Situación
Todos recibimos la densidad de las sombras que nos envuelven
junto a pequeños cente lleos de luz. Sobre nosotros
está cayendo la noche: «esta es vuestra hora
y el poder de las tinieblas». También Jesús
vivió esta experiencia, por la que los cristianos
y la Iglesia han de pasar para asemejarse al Maestro.
Y también sobre España y sobre Europa. No
podemos creer que las cosas puedan seguir por mucho tiempo
como están, ni que puedan empeorar indefinidamente,
aunque sí que puedan agravarse de una manera inusitada.
Hemos entrado en la «noche oscura»; que cada
uno encienda o avive su luz para impedir que las sombras
nos sumerjan.
No sólo se ha enfriado la caridad de muchos, como
había advertido el Evangelio (cf Mt 24,12), sino
que han renunciado, al menos momentáneamente, a
entender y vivir su condición humana y divina.
Pero la ruina espiritual, de la que todos somos responsables,
no va a venir sola. Cuando una sociedad se ha vaciado,
sistemática y concienzudamente, de los valores
espirituales, morales y humanos, hay que esperar cualquier
catástrofe.
En este contexto, no se puede hablar de que estemos en
el tiempo del hombre, por mucho que las apariencias y
la interpretación común así nos lo
aseguren. No lo estamos al menos por dos razones: el hombre
está ausente de sí mismo en la medida en
que Dios lo está de él: el hombre se anula
cuando anula su ecología sustancial: el aire, la
luz y la energía en la que subsiste, es decir,
Dios. Por tanto, es el tiempo del eclipse del hombre,
a pesar de su actividad multiforme, que sólo sirve
para encubrir el vacío. No es el tiempo del hombre,
además, porque es más bien el tiempo de
su adversario, de Satán, «príncipe
de este mundo», cuyo halago hacia él le asfixia
y le suplanta.
El tiempo que vivimos sólo puede ser entendido
desde la teología de la historia. Como todos los
tiempos, especialmente éste es el tiempo de Dios.
Tiempo fundamentalmente teológico. Tiempo decisivo,
en el que el Mal está dando su última batalla
contra Dios y contra el hombre, y en el que se juega la
suerte de ambos. Todos los tiempos son teológicos
y todos los hombres son realidades teológicas:
lo histórico es sólo la expresión
que adquiere en el tiempo el proyecto de Dios sobre el
hombre. Para su cumplimiento previsto, Dios prepara hoy
su regreso y el del hombre.
Así es desde la primera página del tiempo
y del hombre: la acción creadora de Dios que puso
en marcha el tiempo, las cosas y los seres que desarrollan
su actividad en él; la acción del hombre
que se despliega a sí mismo en obediencia o en
oposición al plan de Dios. Nadie puede evadir esta
dimensión, aunque tantos la ignoren. Fuera de este
marco teológico nos arriesgamos a no entender nada:
ni del hombre ni de su historia.
Todo lo que somos y todo lo que sucede pertenece a la
historia de Dios en nosotros. No tenemos una historia
propia aunque esté hecha por nosotros, aunque sea
la historia de nuestra libertad. Pero es libertad en relación
al proyecto y al destino inscrito en cada una de las historias
personales. Por eso, a veces el resultado es un subproducto
humano, irrelevante en el cómputo final, cuando
no ha habido afinidad con Dios; cuando la libertad ha
errado obstinadamente la elección correcta.
Cada vez hay menos tiempo para los recursos y las soluciones
humanas: hemos avanzado demasiado en el camino de la negación
y de la irracionalidad; hemos destruido demasiados soportes.
Sin embargo, hay que actuar como si todo dependiera de
nosotros.
En este sentido, es necesario subrayar que lo que más
daño hace a la sociedad humana y a la Iglesia es
la irresponsabilidad de los cristianos y en especial de
los ministros de Dios, el descompromiso con su fe o con
su función. Porque ellos han conocido la verdad
y poseído la gracia, que les posibilita para ser
luz y sal de la tierra. El problema es que los creyentes
estamos llenos de vacilaciones y desconfianzas, que nos
pesa la soledad en que nos quedamos, que nos atenaza el
sentimiento del ridículo y nos tienta la libertad
de quienes se han ido o nunca han estado. El problema
es que no amamos lo que creemos, y sí creemos con
bastante más fuerza en lo que el mundo nos invita
a amar. El problema es que la concupiscencia de la vida
nos resulta más poderosamente atractiva que el
amor del Evangelio. Dios, en cambio, sí ama y cree
en el hombre.
Entretanto, asistimos al intento de eliminación
de algunos de los soportes fundamentales del cristianismo.
Por una parte, las Sagradas Escrituras, sobre todo las
que se refieren a Jesús, mediante el ataque frontal
a su historicidad y, como consecuencia, a la teología,
a la fe y la Iglesia. Ellos representan el soporte estructural
de cristianismo. Por otra, los soportes humanos. Ante
todo, el sistema de cristiandad, que ha sido el vehículo
y memoria de la historia y cultura cristianas, a pesar
de todas sus sombras, y dentro de ella el agotamiento,
bien que no consumado, de uno de sus puntales más
representativos: España. Mucho más que en
1982, hoy está vigente el apremio: «España,
sé tú misma», no sólo por lealtad
a su historia, sino por fidelidad a Cristo.
Sintetizando, «nuestra heredad ha sido entregada
a los bárbaros» (Lam 5,2). Posiblemente,
los acontecimientos ya están fuera del control
humano, y desde luego hace mucho que la solución
está fuera de los cauces políticos. Ante
este desafío total la mayor parte «hemos
decidido afrontar solos la tormenta» (Dozulé),
pero la historia permanece bajo el señorío
de Dios.
Reacción
Se diría que alguna epidemia súbita ha anulado
todas las defensas y aletargado todas las sensibilidades
frente a este retroceso del espíritu humano a su
prehistoria. Pero, en realidad, no nos debe sorprender.
Desde los tiempos del profeta Daniel, y sobre todo en
el NT, habíamos sido advertidos de las conmociones
que esperaban a la humanidad y en especial al pueblo y
a la Iglesia de Dios.
Es necesario que mantengamos una atención extremada
a los «signos de los tiempos» a fin de comprender
mejor el sentido de los acontecimientos. Estamos sumergidos
en demasiadas historias entrecruzadas, demasiado enigmáticas
en su interpretación, demasiado imprevisibles en
su desenlace. Que el que tenga oídos para oír,
oiga y el que tenga ojos que vea.
Verdaderamente, como dice san Pablo, «la noche está
avanzada. Por eso, dejemos las actividades de las tinieblas
y tomemos las armas de la luz» (Rom 13,12). No sabemos
qué hora es de la noche, y como el profeta preguntamos:
«vigía, ¿cómo va la noche?;
dinos: ¿cuánto queda de la noche?»
(Is 21,11). Pero sí sabemos, en cambio, lo que
ocurrió una vez en el centro de la noche: «cuando
todas las cosas estaban sumergidas en un profundo silencio,
y la noche se hallaba en su punto más alto, la
omnipotente Palabra de Dios descendió a nosotros
desde su sede real» (texto de la liturgia de Navidad).
A la acción de Dios, que indudablemente se producirá,
hemos de unir la nuestra: «el que tenga bolsa y
dinero cójalo y compre una espada, y el que no
lo tenga que venda su manto y la compre» (Lc 22,36).
Es decir, hemos de estar bien pertrechados para reaccionar
ante la situación. Como escribe Pascal: «así
como es un crimen perturbar la paz donde reina la verdad,
es también un crimen mantenerse en paz cuando se
destruye la verdad».
Es imprescindible desterrar las posturas acomodaticias:
lo imperativo hoy, para cualquier mente lúcida,
es ir contra corriente, tener voluntad de reacción,
saber decir no frente a la sumisión del hombre
de nuestro tiempo a la demencia que le envuelve. En la
insinuación a la práctica de lo políticamente
correcto hay una invitación directa a la deserción.
Ahora bien, como Cristo, el cristiano ha de ser «el
testigo fiel y veraz» (Ap 3,14; 19,11). «Todo
espíritu que no confiesa que Jesús es Dios
pertenece al anticristo» (1Jn 4,4). El cristiano
ha de tener en su corazón y en sus labios la misma
palabra del arcángel Miguel: «¿Quién
como Dios?», y la afirmación de fe propia
del cristiano: «Jesucristo es Señor para
gloria de Dios Padre» (Fil 2,11). «Lo que
necesita el cristiano cuando es odiado por sus enemigos,
no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma»
(S. Ignacio de Antioquia, siglo II).
Es preciso poner orden en el hombre, ponerlo en orden
consigo mismo, en su corazón y en su inteligencia;
levantar un muro ante el desconcierto que nos invade.
Lo cual exige restablecer el orden de las relaciones y
de la armonía entre el hombre y Dios. A todos se
nos dice en el libro del Apocalipsis (17,5): «Pueblo
mío, sal de Babilonia, la gran prostituta, para
no haceros cómplices de sus pecados, ni víctimas
de sus plagas». O como se añade entre las
recomendaciones últimas del mismo Libro (22,11):
«El que sea justo que crezca en justicia; el santo
que se santifique todavía más».
A pesar de los nubarrones y las amenazas debemos decir:
«¿quién podrá separarnos del
amor de Cristo: la aflicción, la angustia, la tribulación,
al hambre, la desnudez, el peligro, la espada?».
Estamos todos en la semana de Pasión, pero también
esta semana terminará en Domingo de Resurrección.
Entretanto, es preciso que cada uno de nosotros asuma
su cruz, porque «el que no toma su cruz y me sigue
no es digno de Mí» (Mt 10,38). «Llevamos
en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que
también la vida de Jesús se manifieste en
nosotros» (2 Cor 4, 10).
Esperanza
El hombre occidental viene persiguiendo la regeneración
desde hace varios siglos: a través del humanismo,
de la «Reforma», la filosofía, la Ilustración,
la ciencia, el progreso, el cambio y la innovación
permanentes. Pero esta regeneración se ha revelado
como degeneración, decadencia y crepúsculo,
más allá de tantos logros materiales. Ha
pretendido la «muerte de Dios» pero es el
hombre el que ha sucumbido. Para su resurgimiento no basta
y no es posible el solo restablecimiento moral.
La perspectiva cristiana sólo tiene a la vista
un camino de regeneración: la que parta de las
claves teológicas del hombre que le devuelvan los
datos fundamentales acerca de sí mismo en orden
a la realización exacta del proyecto humano. Regeneración
a través del re-nacimiento del que hablaba Jesús
a Nicodemo: «el que no nace de nuevo, mediante el
agua y el Espíritu, no puede entrar en el Reino
de los cielos» ni en una nueva realidad humana.
San Pablo advertía: «despojaos del hombre
viejo, que se ha ido desintegrando seducido por sus deseos;
cambiad vuestra actitud mental y revestíos del
hombre nuevo, creado a imagen de Dios, según la
rectitud y santidad de la verdad» (Ef 4,24). Entonces
se hará posible el surgimiento de los cielos, la
tierra y el hombre nuevos, a la voz de Aquel que dice:
«ahora hago nuevas todas las cosas». Necesitaremos
la infusión de un corazón y de un espíritu
nuevos. Por tanto, un nuevo bautismo, un nuevo Pentecostés,
una nueva criatura: una renovación de la naturaleza
humana, que requerirá, probablemente, una intervención
extraordinaria de Dios a fin de acercarla a su pureza
y energía originales. Y ello será con nuestra
colaboración o contra nuestra oposición.
El orden de la naturaleza y de la creación debe
ser restablecido porque así lo exige la armonía
de la obra de Dios.
Regeneración que ha de dar comienzo en cada uno
de nosotros, sin esperar a mirar alrededor para ver cómo
va en los otros. Lo cual requiere desde ahora la movilización
de todos los recursos espirituales, porque sabemos que
si los humanos están casi anulados, los sobrenaturales
permanecen intactos.
Se trata, decía san Cirilo de Jerusalén
en el siglo III, de «adquirir una nueva configuración
celeste, de transformar nuestra naturaleza mediante la
incorporación del Espíritu Santo en nosotros,
lo que permite que ya no nos tengamos simplemente por
hombres sino por hijos de Dios». La posibilidad
de renovación en cualquier organismo viene no de
lo que cambia, sino de lo que es inmutable, de lo que
constituye el propio ser. El ser se renueva únicamente
en su propia energía, en fidelidad a sí
mismo.
«Os escribo, jóvenes, que ya habéis
vencido al maligno, que sois fuertes porque la palabra
de Dios permanece en vosotros: no améis al mundo
ni lo que hay en el mundo (las pasiones de la carne, la
codicia de los ojos, la arrogancia del poder), porque
eso no procede del Padre» (l Jn 2,13-17).
Para mantenernos, o recuperar, esta juventud será
imprescindible enraizarnos más profundamente en
Cristo, en la Iglesia, en la fe, en los sacramentos, en
María, en la oración, en la virtud, y prepararnos
para la prueba, no futura, sino ya presente: «a
vosotros se os ha concedido el privilegio de permanecer
al lado de Cristo, no sólo por creer en Él,
sino por sufrir por Él» (Fil 1,29). Debemos
recordar también que la oración es maestra
suprema de sabiduría. Ella proporciona la máxima
capacidad de crítica y de análisis. La oración
no permite falsear la realidad, porque pone ante la Luz,
ante la Verdad. Oración que permite beber en las
fuentes de la verdad, captar los signos de los tiempos.
Ambas cosas son indispensables para tener ojos en esta
noche.
Es la hora del testimonio, de ser ahora los testigos de
Cristo, porque apenas merece la pena sobrevivir en la
sociedad actual más que para dar testimonio de
Él o, como decía el mismo Cristo, para dar
testimonio de la verdad.
Actualmente es tiempo de máxima expectativa: para
nosotros porque estamos a la espera de los resultados
del desafío a Dios; y también para Él,
que está en «vigilia de armas», en
vísperas de entrar en acción, como en la
Vigilia Pascual que precedió a la salida de Egipto,
camino de la liberación, que llegaría después
del desierto y sus pruebas, antes de alcanzar la tierra
prometida. Dios está preparado para hacer, de nuevo,
frente a Egipto, para derribar las torres de Babel (o
de papel, es lo mismo), porque «esta es una guerra
de Dios» (1 Sam 17,47).
Es la hora de la fe y de la esperanza inquebrantables
en sólo Dios. Sólo Él tiene presente
y futuro: el de la eternidad, pero también el de
la historia: Él es el viviente, el Alpha y la Omega,
el primero y el último, el principio y el fin,
«suyo es el tiempo y la eternidad» (liturgia
de la Vigilia Pascual). En realidad, todos los tiempos
son suyos. Dice en el Apocalipsis: «El que es va
a llegar en seguida» (22,12): «en un momento
haré llegar mi victoria, mi brazo gobernará
los pueblos; me están esperando las naciones, ponen
en Mí su esperanza» (Is 51, 4).
Porque Él es Aquel que tiene las únicas
palabras de vida eterna, el único que puede decir:
«Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina
en tinieblas» (Jn 8,12). Por eso, Él es la
«piedra que, aunque desechada por los constructores,
llegará a ser la piedra angular» (Hch 4,11).
A Él le pertenece la realidad integral: humana
y cósmica, según lo que está predicho:
«este es el plan trazado desde antiguo: recapitular
en Cristo todas las cosas» (Ef 1,10), porque «el
designio de Dios es que todo tenga a Cristo por Cabeza»
(Ef 1,22), según lo que Él mismo había
afirmado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra» (Mt 28,18). Así pues, «no
temáis, Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
De Él está escrito: «Él será
nuestra Paz» (Ef 2,14); Él es la Verdad y
la Esperanza del mundo. Con todos los que le esperan,
también nosotros repetimos: «ven, Señor
Jesús» (Ap 22,20).
Contamos también con María, la Mujer cuya
planta aplasta la cabeza del dragón y tiene a sus
pies la (media) luna (cf Ap 12,1). La Madre que repite
de nuevo a su Hijo: ya no les queda vino: se les ha agotado
la gracia, la vida, la luz, el amor; han agotado tu Evangelio,
y que dice a los hijos: haced lo que Él os diga.
María, la gloria de nuestro pueblo «de igual
modo que María hizo entrar a Cristo en el mundo
la primera vez, Ella prepara el camino para hacerlo triunfar
la segunda vez» (san Luis Mª Grignion de Montfort).
Contamos con las espadas del Apocalipsis: la espada de
la boca de Dios con la que peleará contra los heresiarcas
(2,16); la gran espada que se dio a los jinetes encargados
de sembrar las plagas de Dios sobre la tierra (6,4,8);
o la de los jinetes celestes que llevan en sus bocas agudas
espadas para herir a las naciones que se oponen al reinado
del Verbo (19,15).
Contamos con las generaciones de creyentes que nos han
precedido, aquellos que han repetido: Dios ha sido siempre
nuestro orgullo, y lo han servido como seguramente ningún
otro pueblo lo ha hecho. Contamos con todos los guerreros
de Dios, los de anteayer y los de ayer; con nuestros santos,
pequeños o grandes, conocidos o desconocidos; con
nuestros místicos, apóstoles y misioneros;
con nuestros mártires: ¿quién ha
sido tan fecunda en ellos como España? Todos ellos
están en pie de guerra por España. Y por
si no se hubieran enterado, vamos a despertarlos nosotros.
Nosotros, tan pequeños y tan pocos, somos en realidad
mucho y muchos más de lo que aparentamos. «Si
Dios está con nosotros, ¿quién estará
contra nosotros?» Como a Israel, también
a nosotros se nos dice: «te pondré como un
muro frente a ellos, como muralla de bronce inexpugnable;
lucharán contra ti y no te podrán, porque
yo estoy contigo» (Jer 15, 20,21). «Los reyes
de la tierra combatirán contra el Cordero, pero
el Cordero los vencerá, porque es Señor
de señores y Rey de reyes» (Ap 17,14). Dios
es siempre «Dios con nosotros». Por eso, «somos
los moribundos que están bien vivos» (2 Cor
6,9).
Alguien ha venido para «reunir el rebaño
antes de que oscurezca».