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IMPERIO DEL SENTIMIENTO SOBRE LA VOLUNTAD Y
LA RAZON
La
falta de realismo de las ideologías revolucionarias
que comportan siempre un desconocimiento e incluso un desprecio
por el ser personal del hombre, propugnan un sentimiento o
emotividad que no sólo rehúyen la reflexión
conceptual sino que pretenden dinamizar al hombre excluyendo
su misma voluntad. Al carácter utópico de la
ideología revolucionaria se une necesariamente una
técnica demagógica.
La ideología revolucionaria es siempre mítica
aunque sus mitos se adornen con supuestas cientificidades,
y es también, por lo mismo, enajenación de la
propia capacidad de decisión del hombre. En la medida
en que el mito sustituye a la realidad no sólo carece
de razón de verdad sino también de razón
de bien. No podría ser de otra manera, si recordamos
la doctrina tomista de que el ser origina la verdad en el
entendimiento, a la vez que origina la apetencia de bien en
la voluntad.
Si la utopía es el nombre que merece el producto irreal
e irrealizable de la imaginación por encima del entendimiento,
la acción que ejerce sobre la voluntad no puede ser
otra que la manipulación de los sentimientos, es decir,
una demagogia. Una emotividad o sentimiento no fundado en
razón no puede ser tampoco motor de la voluntad más
que enajenando a ésta y actuando en realidad como estímulo
de tipo inconsciente queriendo provocar reflejos automáticos
que actúan sobre el psiquismo animal del hombre y no
sobre su voluntad libre.
Los mitos revolucionarios no pueden proponerse a la voluntad
humana bajo la razón de bien y, por consiguiente, no
puede engendrarse en ella amor, único motor de las
elecciones libres del hombre.
El peculiar "sentimiento" promovido por las utopías
es el sucedáneo de la libre y voluntaria elección
y adhesión del hombre a la verdad conocida y al bien
apetecido.
No debe creerse que las revoluciones posean una instancia
"sentimental-afectiva" que debería ser combatida
por una especie de rigor intelectual, cual si sucediera que
en los mitos revolucionarios se pretende ir a la voluntad
sin pasar por el entendimiento. Cual si en las revoluciones
se diera una primacía de la praxis sobre la contemplación,
simplemente, como se dice tantas veces con excesiva condescendencia
para con el verdadero sentido de la Revolución. En
efecto, en rigor no puede haber primacía de la praxis
donde ésta no viene regida por la contemplación,
porque careciendo de ésta no puede existir la praxis.
No puede haber verdadero movimiento de la voluntad libre allí
donde se ha negado el carácter de la verdad, que es
el bien del entendimiento. Con razón se ha dicho que
la praxis que se pretende poner en la cúspide de los
movimientos revolucionarios no es más que una técnica
de manipulación de masas y no verdadera praxis. Ninguna
dimensión humana es potenciada por un falso sistema
de ideas, sino que son todas más o menos descentradas
y, por lo mismo, mitigadas cuando no anuladas.
La técnica revolucionaria de dominio de la voluntad,
de imperio ciego y despótico sobre la misma, es sustancial
para el logro de la revolución, y en tanto que es incapaz
del análisis conceptual y de la reflexión razonada,
debe prestar especialísima atención al lenguaje.
La técnica revolucionaria -y es lástima que
se preste a esto tan poca atención- es, ante todo,
una técnica lingüística. Digámoslo
de una manera gráfica y breve: "La revolución
es una cuestión de palabras". Por esta convicción,
que avala el conocimiento teórico y práctico
de la Revolución, debemos lamentamos de que el lenguaje
revolucionario, que lleva siempre este carácter de
dominio de la voluntad, se adopte tan alegremente con la torpe
ilusión de "no discutir por palabras", o
con la falsa sagacidad de quien pretende rebatir las utopías
revolucionarias “con el lenguaje moderno".
El uso de cierto lenguaje estereotipado, perfectamente elaborado
y adecuado para el fin que pretende, esto es, provocar de
forma inconsciente y automática la respuesta pretendida
sin reflexión, fue puesto de relieve por el profesor
Gambra en un artículo reciente. La mayor parte del
efecto revolucionario no procede de la lectura de los teóricos
revolucionarios sino simplemente del constante uso de determinados
"slogans" que causan efecto inmediato, precisamente
porque su uso ha desplazado el uso genuino del lenguaje. Es
muy difícil sustraerse al erecto psicológico
que producen tales términos que han sustituido el sentido
normal de los términos. El profesor Canals hablaba
hace años, precisamente en otra reunión de la
Ciudad Católica, del sentido "mágico"
de la terminología en uso en el lenguaje político,
económico o incluso teológico actual. La importancia
de esta terminología es indispensable y consustancial
a la manera de presentarse estas doctrinas. Sin este lenguaje
resultarían de una falsedad y arbitrariedad excesivamente
obvias incluso para un público no culto. Por el contrario,
en cambio, hoy se ha conseguido que el uso de este lenguaje
sea ya de por sí representativo del grado de adaptación
a estas doctrinas y, por lo mismo, desprestigio inmediato
para quien se niega a tomar esta técnica lingüística.
Este lenguaje está al servicio de una emotividad no
racional y, por lo mismo, no voluntaria. Como quiera que la
mayor parte de estos términos reciben su intención
significativa de los presupuestos ideológicos que los
sostienen, el uso universal e indiscutido de los mismos sanciona
una doctrina que de otro modo no tendría por qué
ser aceptada. Lo más difícil de poner en duda
es, para un hombre, el lenguaje de la sociedad en la que vive,
por lo que se ve "obligado" a aceptar la filosofía
que lo sustenta sin que quepa siquiera la discusión
de la misma. Si e! término "inmovilista",
por ejemplo, es hoy una calificación peyorativa, en
cualquier orden de cosas, esto lleva necesariamente a aceptar,
al menos de modo implícito, la divinización
del movimiento y la condenación de la inmutabilidad
del Dios verdadero.
En algún caso el lenguaje empleado puede ser, incluso,
de una etimología enteramente contraria al efecto que
pretende conseguir. Así sucede, por ejemplo, que se
llame a uno "integrista" sin que esto sugiera "integridad",
que es obviamente su raíz, sino por el contrario, se
pretende sugerir falsedad y oscuridad. El lenguaje ya no es
siquiera lenguaje estrictamente considerado, en este caso
como en otros, sino impulso afectivo-emotivo puro.
El lenguaje emotivo no pretende ser vehículo de la
realidad sino la realidad misma, en el sentido de que "crea"
la realidad. El lenguaje se refiere siempre a otro lenguaje
cuyo sentido último no es más que el mismo orgullo
revolucionario. La época actual ha superado así
al mundo de los sofistas griegos. La preocupación primordial
de un hombre de nuestro tiempo, enajenado por la utopía
y la demagogia revolucionaria, no es conocer la realidad que
le rodea sino dominar el lenguaje que se emplea. Estamos cogidos
en las redes de un lenguaje que actúa como impulso
de reflejo condicionado. El principal enemigo del pensamiento
y de la voluntad es el lenguaje mismo que empleamos.
La emotividad o sentimiento promovido por la técnica
demagógica que sirve a la utopía revolucionaria
sustituye a toda verdadera sensibilidad y, muy en concreto,
provoca la absoluta pérdida de la verdadera alegría.
Se ha dicho muy acertadamente -y Max Sche1er vio en ello el
principio fundamental de la moral revolucionaria- que las
utopías sociales, en su amplio sentido, promueven,
fomentan y se alimentan del resentimiento y no del verdadero
sentimiento.
Así como la tan traída y llevada praxis revolucionaria
no es más que técnica de manipulación
de la voluntad, el sentimiento revolucionario es manipulación
y fomento del resentimiento.
Nunca hubo entre los hombres de nuestra civilización
menos sensibilidad. Se dice habitualmente que estamos agobiados
por las tremendas noticias de las guerras, catástrofes
o injusticias, pero es más cierto que estamos acostumbrados
a responder únicamente cuando se nos estimula con los
"slogans" habituales. La falta de respuesta personal
radica en el hábito contraído a ser manipulado
por motivación de las facultades más animales
de nuestro psiquismo. No hay verdadero amor, que en el hombre
es más que una pasión, ni verdadero odio, ni
auténtica alegría, ni profunda tristeza. Si
del racionalismo hemos heredado la falta de razón,
del voluntarismo hemos recibido la inhibición de la
voluntad.
Cuanta mayor es la conciencia del revolucionario -y esto lo
hemos de constatar prácticamente- menor es su apasionamiento.
El apasionamiento, que se supone caracteriza al revolucionario
es, en general, aparente y fingido y la constancia con que
acomete su empresa utópica y demagógica descansa
y se alimenta, sobre todo, en la orgullosa contemplación
de su propio proyecto creador. La "toma de conciencia"
que se requiere para comprender la nueva utopía expresa
suficientemente el carácter "racionalista"
y poco apasionado del nuevo estado de la voluntad. La emotividad
revolucionaria es impulso animal hacia el proyecto imaginado,
tal como lo describe Nietzsche. Por ello, el "superhombre",
como dijo Heidegger es, en realidad, un "infrahombre"
y no sólo ni principalmente por relación al
entendimiento y razón, sino por referencia a su voluntad
suplantada por su animalidad.
El sentimiento infrahumano, promovido por las utopías
y orquestado por las demagogias, se bifurca, partiendo de
su tronco común, según se trate de ]a utopía
positivista o de la marxista. Sus ideales y métodos,
aun siendo comúnmente anticristianos, se concretan
de modo diferente. Usando de unos mismos métodos de
psicología de masas, pretenden fines distintos. Es
fácil advertidos, por un igual, en nuestra civilización
occidental todavía no esclavizada por el comunismo,
pero impregnada de marxismo y esclavizada por los ideales
y modas materialistas. Su conexión estriba en la igual
negación del ser personal, racional y volitivo, del
hombre. Discrepan, sin embargo, en el modo de acceder a su
utópica nueva sociedad. Es importante notar el papel
jugado por el sentimiento en ambas ideologías, puesto
que ambas podemos encontrar1as en nuestra sociedad.
La nueva Religión de la Humanidad a que aspira el positivismo
comtiano se funda sobre la "simpatía" universal,
que es el desarrollo del instinto simpático, meramente
biológico y, para más señas, común
a los hombres, animales, plantas e incluso a la totalidad
de la naturaleza que nosotros llamamos inanimada. En la última
época de sus escritos Comte insiste en que el positivismo
deviene una religión en la medida en que gira todo
él en torno al sentimiento.
La ciencia misma debe estar exclusivamente al servicio de
este ideal final. Aunque algunos puedan considerar ridícula
esta pretensión y poco conforme con el positivismo
estricto, lo cierto es que esta motivación "sentimental"
anima la construcción "positiva" del positivismo
y le hace, según su autor, capaz de sustituir definitivamente
la "antigua" religión cristiana. No vamos
a tratar en absoluto las profundas razones y la estricta fidelidad
de estos escritos al plan general y originario del positivismo.
Vamos únicamente a mostrar en qué consiste esta
exaltación del "sentimiento" y mostrar en
qué manera ha penetrado esta ideología en nuestra
sociedad.
En la medida en que se rechaza a Dios se niega siempre, según
se desprende de la historia de la filosofía, al hombre
mismo en su libertad y su voluntad. Por la misma razón
que desaparece el ser personal individual se diviniza la sociedad
entera de la que el hombre es sólo "parte".
No es la sociedad suma de individuos sino el individuo el
concepto derivado de la totalidad, como parte de ella. El
conocimiento y el amor no radican así originariamente
en el individuo, sino que "participan" del conocer
y amar de la sociedad que sólo radica en la totalidad.
Todas las utopías revolucionarias niegan por un igual
los "personalismos", no ya sólo en el orden
de la acción sino en el orden del conocimiento y de
la apetencia. Los pensamientos personales son sólo
opiniones, en el mejor de los casos, mientras que las apetencias
personales son calificadas peyorativamente de intereses, sobreentendiéndose
siempre que son "inconfesables" y "egoístas"
en la medida en que son personales. Salvo los "intereses
de clase", únicos legítimos, todo otro
interés personal es egoísta y contrario a la
comunidad. No se crea que esta visión es exclusiva
del marxismo. Nótese con cuánta frecuencia se
habla así desde el lenguaje del moderno liberalismo
tan socialista como el marxismo mismo. Así se expresa
precisamente el fundador del positivismo, antes incluso que
el propio Marx.
El sentimiento que está al principio y al fin de la
construcción positivista, es de esta índole
panteísta. El "amor" a los animales o, en
general, a la "naturaleza" hoy tan en boga, está
en el mismo nivel, y en cierto modo superior, al amor a los
hombres. El tal "amor" ni brota de la voluntad humana,
puesto que es meramente un instinto, ni se rige por el objeto
conocido y valorado, pues se expande por un igual en la naturaleza
entera, en la medida en que no hay individualidad y menos
todavía substancialidad. Amar a un objeto por él
mismo, por su valor, es precisamente la expresión genuina
del "egoísmo". Todo amor ha de ser "desinteresado",
es decir, debe dirigirse por un igual a cualquier parte, en
tanto que todas las partes contribuyen por un igual al todo
divinizado, único digno de "amor".
El
positivismo, escribe Comte en sus últimas obras, es
la consumación y perfeccionamiento de aquella incipiente
forma de religión que se llama "fetichismo",
del que no discrepa más que en el carácter "científico"
y, por ello fundamentado, de este nuevo fetichismo. ¿No
hemos captado el aspecto fetichista del nuevo arte? ¿No
hemos comprobado la "simpatía universal",
caricatura y burla del amor personal, en el trato entre los
hombres? ¿No está toda la pedagogía moderna,
desde la familia, tanto entre esposos como entre padres e
hijos, hasta la escuela, presidida por esta "simpatía"
que toma el hombre y la mujer, el adulto y el niño,
como los nuevos miembros de la sociedad "civilizada"?
Nos educan para ser "sociables". El nuevo orden
social se caracteriza en el positivismo; esta revolución
que pretende no ser revolucionaria, por el perfecto "ajuste"
de todas las piezas de esta totalidad en la que tener criterio
propio es sinónimo de repetir las ideas volcadas en
las revistas de "opinión", y tener sentimientos
propios es "amar" por un igual a los hombres, prójimos
o lejanos, a los animales y a las plantas. Es, en fin, el
"amor" de las "relaciones humanas" en
las que sólo hay "relación" y no seres
dignos de ser amados. Cualquier predilección es un
egoísmo contrario al amor universal.
El sentimiento promovido por el positivismo es una inmersión
del individuo en la naturaleza, toda ella impregnada de "simpatía
universal". El objetivo de este sentimiento es, como
en los estoicos, "vivir conforme a la naturaleza".
El aspecto femenino que toma nuestra sociedad -recuérdese
que Comte propone seriamente sustituir el término "Patria"
por el de "Matria"- debe entenderse como preeminencia
de la protección más material y biológica,
sobre la promoción del espíritu. El progresivo
aumento de toda clase de "seguros sociales", que
es ideal de los socialismos occidenta1es, expresa este sentido
protector de la comunidad. Lo mismo, las cargas crecientes
sobre los ingresos económicos más altos. El
capitalismo, más de los banqueros que de los industriales,
tiene este carácter "dispensador" de toda
clase de bienes, de trabajo, de salud, de cultura, de promoción
de la mujer y de "protección" a los ancianos
o "subnormales". Nótese que a los llamados
"subnormales" se les presenta como "hijos"
de la sociedad entera, cuando la realidad es, como se vio
con la famosa "Talidomide", que los hijos tarados
por causa de este fármaco fueron, en buena parte, rechazados
por sus propios padres naturales y legítimos. Los liberales
"progresistas" y socialistas aplaudieron y fomentaron
el aborto de los que se presumía saldrían tarados.
No puede haber sacrificios personales, callados y continuos,
sino que se propone la "adopción" colectiva
de los que han de ser "rehabilitados". El amor no
es personal sino colectivo y no se ejerce en el ámbito
de la familia sino de la sociedad. Lo que se está introduciendo
con estas campañas pseudocaritativas es la idea de
que todo el afecto es "social" y que todos somos
de alguna manera destinados a ser "rehabilitados"
por la sociedad, única poseedora de capacidad de "amor".
Se ha empezado por los llamados "subnormales", pero
prueba de dónde apunta este especial "amor"
lo tenemos en que se está proponiendo el mismo trato
"social" para los ancianos, como si ellos fueran
también algo especial y anormal en la sociedad. El
positivismo, en definitiva, propugna el socialismo "social",
es decir, total, mucho antes que el simple socialismo económico.
Se quiere socializar el afecto, como se quiere socializar
la razón. Se quiere, en definitiva, divinizar la sociedad,
con el argumento pseudocristiano e incluso anticristiano del
"amor universal" que es la simpatía biológica,
fusión del individuo en el medio social total.
El desarraigo del hombre de su propia intimidad, colocándose
desde el principio a una extroversión y "relación"
con la totalidad, ridiculizando y desprestigiando las relaciones
naturales, con Dios, con la familia, con el medio ambiente
más inmediato, es el caldo de cultivo fomentado por
las utopías revolucionarias. Tanto la revolución
positivista o liberal materialista como la marxista se empeñan
en romper o hacer imposibles las tradiciones de todo tipo,
que son como la memoria de las comunidades, que prestan identidad
a los individuos y a los pueblos. Las tradiciones son vistas
como la expresión suprema del "egoísmo".
Mientras se predica demagógicamente la autarquía
y la "autenticidad", se crea un mundo en que no
es posible más que la moda y la imitación o
el simple contagio colectivo.
El marxismo opera en esta situación creada por el liberalismo
materialista de modo más violento aprovechando esta
distorsión del hombre individual o de grupos especiales
que el liberalismo ha convertido primero en "clases"
homogéneas y cuyo único sello es el potencial
económico y su inserción en el mundo de la producción.
La invocación a la totalidad, que también se
dará a la larga, pasa primero, en el marxismo, por
la invocación a la clase de los "oprimidas".
El enemigo inmediato del revolucionario ya no es sólo
el padre, la familia y todas las "instituciones"
de la "clase dominante", sino que es la misma sociedad
que ella ha creado. Rota la naturalidad de las relaciones
personales, con Dios, con uno mismo y con los "prójimos",
el hombre puede sentir la tentación de la nueva "simpatía"
creada por la nueva asociación de los que luchan por
su "liberación". La absoluta pérdida
de la humildad, a nivel incluso humano y natural, esto es,
la alegría de la aceptación de la realidad,
forma suprema de "alienación" para los marxistas,
predispone al hombre a moverse, en su razón y su voluntad,
por juicios que fomentan el resentimiento social hasta el
odio instintivo por la sociedad que le rodea. La emotividad
revolucionaria promovida por la demagogia quiere presentar
como imposible la relación social en un mundo dominado
por la "clase dominante". Se pregona el carácter
"contradictorio" de toda realidad social. El mundo
humano, a todos los niveles, es "lucha", "conflicto".
Es necesario "crear" otra sociedad que todavía
no ha existido nunca, en la que nadie "explotará"
a su semejante. La terminología es aquí absolutamente
imprescindible y debe evocar siempre el carácter de
dominio de toda relación humana hasta el presente.
El mundo, según esta utopía, ha de ser "transformado".
Esta tarea impone un desprecio absoluto por el orden "burgués".
El fomento del resentimiento es absolutamente crucial. El
lenguaje está aquí al servicio, no de da "simpatía
universal" del positivismo sino del resentimiento universal,
del desprecio y odio hacia toda realidad. Todo es "problemático",
"contradictorio", "alienante". La realidad
ha de ser “tensión", el pensamiento ha de
ser “oposición", la relación social
ha de ser "conflicto". Toda esta terminología
es absolutamente indispensable para crear una respuesta automática
sin la menor reflexión.
Nótese que la superación de estos contrarios
dialécticamente enfrentados no es otro sino la misma
sobsunción del individuo en la totalidad. Así,
por ejemplo, toda relación laboral es "explotación"
mientras el pacto laboral es entre capital y trabajo, pero
deja de ser explotación, no cuando mejora la calidad
y retribución del trabajo y de sus condiciones sino
cuando el trabajador lo hace para el Estado que es el propietario
exclusivo de todos los bienes de producción. No hay
nada digno de ser apetecido por sí mismo sino lo que
sirve directa o indirectamente al Estado totalitario. Así
sucede con el matrimonio, con la propiedad, etc. El solo hecho
de discrepar de la totalidad controlada por el Estado policía
es sinónimo de "contrarrevolución".
El contrarrevolucionario debe ser tratado como un "enfermo".
Antepone su propio interés al interés del Partido
y, por lo tanto, de la "clase" obrera. Es un enemigo
de la comunidad. Su voz no suena acorde con la multitud y,
por tanto, él mismo se condena al aislarse del cuerpo
social. Se rige por su propia razón y su propia voluntad;
por tanto, no puede alcanzar el punto de vista verdadero.
El lenguaje del comunismo internacional es completamente estereotipado.
Todo son insultos, todo son palabras "mágicas"
para cubrir la falta de pensamiento y de voluntad. El "deber"
es el imperativo supremo de toda la acción política
que suplanta la adhesión de la voluntad al bien conocido.
Por carecer de verdad el comunismo no puede mover la voluntad.
Por esta razón todo es colectivo, unánime, popular.
Toda discrepancia es minoritaria y autosegregada de la totalidad.
De ahí las "confesiones" de culpabilidad,
el reconocimiento de la "separación". Toda
ideología falsa ha de ser totalitaria, porque no pudiendo
pasar la criba de la razón y no pudiendo satisfacer
el anhelo de la voluntad se ha de imponer por motivación
de sentimiento biológico, instinto de conservación
del organismo.
El error conlleva siempre una tiranía, esto es, una
reducción del hombre a su animalidad, de su individualidad
a su ser "miembro" de una clase o comunidad. La
propaganda será siempre absolutamente indispensable
para mantener el asentimiento del individuo al "programa"
colectivo.
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