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Utopías y demagogia
José mª Petit Sullá  

IMPERIO DEL SENTIMIENTO SOBRE LA VOLUNTAD Y LA RAZON

La falta de realismo de las ideologías revolucionarias que comportan siempre un desconocimiento e incluso un desprecio por el ser personal del hombre, propugnan un sentimiento o emotividad que no sólo rehúyen la reflexión conceptual sino que pretenden dinamizar al hombre excluyendo su misma voluntad. Al carácter utópico de la ideología revolucionaria se une necesariamente una técnica demagógica.
La ideología revolucionaria es siempre mítica aunque sus mitos se adornen con supuestas cientificidades, y es también, por lo mismo, enajenación de la propia capacidad de decisión del hombre. En la medida en que el mito sustituye a la realidad no sólo carece de razón de verdad sino también de razón de bien. No podría ser de otra manera, si recordamos la doctrina tomista de que el ser origina la verdad en el entendimiento, a la vez que origina la apetencia de bien en la voluntad.
Si la utopía es el nombre que merece el producto irreal e irrealizable de la imaginación por encima del entendimiento, la acción que ejerce sobre la voluntad no puede ser otra que la manipulación de los sentimientos, es decir, una demagogia. Una emotividad o sentimiento no fundado en razón no puede ser tampoco motor de la voluntad más que enajenando a ésta y actuando en realidad como estímulo de tipo inconsciente queriendo provocar reflejos automáticos que actúan sobre el psiquismo animal del hombre y no sobre su voluntad libre.
Los mitos revolucionarios no pueden proponerse a la voluntad humana bajo la razón de bien y, por consiguiente, no puede engendrarse en ella amor, único motor de las elecciones libres del hombre.
El peculiar "sentimiento" promovido por las utopías es el sucedáneo de la libre y voluntaria elección y adhesión del hombre a la verdad conocida y al bien apetecido.
No debe creerse que las revoluciones posean una instancia "sentimental-afectiva" que debería ser combatida por una especie de rigor intelectual, cual si sucediera que en los mitos revolucionarios se pretende ir a la voluntad sin pasar por el entendimiento. Cual si en las revoluciones se diera una primacía de la praxis sobre la contemplación, simplemente, como se dice tantas veces con excesiva condescendencia para con el verdadero sentido de la Revolución. En efecto, en rigor no puede haber primacía de la praxis donde ésta no viene regida por la contemplación, porque careciendo de ésta no puede existir la praxis. No puede haber verdadero movimiento de la voluntad libre allí donde se ha negado el carácter de la verdad, que es el bien del entendimiento. Con razón se ha dicho que la praxis que se pretende poner en la cúspide de los movimientos revolucionarios no es más que una técnica de manipulación de masas y no verdadera praxis. Ninguna dimensión humana es potenciada por un falso sistema de ideas, sino que son todas más o menos descentradas y, por lo mismo, mitigadas cuando no anuladas.
La técnica revolucionaria de dominio de la voluntad, de imperio ciego y despótico sobre la misma, es sustancial para el logro de la revolución, y en tanto que es incapaz del análisis conceptual y de la reflexión razonada, debe prestar especialísima atención al lenguaje.
La técnica revolucionaria -y es lástima que se preste a esto tan poca atención- es, ante todo, una técnica lingüística. Digámoslo de una manera gráfica y breve: "La revolución es una cuestión de palabras". Por esta convicción, que avala el conocimiento teórico y práctico de la Revolución, debemos lamentamos de que el lenguaje revolucionario, que lleva siempre este carácter de dominio de la voluntad, se adopte tan alegremente con la torpe ilusión de "no discutir por palabras", o con la falsa sagacidad de quien pretende rebatir las utopías revolucionarias “con el lenguaje moderno".
El uso de cierto lenguaje estereotipado, perfectamente elaborado y adecuado para el fin que pretende, esto es, provocar de forma inconsciente y automática la respuesta pretendida sin reflexión, fue puesto de relieve por el profesor Gambra en un artículo reciente. La mayor parte del efecto revolucionario no procede de la lectura de los teóricos revolucionarios sino simplemente del constante uso de determinados "slogans" que causan efecto inmediato, precisamente porque su uso ha desplazado el uso genuino del lenguaje. Es muy difícil sustraerse al erecto psicológico que producen tales términos que han sustituido el sentido normal de los términos. El profesor Canals hablaba hace años, precisamente en otra reunión de la Ciudad Católica, del sentido "mágico" de la terminología en uso en el lenguaje político, económico o incluso teológico actual. La importancia de esta terminología es indispensable y consustancial a la manera de presentarse estas doctrinas. Sin este lenguaje resultarían de una falsedad y arbitrariedad excesivamente obvias incluso para un público no culto. Por el contrario, en cambio, hoy se ha conseguido que el uso de este lenguaje sea ya de por sí representativo del grado de adaptación a estas doctrinas y, por lo mismo, desprestigio inmediato para quien se niega a tomar esta técnica lingüística.
Este lenguaje está al servicio de una emotividad no racional y, por lo mismo, no voluntaria. Como quiera que la mayor parte de estos términos reciben su intención significativa de los presupuestos ideológicos que los sostienen, el uso universal e indiscutido de los mismos sanciona una doctrina que de otro modo no tendría por qué ser aceptada. Lo más difícil de poner en duda es, para un hombre, el lenguaje de la sociedad en la que vive, por lo que se ve "obligado" a aceptar la filosofía que lo sustenta sin que quepa siquiera la discusión de la misma. Si e! término "inmovilista", por ejemplo, es hoy una calificación peyorativa, en cualquier orden de cosas, esto lleva necesariamente a aceptar, al menos de modo implícito, la divinización del movimiento y la condenación de la inmutabilidad del Dios verdadero.
En algún caso el lenguaje empleado puede ser, incluso, de una etimología enteramente contraria al efecto que pretende conseguir. Así sucede, por ejemplo, que se llame a uno "integrista" sin que esto sugiera "integridad", que es obviamente su raíz, sino por el contrario, se pretende sugerir falsedad y oscuridad. El lenguaje ya no es siquiera lenguaje estrictamente considerado, en este caso como en otros, sino impulso afectivo-emotivo puro.
El lenguaje emotivo no pretende ser vehículo de la realidad sino la realidad misma, en el sentido de que "crea" la realidad. El lenguaje se refiere siempre a otro lenguaje cuyo sentido último no es más que el mismo orgullo revolucionario. La época actual ha superado así al mundo de los sofistas griegos. La preocupación primordial de un hombre de nuestro tiempo, enajenado por la utopía y la demagogia revolucionaria, no es conocer la realidad que le rodea sino dominar el lenguaje que se emplea. Estamos cogidos en las redes de un lenguaje que actúa como impulso de reflejo condicionado. El principal enemigo del pensamiento y de la voluntad es el lenguaje mismo que empleamos.
La emotividad o sentimiento promovido por la técnica demagógica que sirve a la utopía revolucionaria sustituye a toda verdadera sensibilidad y, muy en concreto, provoca la absoluta pérdida de la verdadera alegría. Se ha dicho muy acertadamente -y Max Sche1er vio en ello el principio fundamental de la moral revolucionaria- que las utopías sociales, en su amplio sentido, promueven, fomentan y se alimentan del resentimiento y no del verdadero sentimiento.
Así como la tan traída y llevada praxis revolucionaria no es más que técnica de manipulación de la voluntad, el sentimiento revolucionario es manipulación y fomento del resentimiento.
Nunca hubo entre los hombres de nuestra civilización menos sensibilidad. Se dice habitualmente que estamos agobiados por las tremendas noticias de las guerras, catástrofes o injusticias, pero es más cierto que estamos acostumbrados a responder únicamente cuando se nos estimula con los "slogans" habituales. La falta de respuesta personal radica en el hábito contraído a ser manipulado por motivación de las facultades más animales de nuestro psiquismo. No hay verdadero amor, que en el hombre es más que una pasión, ni verdadero odio, ni auténtica alegría, ni profunda tristeza. Si del racionalismo hemos heredado la falta de razón, del voluntarismo hemos recibido la inhibición de la voluntad.
Cuanta mayor es la conciencia del revolucionario -y esto lo hemos de constatar prácticamente- menor es su apasionamiento. El apasionamiento, que se supone caracteriza al revolucionario es, en general, aparente y fingido y la constancia con que acomete su empresa utópica y demagógica descansa y se alimenta, sobre todo, en la orgullosa contemplación de su propio proyecto creador. La "toma de conciencia" que se requiere para comprender la nueva utopía expresa suficientemente el carácter "racionalista" y poco apasionado del nuevo estado de la voluntad. La emotividad revolucionaria es impulso animal hacia el proyecto imaginado, tal como lo describe Nietzsche. Por ello, el "superhombre", como dijo Heidegger es, en realidad, un "infrahombre" y no sólo ni principalmente por relación al entendimiento y razón, sino por referencia a su voluntad suplantada por su animalidad.
El sentimiento infrahumano, promovido por las utopías y orquestado por las demagogias, se bifurca, partiendo de su tronco común, según se trate de ]a utopía positivista o de la marxista. Sus ideales y métodos, aun siendo comúnmente anticristianos, se concretan de modo diferente. Usando de unos mismos métodos de psicología de masas, pretenden fines distintos. Es fácil advertidos, por un igual, en nuestra civilización occidental todavía no esclavizada por el comunismo, pero impregnada de marxismo y esclavizada por los ideales y modas materialistas. Su conexión estriba en la igual negación del ser personal, racional y volitivo, del hombre. Discrepan, sin embargo, en el modo de acceder a su utópica nueva sociedad. Es importante notar el papel jugado por el sentimiento en ambas ideologías, puesto que ambas podemos encontrar1as en nuestra sociedad.
La nueva Religión de la Humanidad a que aspira el positivismo comtiano se funda sobre la "simpatía" universal, que es el desarrollo del instinto simpático, meramente biológico y, para más señas, común a los hombres, animales, plantas e incluso a la totalidad de la naturaleza que nosotros llamamos inanimada. En la última época de sus escritos Comte insiste en que el positivismo deviene una religión en la medida en que gira todo él en torno al sentimiento.
La ciencia misma debe estar exclusivamente al servicio de este ideal final. Aunque algunos puedan considerar ridícula esta pretensión y poco conforme con el positivismo estricto, lo cierto es que esta motivación "sentimental" anima la construcción "positiva" del positivismo y le hace, según su autor, capaz de sustituir definitivamente la "antigua" religión cristiana. No vamos a tratar en absoluto las profundas razones y la estricta fidelidad de estos escritos al plan general y originario del positivismo. Vamos únicamente a mostrar en qué consiste esta exaltación del "sentimiento" y mostrar en qué manera ha penetrado esta ideología en nuestra sociedad.
En la medida en que se rechaza a Dios se niega siempre, según se desprende de la historia de la filosofía, al hombre mismo en su libertad y su voluntad. Por la misma razón que desaparece el ser personal individual se diviniza la sociedad entera de la que el hombre es sólo "parte". No es la sociedad suma de individuos sino el individuo el concepto derivado de la totalidad, como parte de ella. El conocimiento y el amor no radican así originariamente en el individuo, sino que "participan" del conocer y amar de la sociedad que sólo radica en la totalidad. Todas las utopías revolucionarias niegan por un igual los "personalismos", no ya sólo en el orden de la acción sino en el orden del conocimiento y de la apetencia. Los pensamientos personales son sólo opiniones, en el mejor de los casos, mientras que las apetencias personales son calificadas peyorativamente de intereses, sobreentendiéndose siempre que son "inconfesables" y "egoístas" en la medida en que son personales. Salvo los "intereses de clase", únicos legítimos, todo otro interés personal es egoísta y contrario a la comunidad. No se crea que esta visión es exclusiva del marxismo. Nótese con cuánta frecuencia se habla así desde el lenguaje del moderno liberalismo tan socialista como el marxismo mismo. Así se expresa precisamente el fundador del positivismo, antes incluso que el propio Marx.
El sentimiento que está al principio y al fin de la construcción positivista, es de esta índole panteísta. El "amor" a los animales o, en general, a la "naturaleza" hoy tan en boga, está en el mismo nivel, y en cierto modo superior, al amor a los hombres. El tal "amor" ni brota de la voluntad humana, puesto que es meramente un instinto, ni se rige por el objeto conocido y valorado, pues se expande por un igual en la naturaleza entera, en la medida en que no hay individualidad y menos todavía substancialidad. Amar a un objeto por él mismo, por su valor, es precisamente la expresión genuina del "egoísmo". Todo amor ha de ser "desinteresado", es decir, debe dirigirse por un igual a cualquier parte, en tanto que todas las partes contribuyen por un igual al todo divinizado, único digno de "amor".

El positivismo, escribe Comte en sus últimas obras, es la consumación y perfeccionamiento de aquella incipiente forma de religión que se llama "fetichismo", del que no discrepa más que en el carácter "científico" y, por ello fundamentado, de este nuevo fetichismo. ¿No hemos captado el aspecto fetichista del nuevo arte? ¿No hemos comprobado la "simpatía universal", caricatura y burla del amor personal, en el trato entre los hombres? ¿No está toda la pedagogía moderna, desde la familia, tanto entre esposos como entre padres e hijos, hasta la escuela, presidida por esta "simpatía" que toma el hombre y la mujer, el adulto y el niño, como los nuevos miembros de la sociedad "civilizada"? Nos educan para ser "sociables". El nuevo orden social se caracteriza en el positivismo; esta revolución que pretende no ser revolucionaria, por el perfecto "ajuste" de todas las piezas de esta totalidad en la que tener criterio propio es sinónimo de repetir las ideas volcadas en las revistas de "opinión", y tener sentimientos propios es "amar" por un igual a los hombres, prójimos o lejanos, a los animales y a las plantas. Es, en fin, el "amor" de las "relaciones humanas" en las que sólo hay "relación" y no seres dignos de ser amados. Cualquier predilección es un egoísmo contrario al amor universal.
El sentimiento promovido por el positivismo es una inmersión del individuo en la naturaleza, toda ella impregnada de "simpatía universal". El objetivo de este sentimiento es, como en los estoicos, "vivir conforme a la naturaleza". El aspecto femenino que toma nuestra sociedad -recuérdese que Comte propone seriamente sustituir el término "Patria" por el de "Matria"- debe entenderse como preeminencia de la protección más material y biológica, sobre la promoción del espíritu. El progresivo aumento de toda clase de "seguros sociales", que es ideal de los socialismos occidenta1es, expresa este sentido protector de la comunidad. Lo mismo, las cargas crecientes sobre los ingresos económicos más altos. El capitalismo, más de los banqueros que de los industriales, tiene este carácter "dispensador" de toda clase de bienes, de trabajo, de salud, de cultura, de promoción de la mujer y de "protección" a los ancianos o "subnormales". Nótese que a los llamados "subnormales" se les presenta como "hijos" de la sociedad entera, cuando la realidad es, como se vio con la famosa "Talidomide", que los hijos tarados por causa de este fármaco fueron, en buena parte, rechazados por sus propios padres naturales y legítimos. Los liberales "progresistas" y socialistas aplaudieron y fomentaron el aborto de los que se presumía saldrían tarados. No puede haber sacrificios personales, callados y continuos, sino que se propone la "adopción" colectiva de los que han de ser "rehabilitados". El amor no es personal sino colectivo y no se ejerce en el ámbito de la familia sino de la sociedad. Lo que se está introduciendo con estas campañas pseudocaritativas es la idea de que todo el afecto es "social" y que todos somos de alguna manera destinados a ser "rehabilitados" por la sociedad, única poseedora de capacidad de "amor". Se ha empezado por los llamados "subnormales", pero prueba de dónde apunta este especial "amor" lo tenemos en que se está proponiendo el mismo trato "social" para los ancianos, como si ellos fueran también algo especial y anormal en la sociedad. El positivismo, en definitiva, propugna el socialismo "social", es decir, total, mucho antes que el simple socialismo económico. Se quiere socializar el afecto, como se quiere socializar la razón. Se quiere, en definitiva, divinizar la sociedad, con el argumento pseudocristiano e incluso anticristiano del "amor universal" que es la simpatía biológica, fusión del individuo en el medio social total.
El desarraigo del hombre de su propia intimidad, colocándose desde el principio a una extroversión y "relación" con la totalidad, ridiculizando y desprestigiando las relaciones naturales, con Dios, con la familia, con el medio ambiente más inmediato, es el caldo de cultivo fomentado por las utopías revolucionarias. Tanto la revolución positivista o liberal materialista como la marxista se empeñan en romper o hacer imposibles las tradiciones de todo tipo, que son como la memoria de las comunidades, que prestan identidad a los individuos y a los pueblos. Las tradiciones son vistas como la expresión suprema del "egoísmo". Mientras se predica demagógicamente la autarquía y la "autenticidad", se crea un mundo en que no es posible más que la moda y la imitación o el simple contagio colectivo.
El marxismo opera en esta situación creada por el liberalismo materialista de modo más violento aprovechando esta distorsión del hombre individual o de grupos especiales que el liberalismo ha convertido primero en "clases" homogéneas y cuyo único sello es el potencial económico y su inserción en el mundo de la producción.
La invocación a la totalidad, que también se dará a la larga, pasa primero, en el marxismo, por la invocación a la clase de los "oprimidas". El enemigo inmediato del revolucionario ya no es sólo el padre, la familia y todas las "instituciones" de la "clase dominante", sino que es la misma sociedad que ella ha creado. Rota la naturalidad de las relaciones personales, con Dios, con uno mismo y con los "prójimos", el hombre puede sentir la tentación de la nueva "simpatía" creada por la nueva asociación de los que luchan por su "liberación". La absoluta pérdida de la humildad, a nivel incluso humano y natural, esto es, la alegría de la aceptación de la realidad, forma suprema de "alienación" para los marxistas, predispone al hombre a moverse, en su razón y su voluntad, por juicios que fomentan el resentimiento social hasta el odio instintivo por la sociedad que le rodea. La emotividad revolucionaria promovida por la demagogia quiere presentar como imposible la relación social en un mundo dominado por la "clase dominante". Se pregona el carácter "contradictorio" de toda realidad social. El mundo humano, a todos los niveles, es "lucha", "conflicto". Es necesario "crear" otra sociedad que todavía no ha existido nunca, en la que nadie "explotará" a su semejante. La terminología es aquí absolutamente imprescindible y debe evocar siempre el carácter de dominio de toda relación humana hasta el presente.
El mundo, según esta utopía, ha de ser "transformado". Esta tarea impone un desprecio absoluto por el orden "burgués". El fomento del resentimiento es absolutamente crucial. El lenguaje está aquí al servicio, no de da "simpatía universal" del positivismo sino del resentimiento universal, del desprecio y odio hacia toda realidad. Todo es "problemático", "contradictorio", "alienante". La realidad ha de ser “tensión", el pensamiento ha de ser “oposición", la relación social ha de ser "conflicto". Toda esta terminología es absolutamente indispensable para crear una respuesta automática sin la menor reflexión.
Nótese que la superación de estos contrarios dialécticamente enfrentados no es otro sino la misma sobsunción del individuo en la totalidad. Así, por ejemplo, toda relación laboral es "explotación" mientras el pacto laboral es entre capital y trabajo, pero deja de ser explotación, no cuando mejora la calidad y retribución del trabajo y de sus condiciones sino cuando el trabajador lo hace para el Estado que es el propietario exclusivo de todos los bienes de producción. No hay nada digno de ser apetecido por sí mismo sino lo que sirve directa o indirectamente al Estado totalitario. Así sucede con el matrimonio, con la propiedad, etc. El solo hecho de discrepar de la totalidad controlada por el Estado policía es sinónimo de "contrarrevolución". El contrarrevolucionario debe ser tratado como un "enfermo". Antepone su propio interés al interés del Partido y, por lo tanto, de la "clase" obrera. Es un enemigo de la comunidad. Su voz no suena acorde con la multitud y, por tanto, él mismo se condena al aislarse del cuerpo social. Se rige por su propia razón y su propia voluntad; por tanto, no puede alcanzar el punto de vista verdadero.
El lenguaje del comunismo internacional es completamente estereotipado. Todo son insultos, todo son palabras "mágicas" para cubrir la falta de pensamiento y de voluntad. El "deber" es el imperativo supremo de toda la acción política que suplanta la adhesión de la voluntad al bien conocido. Por carecer de verdad el comunismo no puede mover la voluntad. Por esta razón todo es colectivo, unánime, popular. Toda discrepancia es minoritaria y autosegregada de la totalidad. De ahí las "confesiones" de culpabilidad, el reconocimiento de la "separación". Toda ideología falsa ha de ser totalitaria, porque no pudiendo pasar la criba de la razón y no pudiendo satisfacer el anhelo de la voluntad se ha de imponer por motivación de sentimiento biológico, instinto de conservación del organismo.
El error conlleva siempre una tiranía, esto es, una reducción del hombre a su animalidad, de su individualidad a su ser "miembro" de una clase o comunidad. La propaganda será siempre absolutamente indispensable para mantener el asentimiento del individuo al "programa" colectivo.

 

 

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