(Artículo
publicado en la revista Verbo, nros. 429.430,
año 2004)
El
título propuesto Lo que la filosofía debe
a la revelación cristiana, en el contexto de los
diversos temas de esta Reunión en que se desarrollan
las aportaciones de la religión a la política,
al derecho, etc., es de amplio alcance. Vamos a enfocar
este tema que se me ha encargado desarrollando algunos de
los aspectos implicados en él y dejando otros muchos,
porque difícilmente podría desarrollarlos
todos.
"Filosofía" es un nombre antiguo y muy
omnicomprensivo puesto que, que como saben, tal término
es sinónimo de ciencia en general y por consiguiente
cuando decimos filosofía no acotamos una parcela
del saber sino que nos referimos al mismo saber humano pero,
como lo patentiza la misma etimología, en cuanto
es amor al saber, esto es, el impulso inicial y primero
hacia la sabiduría. Y en este sentido -y pensando
en el título de nuestro tema- conviene recordar que
Aristóteles llama habitualmente "teología"
a la filosofía primera. También Aristóteles,
ponderando la grandeza de la filosofía, afirma que
si los dioses tuvieran envidia la tendrían de los
filósofos, mientras que también dice que la
filosofía es más propia de Dios que del hombre.
Y entre las dos afirmaciones se ve dónde está
la verdad; hay algo en la filosofía de intento sobrehumano.
De ahí que, incluso a la luz de la mera razón,
ya se ve que la razón no ha de "cerrarse"
en sí misma. Hay en la propia razón humana
una conciencia del límite de su capacidad y un atisbo
de un saber superior a ella misma.
Incluso Platón en su diálogo de madurez Timeo
pide la ayuda de Dios para hablar acerca de algo tan difícil,
aunque tan palpable, como la constitución del universo
físico.
Como hemos recordado, la filosofía es lo que la razón
humana puede llegar a saber acerca, en principio, de todo,
porque la filosofía no se restringe a ningún
ámbito del conocimiento ni del ser. Por consiguiente
la filosofía tiene una amplitud total y por este
lado no tiene ninguna limitación, pero tiene una
fuente de luz que, contrastada con la luz de la fe -como
enseñó el Vaticano I-, es sólo la mera
razón humana, la cual no sólo es finita, que
lo es evidentemente, sino que además está
herida por el pecado original lo cual es un dogma, hoy en
día rechazado o, por lo menos, silenciado, pero sin
el cual no se entiende casi nada de lo que acontece en el
mundo, como tampoco se entiende lo que sucede en la filosofía
al margen de la fe, en la que prevalece esta tendencia reiterada
que tiene el hombre a equivocarse cuando cree que piensa.
La primera cosa a destacar es que los primeros cristianos,
siguiendo a san Pablo, trataron a la filosofía, en
principio, más bien como una enemiga de la fe. Como
es bien sabido, san Pablo contrapone la fe a la vana filosofía
de modo que encarado con el sabio según el hombre
dice ¿dónde está el sabio?, ¿dónde
está el docto?, ¿quien es capaz de comprender
la locura de la cruz? En cualquier caso, afirma san Pablo
que el amor de Cristo, centro de todo el cristianismo, supera
cualquier filosofía. Y este tono paulino, de un hombre
por otra parte cultísimo, pesó y pesa -y ha
de pesar- en la relación entre el cristianismo, la
revelación cristiana para ser más exactos,
y la filosofía, y no como algo anecdótico
y circunstancial e histórico sino como algo intrínseco.
La advertencia paulina es muy patente en los primeros cristianos,
que permanecieron siempre en actitud de crítica frente
a la filosofía, lo que el hombre por sí sólo
cree saber, advertidos de los extravíos frecuentísimos
que están ya señalados en muchos libros sapienciales
del Antiguo Testamento donde se manifiesta que el hombre
no entiende su propia vida, que no entiende por qué
vive, y que no entiende casi ninguna de las cosas que desea
o ante las que se admira. Pero la actitud posterior de la
Iglesia, la actitud de los primeros apologistas, fue la
de precisar lo que decía san Pablo teniendo en cuenta
que la razón humana, aun sometida a la herida del
pecado original, es una creación de Dios y por consiguiente
la contraposición tiene que ser sólo en el
plano de lo que es deficiente respecto a lo que es perfecto,
de lo que es parcial respecto a lo que es total, de lo que
es finito respecto a lo que en sí proviene de la
luz infinita de Dios.
Hecha esta salvedad, se entiende entonces que la religión
puede y debe asumir aquellas cosas que la razón ha
podido excogitar por sí misma y que pertenece, como
ha dicho el profesor Cantoni que me ha precedido, a la humanidad
en cuanto tal, la cual es obra de Dios. Y en este sentido
los primeros apologistas ya fueron de alguna maneta filósofos,
con alguna reticencia, haciendo alguna matización,
algunos hablando de que la filosofía si decía
algo verdadero era porque lo había tomado de las
Sagradas Escrituras, porque algunos libros del Antiguo Testamento
son en el tiempo, anteriores a la filosofía griega
y de modo progresivo se fueron acercando asumiendo de modo
sintético la fe y la razón de modo que los
primeros apologistas y Padres de la Iglesia acabaron siendo
verdaderos filósofos en el sentido más genuino
de la palabra. Y esta situación es la que prevaleció
después en la gran eclosión de filosofía
cristiana que fue lo que llamamos la escolástica,
nombre que significa escuela, y que llamamos también
en otro contexto histórico, la filosofía de
la Edad Media, pero su nombre más preciso, como dice
Canals en el prólogo de su libro sobre la filosofía
medieval, es el de filosofía cristiana, porque la
intención última de aquellos filósofos
era la teología, esto es, era explicar los misterios
de la fe. Querer separar aquella filosofía de esta
intención y de la certeza de los dogmas en que se
movía esta escolástica, sería quitarle
el motor, la causa eficiente, el motivo, la causa final
y, sobre todo, la certeza.
A este respecto hay que recordar que, en las décadas
de 1920 y 1930, especialmente en Francia, hubo una polémica
célebre acerca de si se podía hablar de filosofía
cristiana, o si ese término era ambiguo o, incluso,
equívoco. Ya pueden ustedes imaginar que hubo versiones
para todos los gustos. Para los más agnósticos,
la filosofía cristiana es simplemente una contradicción.
Para otros más indiferentes, simplemente no hay filosofía
cristiana, lo que hay, en todo caso, es cristianos que filosofan
y a esta opinión que por cierto no es la más
correcta, se adhirieron incluso algunos hombres diríamos
de la Iglesia por decirlo de alguna manera. El célebre
historiador de la filosofía Bréhier, principalmente,
fue el responsable de esta polémica, así como
Gilson fue el defensor de la tesis contraria. También
Maritain sostuvo la genuidad y la autenticidad de la expresión
de filosofía cristiana.
Hay que decir "filosofía cristiana" y no
meramente filosofía hecha en una época cristiana
como la Edad media, porque es cristiana en su entraña
misma, porque está al servicio de la explicación
del misterio de la fe, porque su intención última
es catequética. No olvidemos nunca que la Suma Teológica
de Tomás de Aquino es un compendio -esto es lo que
significa Suma-, catequético, un compendio en orden
a explicar las verdades de fe que no pretende ser un tratado
de filosofía. Santo Tomás fue un comentador
de Aristóteles, pero en la Suma Teológica
no ejerce de comentador, sino que ejerce de teólogo
y pone todo el conocimiento filosófico, que adquirió
estudiando Aristóteles, al servicio de la explicación
de lo más grande, de lo más elevado, de lo
que en sí es superior a las fuerzas de la razón,
que es el misterio cristiano.
Una idea central preside esta explicación racional
de la fe. Santo Tomás supone que la principal misión
del entendimiento humano es precisamente ser capaz de entender
lo que le viene al entendimiento humano por la revelación.
Esta idea unitaria y armónica, de entrañamiento
entre la teología y la filosofía es el gran
logro de santo Tomás de Aquino y es el motivo justamente
principal por el que es alabado y celebrado por el Magisterio
pontificio. Es lo que llamamos la síntesis entre
la fe y la razón, síntesis en la que ha de
quedar muy claro que la primacía la tiene la fe y
el instrumento es la razón.
Sin embargo parece que el título de esta ponencia
nos invita a hablar de si hay una aportación específica
de la revelación a la filosofía. Como si buscásemos
alguna novedad o de alguna manera algo específicamente
cristiano y, por tanto, de algún modo distinto a
lo que he explicado hasta ahora.
Ante todo conviene recordar que en la encíclica Aeterni
Patris León XIII habló de esta cuestión.
La encíclica tiene un objetivo manifiesto en su mismo
título, "La restauración de la filosofía
cristiana". La encíclica pretende explícitamente
hacer el elogio de santo Tomás, e incluso manda en
la medida en que es conveniente y adecuado, que la filosofía
de santo Tomás sea la que presida la restauración
de la filosofía cristiana.
Pero dejando ahora de lado los aspectos más estrictamente
tomistas, prestemos atención al capítulo de
la Aeterni Patris que trata la cuestión: "de
la relación entre la razón y la fe",
intentando ponemos en el punto de vista de esta exposición,
si la revelación cristiana aporta algo genuino a
la filosofía. El énfasis lo ponemos no tanto
en la armonía entre razón y fe -que se da
por supuesto- sino en la aportación específica
de la fe a la razón. En este contexto se podrían
decir estas cosas que leo de la Aeterni Patris: "Por
ello quienes unen el amor a la filosofía con la sumisión
a la fe cristiana, son los mejores filósofos"
(n. 8). Se supone en este texto, que la sumisión
a la fe, esto es, la aceptación de todas las verdades
de la fe, hace al que va a filosofar, mejor filósofo.
Advirtamos que no dice meramente que quien une el amor a
la filosofía con la sumisión a la fe, hace
"filosofía cristina" sino que dice que
es "el mejor filósofo". Por tanto, aunque
se dice muy brevemente y podría pasar casi inadvertido,
no se trata ya ni de una contraposición, al estilo
legítimo como dije de los textos paulinos, ni se
trata de una armonía, sino que se trata de algo más,
se trata de decir que la fe refuerza al hombre de tal manera
que hace de él el mejor de los filósofos.
Y da a continuación la razón de ello: "Porque
el esplendor de las divinas verdades, al penetrar en el
alma, auxilia a la misma inteligencia" (ibid.). El
texto citado, aun dentro de esta sobriedad, diríamos
leonina, es riquísimo de contenido, pues supone que
la aceptación de una verdad divina, esto es, una
verdad de origen divino, y ordinariamente también
de contenido divino, de tal manera perfecciona la facultad
humana que la recibe que la hace capaz de mayor penetración
en las mismas verdades humanas.
Sucede, pues, si tomamos con detenimiento estas palabras
y no pensamos que son retóricas, que hay un ennoblecimiento,
una elevación de miras, un dirigir la facultad humana
hacia lo que es más importante y hay también
mayor agudeza. Podemos decir que un filósofo que
filosofa anclado en las verdades de la fe sobre una cuestión
estrictamente filosófica, aunque sea estrictamente
filosófica, lejos de ponerle un límite, aumenta
su agudeza y su firmeza y con más ahínco,
con más agudeza y firmeza, filosofa acerca de todas
las cuestiones racionales porque quien tiene su alma iluminada
por las verdades divinas, puesto que la verdad es una luz
que nos ilumina y nos perfecciona por dentro.
Hay que tener muy presente que la verdad es el fundamento
del conocimiento, no la consecuencia del conocimiento, como
piensa el mundo moderno que pone la potencia antes que el
acto. Esto es importantísimo y es una de las cosas
sobre las que más vale la pena pensar. En la filosofía
es raro que haya una discusión sobre la verdad, a
lo más en Platón y Aristóteles, pero
de la filosofía moderna para acá la verdad
ha caído un poco en desuso y la misma palabra verdad
se considera pasada de moda, y ahora lo que importa es que
haya "crítica" -si se está en un
contexto de dialéctica revolucionaria- o "diálogo
y discusión" -si se está en un contexto
democrático-- o, con aparente modestia, "propuestas"
como suele decirse de modo particular desde la filosofía
analítica. En ningún caso se presupone la
verdad.
Nos extenderíamos ahora haciendo una crítica
al racionalismo, pero digamos simplemente que el racionalismo
creyó descubrir la razón, pero lo que hizo
en realidad es olvidar la verdad, y habiendo olvidado la
verdad no supo ya lo que es la razón. A partir del
racionalismo la razón es sólo un instrumento
que no se sabe si funciona o no funciona y hasta donde funciona,
como si fuera una brújula, como si fuera un aparato.
Por ello el racionalismo pone el fundamento de la desconfianza
de la razón.
La encíclica del Papa actual, Fides et ratio, trata
esta cuestión de la pérdida de la razón
que se produce al abandonar la filosofía a la fe.
Dedica muchas páginas a este tema de que la filosofía
contemporánea, como consecuencia de la separación
respecto a la fe, desconfía de la razón y
afirma Juan Pablo II que sólo la fe salvará
de nuevo a la razón si ésta se vuelve hacia
aquélla. Casi la mitad de la Encíclica dice
esto y en conjunto casi nada más que esto. Pero es
una verdad fundamental así para la razón como
para la fe que también necesita de una sana filosofía
en que expresarse.
Sigamos leyendo la encíclica Aeterni Patris. León
XIII dijo allí que "es propio del cristiano
rechazar las sentencias que repugnan a la fe". Y añade
que "si alguien niega que con tal actividad y ejercicio
se aumenta la potencia de la mente y se desarrollan sus
facultades, necesario es que absurdamente pretendan que
la distinción entre lo verdadero y lo falso no conduce
al perfeccionamiento del ingenio". Es esta una tremenda
verdad que la Iglesia ha practicado siempre -como lo hizo
Cristo en sus enseñanzas-. Afirmar la verdad es manifestar
su diferencia, su oposición al error correspondiente.
No se puede leer ningún concilio sin leer los anatematismos
que acompañan a las explicaciones doctrinales porque
en ellas se formula definitivamente dónde está
el error, sin lo cual difícilmente se entiende lo
que dice un texto, si finalmente no se dice la proposición
condenada, la que es siempre falsa.
La sabiduría, que es como una especie de prudencia
especulativa, la phronesis como dice Aristóteles,
es el juicio acerca de las cosas. El entendimiento es la
facultad adecuada para conocer las cosas, pero si no hay
un juicio final acerca de ellas y no se compone un juicio
y se dice "esto sí y esto no", si no se
compone lo que es en sí mismo compuesto y no se separa
lo que no está unido, el entendimiento habla por
hablar y dice por decir y a la larga no dice nada, de modo
que como dice León XIII se equivocan quienes piensan
que el entendimiento no se perfecciona diciendo esto es
verdad, esto es falso.
Sigue diciendo León XIII: "Y si dirigís
venerables hermanos una mirada a la historia de la filosofía,
comprenderéis que todo cuanto poco ha hemos dicho
se comprueba con los hechos" (n. 9). Enumera entonces
una serie de cuestiones en las cuales los filósofos
paganos se han equivocado, cuestiones gravísimas
acerca, por ejemplo, de la distinción entre el mundo
y Dios, o acerca de la dignidad de la persona humana, particularmente
de su libre albedrío, o acerca de si en los hechos
de los hombres rige -como decían los estoicos- la
ciega necesidad, el hado, que determina fatalmente todos
los acontecimientos sin ninguna providencia divina. Como
dice León XIII "el curso de las cosas se regía
por una fuerza ciega y por una necesidad fatal, sin ser
dirigido por el providente consejo de Dios".
¿Qué podían pensar de la humanidad,
qué podían pensar de la historia, unas filosofías
que se negaban a admitir la providencia de Dios? Dios permite
el mal pero como dice san Agustín, Dios permite el
mal en orden a un mayor bien, y si hay una providencia individual
sobre cada uno de los hombres, y como dice la Sagrada Escritura,
cada uno de nuestros cabellos está contado y que
si no cae un pájaro sin que Dios lo permita menos
nos sucederá nada a nosotros sin que Dios lo permita.
¿En qué filosofía encontraremos nosotros
la certeza de que hay una providencia divina sobre cada
uno de los actos humanos? De ahí que la filosofía
de la historia fuese una ciencia cultivada básicamente
por Clemente de Alejandría y después por el
gran san Agustín. Realmente se podría preguntar
al llegar a san Agustín, ¿qué ha aportado
la revelación a la filosofía? En cierto sentido
concreto podría contestarse diciendo: san Agustín,
y con ello ya estaría dicho en una persona lo que
la religión ha aportado a la filosofía.
Pensaban todos, todos los filósofos griegos presocráticos,
incluyendo a Aristóteles en esto, que el mundo era
eterno, pero nosotros sabemos, como decía santo Tomás,
por la fe -quizás ahora también por la teoría
del Big Bang, pero en aquel momento sólo por la fe-,
que el mundo no es eterno, y sin embargo que el mundo fuera
o no fuera eterno como dice santo Tomás en la Suma
Contra Gentes, es cuestión importante porque si es
eterno no se ve claro que haya sido creado libremente por
Dios. Y esto es evidente porque si el tiempo marca la contingencia
de las cosas, si el mundo es eterno, es difícil discernirlo
de Dios, y es casi imposible decir que Dios lo creó
libremente. Dice "casi", porque Dios habría
podido creado libremente desde la eternidad, pero es una
hipótesis que no se da, y concluye en la Suma Contra
Gentes, que mirando la voluntad divina, se ve como muy congruente
que Dios ha creado el mundo en el tiempo.
Los filósofos presocráticos se equivocaron
todavía más haciendo al mundo infinito o elaborando
sistemas en que había infinitos mundos y mundos que
se hacen y se deshacen ininterrumpidamente desde la eternidad.
Una de las aportaciones características del cristianismo
versa sobre la naturaleza espiritual del alma humana. Es
evidente que aunque se hayan hecho esfuerzos filosóficos
por explicar la naturaleza espiritual del alma y el diálogo
platónico Fedón habla ciertamente de una vida
inmortal; lo cierto es que la inmensa mayoría de
los filósofos, y Aristóteles roza el borde,
y el límite de lo aceptable, ponían al alma
corruptible con el cuerpo; tanto es así que los primeros
cristianos que eran más platónicos que aristotélicos,
sostenían que filosóficamente las almas son
corruptibles, lo que pasa es que Dios no permite la corrupción
del alma, así como hay una resurrección del
cuerpo, la hay del alma. La afirmación de la resurrección
del cuerpo les hacía pensar en una especie de resurrección
del alma.
En un plano menos filosófico pero socialmente relevante
nos lleva a reconocer como aportación cristiana la
igual consideración de la mujer como puede verse
por comparación con países no cristianos,
sean islámicos, sean budistas, etc.
Fijémonos en una cosa esencial, Jesucristo no ha
sido un filósofo y la religión cristiana no
es una gnosis, es decir un conocimiento esotérico
al que se accede entrando en la secta de los cristianos.
Por cierto, que Jesús es filósofo lo ha dicho
el presidente americano Bush diciendo que Jesús es
su "filósofo preferido". Error grave, aunque
parezca un elogio, pues si Jesús es meramente un
filósofo no es el que es, esto es Dios encarnado.
Curiosamente Jesucristo, que no tiene absolutamente nada
de filósofo, apela siempre al conocimiento ordinario
de los hombres, sin elitismo ninguno sino al revés,
siempre compara la misión salvífica de los
pecadores con una mujer que barre la casa para encontrar
una moneda y se pone contenta al hallada, o a un pastor
que deja todas las ovejas para encontrar la que se había
perdido.
Compara la tarea apostólica con un sembrador que
sale a sembrar, o el reino de los cielos a una mujer que
echa una medida de levadura que fermenta toda la harina.
Un lenguaje sencillo para que lo pudiera entender todo el
mundo. No, Jesús no fue filósofo.
La primera culminación de la filosofía cristiana
fue san Agustín. Cuando llega san Agustín
hay que reconocer -y hay que ser obcecado para no admitido--
que los temas y la manera de tratarlos de san Agustín
son superiores a los de cualquier filósofo anterior.
Para hacer esta experiencia basta tomar las Confesiones,
que es el libro más leído de san Agustín
y que encierra bastante claramente esta verdad; desde un
primer momento uno se da cuenta de que lo entiende, se da
cuenta de que está en contacto con un hombre muy
sabio pero que habla de aquello de lo que hablaríamos
nosotros, aunque no tan bien como él. Enseguida vemos
que en libros como las Confesiones y otros que son más
difíciles de leer, hay una gran nobleza, agudeza
y firmeza que son las tres características de la
filosofía cristiana, como dijo León XIII.
En una reflexión ulterior podemos pensar, como lo
dice el doctor Canals, que la religión, que ciertamente
no es una filosofía, es sin embargo la perfección
de la razón humana como potencia. Más aún,
la revelación alcanza verdades superiores a la razón
humana que, aunque fuera la razón humana perfecta,
no los alcanzaría. Los misterios escondidos de Dios,
no los habría conocido el hombre ni aun en el caso
en que no hubiera habido pecado original, porque de suyo
trasciende el límite de la razón humana y
son la manifestación de la naturaleza misma de Dios.
¿Se hubiera manifestado Dios al hombre sin pecado
original? Naturalmente, aunque de hecho nos los ha revelado
después de la caída. A partir de san Buenaventura,
muchos solían hablar como si el plan de Dios no tuviera
nada que ver con el pecado original y solían poner
la Encarnación como un deseo de Dios de comunicarse
con los hombres. Con certeza no lo sabemos y aunque esta
creencia es muy piadosa no es segura. Santo Tomás
se atiene más a los hechos y de hecho Nuestro Señor
Jesucristo nos ha revelado los misterios escondidos de Dios
en su vida humana después de la Encarnación
y es cierto que se ha encarnado para redimimos como lo manifiesta
el ángel en la Anunciación: "Él
salvará a su pueblo de sus pecados". Y de hecho
esto supone fácticamente el pecado original.
Ahora bien, en cualquier hipótesis, tomista o bonaventuriana,
la revelación de la Trinidad es la revelación
más grande, más esencial y más intrínseca
de Dios, pues todo el cristianismo se funda en la Trinidad.
En el Antiguo Testamento está muy oscura la noción
de Trinidad, y nada digamos del "monoteísmo"
antitrinitario del Islam. Fue Cristo quien nos la revela
y al hacerla nos ha dado luz sobre cómo es Dios.
Como dijo san Agustín, lo que sabemos por revelación
no sólo es acerca de Dios sino también acerca
del hombre porque nosotros somos semejanza de Dios, que
es más que una imagen porque imagen la hay en toda
cosa creada, y de ahí saca san Agustín la
consecuencia de modo, especie y orden en todas las cosas
que es un reflejo de la Trinidad en todo lo creado, pero
al llegar al hombre hay algo más que este modo, especie
y orden, hay algo más, una trinidad diríamos
que tiene que ver más intrínsecamente con
la vida misma de Dios, esto es el ser, el Padre es el origen
del ser, y se puede decir que el Padre es causa del Hijo
-aunque en occidente solemos huir de esta palabra "causa"
porque nos parece que hay distancia entre causa y efecto
y que el efecto siempre es menor que la causa- porque el
Padre es el que ha engendrado y es igual al Hijo pero lo
ha engendrado, y el Hijo engendrado es la Palabra de Dios,
y entre ambos está el Espíritu que es el don
mutuo que se comunican el Padre y el Hijo.
Si alguien pregunta, ¿hay una aportación específica
de la religión a la filosofía?, la respuesta
es precisamente, la Trinidad. Cristo no vino a revelar esencialmente
una cosa que no estuviera en la razón porque sí,
sino que vino a revelamos esta verdad superior para movernos
más a su amor. De modo que podemos decir que quizás,
indirectamente pero consecuentemente ha resultado de ahí
una fuente de especulación filosófica que
no se encontrará en ningún filósofo.
Un tratado como el de la Trinidad de san Agustín
es imposible encontrarlo antes de Cristo. Y curiosamente
lo conoce Hegel, como lo advierte el profesor Canals. Hegel
que había sido estudiante de teología antes
de ser secularizado y filósofo diríamos, básicamente
ateo, pero él había estudiado la teología
protestante en Tubinga, el misterio de la Trinidad, con
libros, no sé si más o menos ortodoxos, pero
lo cierto es que le entraría de alguna u otra manera
la lectura del misterio de la Trinidad. Y dice Hegel que
nos ha ayudado a entender que el ser además de sustancia
es espíritu. Y esta aportación es absolutamente
originaria y solitaria del cristianismo.
La especulación sobre el misterio de Dios trino nos
ha arrojado una luz tremenda sobre lo que somos nosotros
mismos, y sobre lo que es realmente el ser. Santo Tomás
por ejemplo dice que saber bien acerca de la Trinidad se
necesita para saber bien acerca del acto creador del mundo.
Si no entendemos que Dios es Trino y tiene una vida en sí,
tenderíamos a pensar que el mundo es aquello con
lo que se ha querido relacionar por una especie de necesidad
interna. Para pensar adecuadamente el gran misterio del
libre acto creador del mundo entero incluyendo en el mundo
sobre todo la humanidad más que el cosmos físico,
hay que entender este acto libérrimo y de pura misericordia,
que Dios es eternamente feliz en su vida trinitaria ad intra,
en la que hay ser, conocimiento y amor. Esto está
ya en el llamado prólogo del Evangelio de san Juan,
donde se dice que Dios es palabra, "en el principio
existía la palabra, la palabra estaba junto a Dios
(pros ton Theon), y la palabra era Dios". Y se trata
de ver como sigue este prólogo, con cierta emoción,
"porque la ley fue dada por Moisés pero la gracia
y la verdad fue hecha (egeneto), por la palabra".
Esto es lo que el cristiano aporta a la filosofía,
no como una aportación puntual sino como una auténtica
perspectiva esencial, de que la verdad está en Dios
y la verdad es lo que Dios ha hecho porque sin la verdad
el hombre no sería nada. La existencia, sin la verdad,
es el existencialismo, es estar ahí arrojado sin
saber por qué vive y por qué morirá,
pero que se va a morir y supuesta la falta de sentido aparece
el germen esencial del suicidio para dar fin a lo que carece
de finalidad.
La Encíclica Fides et ratio del Papa actual, nos
señala que la filosofía no tiene porvenir
si no se hace metafísica, si no se hace filosofía
verdadera. Habla allí de la filosofía postmoderna
y dice una cosa que podemos hallar en la Constitución
sobre el mundo moderno Gaudium et Spes y es que el misterio
del hombre no se conoce si no se lo revela Dios. Ahora bien
eso mismo es la pregunta fundamental de la filosofía,
como ya decía Kant que toda la filosofía gira
entorno al conocimiento del hombre. Este párrafo
recogido por la Gaudium et Spes en el número 22 es
muy importante: "El misterio del hombre sólo
se esclarece a la luz del misterio de Cristo". Por
lo tanto, lo que la revelación aporta al hombre es
la totalidad del sentido de su vida. Si hablamos de la filosofía
como de una tarea muy humana pero rozando la divina con
pretensiones extrañas y por lo mismo muy sujeta a
error, por la desproporción entre los medios y los
fines hay que reconocer que la certeza que le ha dado la
revelación a la filosofía, ha podido hacer
de la filosofía algo noble.
Resumiendo y concluyendo, como dice el Dr. Canals, la mejor
filosofía es la filosofía cristiana, la filosofía
hecha al servicio de la explicación del misterio
total del hombre. Esta filosofía cristiana es teología
en el sentido más omnicomprensivo del término.