El
término tradición significa, de modo
general, como lo indica la etimología de la palabra,
la transmisión, el legado que se entrega de una a
otra generación en el fluir histórico. En
sentido restringido o técnico, se entiende por tradición
aquella especie de transmisión realizada precisamente
por vía oral, contradistinguida en este sentido de
todo documento escrito. Y así, por tradición
política viene a entenderse el conjunto de usos y
costumbres anteriores a toda ley escrita, ya que es esta
última la que nace de aquella tradición, pues
como puso de relieve De Maistre con gran vigor, en vano
intentaría generarse una constitución o ley
fundamental sin una base previa de tradición oral
que la ley escrita sólo puede recoger o codificar,
pero nunca inventar. Asimismo, sin una tradición
no puede tampoco interpretarse el sentido de las leyes y
su múltiple aplicación como lo reconocen de
hecho los juristas, incluso liberales.
La tradición, anterior siempre a la ley escrita,
es algo nuclear y originario, es como la cuna de la vida
política, el lecho del desarrollo político.
No obstante esta importantísima peculiaridad, que
es expresada por el término tradición en su
sentido restringido, en esta conferencia entenderemos la
tradición en su sentido general o amplio, o sea,
todo el conjunto del pasado político de una comunidad
en tanto que entregado o transmitido a la generación
presente. Conviene advertir, a este respecto, que en la
historia del pensamiento político encontramos de
un modo explícito y temático la apología
de la tradición cronológicamente después
de que el verdadero contenido de la misma hubiera sido defendido
de un modo más concreto. Como es especialmente notorio
en España, en la que aparece el "tradicionalismo"
después de que la defensa de la tradición
hubiera sido realizada de manera popular, vital y hasta
muy cruenta por aquellos partidarios del trilema Dios, Patria
y Rey.
Podemos resumir el contenido de esta conferencia, que podría
formularse a modo de tesis, en una triple caracterización:
1) La humanidad es tradicional por naturaleza; 2) la aversión
por la tradición es, en el fondo, un odio contra
Dios, ordenador de la sociedad en última instancia;
3) la negación de la tradición tiene su origen
en una idea de "progreso" que es precisamente
la desnaturalización de la novedad del Evangelio.
Para quien de modo general reflexione sobre el carácter
de la comunidad política y el dinamismo que constituye
su propia vida, es obvia la inevitable necesidad de la tradición
en tanto que la tradición expresa el carácter
histórico de la comunidad humana. En consecuencia,
si fuera en absoluto posible el abandono de la tradición
equivaldría a un suicidio social por inanición
o por destrucción violenta, pues la comunidad política
se nutre necesariamente del pasado y no puede consistir
en un salto que no tiene punto de arranque, ni en una ruptura
que lo vital, por serlo, no tolera más que para morir.
Sin embargo, pese a esta evidencia, y al igual que acontece
con la formulación del dogma católico, debe
reconocerse que ha sido precisamente el abandono, o por
mejor decir, el odio contra la tradición lo que ha
despertado la defensa temática de la tradición.
De entre estos últimos pensadores teóricos
de la tradición, pueden servimos unos textos escogidos
de Vázquez de Mella, quien para caracterizar la tradición
y la necesidad de la misma, decía en un discurso
pronunciado en el Parque de la Salud de Barcelona, en el
año 1903:
"La
tradición, considerada subjetivamente, es un sentimiento
que se funda en el respeto a los antepasados; considerada
en sí misma, es transmisión y, lejos de significar
cosa petrificada, implica el movimiento, puesto que supone
algo que pasa de unos a otros... Las creencias que tenemos,
nuestras costumbres, las instituciones sociales primarias,
los rasgos comunes del carácter, la lengua en que
nos expresamos, las influencias seculares sobre las que
se ha engendrado la raza, todo eso, sin lo cual no seríamos
los mismos, es objeto de tradición y comunicado por
ella.
"La
tradición es tan esencial a los hombres, que no se
puede negada más que para establecer otra original
o importada. Ninguna tradición fundamental desaparece
tradicionalmente, siempre desaparece revolucionariamente;
y la revolución que la derriba invoca otra tradición,
aunque hable de novedad. La teoría más ideal
y que presume de más originalidad no se establece
sino para continuar. Por esto a la traducción de
las tradiciones la Revolución las llama conquistas;
y, cuando se ponen en peligro esas conquistas, se invocan
para sostenerlas los esfuerzos, la sangre, los sacrificios
y el tiempo que se necesitaron para conseguirlas, es decir,
la tradición de los antecesores inmediatos que se
habían levantado para extinguir, en nombre de fórmulas
"a priori", ese sentimiento en el alma y esa ley
en la sociedad...
"Y esa es la causa de que todo hombre, aun sin advertido
y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por
ser ya una tradición acumulada. Que se despoje, si
puede, de lo que ha recibido de sus ascendientes, aunque
sea prescindiendo de su ser, y verá que lo que queda
no es él mismo, sino una persona mutilada que reclama
la tradición 'como el complemento de su existencia."
Aunque parezca extraño, esta es la conclusión
que se deduce del análisis de la tradición.
Así como el hombre individual tiene una memoria que
le hace ser él mismo, la tradición es la memoria
de la comunidad política, en tanto que sabe que todo
lo que tiene lo debe a las generaciones pasadas o a ella
misma en cuanto pasada y merced a ella, no sólo sabe
"lo que es", sino, lo que es más importante,
"quién es". Sin tradición las comunidades
políticas se igualan al mismo tiempo que se aniquilan;
de ahí que diga acertadamente Mella que rechazar
la tradición equivale al suicidio y que la revolución
no derriba unas tradiciones más que para imponer
otras. Esto ha sucedido así siempre y, por esto,
¿qué es la moda, sino la importación
no asimilada de una tradición extraña al propio
ambiente que se pretende imponer como tal? Donde no hay
tradición, decía Eugenio D'Ors, refiriéndose
al arte, sólo puede haber plagio. Esto es verdad
en todos los órdenes de la vida, porque el hombre
individual y colectivamente considerado no crea nada sino
que sólo desarrolla unas posibilidades recibidas.
En la tradición se funda precisamente el amor a la
patria, en cuanto reconocemos lo que debemos a la comunidad
en la que hemos nacido. Si no se ama la tradición
no se puede amar a la patria, o bien ese amor a priori,
no sería más que el desprecio hacia las demás
comunidades políticas, como se ha manifestado en
los conflictos contemporáneos.
La tradición no se opone al progreso, pues el progreso
es lo que se hace, desde la tradición y para ser
tradición. Nada se construye sin materiales previos
ni para ser inmediatamente destruido. La tradición
es la condición del progreso y precisamente éste
no se llamaría progreso sino se pensara desde la
tradición, pues, progresar, como desarrollarse, son
términos que, por definición, suponen un estado
anterior del que se parte para alcanzar algo nuevo. De suyo,
aunque no puede haber progreso sin tradición, podría
haber tradición sin progreso y esto ha sucedido muchas
veces en la historia, cuando se ha fosilizado una civilización.
Pero el que puedan coexistir la tradición con la
ausencia de progreso no significa que la tradición
sea la causa del estancamiento. Significa, solamente, que
se puede vivir sin progreso pero no sin tradición,
que es completamente diferente y en verdad una gran lección
política que nos da la historia.
Se combate a la tradición psicológicamente,
con la idea de novedad de la que la tradición no
participa en tanto que la tradición es, por definición,
lo que ya se tenía en el pasado. Late aquí
un círculo vicioso bien patente: ¿cómo
se sabe que lo que había era menos bueno que lo nuevo?,
simplemente -se contesta- porque lo nuevo es mejor. Si hubiera
un argumento intrínseco en favor de lo nuevo es de
ello de lo que se hablaría y no del accidente temporal
del que las cosas humanas están afectadas necesariamente.
Se desprecian muchas ideas con el único argumento
de que son antiguas, pero ¿se ha meditado alguna
vez la antigüedad de las ideas que las suplantan? (los
líderes de los jóvenes izquierdistas o están
muertos o son más viejos que sus padres). La única
novedad originaria, la que no depende de tradición
alguna, es la novedad del Evangelio que fue, primero, revelada
a un pueblo que poseía ya una tradición nacida
asimismo de otra primitiva novedad originaria, la de la
promesa a Abraham, la de la Ley y los profetas. La revelación
de Dios es la única novedad absoluta que ha recibido
el hombre después de su creación. De ahí
que toda pretendida novedad se presente con el mismo aspecto
que aquélla, tenga este carácter mesiánico,
suplantador de la revelación divina.
La aversión por la tradición es antinatural,
destructora de la misma base humana pero logra captar los
espíritus porque se presenta con el mismo ropaje
que la gran novedad salvadora, de la que es su antítesis
en cuanto al contenido, pero de la que toma su forma. Si
ha quedado establecido al principio que es antinatural y,
por tanto, imposible la total negación de toda tradición,
debemos caer en la cuenta de algo obvio, esto es, que si
no se puede negar la tradición como transmisión,
lo que se combate al negarla es el contenido de la tradición.
No puede negarse una tradición sin invocar otra,
aunque se hable de "conquista", de "ruptura",
de "novedad" en el vocabulario que ha generalizado
la "filosofía del progreso", pero lo que
la historia moderna constata es que lo que la revolución
se esfuerza por aniquilar es aquella tradición concreta,
particular y diferenciada de las demás, que nos pone
en contacto, por el encadenamiento histórico de las
instituciones, con la verdadera fuente del ordenamiento
social, la ley de Dios. Es ésta y las instituciones
que ella ha inspirado la tradición que se combate.
No se combate el tradicionalismo en general, sino la tradición
cristiana. Hay menos antitradicionalismo del que parece
y más anticristianismo del que creemos.
Es obvio para quien conozca un poco la filosofía
contemporánea, que los más conscientes revolucionarios
-y no los simples epígonos- absorben en su sistema,
sea dialéctico como Hegel, sea simplemente lineal
como Comte, todo el conjunto de la historia como etapas
necesarias y convenientes del desarrollo que la conciencia
humana toma gradualmente de su autonomía con respecto
a Dios. En todas estas teorías hay una divinización
del devenir histórico y, por consiguiente, se asume
el pasado como siendo el sucesivo legado que hay que asimilar
y deducir de él la marcha progresiva de la historia.
No es, pues, contra la historia como lo que ya fue, contra
lo que se revuelve el espíritu revolucionario, sino
contra lo que es, lo perenne, precisamente, lo que por ser
verdad no está sometido al cambio en el devenir temporal,
sino que de modo inmutable ilumina todo el acontecer libre
del hombre. Esto es, en verdad, una paradoja muy significativa
del espíritu progresista consciente.
Por tanto, nosotros debemos concluir que, si el hombre es
necesariamente tradicional en el orden natural, debe ser,
además, tradicional, debe respetar y amar la tradición,
porque le liga con aquello que no es propiamente histórico,
pero está por amor encarnado en la historia, que
es la verdad absoluta. Mediante la santa tradición
que es histórica, necesariamente ha tomado contacto
con aquello que por sí mismo trasciende la historia.
Debe por consiguiente integrarse en esta tradición
no por “tradicionalismo" ,sino por amor a la
verdad.
No es posible, en una cristiana teoría política,
desvincular de la tradición este carácter
conceptual doctrinal, que da contenido a la tradición,
pues de otro modo, ser tradicionalista equivaldría
a otra forma de historicismo (del que estaban sin duda inficionados
los tradicionalistas filosóficos franceses)que a
la postre, se identificaría con el historicismo progresista,
como de hecho sucedió con Lamennais. Si se pone el
corazón en la historia y se busca en el pasado histórico
no se qué especie de resplandor humano o de romántica
añoranza por tiempos mejores y se hace de ello el
centro del tradicionalismo, se pone el sentido histórico
inmanente a la humanidad misma, sin principios ni voluntad
trascendente a ella. Y este naturalismo es del todo peligroso,
pues lo que hace a la tradición respetable y amable
no es su historicidad, su secular presencia, pues también
hay tradiciones paganas, sino su conexión con la
inmutable verdad y bondad (razón por la cual los
tradicionalistas cristianos escribían Tradición
con mayúscula).
Bajo esta nueva consideración, más formal
y específica, se ve al espíritu revolucionario
como siendo, no antinatural, sino anticristiano.
La revolución, temática antitradicional, si
adopta formas inviables desde el punto de vista de la naturaleza
humana, resulta por ello necesariamente violenta. De ahí
que hay hoy, y la habrá cada día más,
una perenne violencia en la sociedad. Pero este absurdo
manifiesto tiene su dinamismo interno, su motor, en que
quiere romper con aquello que la tradición lega,
con aquello con lo que la tradición nos liga, es
decir, con la inmutable ley de Dios. Para romper con ello,
la Revolución (también con mayúscula)
ha hecho tanto antitradicionalismo que ha hecho sucumbir,
incluso las nociones más indispensables de continuidad
y respeto por el pasado, haciendo así inviable la
vida social incluso a nivel meramente humano.
La rebelión antitradicional (pues lo contrario de
la tradición no es el progreso sino la rebelión)
participa del mismo espíritu satánico. Si
decimos esta expresión tan fuerte no es por contagio
maniqueo sino, precisamente, por todo lo contrario. Contra
la voluntad y el plan de Dios absolutamente buenos no puede
levantarse otro principio y proyecto absolutamente opuesto
porque el mal no es esencial sino per accidens y no consiste
en ser sino en privación y desorden.
Pero, por lo mismo, la tentación de lo que llamamos
progresismo, consiste en levantar la bandera de la radical
novedad, desprovista de todo lazo con el pasado, para seducir
y mostrar que lo que viene no es mejor que lo anterior,
simplemente, sino otra cosa enteramente nueva y, por tanto,
verdaderamente liberadora, y anunciadora de una definitiva
felicidad. La promesa de que el porvenir será un
"poquito mejor" que el pasado, es la propaganda
de los partidos conservadores que tan escaso éxito
tienen en todo el mundo (y que reciben los votos de los
que se conforman con no ir "un poquito peor").
El programa de estos partidos es lo justo que se puede aplicar
del programa revolucionario para que no se autodestruya
la sociedad y en esto consiste su "tradicionalismo".
Con un proyecto tal, es lógico pensar la diferencia
que media entre un conservador y un tradicionalista.
La tentación de novedad, por otra parte, sólo
puede calar en los que creen en la verdadera novedad, es
decir, en los cristianos. La novedad es el tema paulino
que se expresa en el tránsito del hombre viejo al
nuevo, en el salir de la esclavitud y entrar en la libertad,
en el pasar de la corruptibilidad a la vida inmortal. Recedant
vetera, nova sint omnia, escribió Sto. Tomás
para la liturgia de la fiesta del Corpus. Ante el misterio
del Cuerpo y Sangre preciosos del Redentor quedan atrás
los antiguos sacrificios, y mediante este sacramento del
que participamos hacemos nuevos los pensamientos, las palabras
y las obras. Sólo Dios hace nuevas todas las cosas
y sólo el Espíritu de Dios renueva la faz
de la tierra. Esta idea de novedad reducida y secu1arizada
es la que toma como bandera la moderna revolución.
Por esta razón, las revoluciones se hacen en nombre
del progreso, se han hecho con tanto éxito cuanto
más cristiana era la sociedad, porque la comunidad
ha vivido embebida de esta tensión recti1ínea
con un sentido de meta en la historia. La historia en los
países paganos es vista como simple acontecer, donde
los hijos repiten la vida de los padres y donde el culto
a los antepasados es el centro de la religión en
su dimensión social y la mayor gloria es tener una
genealogía conocida lo más antigua posible,
para mostrar no a dónde se va sino de dónde
se viene. Es hacia el pasado y no hacia el porvenir donde
miran estos pueblos a los que la idea de progreso les es
completamente extraña. Un eterno retorno, un sucesivo
reencarnarse de nuevo es todo el afán que estas religiones,
simples filosofías, expresan, porque no hay en ellas
tránsito sino estancia, no hay tensión sino
equilibrio. La moderna revolución, que sufren más
de lo que la entienden, les ha llegado de la Europa descristianizada,
pero en la que late este afán por la novedad.
Toda la tradición es histórica, porque el
hombre vive en la historia y es allí donde hay que
buscarla, pero no porque sea pretérita, sino verdadera.
Precisamente, porque es verdadera no cabe decir que sólo
lo fue en su momento y ahora no lo es, como se dice desde
la visión progresista de la historia. La verdad es
trascendental y, por ello, el mejoramiento político
no consiste en un cambio continuo de instituciones que se
superan unas a otras negando las anteriores, y en las que
se busca, a la postre, no la nueva institución sino
el cambio mismo. La verdad no se desgasta, antes al contrario,
ilumina siempre las obras humanas regenerando y perfeccionando
las instituciones que participan y viven de ella. La verdad
siempre es nueva y el error siempre es viejo, porque la
verdad suprema es la meta trascendente de nuestra vida.
Mirar la tradición para buscar en ella la verdad
política es tener la mirada puesta en el futuro transhistórico,
es lo contrario de la "fe en el progreso" que
sólo busca el inmediato futuro histórico,
vanagloriándose precisamente de esta historicidad
que es finitud y cerrazón de la humanidad sobre sus
propias fuerzas.