(Artículo
aparecido en la revista Verbo, nros. 445-446,
año 2006)
Recordemos
antes de entrar en la consideración que es materia
de este artículo que, en todos los países
que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa
Sede, las relaciones entre ambas sociedades, la sociedad
religiosa católica representada por la Iglesia jerárquica
y la sociedad civil representada por el Estado -en sus múltiples
administraciones-, se rigen por acuerdos mutuos que reciben
el nombre de concordatos. En España se ha establecido,
después de la transición política y
la actual Constitución, nuevos pactos en 1979 que
han variado sustancialmente el anterior Concordato. En ellos
la Iglesia ha cedido muchas prerrogativas a cambio de nada.
Pero esta nueva situación no parece ser suficiente
para los distintos Gobiernos, particularmente el actual,
En múltiples ocasiones y en determinadas decisiones
gubernamentales que afectan a cuestiones graves, principalmente
en materia de educación, se han cometido recientemente
en España abusos por parte del Estado en la correcta
aplicación del Concordato vigente.
En esta situación de tensión, en algunos ambientes
de medios católicos españoles, se ha empezado
a usar un nuevo lenguaje en torno a la cuestión de
las relaciones entre la Iglesia y el Estado, más
allá de la simple memoria d~ los contenidos concretos
de los acuerdos Iglesia-Estado. Algunos catálico's
creen que se ha de hacer un nuevo planteamiento de estas
.relaciones y que se ha de saber decir, en el lenguaje moderno,
el célebre "dad al César 10 que es del
César, ya Dios 10 que es de Dios" (Mt22, 21).
Y es en este Contexto donde aparece el nuevo lenguaje, que
recientemente hemos escuchado, y que redefine términos
antiguos y les da una peculiar significación.
Pero los que basan sus argumentos sólo en este texto
deben, por 10 menos, interpretado como lo ha hecho la Iglesia
en el último Concilio cuando ha enseñado:
"[Cristo]... Reconoció al poder civil y sus
derechos, mandando pagar el tributo al César, pero
avisó claramente que deben respetarse los derechos
superiores de Dios" .
No hay, pues, entre ambos poderes, meramente un reparto
de ámbitos totalmente independientes y soberanos.
Los derechos de Dios son "superiores" a los derechos
del Estado.
La terminología que ahora se ha usado quiere distinguir
entre "laico" y "laicista" de modo que,
sin definir ambos términos, se emplean en el sentido
de ser aceptable que el Estado sea laico, aunque no tiene
derecho a ser laicista.
Al concedede al Estado su "derecho" a ser laico
se piensa definir el ámbito propio de su misión,
esto es, el ámbito de los político. Mientras
que la negación de una actitud laicista viene a ser
la afirmación de sus justos límites cuando
las decisiones políticas se interfieren con la religión.
Es Estado laico sería algo así como un Estado
que no se inmiscuye -ni a favor ni en contra- en asuntos
religiosos. Un Estado laicista, en cambio, sería
aquel que usaría su poder político para zaherir
a la religión.
La insinuada aceptación por la Iglesia de un Estado
laico -se cree- implicaría un terreno común
en el que se desenvolvería la vida social de los
ciudadanos --como se dice- más allá de toda
"opción" religiosa, y que sería
el marco de entendimiento entre creyentes y no creyentes,
que no sólo no debería molestar a nadie sino
que debería ser considerado como un ideal en la relación
entre la Iglesia y el Estado. He aquí el ideal que
ahora algunos preconizan como la solución simple
y definitiva de una tan antigua cuestión, siempre
llena de enfrentamientos, desde la aparición del
liberalismo en el siglo XIX.
Pero las palabras tienen su propio significado y convie.ne
pensar en la realidad de la situación más
allá de términos que, lejos de aclarar la
situación, podrían simplemente enmascararla
y acelerar todavía más el proceso de laicización
de la sociedad desde las múltiples y poderosas instancias
del poder político.
La dificultad en aceptar este planteamiento "Estado
laico síEstado laicista no" es que si el Estado
tiene derecho a ser laico -en una terminología nunca
usada por la Iglesia para referirse al ejercicio propio
de la autoridad civil- puede parecer a muchos, y con razón,
que se esté diciendo que lo laico no es en sí
mismo malo mientras que sólo sería reprobable
el laicismo.
Si Ror "laico" entendemos restrictivamente 10
que no es sagrado, en el sentido en que distinguimos en
la Iglesia entre clérigos y laicos, el Estado puede
ser llamado laico. Pero en el sentido amplio de la palabra
no puede aceptarse que un Estado tiene derecho a ser laico
porque es dogma de fe católica que todo poder, y
también el poder civil, proviene de Dios, de donde
dimana la obligación religiosa de obedecerle. Esta
es la reiterada enseñanza de la Iglesia, cuya base
es totalmente bíblica, expuesta por los Padres de
la Iglesia, desarrollada por san Agustín y sintetizada
en la encíclica Diuturnum il/ud de León XIII
y, más recientemente, recordada en la Pacen in terris
del beato Juan XXIII. .
Nada es ajeno a la omnipotencia creadora y a la providencia
de Dios. Todos los Salmos están llenos de esta enseñanza.
Por consiguiente la Iglesia no puede aceptar que existe
algo tan importante como el poder civil que esté
al margen del poder de Dios, que ha ordenado sabiamente
la vida humana en todas sus dimensiones.
Laico no es, pues, un calificativo acertado. Pero ¿qué
es el laicismo? El término "laicismo" no
es un superlativo de laico. El laicismo no tiene otra definición
usual que la de ser un sistema conceptual y práctico
de promoción, por todos los medios a su alcance,
de una sociedad laica. Por tanto, como la calificación
moral de una acción se da fundamentalmente por el
fin que pretende, el laicismo es rechazable porque lo laico
lo es. Y esta es la razón esencial del rechazo del
laicismo, aunque se le puede añadir, de modo accidental,
que es doblemente muy reprobable -como es muy usual- por
el modo como pretende conseguido.
Ahora bien, ¿por qué ellilicismo tiene como
meta una sociedad laica? Porque una sociedad laica es aquella
en la que la religión y la Iglesia no tienen la menor
influencia en la sociedad de modo que lleguen a desaparecer
o, si acaso, queden reducidas al ámbito subjetivo,
personal y sin ningun derecho a ser enseñados. Lo
"laico" es el fin y el laicismo es el conjunto
de ideas y acciones que lo promueven.
La cuestión de la relación entre la Iglesia
y el Estado, que es de enorme trascendencia, fue magistralmente
analizada por los papas de aquel siglo XIX y principios
del xx, sin ninguna discrepancia entre ellos, hasta conseguir
ser un sólido cuerpo doctrinal que fue llamado por
el Concilio Vaticano II, la "doctrina tradicional de
la Iglesia". Al hablar de la libertad religiosa dice
que la doctrina' expuesta en el Concilio "deja íntegra
la doctrina tradicional católica acerca del deber
moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera
religión y la única Iglesia de Cristo"
. La doctrina tradicional-expresada de una manera íntegra
y clara por León XIII en su encíclica lmmortale
Dei- decía que la religión es como el alma
de la sociedad y que no puede separarse la Iglesia de la
sociedad como no puede separarse el alma del cuerpo, aunque
con la misma fuerza se ha de afirmar que son dos cosas distintas.
Son dos realidades distintas pero no separadas, como es
distinta el alma del cuerpo pero la vida humana exige que
no se separen.
Se ha de caer en la cuenta de que no es lo mismo "distintas"
que "separadas". Si se quiere tener una idea inmediata
de lo que es una organización social en la que no
se distingue la religión de la sociedad política,
que se piense simplemente en el islam. Pero no caer en este
grave error no significa que se haya de aceptar la separación
como sucede en el actual Occidente descristianizado.
Antes del siglo XIX ninguna sociedad fue concebida y desenvuelta
sin la presencia íntima y medular, verdaderamente
vertebradora, de la religión. Incluso Rousseau -precursor
del laicismo radical, con la práctica exclusión
de la reJigión en la vida socialreconoce que se puede
comprobar histórica y conceptualmente que sin la
religión no hay un primer aglutinante posible en
ninguna sociedad. Y esto no sucede sólo entre los
judíos, pues también entre nosotros, y de
modo exclusivo, este aglutinante ha sido la religión
cristiana, originariamente y antes de los cismas de Oriente
y de Occidente, sólo la católica.
Se trata de ver ahora si la dicotomía acuñada
puede asemejarse en algún modo con la doctrina tradicional
y ser el nuevo marco desde el cual entablar el diálogo
entre la Iglesia y el Estado en el momento actual.
La fórmula cristiana de "distinción sí
- separación no" era la solución dentro
de la doctrina de la Iglesia, mientras que la nueva dicotomía
"laico sí - laicista no" se propone ella
misma como una solución "neutra' que puede ser
aceptada por un Estado no cristiano. No se mueve, pues,
en el cauce de la doctrina de la Iglesia sino en una actitud
digamos de mera filosofía política, que quiere
ser semejante, sin serlo, con aquellas disposiciones que
elaboró el magis-!
terio del propio León XIII y otros pontífices,
para países con confesiones oficiales no católicas.
En tales situaciones la Iglesia apelaba a la común
libertad política para exigir libertad para ejercer
su ministerio religioso. Pero la doctrina, que podría
invocarse en la situación actual, no se identifica
con el esquema que ahora analizamos.
En el peor de los casos, la Iglesia puede aceptar el hecho
de que vive en un país no católico, que en
la situación actual no sería protestante u
ortodoxo o islámico -aunque haya algunas minorías
de estas comunidades religiosas- sino más bien fuertemente
secularizado (prescindiendo ahora de multitudinarias manifestaciones
religiosas, de estadísticas sobre la petición
de la asignatura de religión, el número todavía
mayoritario de bodas católicas y otros índices).
y podría apelar a la existencia de libertad que se
concede a todas las asociaciones. Pero no es lo mismo hablar
de reconocimiento de la libertad que hablar de aceptación
de laicidad.
La libertad, en efecto, es un valor común e independiente
del planteamiento de la relación Iglesia-Estado que
puede ser siempre invocado. Cuando hablamos de libertad,
los cristianos lo entendemos como algo perteneciente a la
dignidad de la persona humana y por ello exigible. Mientras
que la laicidad es ya la teoría específica
de la parte irreligiosa de la sociedad. Una sociedad laica
no es una sociedad común a creyentes "y no creyentes.
Que se fijen los que están implicados en el tema
que el Concilio Vaticano II ha hablado de la libertad pero
no ha hablado de la laicidad. Al contrario, ha incluido
como parte del bien común la vida religiosa de los
ciudadanos, diciendo expresamente: "El poder civil,
cuyo fin propio es cuidar del bien común temporal,
debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos
y favorecerIa" . y si se me permite un texto más
completo, aunque sea un poco más largo: "El
poder público debe pues asumir eficazmente la protección
de la libertad religiosa de todos los ciudadanos por medio
de justas leyes y otros medios adecuados y crear condiciones
propicias para el fomento de la vida religiosa a fin de
que los ciudadanos puedan realmente ejercer los derechos
de la religión y cumplir los deberes de la misma,
y la propia sociedad disfrute de los bienes de la justicia
y de la paz que provienen de la fidelidad de los hombres
a Dios y a su santa voluntad" .
La Iglesia tiene naturalmente el derecho a pedir que se
le reconozca la misma libertad que se concede a todo grupo
social. La libertad es un bien universal exigible -dentro
del bien común- mientras que l~ laicidad es un presupuesto
que es él mismo una actitud de negación de
la íntima relación entre lo natural y 10 religioso.
Más aún, es obvio que los defensores católicos
de este diálogo, si son sinceramente católicos,
cuando dicen que el Estado ha de ser laico no quieren decir
que la sociedad ha de ser laica. Y ahí es donde se
produce el constante enfrentamiento radical no resuelto
por el nuevo planteamiento, porque precisamente el Estado
positivamente autónomo e independiente de Dios tiene
como ideal social un Estado laico. Mientras unos -los creyentes-
exigirían un Estado laico, pero no un Estado laicista,
los otros --el Estado laico- usaría el arma del laicismo
para llegar a una sociedad totalmente laica. Y esto es 10
que de hecho ocurre y no puede dejar de ocurrir. La persecución
directa y violenta a la Iglesia es un camino usado por muchos
Estado totalitarios -todos los comunistas y casi todos los
islamistas-, mientras la persecución solapada -no
menos efectiva- se practica en muchos países democráticos.
Pero, en cualquier caso, la meta no es la persecución
de la Iglesia sino su desaparición.
Un Estado laico -totalitario o democrático- no puede
legislar más que de acuerdo con el principio de que
la sociedad, que él rige, ha de ser laica. Y esto
implica que velará para que no se haga presente la
religión y la Iglesia en esta sociedad civil.
Allí donde se dé una cuestión que pertenezca
por una parte a lo meramente civil perQ por otra a lo religioso
el Estado laico no dudará un momento en adoptar aquella
legislación y aquellas decisiones prácticas
que tiendan a anular la presencia de las doctrinas y las
prácticas religiosas.
Ahora bien, la vida social, la vida cotidiana, no puede
desenvolverse del modo que Dios ha mandado si se separa
de la penetración religiosa de tales acciones. No
se puede extrapolar a la totalidad de la vida humana, individual
y colectivamente considerada, 10 que puede acontecer en
determinadas parcelas minúsculas e inoperantes en
el verdadero dinamismo humano. No se puede equiparar el
ser más íntimo del hombre, su naturaleza y
sus más profundas ispiraciones, con determinaciones
acciones meramente exteriores, destinadas a la elaboración
de productos meramente útiles y sin ninguna significación
de finalidad. Pongo, por ejemplo, la fabricación
de ascensores, que constituyen un bien, sin duda, útil
y están al servicio del hombre pero no constituyen
en modo alguno una realización del hombre en cuanto
hombre. No tendría demasiado sentido hablar de ascensores
católicos o ascensores laicos.
Pero ¿puede aceptarse esta indiferencia religiosa
en las cosas importantes de la vida? ¿Puede haber
indiferencia que sea igualmente respetuosa con la creencia
y la increencia? La ausencia de la religión en la
vida pública no es un terreno común y anterior
a la división entre creyentes y no creyentes sino
la opción laica, pura y absolutamen~e considerada.
La enseñanza cristiana ha de ser conocida por todo
el mundo de modo que ni nos engañemos ni engañemos
a nadie. Los cristianos, por serio, no tienen obligación
ni capacidad de vivir en guetos separados. Ellos necesitan
vivir la religión como ella es, al modo social y
lo único que se puede invocar es el respeto a las
creencias -o increencias- de los demás, pero no de
modo que tengamos que admitir como "lo normal"
la positiva separación de ideas y acciones que, por
su misma naturaleza,. dicen relación directa al ejercicio
de la religión. Piénsese en la naturaleza
del matrimonio, en la legislación sobre el divorcio,
en el aborto -tema donde el Estado ha puesto a luz pública
su sentido del derecho, legalizando el más infame
de los delitos-, en la escuela llamada pública (que
debería llamarse estatal, porque públicas
lo son todas), en las campañas de prevención
del sida, en la programación de las radios y televisiones
públicas y un largo etcétera.
Una sociedad laica no es un terreno común a creyentes
y no creyentes. El sofisma se reduce a algo tan sencillo
como absurdo. Se quiere introducir la idea de que, puesto
que la afirmación de la existencia de Dios -que connota
necesariamente S':l acción cósmica y social,
por su misma significación filológica- es
una "opción" no compartida por todos, el
terreno común entre decir "Dios existe"
y la proposición "Dios no existe" es -increíble,
pero cierto y, por tanto, ¡créanlo!- "organicemos
la sociedad sobre la base común de que «Dios
no existe»". ¿Base común?
Por" mera lógica no existe una base común
a dos proposiciones contradictorias. Y la que se ha elegido
y se impone es "Dios no existe". La propuesta
de un Estado laico no laicista es un imposible lógico.
Todo Estado laico es por, el solo hecho de serio, un Estado
laicista, esto es, que tiende sistemáticamente a
producir una sociedad laica,esto es a separar a los hombres
de la religióit y, en definitiva, de Dios.
Nadie en la Iglesia puede apartarse lo más mínimo
de su doctrina tradicional y de lo enseñado por el
Concilio Vaticano II.