Artículo
en que el autor expone la doctrina de san Buenaventura
con relación al Reinado de Cristo en el mundo.
Dicho artículo fue publicado en la revista CRISTIANDAD.
En
el siglo XIII se planteaba de nuevo a la teología católica
la cuestión decisiva para la comprensión de
la historia de la humanidad desde la prespectiva de la obra
salvadora de Dios. La cuestión resurgía por
la presencia en el occidente cristiano de la corriente suscitada
por la obra del Abata Joaquin de Fiore, cuyas doctrinas sobre
una edad de Espíritu Santo, que constituiría
un “nuevo orden” en el economía de la gracia,
y sería “el Evangerlio eterno”, introducía
nuevamente en la conciencia cristiana el tema de una esperanza
escatológica intrahistórica, la expectación
de una edad nueva, la que hoy llamaríamos la espera
de un mundo mejor(1).
Esta actitud daba a la esperanza cristiana, por debajo y subordinadamente
a su orientación hacia el fin trascendente y eterno,
también un sentido de mirada hacia el futuro, en un
horizonte temporal e histórico.
En el pensamiento de Joaquin de Fiore, esta escatología
intrahistórica, de sentido radicalmente espiritualista
y contemplativo, se mantenía definitivamente orientada
hacia la trascendencia y hacia la eterna bienaventuranza.
Son gratuitas e infundadas las interpretaciones que han querido
ver en él un precedente de los escatologismos materialistas
e inmanentistas inspiradas en el marxismo. Pero la doctrina
de Joaquin de Fiore era peligrosamente incompatible con la
concepción católica de la historia por una razón
esencial y profunda: el Evangelio eterno, edad de Espíritu
Santo, venía a superar y a cancelar la economía
instituida por la Encarnación; el nuevo orden, plenamente
“espiritual”, derogaba la letra del Evangelio
de Cristo, y la nueva economía anulaba en la nueva
iglesia espiritual, todas aquellas dimensiones que hoy llamamos
institucionales o jurídicas, e incluso los sacramentos,
como signos propios del cuerpo visibles de la Iglesia que
tiene en Cristo su Cabeza.
En estas líneas no se trata de estudiar el pensamiento
de Joaquin de Fiore. Ha sido necesario aludir a él
con el único objeto de sugerir la situación
histórica en la que el gran doctor franciscano san
Buenaventura expuso la que con toda propiedad podemos llamar
su “Teología de la historia”.
En sus “Colaciones sobre el Hexaémeron o iluminaciones
de la Iglesia”, serie de conferencias o conversaciones
pronunciadas en París, desde Pascua hasta Pentecostés
del año 1273- que quedaron interrumpidas por su elevación
al cardenalato, su intervención en el concilio de Lyón
y su muerte en 1274, y constituyen por lo tanto la última
obra del Doctor Seráfico- esta Teología de la
Historia se desenvuelve especialmente en la colaciones XIV
a XVI. Esta líneas tienen como objeto antes que otra
cosa poner al lector en contacto con este texto, singularísimo
y admirable.(2)
Según san Buenaventura, para la inteligencia iluminada
por la fe y enseñada por la Sagrada Escritura “es
manifiesto cómo la Sagrada Escritura describe las sucesiones
de los tiempos”(3)
“Los dos Testamentos
resplandecen uno sobre el otro....; porque no puede conocer
lo futuro el que ignora lo pasado. Pues si no conozco de que
árbol es la semilla, no puedo saber qué árbol
tiene que venir de ella. De donde el cono cimiento de las
cosas futuras depende del conocimiento de las cosas pasadas.
Por esto, Moisés, profetizando sobre las cosas futuras,
refirió por revelación las cosas pasadas”.(4)
Para comprender la intención y
el significado de la Teología de la historia de san
Buenaventura, conviene atender previamente a dos notas características.
En primer lugar a su contraposición intencionada y
explícita a la escatología de Joaquin de Fiore:
“Después
del nuevo Testamento-dice san Buenaventura- ya no habrá
otro, y no puede ser suprimido sacramento alguno de la nueva
Ley, porque aquel es el Testamento eterno”(5)
En segundo lugar, su fidelidad a san
Agustín en el modo de utilizar el esquema de las “siete
edades del mundo”, que según una antigua tradición
se entendían como figuradas alegóricamente en
los siete días de relato del Génesis sobre la
creación. Esto implica, como veremos, que san Buenaventura
no parece proponerse un retorno a la anterior interpretación
de este mismo esquema, según la que muchos Padres y
escritores eclesiásticos de los primeros siglos, interpretaron
el “séptimo día” como el sábado
en el que tenía lugar el descanso de los santos-resucitados
en una primera resurrección- en esta tierra, en el
Reinado de Cristo en el mundo, en el último “milenio”
o edad de la historia, que seguía al “segundo
advenimiento”.
La Teología de la historia expuesta por san buenaventura
en las “Colaciones sobre el Hexaémeron”
se desenvuelve, pues, sin contaminaciones joaquinistas y también
sin intención de retorno a la doctrina del Reino de
Cristo en la tierra que habían profesado muchos en
los cuatro primeros siglos de la Iglesia, y que, después
de san Jerónimo y de la posición adoptada por
san Agustín en “La ciudad de Dios”, había
casi desaparecido del horizonte teológico occidental.
Por esto mismo es más notable encontrar en san Buenaventura
la afirmación de una futura consumación de la
Iglesia reiterada y explícitamente expuesta en las
múltiples series en las que sistematiza su interpretación
del curso de la historia a la luz del misterio de Cristo revelado
en las Escrituras.
El Doctor Seráfico expresa su convicción de
la presencia de Cristo en los signos y las figuras “sacramentales”,
esto es, manifestativas del misterio, que hallamos en la Escritura,
describiendo series, que complace en distribuir con ritmo
y simetría numérica- diríase a semejanza
de un edificio o de un retablo góticos-en las que multiplica
con sugerentes alegorías la prespectiva de su visión
cristocéntrica de la historia de la humanidad. No nos
será posible entrar en el detalle de todas, pero será
conveniente atender a algunas.
En la Colación XIV, de la que se ha podido decir con
razón que viene a ser “un himno triunfal
en honor de Cristo Rey de los siglos y de la Historia”(6),
compara la obra de la salvación con la realidad de
la naturaleza de un árbol: así como aparecen
primeramente las raíces, después las hojas y,
posteriormente, brotan las flores que hacen surgir los frutos;
así la obra de la salvación tiene sus raíces
en los Patriarcas, a los que la salvación les es prometida,
sus hojas en la Ley, por lo que aquella es figurada, sus flores
en los profetas, a los que la salvación es anunciada,
y su fruto definitivo es Cristo en el que es realizada la
salvación.
Sobre este esquema de admirable profundidad teológica,
distingue san Buenaventura tres principales misterios en cada
una de estas cuatro etapas, por lo que resultan “doce
misterios principales en los que resplandece Cristo”(7);
y en cada uno de estos misterios señala aún
cuatro signos o “sacramentos” que apuntan a señalar
a Cristo como Salvador y Cabeza de la humanidad redimida,
lo que da un total de cuarenta y ocho signos manifestadores
de la gloria del Salvador.
He aquí el esquema de estos “doce misterios principales”
Los doce misterios principales
| Los Patriarcas
Promesa de la salvación |
Creación de la naturaleza
Castigo de los crímenes
Vocación de los Patriarcas |
La ley
Figura de la salvación |
Promulgación de la Ley
Victoria sobre los enemigos
Establecimientos de los jueces |
Los profetas
Anuncio de la salvación |
Unción de los reyes
Revelación de los Profetas
Restauración de los príncipes y de los
Sacerdotes |
Cristo
Realización de la salvación |
Redención de los hombres
Difusión de los carismas
Revelación de las Escrituras en el Apocalipsis |
En la Colación XV entra san Buenaventura
en la consideración de las “teorías”,
investigaciones o especulaciones según las que resplandecen
uno sobre otro los dos testamentos. Se inicia con el desarrollo
del esquema de las seis edades de la historia, que corresponden
a los seis días de la creación, más la
séptima, que corresponde al sábado, al descanso
del Señor, y a la que pertenece el descanso de las
almas bienaventuradas en el cielo, según la interpretación
de San Agustín en “La Ciudad de Dios”:
“Nosotros mismos-escribe
san Agustín- seremos allí el día
séptimo, cuando seamos llenos y colmados de la bendición
y la santificación de Dios.... Del sábado se
dice: no haréis en él obra alguna servil. A
este tenor dice también el Profeta Ezequiel: Yo les
he dado mi sábado como signo de alianza entre ellos
y Yo, a fin de que conozcan que Yo soy el Señor. Esto
lo sabremos perfectamente cuando estemos en perfecto descanso
y veremos perfectamente que Él es Dios.”(8).
“La séptima edad será nuestro sábado,
y que no tiene atardecer y concluirá en el día
dominical, día octavo y eterno, consagrado por la resurrección
de Cristo, y en el que se dará descanso eterno no solo
del espíritu sino también del cuerpo”(9)
A este esquema de las siete edades, en
el que se entiende la séptima, no como intrahistórica,
sino como el descanso y la felicidad de las almas hasta la
resurrección final, permanece fiel san Buenaventura,
e insiste en subrayar la coincidencia cronológica entre
la “séptima edad”, la de la Iglesia triunfante,
con la “sexta edad”, iniciada por la Redención
y la fundación de la Iglesia militante.
“Así como Dios en
seis días creó el mundo, y en el séptimo
descansó, así el cuerpo místico de Cristo
tiene seis edades, y una séptima que corre junto a
la sexta”(10)
Esta doctrina, que comprende la “séptima
edad” como constituida pro la bienaventuranza celeste,
es vista por san Buenaventura como doctrina común:
“la séptima edad corre, según
todos, junto con la sexta”(11):
Al considerarla como doctrina común, san buenaventura
muestra no tener presente la tradición anterior, muy
común en los cuatro primeros siglos de la Iglesia,
y que el propio san Agustín había utilizado
en su sermón 259, sobre la octava de la fiesta de Pascua:
“Este octavo día-
dice allí San Agustín- es la nueva vida
al fín de lso siglos. Y el séptimo es el futuro
descanso de los Santos en esta tierra. Pues reinará
el Señor en al tierra con sus Santos, como dicne las
Escrituras, y tendrá aquí la Iglesia en la que
no entrará mal alguno, separada y limpia de todo contacto
de perversidad”(12)
Para nuestro objeto será interesante
confrontar esta doble y distinta sistematización del
esquema de las siete edades. Presentamos paralelamente el
“esquema antiguo”, el que todavía sigue
san Agustín en el sermón mencionado. Y el “esquema
común” en los siglos posteriores a san Agustín,
y que él expuso en “La Ciudad de Dios”.
De la confrontación de estos dos
esquemas resulta claramente el carácter intrahistórico,
y posterior a la actual edad de la Iglesia, que tenía
en el esquema antiguo el sábado de los Santos que acompaña
al Reinado de Cristo sobre la tierra; mientras que el esquema
posterior a San Agustín, y comúnmente admitido
en los siglos medievales, la séptima edad no es una
época histórica que suceda cronológicamente
a la sexta, sino que la “sexta edad” constituye
la entera duración de la Iglesia militante, desde Cristo
hasta el fin de los tiempos, mientras que la llamada séptima
edad simboliza la realidad trascendente y suprahistórica
de la Iglesia triunfante.
Las siete edades del mundo
| Esquema
antiguo |
Esquema común
en la edad media |
| Primera
edad
De Adán hasta Noé |
Primera
edad
De Adán hasta Noé |
| Segunda
edad
De Noé hasta Abraham |
Segunda
edad
De Noé hasta Abraham |
| Tercera
edad
De Abraham hasta David |
Tercera
edad
De Abraham hasta David |
| Cuarta
edad
Desde David hasta la transmigración de Babilonia
|
Cuarta
edad
Desde David hasta la transmigración de Babilonia
|
| Quinta
edad
Desde Babilonia hasta Cristo |
Quinta
edad
Desde Babilonia hasta Cristo |
| Sexta
edad
Desde Cristo hasta el “segundo advenimiento”
|
Sexta
edad
Comienza en Cristo y transcurre ahora hasta el final
de los tiempos |
| Séptima
edad
El descanso futuro de los Santos en la tierra, cuando
reinará el Señor en la tierra con sus
Santos |
Séptima
edad
La bienaventuranza celeste de las almas hasta la resurrección |
Si san Buenaventura se mantiene fiel
al esquema agustiniano y común, es obvio que no entiende
retornar, en sus “teorías” escatológicas,
a la antigua doctrina del séptimo “milenio”,
en el que reinaría Cristo con los Santos. Pero hemos
de proseguir ahora atendiendo a toda la riqueza de nuevas
especulaciones teológico-históricas en las que
san buenaventura va a sorprendernos con admirables prespectivas
referentes a una esperanza intrahistórica.
Se desarrollan a partir de la colación XV, pero antes
de atender a ellas conviene notar que las enmarca, aparte
de este esquema de las siete edades, otros dos, que llama
de las “cinco vocaciones”, que halla simbolizadas
alegóricamente en la parábola del llamamiento
de los obreros a la viña, y de los “tres tiempos”,
el de la Ley de la Naturaleza, el de la Ley escrita y el de
la Ley de gracia; que explica no sólo como cronológicamente
sucesivas sino como tres diversas economías providenciales:
“La Ley es triple: escrita
dentro, como la Ley Natural; propuesta externamente, como
la Ley escrita; infundida desde lo alto en lo interior, como
la Ley de la gracia. Quien ignora estos tiempos no puede llegar
al misterio de las Escrituras”(13)
A esta triple y sucesiva economía
alude también la división establecida por san
Buenaventura entre los tiempos “originales”, es
decir los del origen de la naturaleza humana, los tiempos
“figurales”, esto es, los del Testamento Antiguo
en cuanto dice razón de figura de la salvación
futura, y los tiempos “graciosos” o “salutíferos”,
en que se ha obrado la salvación traída al mundo
de Cristo.
En el marco de estas prespectivas san Buenaventura pasa a
desarrollar una serie de comparaciones y correspondencias
entre el antiguo y el Nuevo Testamento, entre los tiempos
de las figuras y los tiempos de la gracia. Las establece sucesiva
y ordenadamente según el criterio marcado por los números
desde la unidad hasta el número septenario. Seleccionaremos
algunas de estas comparaciones, y atenderemos más especialmente
a aquellas en las que encontramos mejor expresada su teología
sobre la futura edad de la Iglesia consumada.
Comparados según la razón de la edad, el Antiguo
Testamento y el Nuevo se distinguen en cuanto aquel engendra
para la esclavitud, es según el temor, según
la letra, y dice razón de figura, mientras que el Nuevo
engendra para la libertad, es según el amor, el espíritu
y la verdad.
Pero después de esta comparación, que afirma
inequívocamente el carácter perfecto y definitivo
de la Nueva Alianza, san Buenaventura pasa a establecer, al
comparar según la dualidad ambos Testamentos, la tesis
de una futura época de la Iglesia:
“Hallamos en la vieja alianza
dos tiempos: el tiempo anterior a la Ley, y el tiempo en que
el pueblo vive bajo la Ley; en la nueva Alianza corresponde
a éstos un doble tiempo: el tiempo de la vocación
a los gentiles y el tiempo de la vocación de los judíos.
Este tiempo todavía no ha llegado, porque entonces
se cumplirá aquello de Isaías: No desenvainará
la espada un pueblo contra otro ni se adiestrarán más
en el arte de la guerra; esto todavía no se ha cumplido,
pues aún funcionan dos espadas, y todavía hay
disputas y herejías. Por eso los judíos, por
lo mismo que lo esperan, creen que aún no ha venido
el Mesías.”
Pero que los judíos se convertirán es cierto
por Isaías y por el Apóstol, que aduce su autoridad....
Isaías dice: Ea, subamos al monte del Señor
y a la casa del Dios de Jacob, y sigue: No desenvainará
la espada un pueblo contra otro ni se adiestrarán más
en el arte de la guerra. Contra esto dicen los judíos
que todavía esto no se ha cumplido; pero el Profeta
no se refiere a la primera venida o primera vocación,
sino a la última, cuando el día del Señor
se manifestará para todos los soberbios; ni se ha de
entender que Dios abandone así a aquellas almas.”(14)
No sólo es insistente el reconocimiento
de que se habla de una época todavía no alcanzada,
sino que al aludir por dos veces a la objeción judía
contra el carácter mesiánico de Jesucristo,
sostiene el cumplimiento futuro de los anuncios proféticos
sobre la paz mesiánica; y aún los refiere al
“día del Señor”, o última
venida o vocación, con lo que su sistema coincidiría
mejor en este punto con la escatología del Reino sugerida
en el esquema antiguo de las siete edades del mundo, que había
sido abandonado casi generalmente después de san Agustín.
La comparación entre los dos Testamentos según
el número ternario parece confirmar esta impresión:
“Porque existe el tiempo de la sinagoga comenzada,
adelantada y decadente, y en el Nuevo Testamento existe el
tiempo de la Iglesia comenzada dilatada y consumada.”
Aquí san Buenaventura insiste en que la triple alabanza
dirigida a la esposa en el Cantar de los Cantares, se dirige
a la que es la única y la misma Esposa: “Así
que es una sola la Iglesia y no hay ni puede haber muchas...
Es necesario, en efecto, que Raquel de a luz nuevos hijos
suyos en la Iglesia final”.(15)
Importante precisión con la que se deja en claro la
no cancelación de la economía establecida por
Cristo en su Iglesia, pero que reafirma la esperanza en una
edad que llevará a plenitud la salvación realizada
por Cristo, en la “Iglesia final”.
Pasamos ahora a la comparación según el número
quinario:
“En el Antiguo Testamento,
el primer tiempo es el de la creación de las naturalezas;
el segundo, el de la inspiración de los Patriarcas;
el tercero el de la institución de las cosas legales;
el cuarto, el de la ilustración de los Profetas, el
quinto el de la restauración de las ruinas.... En el
Nuevo Testamento, el primer tiempo es el de la difusión
de los carismas; el segundo, el de la vocación de los
gentiles; el tercero, el de la institución de las Iglesias
según las leyes; el cuarto, el de la multiplicación
de las religiones; el quinto, en el fin, será la restauración
de los caídos, porque es necesario que venga Elías
que restituirá todas las cosas; con él vendrá
también Henoc. Pero la bestia vencerá a aquellos
dos testigos, De donde es necesario que primero sean derribados,
y venga la ruina, y luego la restauración; será
tanta la tribulación que aún los escogidos si
posible fuere caerían en el error”(16)
Tenemos aquí afirmado un quinto
tiempo en que todas las cosas serán restablecidas,
tiempo al que habrá precedido la gran tribulación
y el triunfo de la bestia sobre los testigos del Señor.
Esta clara significación de esperanza escatológica
intrahistórica la hallamos afirmada en la rica y multiforme
serie de correspondencias establecidas de acuerdo don el número
siete, ntre los tiempos de la figura y los tiempos de la gracia.
Aquí san Buenaventura señala siete tiempos en
la época de la figura, y otros siete en el de la gracia
y salvación de Cristo, y en cada uno de ellos señala
tres eventos de especial significado, con lo que resulta una
nueva serie misteriosa de cuarenta y dos acontecimientos en
la historia de la humanidad desde la prespectiva de la salvación.
He aquí los siete tiempos figurales: La creación
de la naturaleza humana, la culpa que ha de ser castigada,
el de la nación elegida, el de la Ley establecida,
el de la gloria regia, el de la voz profética, el del
descanso medio. Los tiempos de la gracia son estos siete:
el de la gracia conferida, el de bautismo por la sangre, el
del establecimiento de la norma católica, el de la
ley de la justicia, el de la Cátedra excelsa, el de
la clara doctrina, y el séptimo tiempo futuro ue será
de la paz última.
Nuevamente san Buenaventura, que ya ha afirmado que no estamos
todavía en el segundo tiempo de la vocación
de los judíos, sólo en el cual se cumplirán
las profecías de la paz mesiánica; y que no
estamos por lo mismo en el tiempo de la Iglesia consumada,
ni en el tiempo del fin, en que acaecerá la restauración
de todas las cosas, sitúa también en el futuro
este séptimo tiempo de “la última paz”.
Sobre este tiempo futuro escribe san Buenaventura:
“ Así como en el
séptimo tiempo, en los tiempos figurales, sucedieron
estas tres cosas: la reedificación del Templo, la restauración
de la Ciudad, y la concesión de la paz; así
en el futuro séptimo tiempo tendrá lugar la
reparación del culto divino y la reedificación
de la iudad. Entonces se cumplirá la Profecía
de Ezequiel, cuando descienda del cielo la Ciudad, no ciertamente
la que es de arriba, sino lo que es de abajo, es decir, la
militante, cuanto sea conforme a la triunfante en cuanto es
posible en este mundo. Entonces tendrá lugar la edificación
de la Ciudad y su restablecimiento como en el principio, y
entonces habrá paz”(17)
El pensamiento de san buenaventura sobre
este séptimo tiempo futuro se aclara todavía
si advertimos lo que había dicho al tratar del “sexto
tiempo”, el de la “clara doctrina”, que
dice comenzar con el Papa Adriano, contemporáneamente
a los comienzos del imperio de Carlomagno; sobre este tiempo
y sobre su fin dice:
“¿Quién ha
dicho cuanto durará? Es cierto que nos encontramos
en este tiempo; cierto es también que durará
hasta que sea arrojada la bestia que sube del abismo, cuando
Babilonia será confundida y derribada, y después
se dará la paz; pero primero es necesario que venga
la tribulación”(18)
Convendrá ahora ver sinópticamente
los tiempos sucesivos establecidos en las distintas comparaciones
numéricas; y habrá que tener en cuenta que estas
sucesiones de tiempos transcurren todas en la “edad
sexta”, en la edad de la Iglesia, la que comienza con
la Redención por Cristo y perdura hasta el final de
los tiempos.
Sucesión
de los tiempos en la edad de la Iglesia militante
(edad
sexta del mundo)
Dos
tiempos |
Tres
tiempos |
Cinco
tiempos |
Siete
tiempos |
|
Iglesia
comenzada |
Difusión
de los carismas |
La
gracia conferida |
| |
|
Vocación
de los gentiles |
|
|
|
|
Bautismo
por la sangre |
|
La
Iglesia dilatada |
|
|
Tiempo
de la vocación de los gentiles |
|
|
|
|
|
Institución
de la Iglesia según las leyes |
Norma
católica |
|
|
|
Leyes
de la justicia |
|
|
|
Cátedra
excelsa |
|
|
Multiplicación
de las órdenes religiosas |
Clara
doctrina |
Tiempo
de la vocación de los judíos |
La
Iglesia consumada |
Restauración
de todas las cosas |
Tiempo
de la paz úktima |
El paralelismo entre
estas series de tiempos muestra sin lugar a dudas la coincidencia
en las características del último tiempo en
cada una de las series. El tiempo de “la vocación
última de los judíos”, que todavía
no ha llegado, y en la que se cumplirán las profecías
de la paz mesiánica, en el que se manifestará
que Dios no ha abandonado a las ramas del olivo de Israel,
en el día del Señor manifestado contra todos
los soberbios, coincide evidentemente con la Iglesia “consumada”
o “final”, en la que de nuevo “Raquel dará
hijos suyos a la Iglesia”; es también el tiempo
de “la restitución de todas las cosas”,
que seguirá a la ruina y a la gran tribulación,
en la que aún los escogidos caerían en el error;
es también el tiempo de “la última paz”,
en que se cumplirá la profecía de Ezequiel,
se reedificará la Ciudad como en le principio- alude
evidentemente a Jerusalén, nuevamente reconciliada
con el Señor- y cuando la Iglesia militante será,
cuanto es posible en este mundo, conforme a la triunfante,
cuando Babilonia haya sido derribada y haya sido “arrojada
la bestia que sube del abismo”, sólo después
de lo cual se dará la paz
En otros pasajes completa san buenaventura su pensamiento
sobre este tiempo futuro de la consumación de la Iglesia
y de la paz mesiánica. Sobre el texto de Isaías
“el conocimiento del Señor llenará
la tierra, como las aguas llenan el mar”, escribe:
“Esto se refiere principalmente
el tiempo del Nuevo Testamento, cuando la Escritura ha sido
manifestada, y máximamente al fin, cuando serán
entendidas las escrituras, que ahora no se entienden”(19)
Advirtamos que san Buenaventura refiere
la definitiva manifestación o revelación de
las Escrituras al libro del Apocalipsis, que sitúa
el último de los doce misterios principales en que
resplandece la primacía de Cristo en el universo y
en la historia.
En nuestro tiempo, del que se ha dicho:
“Estamos en los umbrales de una nueva escatología”(20),
parece especialmente oportuno hablar de la esperanza escatológica
intrahistórica proclamada con inagotable riqueza de
argumentación escriturística en las “Colaciones
sobre el Hexaémeron”. Nos parece que esta oportunidad
se hace patente si llevamos nuestra atención a algunos
expresivos signos de los tiempos acaecidos en torno del último
Concilio ecuménico, el Vaticano II.
En la inauguración solemne de este Concilio habló
así Juan XXIII, el día 11 de octubre de 1962:
“El Concilio ecuménico
Vaticano II, mientras agrupa las mejores energías de
la Iglesia y se esfuerza en hacer que los hombres acojan con
mayor solicitud el anuncio de la salvación, prepara
y consolida este camino hacia la unidad del género
humano, que constituye el fundamento necesario para que la
ciudad terrena so organice a semejanza de la Ciudad celeste”(21)
Es imposible leer estas palabras sin
la esperanza afirmada por san Buenaventura para el “futuro
séptimo tiempo” de la Iglesia militante, el de
la “paz última”, “cuando la militante
sea conforme a la triunfante en cuanto es posible en este
mundo”.
Cuando sea “unidad del género
humano” que es el objetivo final de la tarea del Concilio
VaticanoII lo pone en claro, a la luz de la Escritura, el
propio Concilio en su “Declaración sobre las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas”:
“La Iglesia no puede olvidar
que ha recibido la revelación del antiguo Testamento
por medio de aquel pueblo con quien Dios, por su inefable
misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza,
ni puede olvidar que se nutre se la raíz del buen olivo,
en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que
son los gentiles”. “Reconoce que los comienzos
de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas,
en Moisés y en los Profetas, conforme al misterio salvífico
de Dios”.
Y sobre estos presupuestos, que recuerdan
la sistematización bonaventuriana según la cual
el árbol cuyo fruto es Cristo tiene sus raíces
en los Patriarcas, a los que fue prometida la salvación,
el Concilio afirma expresamente la esperanza de la Iglesia
en el futuro de una humanidad unida en la fe y el culto a
Dios, realizada en el tiempo de la futura conversión
de Israel:
La Iglesia, juntamente con los
Profetas y el Apóstol, espera el día, sólo
de Dios conocido, en que todos los pueblos invocarán
al Señor con una sola voz y le servirán como
un solo hombre”.(22)
Para los hombres de nuestro tiempo,
angustiados por el futuro de la humanidad y ansiosos por hallar
razones y fundamentos para una esperanza sobre el porvenir,
el ferviente himno que en el siglo XIII compuso el Doctor
Seráfico “en honor de Cristo Rey de los siglos
y de la historia”, es un llamamiento que nos recuerda
que “no ha sido dado a los hombres bajo el cielo
otro nombre en el que podamos ser salvos”.
(1) Véase
Enrique Ribera de Ventosa, O.F.M. Cap. Tres visiones de la
historia: Joaquin de Fiore, San Buenaventura y Hegel. Estudio
comparativo. En “San Bonaventura Maestro di vita francescana
e di sapienza Cristiana. (Actas del Congreso Internacional
para el VII Centenario de S. Buenaventura). Roma, 1976, vol.
1 pp 779-808. El presente artículo debe mucho en su
orientación al documentado y luminoso trabajo de E,
Rivera de Ventosa.
(2) El texto de las
“Colaciones”, conocido por una reportatio revisada
por el propio S. Buenaventura, ha sido fijado críticamente
en la edición llamada de Quaracchi (1882-1962), tomo
v, pp 329-449. Este texto latino y una traducción castellana,
que generalmente utilizamos, se incluye en la edición
de la B.A.C. de las “Obras de San Buenaventura”,
edición bilingüe, tomo III, pp 176 a 659.
En las introcucciones contenidas en este volumen y en el trabajo
citado en la anterior nota puede hallar el lector argumentos
que corroboran la autenticidad bonaventuriana de este texto,
que algunos han discutido, y de la que estoy por mi parte
convencido.
(3) Col XVI, num
31 en la ed. Vitada de la B:A:C:, p. 491
(4) Col XV, núm
11, p. 457
(5) Col XVI, núm
2, p. 469
(6) Enrique Rivera
de Ventosa, art. citado, p 789
(7) Col XV, núm
.1, p 451
(8) San Agustín,
La Ciudad de Dios, XXII, 30, 4 3n la ed. De la B.A.C. de las
obras de San Agustín, tomos XVI-XVII, pp 1720-1721
(9) San Agustín,
op. cit., XXII, 30, num 5, p 1722
(10) Col XVI, núm.
12, p.457
(11) Col XVI, núm.
2, p. 469
(12) San Agustín,
Sermón 259, ML. 48, 1099. Un estudio prácticamente
exhaustivo sobre la presencia de esta interpretación
de la Séptima edad del mundo como la del Reinado de
Cristo y los Santos en al tierra, la he podido hallar en la
obra inédita- de la que se dispone de texto mecanografiado-
de Joannes Rovira, S.I., titulada De consumatione Regni Missianici
in Terris, seu de Regno Christi in terris consummato. Tomo
I, pp 42 a 113.
(13) Col XV, num.
20, p 461
(14) Col XV, núms..
24 y 25, pp 463 y 464
(15) Col XV, núm.
26, p. 465
(16) Col XV,
núm. 28, p 465 y 467
(17) Col XVI,
núm. 30, p. 491
(18) Col XVI,
núm. 19, p. 481
(19) Col. XIII,
núm. 7, p. 411
(20) Karol Wojtila,
Signo de contradicción. Traducción castellana.
Madrid, 1978, p. 33
(21)Juan XXIII.
Discurso pronunciado en la Basílica Vaticana, el 11
de octubre de 1962, en el acto de inauguración del
Concilio Vaticano II (parrafo 18)
(22) Concilio
Vaticano II. Declaración Nostra aetate sobre las relaciones
de la Iglesia con la religiones no cristianas, en octubre
de 1965, n. 4.
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