bautizados, por tanto, tan extenso como la misma
Iglesia, sea menos importante que el sacerdocio ministerial
que es más reducido. Como ha puesto reiteradamente
de relieve el Doctor Canals, siguiendo a Santo Tomás,
hay que reconocer que lo que en la Iglesia es específico
se ordena a lo común como a lo más importante.
El sacerdocio ministerial se ordena a la difusión
del sacerdocio común, a que haya en el mundo otros
Cristos que participen por adopción de la realeza
de Cristo rey.
Esta reflexión nos invita ahora a pensar en la naturaleza
y misión de la Iglesia. Decíamos en una frase
gráfica -que es del actual Pontífice- que
la Iglesia no se predica a sí misma, sino que predica
el reino de Dios. Es tanto como decir que la Iglesia predica
la conversión. La Iglesia es «instrumento»
pero el fin mismo no es hacer Iglesia sino hacer que la
humanidad entera, el reino de este mundo, se haga, pase
a ser, se convierta, según dice el Apocalipsis, en
reino del Señor y de su Cristo, su ungido. La transformación
que conlleva la conversión no es estructural sino
interna. Esta tarea es la que el Concilio Vaticano II ha
definido como propia de los seglares, la instauración
del reino de Cristo.
Al pensar en la misión de la Iglesia en esta perspectiva
se comprende la importancia de la familia y la validez de
reconocerla como Iglesia doméstica. El párrafo
49 de la encíclica Familiaris Consortio nos lo recuerda
muy oportunamente:
«Entre
los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla
el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio
de la edificación del Reino de Dios en la historia,
mediante la participación en la vida y misión
de la Iglesia».
Y
de nuevo insiste en el epígrafe siguiente (núm.
50) en la relación entre la tarea eclesial propia
de la familia y el establecimiento del reino de Dios en
el mundo con estas expresiones:
«La
familia cristiana edifica además el Reino de Dios
en la historia mediante esas mismas realidades cotidianas
que tocan y distinguen su condición de vida. Es por
ello en el amor conyugal y familiar -vivido en su extraordinaria
riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad,
fidelidad y fecundidad- donde se expresa y realiza la participación
de la familia cristiana en la misión profética,
sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor
y la vida constituyen por lo tanto el núcleo de la
misión salvífica de la familia cristiana en
la Iglesia y para la Iglesia».
La
consagración, si me permitís la expresión,
de la familia como Iglesia doméstica -las iglesias
importantes celebran el día de su consagración
o dedicación- se ha producido en nuestro tiempo con
toda evidencia y se han de sacar de ello las verdaderas
consecuencias. Cada una de nuestras familias ha de ser como
un templo consagrado al Señor. Cierto que en determinadas
familias vemos esto con más realización que
en muchas otras, que viven al margen de esta verdad. Pero
precisamente la enseñanza de Juan Pablo II ha de
servir para llamar a todas las puertas familiares invitándolas
a vivir su verdadera naturaleza.
A la luz de las expresiones contenidas en el Magisterio
del Papa actual, nos damos cuenta de la gran responsabilidad
que nos incumbe como miembros de una familia católica,
especialmente si somos en ella los responsables naturales,
el padre y la madre, de que nuestras familias sean verdaderamente
pequeñas pero genuinas iglesias.