Artículo
del “curador espiritual” de la revista en
su primer número de prueba de diciembre de 1944.
En el que expone las dos bases fundamentales de la revista
CRISTIANDAD
La Providencia
y la Sociedad
La idea de una Providencia
que rige los destinos de los pueblos, como rige los de cada
individuo, es la base de toda concepción profunda de
la sociedad y de la historia. La conciencia de este hecho
se agudiza, empero, entre los hombres reflexivos, cada vez
que la humanidad atraviesa momentos graves de crisis.
¿Por qué sucede así? Porque de otra suerte,
estos males serían fruto de un azar ciego, y esto repugna
profundamente a la inteligencia y al corazón humano.
En cambio: si los males que aquejan a la humanidad no escapan
al gobierno de un Dios providente y bueno, estos males, de
otra suerte desesperantes, adquieren para el hombre la razón
de ser de todo aquello que, aunque no alcance a comprender,
ve claramente, con todo, que está incluido en un orden.
Basta la luz natural de la razón para creer en una
Providencia. Pero la luz de la fe da a un cristiano nuevas
precisiones y nuevas esperanzas respecto a los planes de Dios
sobre los hombres.
Por esto Cristiandad, que viene a luchar por la implantación
de un orden divino entre los hombres y las sociedades, afirma
desde el primer instante que este orden debe necesariamente
basarse: 1º, en una concepción sobrenatural de
la vida, y 2º, en una unión estrecha con la Iglesia
y su Pontífice, Vicario de Jesucristo en la tierra.
Por la importancia que tienen estas afirmaciones, nos detendremos
un momento en aclararlas.
1. UNA CONCEPCIÓN
SOBRENATURAL DE LA VIDA ES NECESARIA PARA RESTABLECER EL ORDEN
EN LA SOCIEDAD.
Dios ha creado al hombre
para vivir en sociedad. En esta sociedad el hombre debe conocer,
amar y servir a Dios nuestro Señor.
La naturaleza misma del hombre exige uno y otro extremo. Pero
una doble realidad ha venido a modificar las condiciones en
que el hombre deberá realizar esta convivencia y servir
en ella el plan de su Criador.
La primera, fuente de todos los egoísmos, no es otra
cosa que la corrupción de la naturaleza humana por
el pecado; la segunda, fuente de todas las generosidades,
es la elevación de esta naturaleza corrompida al orden
divino de la gracia.
Y esta gran realidad de la Gracia no viene a superponerse
al hombre de un modo extrínseco, como pretendía
Lutero, sino que penetra la esencia misma de su alma.
Si esto es así, si en el hombre esta realidad sobrenatural
transforma íntimamente su naturaleza, sería
un desperdicio de fuerzas, sería volver a introducir
la división en su seno no procurar que transformara
también íntimamente su vida.
No basta, en efecto, a un cristiano tener fe: debe vivir de
su fe. Este vivir de la fe es la caridad.
Únicamente así es posible no sólo el
orden interior de sus potencias, sino el orden exterior con
sus semejantes. El naturalismo en todas sus formas es, por
consiguiente, el primer enemigo que Cristiandad viene a combatir.
2. UNA SUMISIÓN
FILIAL A LA IGLESIA ES NECESARIA PARA RESTABLECER EL ORDEN
ENTRE LAS SOCIEDADES.
El hombre debe servir
a Dios en sociedad. Acomodándose a su naturaleza, la
Gracia se le reparte, también, socialmente; y en sociedad
gozará, en el cielo, de su inmenso destino.
Esta sociedad sobrenatural del hombre con Dios y con los bienaventurados,
es la Iglesia.
Y así como veíamos que la realidad sobrenatural
de la gracia traía necesariamente consigo una consecuencia
de orden sobrenatural: la ordenación y pacificación
de nuestra vida, semejantemente: la realidad sobrenatural
de la Iglesia ha de traer consigo necesariamente una consecuencia
de orden natural, el día que sea plenamente aceptada
por todos: la ordenación y pacificación de los
pueblos.
La compenetración entre la sociedad civil y la eclesiástica
que esto supone; la aceptación plena por parte de las
naciones y Estados, en cuanto tales, de la Iglesia como Madre,
es un Ideal tradicionalmente expresado por un nombre: Cristiandad.
Este ideal ha sido vivido y realizado, de un modo incipiente,
por los siglos mejores de la Edad Media. Pero el Protestantismo
vino a malograr esta obra, destruyendo el principio de unidad
y organización que representaba, y conduciendo fatalmente
al Filosofismo, para desembocar en las Revoluciones.
Sólo el reconocimiento de la Soberanía social
de Jesucristo, por medio de su Iglesia, puede salvar a la
sociedad del estado de división y descomposición
en que se encuentra. Pero un grave error se opone a este remedio:
el liberalismo, o la indiferencia religiosa, y la opinión
errónea que muchos, aún católicos, tienen
de él, considerándolo como un acercamiento a
la fe, cuando en realidad es más dañino que
la impiedad misma, porque es más ofensivo el desprecio
que el odio.
Este es el segundo error que Cristiandad viene a combatir.
Naturalismo y
Liberalismo
Naturalismo y Liberalismo
son, pues, los principales enemigos del ideal de CRISTIANDAD.
No son los más violentos, pero son, indudablemente,
los más insidiosos. Bajo aspectos de prudencia o de
equidad, minan las convicciones mismas de los buenos católicos.
Todos los demás se originan de ellos, o son matices
suyos. Una vez han llegado a introducirse, queda la puerta
abierta para todas las formas, de gravedad creciente, que
se escalonan por las pendientes del ateísmo y de la
revolución.
El naturalismo y el liberalismo tienen en esta momento, una
gravedad especial: empapan hasta tal extremo nuestro ambiente,
nos son tan connaturales, que escapan constantemente a nuestra
observación, por lo que a veces es casi imposible reaccionar
contra ellos.
Por esto CRISTIANDAD, sin dejar de combatirlos directamente,
va a emplear un método indirecto de eficacia positiva:
contra el Naturalismo, la propagación de la devoción
al Sagrado Corazón de Jesús, fuente de la vida
sobrenatural; contra el Liberalismo, la procalmación
de la Soberanía social de Jesucristo, como único
remedio para salvar la sociedad.
El ideal de CRISTIANDAD
y la devoción al Corazón de Cristo
Al amparo de estas concepciones,
fué constituido el pasado siglo el Apostolado de la
Oración, por el que es casi su fundador el insigne
jesuíta francés P. Enrique Ramière.
Adveniat regnum tuum es su aspiración central y su
razón de ser.
Este reino, fundamentalmente sobrenatural, tendrá también
en el cielo su fundamental cumplimiento. Pero, ¿es
aventurado esperar, a modo de "añadidura",
también un Reinado de Cristo sobre las naciones y Estados
de la tierra? ¿Es aventurado esperar un cumplimiento
real y efectivo de lo que hoy llamamos corrientemente el "Reinado
social de Jesucristo"?
Enrique Ramière no lo creyó así. A la
vez que reconocía la gravedad de los males que afligían
al mundo bajo una forma nunca vista hasta entonces: la apostasía
de las naciones, vió en las tendencias más hondas
de la sociedades, en la revelación auténtica
contenida en las escrituras y en la Tradición Cristiana
y, sobre todo, en las revelaciones de Paray-le-Monial, los
más serios motivos de esperanza.
Desde entonces, los Sumos Pontífices nos van alentando
con ella. Desde entonces, la devoción al Corazón
de Cristo, que en Paray se nos presentaba como el remedio
eficaz para conseguir la curación de nuestra sociedad,
ha continuado adentrándose, cada vez más, en
la vida de la Iglesia, hasta culminar en la Fiesta de Jesucristo
Rey.
La fiesta de
Jesucristo Rey
Es importante hacer notar
que la fiesta de Jesucristo Rey es, precisamente, la coronación
y término de la devoción al Sagrado Corazón
que se iniciaba en Paray. Su institución viene, por
lo tanto, a proclamar que la realeza de Cristo es una realeza
de amor.
Pero es que, además, la institución de esa fiesta
es, a la vez, la proclamación de una esperanza. Pío
XI nos lo dice en su Encíclica "Miserentissimus":
"Al hacer esto (institución de la fiesta de Jesucristo
Rey), no sólo poníamos en evidencia la suprema
soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo...
sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día
dichosísimo en que todo el orbe, de corazón
y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo
de Cristo Rey."
CRISTIANDAD encuentra en ello nuavo aliento y por esto no
vacilará, desde el primer momento, en invitar a sus
lectores a penetrar cada vez más en la devoción
a este divino Corazón "en cuyo amor hemos creído";
y a luchar, fortalecidos por él, por la dilatación
de su Reinado sobre los individuos y sobre las sociedades.
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