En
la antigüedad se entendió determinismo como
sinónimo de necesidad, tanto en los textos filosóficos
que afirman el libre arbitrio como en los que lo niegan.
Modernamente, sobre todo después del principio de
indeterminación de Heisenberg, cabe distinguir entre
determinación y necesidad, puesto que los fenómenos
cuánticos implican indeterminación en la observación,
aunque ello no signifique que sean sucesos libres (a pesar
de interpretaciones abusivas, que también se han
dado). El hecho de que la física, como ciencia empiriomatemática
haya abandonado el determinismo al estilo de Laplace significa
un cambio en el paradigma científico. Se puede, pues,
distinguir entre determinación y necesidad en el
sentido de reservar el primer término para denotar
una relación conocida entre un estado físico
y el anterior, mientras el segundo conserva su vigencia
filosófica de significar lo contrario de libertad.
Sin embargo, también hoy como antiguamente, decir
que el hombre está determinado a obrar tal o cual
cosa significa exactamente que lo hace por necesidad de
la naturaleza. Hecha esta aclaración, tomo el término
determinismo en toda la exposición que sigue como
sinónimo de necesidad. .
La aceptación de la libertad o de la sola necesidad
donde tiene una aplicación inmediata y propia es
en el campo de la ética, como es obvio. Así,
por ejemplo, lo enjuicia Santo Tomás:
«Algunos pusieron que la voluntad del hombre es llevada
a elegir algo por necesidad... Esta opinión es herética,
pues quita la razón de mérito y demérito
en los actos humanos... Ha de ser, pues, enumerada entre
las opiniones extrañas a la filosofía, porque
no sólo contraría la fe sino que subvierte
todos los principios de filosofía moral» (De
Malo, q.6). La existencia de la moral como disciplina diferente
de la filosofía natural se funda en la afirmación,
aceptada por el sentido común de todos los hombres,
de que el hombre es libre en la elección de sus actos,
y porque es libre es responsable. Pero la cuestión
de la fundamentación de la libertad depende de la
metafísica y en concreto de que se acepte el carácter
espiritual del hombre.
Incluso la gente con menos formación filosófica
intuye fácilmente que el determinismo va ligado al
materialismo y que, en concreto, la tesis de que nosotros
no somos libres va unida, como efecto a su causa, a que
nosotros no somos sino una parte, más o menos compleja,
de pura materia. La filosofía verdadera explica esta
conexión entre la libertad y el espíritu,
así como entre la materia y la necesidad. Hecho además
confirmado por la historia de la filosofía sobradamente,
pues en ella encontramos a los filósofos «naturalistas»,
que niegan la realidad de lo supraempírico, negar
igualmente la libertad humana. En la modernidad filosófica
tenemos un ejemplo muy explícito de ello en la filosofía
de Spinoza. Por no citar más que un texto veamos
lo que escribe en su obra fundamental: «Los hombres
opinan que son libres porque son conscientes de sus voliciones
y apetitos, pero ni en sueños piensan que son ignorantes
sobre las causas que les impelen a apetecer y querer»
(Etica, Pars, apendix 53), Los hombres «opinan»,
es decir, se creen libres porque saben lo que quieren pero
ignoran la causa de que quieran. El conocimiento de las
causas les haría ser conscientes de que no son libres.
La libertad es, pues, una «ilusión».
Textos que niegan la libertad humana los hay en abundancia
en la historia de la filosofía. Santo Tomás
podía referirse a los griegos que opinaban así,
pero a partir del olvido o rechazo de la escolástica
estos filósofos son, ciertamente, la mayoría.
Por su clara explicitación, y porque responde a la
mentalidad pseudocientífica de la filosofía
contemporánea y su reducción sociologista
recordemos algún texto del fundador del positivismo
A. Comte. Escribe este autor en el Catecismo positivista,
obra que resume su «religión positiva».
«Lejos de ser incompatible con el orden real la libertad
consiste por todas partes en seguir sin obstáculos
las leyes propias del caso correspondiente. Cuando un cuerpo
cae, su libertad se manifiesta dirigiéndose hacia
el centro de la tierra, según su naturaleza. Igualmente
en un orden vital cada función vegetativa o animal,
es declarada libre si ella se cumple conforme a las leyes
correspondientes, sin ningún impedimento exterior.
Nuestra existencia intelectual y moral comporta siempre
una apreciación equivalente» (Diálogo
cuarto, pág. 122).
La libertad, tal como la entiende Comte, es lo mismo que
la necesidad. Un hombre es tan libre cuando obra, como una
piedra cuando cae, o una planta cuando crece, o un perro
cuando ladra. No hay más libertad que el cumplimiento
de las leyes naturales ni más falta de libertad que
el impedimento exterior de estas leyes. Conformarse conscientemente
a esta necesidad es haber alcanzado el estado positivo de
la humanidad. Comte considera un progreso haber superado
la creencia «individualista» en la libertad
humana, como lo señala en la misma obra citada: «La
doctrina metafísica sobre la pretendida libertad
moral debe ser históricamente mirada como un resultado
pasajero de la anarquía moderna. Pues ella está
directamente destinada a consagrar el individualismo absoluto»
(Op. cit., pág. 123). Lo que Comte llama «resultado
pasajero» no es otra cosa que la afirmación
por parte de la filosofía cristiana de una verdad
del todo oscurecida en la filosofía pagana y en la
«moderna» que se identificó con aquélla
en tantos aspectos.
Por influencia del romanticismo se ha hecho común
en nuestra vida contemporánea la exaltación
de la libertad como valor supremo de la vida humana, hasta
el punto de ser exponente de la actitud revolucionaria y
concretamente antirreligiosa. Pero los factores del liberalismo,
como lo ha expresado tantas veces el doctor Canals, bebieron
en las fuentes racionalistas de quienes negaban el libre
arbitrio. Tales planteamientos se siguen sin dificultad
en las lecturas de los marxistas, o de los nietzscheanos,
o de los psicoanalistas que siguen a Freud. Siendo esta
una verdad incuestionable, conviene, sin embargo, no reducirla
a una mera incoherencia. Al igual que en Comte, la libertad
que se exige es la de seguir los impulsos de la «naturaleza»,
enfrentándose a la ley moral que es juzgada como
acción «exterior» y, sobre todo, a la
ley divina como más «exterior» y por
ello «alienizante». La filosofía que
máximamente expone esta adecuación entre libertad
y necesidad es, sin duda, Nietzsche, en la misma medida
en que es el gran negador de la moral y de Dios. Pero es
también, y por lo mismo, el gran negador de la naturaleza
humana, al negarle los atributos de su alma racional: el
pensamiento y la voluntad son para éste pura ficción.
No seguiré analizando los explícitos errores
modernos y su originación en posiciones filosóficas
muy antiguas y que Santo Tomás llama «protervas»
(refiriéndose a la negación del libre arbitrio).
Quiero someter a vuestra atención la verdadera relación
entre libertad y necesidad desde la comprensión misma
del mundo creado, con el fin de resaltar la correcta relación
entre ambas en el seno mismo de la naturaleza, pues en torno
a esta cuestión hay algún malentendido, propiciado
por una visión racionalista de la misma realidad
natural. Es un error que gravita en la relación entre
ciencias y filosofía, que hace años me preocupa,
y que consiste en pensar que la verdadera sabiduría
versa esencialmente sobre el orden necesario con que se
desenvuelve nuestro Cosmos.
Es Platón el primero en llamar la atención
sobre el peculiar modo en que fue hecho nuestro mundo. «El
nacimiento de este mundo -leemos en el Timeo- tuvo lugar
por una mezcla de dos órdenes, la necesidad y la
inteligencia. Con todo, la inteligencia ha dominado la necesidad
ya que han conseguido persuadirla de que orientara hacia
lo mejor la mayoría de las cosas que son engendradas.
Así, por la acción de la necesidad, rendida
a la fuerza persuasiva de la sabiduría, se ha formado
este mundo desde su comienzo» (Timeo, 47, e5). Es
este un texto que puede resultar a nuestra menta1idad desconcertante,
al contraponer precisamente necesidad e inteligencia. Pero
Platón tiene mucha razón y dice, muy bellamente,
lo mismo que dirá Aristóteles al hablar del
papel de la necesidad en la naturaleza, al cuestionarse
precisamente si la necesidad elimina del mundo la finalidad.
Platón sabe que en este mundo el orden de la necesidad
existe y establecerlo con nuestra inteligencia es algo que
debe ser intentado con un discurso «verosímil»,
un discurso fundado en una opinión lo más
probable posible. Pero por encima de este orden hay el orden
de la inteligencia, aquel que es verdaderamente cognoscible,
y al que se subordina el orden anterior de la necesidad.
Puede que los antiguos destacando demasiado la subordinación
entre los dos órdenes buscasen prematuramente el
orden de la necesidad, de lo material que dice Aristóteles,
en función de lo «inteligible» a que
se subordina. Pudo haber y hubo precipitación, en
muchos casos, porque el orden inteligible de las formas
no indica de por si el orden exacto de la materia. Pero,
sin duda, el error moderno es mucho mayor al referir la
inteligibilidad exclusivamente del lado de lo material tomado
como realidad completa, dejando el estudio de la finalidad,
de lo formal, que es siempre el orden superior, como cuestión
«Teológica» (Descartes) o «Metafísica»
(empirismo) como sendas descalificaciones (Descartes niega
la teología como el empirismo la metafísica).
La metodología aristotélica, siempre más
lógica y argumentativa, explica esta relación
con ejemplos comprensivos. La comprensión de lo que
es una casa, según el ejemplo aristotélico
del libro II de la Física, capítulo 9, por
ser algo formal, aunque artificial, es más comprensible
que aquello de lo que está hecha.
El físico, ciertamente, debe considerar las dos cosas,
pero principalmente la forma, esto es, el ser casa. Ahora
bien, es necesario que para que la casa sea se coloquen
primero los elementos más pesados en la base y los
más ligeros en la cimera. Este orden es necesario
para el fin, pero el fin mismo no es necesario.
Necesidad e inteligibilidad no sólo no se identifican
sino que la inteligibilidad pertenece al ente por sí
mismo mientras que la necesidad se da en orden a algo. En
toda la naturaleza, como en el arte, la necesidad existe
hipotéticamente, como condición de otra cosa,
pues para hacerla absoluta habría que tomar lo existente
como necesario y derivar sus condiciones como «atributos»
deduciéndose de la esencia del mundo. Buscar esta
necesidad en el mundo como supremo grado de saber implica
la divinización del mundo e implica también,
por lo mismo, ver el orden relativo como único y
supremo, o sea entender a Dios mismo con una «estructura»
mundana de relaciones «necesarias» entre partes
diversas. Se niega su simplicidad y, por ello, su máxima
inteligibilidad.
Pero el texto platónico nos señalaba además
que la «persuasión» del orden de lo inteligible
sobre el orden de lo necesario consistía en buscar
el bien. Y ello es porque lo verdadero es en igual medida
bueno. Este bien es el que San Agustín ve como orden,
el orden por excelencia, porque es manifestativo de la naturaleza
formal de los entes. Los sistemas monistas, como Spinoza
hablan mucho del orden, pero este orden es mera conexión,
mero encadenamiento. Y como toda cadena, que sólo
es cadena, no lleva a ninguna parte, por más que
se vayan desgranando sus eslabones. Tal es el drama de la
supuesta «inteligibilidad» de la ciencia, hecha
de espaldas a la metafísica y a la teología,
marchando de «descubrimiento» en «descubrimiento»
sin encontrar nunca la esencia de nada, ni del mismo mundo,
por supuesto.
Pongamos un ejemplo, muy usado pero casi nunca bien explicado.
Si decimos de un reloj que está ordenado, esto se
entiende en el sentido de que sus elementos se comportan
de tal modo que acaban dando la hora exacta, saber lo que
es el tiempo y sus medidas es requisito previo e indispensable
para juzgar que el mecanismo del reloj está ordenado.
Una mera consideración de su maquinaria, independientemente
de su referencia al fin, no hace a este conjunto técnico
ni ordenado ni desordenado.
Por lo demás, careciendo del conocimiento del fin
tampoco podría decirse que tiene un orden necesario.
El orden maravilla, es cierto, pero sólo en la medida
en que conduce al fin.
Incluso Kant vio claro que el conocimiento de este mundo
remite en última instancia a la finalidad y que ella
implica, por tanto, una voluntad libre, como lo expresa
en la Crítica del juicio. Es sólo la falsa
afirmación de la imposibilidad de conocer lo nouménico,
la cosa en sí, que impide a Kant dar el definitivo
rechazo al mecanicismo determinista. Esta voluntad libre
es la voluntad creadora de Dios que lo ha hecho todo «por
el Verbo», por la Palabra que es luz para el entendimiento
humano. Juzgar, pues, el conocimiento de lo esencial como
algo despectivamente calificado de «metafísico»
y dirigir toda la atención hacia el modo de ser condicional
de las estructuras de que se vale la naturaleza para realizar
cada uno de los entes naturales poseedores de forma inteligible
no es un síntoma de «sabiduría»
sino de limitación excluyente. En definitiva, identificar
necesidad y saber es olvidar que en las verdades incondicionadas
reside máximamente el verdadero conocimiento, el
único en el que el entendimiento se detiene como
fin de su actividad y el único capaz de guiar nuestra
conducta moral.
Cuando hablamos de las «leyes» de la naturaleza
empleamos un lenguaje un tanto equívoco, porque no
apreciamos correctamente la analogía de proporcionalidad
que en esta expresión hay. Ley es primariamente un
término de significación moral que al traspasarlo
al ámbito de las ciencias naturales o incluso exactas
debe conservar algo de lo que allí significa, pero
aceptando el grado ontológicamente menor en el que
nos movemos al hablar de leyes científicas. La ley
moral no se refiere propiamente al cómo de las cosas
sino a las cosas mismas. Su contenido no expresa una condición
sino una afirmación absoluta de bien. La ley dice
lo que hay que hacer porque es bueno. Es bueno amar a Dios,
es bueno respetar a los padres, es bueno respetar la vida,
etc. Todo el Decálogo es eso, «diez logos»,
diez verdades que han de ser reconocidas en la vida práctica
del hombre.
Así, pues, mientras en las leyes científicas
domina la necesidad en la ley moral se contempla un bien
que atrae nuestra inclinación de la voluntad, hacia
lo que hemos conocido como verdadero. No tiene, por tanto,
un sentido unívoco en los dos casos. Hay entre ellos
la misma relación que hay entre los dos órdenes
de que hablaba Platón, el de la necesidad y el de
la inteligencia.
Volvamos ahora, para terminar, nuestra atención al
mundo propiamente humano. Habíamos señalado
el carácter negador del libre arbitrio, simultáneamente
con la reducción del conocimiento a lo estrictamente
fenoménico. La llamada «libertad», por
tanto, no era más que la expresión de una
necesidad que niega toda trascendencia y nos impide aceptar
la ley en sentido moral propio, o sea el bien como objeto
adecuado de nuestra voluntad. Reconozcamos, pues, simplemente,
que lo que caracteriza a nuestra época ya no es ni
siquiera un puro liberalismo, sino más bien, la prolongación
o «profundización» -como dicen ahora
de la democracia- del mismo y cuyo nombre es revolución.
Esta revolución es, según se dice, «necesaria»,
pues surge ella misma de las «fuerzas sociales»
que están en acción y predominan sobre todo
«ideal». Los términos actuales del lenguaje
político, que contaminan también el lenguaje
religioso, son los de «condiciones», «factores
determinantes», «fuerzas sociales», «exigencias»,
«coherencia», etc., todos ellos tomados del
lenguaje de la necesidad. Incluso un partido revolucionario
llamará a sus disidentes «utópicos»
o «demagogos», para señalar que se apartan
de la disciplina necesaria.
El reino de la libertad es el reino del espíritu
y de la verdad. El mundo de la necesidad verdadera es el
mundo de lo condicional, de lo material, de lo que está
subordinado a lo verdadero. Nuestra época, época
de totalitarismo, de colectivismo, de estatismo hasta llegar
a una asfixiante falta de libertad, e incluso de persecución
constante de la verdad, es una época en que la ciega
necesidad se erige en señora absoluta de toda la
humanidad, imponiéndose por la pura fuerza. Nosotros
confiamos en que así como la verdad nos hace libres,
la verdad nos libere pronto.