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Libertad y determinismo
José mª Petit Sullá  

En la antigüedad se entendió determinismo como sinónimo de necesidad, tanto en los textos filosóficos que afirman el libre arbitrio como en los que lo niegan. Modernamente, sobre todo después del principio de indeterminación de Heisenberg, cabe distinguir entre determinación y necesidad, puesto que los fenómenos cuánticos implican indeterminación en la observación, aunque ello no signifique que sean sucesos libres (a pesar de interpretaciones abusivas, que también se han dado). El hecho de que la física, como ciencia empiriomatemática haya abandonado el determinismo al estilo de Laplace significa un cambio en el paradigma científico. Se puede, pues, distinguir entre determinación y necesidad en el sentido de reservar el primer término para denotar una relación conocida entre un estado físico y el anterior, mientras el segundo conserva su vigencia filosófica de significar lo contrario de libertad. Sin embargo, también hoy como antiguamente, decir que el hombre está determinado a obrar tal o cual cosa significa exactamente que lo hace por necesidad de la naturaleza. Hecha esta aclaración, tomo el término determinismo en toda la exposición que sigue como sinónimo de necesidad. .
La aceptación de la libertad o de la sola necesidad donde tiene una aplicación inmediata y propia es en el campo de la ética, como es obvio. Así, por ejemplo, lo enjuicia Santo Tomás:
«Algunos pusieron que la voluntad del hombre es llevada a elegir algo por necesidad... Esta opinión es herética, pues quita la razón de mérito y demérito en los actos humanos... Ha de ser, pues, enumerada entre las opiniones extrañas a la filosofía, porque no sólo contraría la fe sino que subvierte todos los principios de filosofía moral» (De Malo, q.6). La existencia de la moral como disciplina diferente de la filosofía natural se funda en la afirmación, aceptada por el sentido común de todos los hombres, de que el hombre es libre en la elección de sus actos, y porque es libre es responsable. Pero la cuestión de la fundamentación de la libertad depende de la metafísica y en concreto de que se acepte el carácter espiritual del hombre.
Incluso la gente con menos formación filosófica intuye fácilmente que el determinismo va ligado al materialismo y que, en concreto, la tesis de que nosotros no somos libres va unida, como efecto a su causa, a que nosotros no somos sino una parte, más o menos compleja, de pura materia. La filosofía verdadera explica esta conexión entre la libertad y el espíritu, así como entre la materia y la necesidad. Hecho además confirmado por la historia de la filosofía sobradamente, pues en ella encontramos a los filósofos «naturalistas», que niegan la realidad de lo supraempírico, negar igualmente la libertad humana. En la modernidad filosófica tenemos un ejemplo muy explícito de ello en la filosofía de Spinoza. Por no citar más que un texto veamos lo que escribe en su obra fundamental: «Los hombres opinan que son libres porque son conscientes de sus voliciones y apetitos, pero ni en sueños piensan que son ignorantes sobre las causas que les impelen a apetecer y querer» (Etica, Pars, apendix 53), Los hombres «opinan», es decir, se creen libres porque saben lo que quieren pero ignoran la causa de que quieran. El conocimiento de las causas les haría ser conscientes de que no son libres. La libertad es, pues, una «ilusión».
Textos que niegan la libertad humana los hay en abundancia en la historia de la filosofía. Santo Tomás podía referirse a los griegos que opinaban así, pero a partir del olvido o rechazo de la escolástica estos filósofos son, ciertamente, la mayoría. Por su clara explicitación, y porque responde a la mentalidad pseudocientífica de la filosofía contemporánea y su reducción sociologista recordemos algún texto del fundador del positivismo A. Comte. Escribe este autor en el Catecismo positivista, obra que resume su «religión positiva». «Lejos de ser incompatible con el orden real la libertad consiste por todas partes en seguir sin obstáculos las leyes propias del caso correspondiente. Cuando un cuerpo cae, su libertad se manifiesta dirigiéndose hacia el centro de la tierra, según su naturaleza. Igualmente en un orden vital cada función vegetativa o animal, es declarada libre si ella se cumple conforme a las leyes correspondientes, sin ningún impedimento exterior. Nuestra existencia intelectual y moral comporta siempre una apreciación equivalente» (Diálogo cuarto, pág. 122).
La libertad, tal como la entiende Comte, es lo mismo que la necesidad. Un hombre es tan libre cuando obra, como una piedra cuando cae, o una planta cuando crece, o un perro cuando ladra. No hay más libertad que el cumplimiento de las leyes naturales ni más falta de libertad que el impedimento exterior de estas leyes. Conformarse conscientemente a esta necesidad es haber alcanzado el estado positivo de la humanidad. Comte considera un progreso haber superado la creencia «individualista» en la libertad humana, como lo señala en la misma obra citada: «La doctrina metafísica sobre la pretendida libertad moral debe ser históricamente mirada como un resultado pasajero de la anarquía moderna. Pues ella está directamente destinada a consagrar el individualismo absoluto» (Op. cit., pág. 123). Lo que Comte llama «resultado pasajero» no es otra cosa que la afirmación por parte de la filosofía cristiana de una verdad del todo oscurecida en la filosofía pagana y en la «moderna» que se identificó con aquélla en tantos aspectos.
Por influencia del romanticismo se ha hecho común en nuestra vida contemporánea la exaltación de la libertad como valor supremo de la vida humana, hasta el punto de ser exponente de la actitud revolucionaria y concretamente antirreligiosa. Pero los factores del liberalismo, como lo ha expresado tantas veces el doctor Canals, bebieron en las fuentes racionalistas de quienes negaban el libre arbitrio. Tales planteamientos se siguen sin dificultad en las lecturas de los marxistas, o de los nietzscheanos, o de los psicoanalistas que siguen a Freud. Siendo esta una verdad incuestionable, conviene, sin embargo, no reducirla a una mera incoherencia. Al igual que en Comte, la libertad que se exige es la de seguir los impulsos de la «naturaleza», enfrentándose a la ley moral que es juzgada como acción «exterior» y, sobre todo, a la ley divina como más «exterior» y por ello «alienizante». La filosofía que máximamente expone esta adecuación entre libertad y necesidad es, sin duda, Nietzsche, en la misma medida en que es el gran negador de la moral y de Dios. Pero es también, y por lo mismo, el gran negador de la naturaleza humana, al negarle los atributos de su alma racional: el pensamiento y la voluntad son para éste pura ficción.
No seguiré analizando los explícitos errores modernos y su originación en posiciones filosóficas muy antiguas y que Santo Tomás llama «protervas» (refiriéndose a la negación del libre arbitrio). Quiero someter a vuestra atención la verdadera relación entre libertad y necesidad desde la comprensión misma del mundo creado, con el fin de resaltar la correcta relación entre ambas en el seno mismo de la naturaleza, pues en torno a esta cuestión hay algún malentendido, propiciado por una visión racionalista de la misma realidad natural. Es un error que gravita en la relación entre ciencias y filosofía, que hace años me preocupa, y que consiste en pensar que la verdadera sabiduría versa esencialmente sobre el orden necesario con que se desenvuelve nuestro Cosmos.
Es Platón el primero en llamar la atención sobre el peculiar modo en que fue hecho nuestro mundo. «El nacimiento de este mundo -leemos en el Timeo- tuvo lugar por una mezcla de dos órdenes, la necesidad y la inteligencia. Con todo, la inteligencia ha dominado la necesidad ya que han conseguido persuadirla de que orientara hacia lo mejor la mayoría de las cosas que son engendradas. Así, por la acción de la necesidad, rendida a la fuerza persuasiva de la sabiduría, se ha formado este mundo desde su comienzo» (Timeo, 47, e5). Es este un texto que puede resultar a nuestra menta1idad desconcertante, al contraponer precisamente necesidad e inteligencia. Pero Platón tiene mucha razón y dice, muy bellamente, lo mismo que dirá Aristóteles al hablar del papel de la necesidad en la naturaleza, al cuestionarse precisamente si la necesidad elimina del mundo la finalidad. Platón sabe que en este mundo el orden de la necesidad existe y establecerlo con nuestra inteligencia es algo que debe ser intentado con un discurso «verosímil», un discurso fundado en una opinión lo más probable posible. Pero por encima de este orden hay el orden de la inteligencia, aquel que es verdaderamente cognoscible, y al que se subordina el orden anterior de la necesidad. Puede que los antiguos destacando demasiado la subordinación entre los dos órdenes buscasen prematuramente el orden de la necesidad, de lo material que dice Aristóteles, en función de lo «inteligible» a que se subordina. Pudo haber y hubo precipitación, en muchos casos, porque el orden inteligible de las formas no indica de por si el orden exacto de la materia. Pero, sin duda, el error moderno es mucho mayor al referir la inteligibilidad exclusivamente del lado de lo material tomado como realidad completa, dejando el estudio de la finalidad, de lo formal, que es siempre el orden superior, como cuestión «Teológica» (Descartes) o «Metafísica» (empirismo) como sendas descalificaciones (Descartes niega la teología como el empirismo la metafísica).
La metodología aristotélica, siempre más lógica y argumentativa, explica esta relación con ejemplos comprensivos. La comprensión de lo que es una casa, según el ejemplo aristotélico del libro II de la Física, capítulo 9, por ser algo formal, aunque artificial, es más comprensible que aquello de lo que está hecha.
El físico, ciertamente, debe considerar las dos cosas, pero principalmente la forma, esto es, el ser casa. Ahora bien, es necesario que para que la casa sea se coloquen primero los elementos más pesados en la base y los más ligeros en la cimera. Este orden es necesario para el fin, pero el fin mismo no es necesario.
Necesidad e inteligibilidad no sólo no se identifican sino que la inteligibilidad pertenece al ente por sí mismo mientras que la necesidad se da en orden a algo. En toda la naturaleza, como en el arte, la necesidad existe hipotéticamente, como condición de otra cosa, pues para hacerla absoluta habría que tomar lo existente como necesario y derivar sus condiciones como «atributos» deduciéndose de la esencia del mundo. Buscar esta necesidad en el mundo como supremo grado de saber implica la divinización del mundo e implica también, por lo mismo, ver el orden relativo como único y supremo, o sea entender a Dios mismo con una «estructura» mundana de relaciones «necesarias» entre partes diversas. Se niega su simplicidad y, por ello, su máxima inteligibilidad.
Pero el texto platónico nos señalaba además que la «persuasión» del orden de lo inteligible sobre el orden de lo necesario consistía en buscar el bien. Y ello es porque lo verdadero es en igual medida bueno. Este bien es el que San Agustín ve como orden, el orden por excelencia, porque es manifestativo de la naturaleza formal de los entes. Los sistemas monistas, como Spinoza hablan mucho del orden, pero este orden es mera conexión, mero encadenamiento. Y como toda cadena, que sólo es cadena, no lleva a ninguna parte, por más que se vayan desgranando sus eslabones. Tal es el drama de la supuesta «inteligibilidad» de la ciencia, hecha de espaldas a la metafísica y a la teología, marchando de «descubrimiento» en «descubrimiento» sin encontrar nunca la esencia de nada, ni del mismo mundo, por supuesto.
Pongamos un ejemplo, muy usado pero casi nunca bien explicado. Si decimos de un reloj que está ordenado, esto se entiende en el sentido de que sus elementos se comportan de tal modo que acaban dando la hora exacta, saber lo que es el tiempo y sus medidas es requisito previo e indispensable para juzgar que el mecanismo del reloj está ordenado. Una mera consideración de su maquinaria, independientemente de su referencia al fin, no hace a este conjunto técnico ni ordenado ni desordenado.
Por lo demás, careciendo del conocimiento del fin tampoco podría decirse que tiene un orden necesario. El orden maravilla, es cierto, pero sólo en la medida en que conduce al fin.
Incluso Kant vio claro que el conocimiento de este mundo remite en última instancia a la finalidad y que ella implica, por tanto, una voluntad libre, como lo expresa en la Crítica del juicio. Es sólo la falsa afirmación de la imposibilidad de conocer lo nouménico, la cosa en sí, que impide a Kant dar el definitivo rechazo al mecanicismo determinista. Esta voluntad libre es la voluntad creadora de Dios que lo ha hecho todo «por el Verbo», por la Palabra que es luz para el entendimiento humano. Juzgar, pues, el conocimiento de lo esencial como algo despectivamente calificado de «metafísico» y dirigir toda la atención hacia el modo de ser condicional de las estructuras de que se vale la naturaleza para realizar cada uno de los entes naturales poseedores de forma inteligible no es un síntoma de «sabiduría» sino de limitación excluyente. En definitiva, identificar necesidad y saber es olvidar que en las verdades incondicionadas reside máximamente el verdadero conocimiento, el único en el que el entendimiento se detiene como fin de su actividad y el único capaz de guiar nuestra conducta moral.
Cuando hablamos de las «leyes» de la naturaleza empleamos un lenguaje un tanto equívoco, porque no apreciamos correctamente la analogía de proporcionalidad que en esta expresión hay. Ley es primariamente un término de significación moral que al traspasarlo al ámbito de las ciencias naturales o incluso exactas debe conservar algo de lo que allí significa, pero aceptando el grado ontológicamente menor en el que nos movemos al hablar de leyes científicas. La ley moral no se refiere propiamente al cómo de las cosas sino a las cosas mismas. Su contenido no expresa una condición sino una afirmación absoluta de bien. La ley dice lo que hay que hacer porque es bueno. Es bueno amar a Dios, es bueno respetar a los padres, es bueno respetar la vida, etc. Todo el Decálogo es eso, «diez logos», diez verdades que han de ser reconocidas en la vida práctica del hombre.
Así, pues, mientras en las leyes científicas domina la necesidad en la ley moral se contempla un bien que atrae nuestra inclinación de la voluntad, hacia lo que hemos conocido como verdadero. No tiene, por tanto, un sentido unívoco en los dos casos. Hay entre ellos la misma relación que hay entre los dos órdenes de que hablaba Platón, el de la necesidad y el de la inteligencia.
Volvamos ahora, para terminar, nuestra atención al mundo propiamente humano. Habíamos señalado el carácter negador del libre arbitrio, simultáneamente con la reducción del conocimiento a lo estrictamente fenoménico. La llamada «libertad», por tanto, no era más que la expresión de una necesidad que niega toda trascendencia y nos impide aceptar la ley en sentido moral propio, o sea el bien como objeto adecuado de nuestra voluntad. Reconozcamos, pues, simplemente, que lo que caracteriza a nuestra época ya no es ni siquiera un puro liberalismo, sino más bien, la prolongación o «profundización» -como dicen ahora de la democracia- del mismo y cuyo nombre es revolución. Esta revolución es, según se dice, «necesaria», pues surge ella misma de las «fuerzas sociales» que están en acción y predominan sobre todo «ideal». Los términos actuales del lenguaje político, que contaminan también el lenguaje religioso, son los de «condiciones», «factores determinantes», «fuerzas sociales», «exigencias», «coherencia», etc., todos ellos tomados del lenguaje de la necesidad. Incluso un partido revolucionario llamará a sus disidentes «utópicos» o «demagogos», para señalar que se apartan de la disciplina necesaria.
El reino de la libertad es el reino del espíritu y de la verdad. El mundo de la necesidad verdadera es el mundo de lo condicional, de lo material, de lo que está subordinado a lo verdadero. Nuestra época, época de totalitarismo, de colectivismo, de estatismo hasta llegar a una asfixiante falta de libertad, e incluso de persecución constante de la verdad, es una época en que la ciega necesidad se erige en señora absoluta de toda la humanidad, imponiéndose por la pura fuerza. Nosotros confiamos en que así como la verdad nos hace libres, la verdad nos libere pronto.


 

 

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