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Eminentísima
dignidad de San José
"No hay duda -afirma
León XIII en su encíclica Quamquam pluries
de 15 de agosto de 1889- de que San José se acercó
más que nadie a la excelentísima dignidad por
la que la Madre de Dios es superior a todas las naturalezas
creadas".
"La casa que José
gobernó con potestad paterna contenía los principios
de la Iglesia naciente... de aquí que el bienaventurado
Patriarca tenga confiada, por una razón singular, la
multitud de los cristianos de que consta la Iglesia, esta
familia innumerable extendida por toda la tierra, sobre la
que goza como de una autoridad paterna, por ser esposo de
María y padre de Jesucristo".
Paulo VI, el que proclamó
a María Madre de la Iglesia, contrapuso a Adán
y Eva, "fuente del mal que ha inundado al mundo",
la pareja humana formada por José y María, "vértice
desde el cual la santidad se esparce por toda la tierra".
El texto es citado y reafirmado por Juan Pablo II en la Redemptoris
custos de 15 de agosto de 1989.
Pío XI habló
de la "omnipotencia suplicante" de San José
(19 de marzo de 1938) y, comentando el largo silencio que
ha rodeado durante siglos la dignidad y la misión de
San José, al que ha sucedido el clamor y la voz de
la gloria, advertía que "donde es más profundo
el misterio, y más espesa la noche que lo cubre, donde
es más profundo el silencio, es precisamente allí
donde es más alta la misión" y pasa a hablar
de la misión de San José en estos términos:
"Esta misión
única, grandiosa, la de custodiar al Hijo de Dios y
Rey del universo, la misión de custodiar la virginidad,
la santidad de María, la misión de cooperar,
como único llamado a participar en la conciencia del
gran misterio, escondido a los siglos, en la Encarnación
divina y en la salvación del género humano"
(19 de marzo de 1928).
No tendríamos
que extrañarnos, pues, de que Santa Teresita del Niño
Jesús afirmara: "Mi devoción hacia San
José, desde mi infancia, se confundía con mi
amor a la Santísima Virgen" (Historia de un
alma, cap. 16).
"La Inmaculada Madre
de Dios, siempre Virgen, María, asunta en cuerpo y
alma a los cielos, Reina del universo y Madre de la Iglesia"
tiene, en la obra de la salvación de la humanidad,
una misión singular y excelsa, por la que cooperó,
precisamente por ser la Madre de Dios, a la Encarnación
redentora del Hijo de Dios hecho hombre. Dios dispuso que
José, como esposo suyo y padre de Jesucristo, participase
inseparablemente también en este designio de comunicar
la vida divina a los hombres. Por esto, desde siglos, se ha
ido extendiendo en la teología, y muy en especial en
el sentido de la fe del pueblo cristiano, el reconocimiento
de esta dignidad y misión que Suárez llamó
"pertenencia al orden hypostático" que contempló
como "Trinidad terrena" a Jesús, María
y José y llevó a la devoción a la Sagrada
Familia de Nazaret, vista como "originaria de la Iglesia".
Santidad universalmente
imitable de San José
La afirmación
de León XIII de la cercanía de José a
la dignidad de María, superior a la de todas las criaturas
-es decir, Reina también de los Ángeles- ratifica
el progreso, en la conciencia del pueblo cristiano, de la
superior excelencia de su misión, más excelente
que la de los antiguos Patriarcas, a los que se prometió
la salvación de todas las naciones por su descendencia.
Superior, también, a la de los Profetas y Apóstoles,
sobre cuyo fundamento se edifica la Iglesia, se construye
el Cuerpo cuya Cabeza es Jesucristo, Rey del universo.
Nuestro reconocimiento
de esta dignidad y nuestra acción de gracias a Dios
por la Venida redentora de Su Hijo, y el servicio prestado
a ella por María y José, tendrían que
ayudarnos a no sentir perplejidad, sino comprender íntimamente
el mensaje del Señor al oir a Jesús responder
al elogio dirigido a Su Madre, "Bienaventurado el vientre
que te llevó, y los pechos que te amamantaron",
con la exhortación: "Más bien bienaventurados
los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica".
Decía Santa Teresita que carece de sentido presentar
a María como admirable y no hacerla ver como imitable:
"lo más ejemplar para mí es imaginarme
su vida del todo corriente" (Novissima verba,
20 de agosto), "lo que más me edifica es la idea
de una vida del todo ordinaria" (Consejos y recuerdos,
n1 99). La Santa Doctora de la Iglesia nos ilumina con práctica
eficacia, a la vez que lleva nuestra contemplación
a lo más estimulante para nuestro amor.
Afirma Santo Tomás,
comparando los carismas -que tienen los taumaturgos, los Doctores
de la Iglesia ...- con la gracia santificante (que tenemos
todos desde el Bautismo, y que puede un cristiano que la haya
perdido recuperarla al ser absuelto en una buena confesión,
y que puede recuperar después de muchos años
de perdida, un moribundo con un movimiento sincero de contricción
y amor, o recibiendo debidamente la Unción de los enfermos)
dice que, aunque los carismas los tengan pocos y la gracia
santificante muchos, no hay que pensar que sean aquéllos
más excelentes que la gracia santificante. En la naturaleza,
lo más numeroso suele ser inferior a lo menos numeroso;
así, los animales irracionales no tienen la dignidad
de ser personas, que tenemos los hombres. Pero es que, en
este orden, todo lo no racional se ordena a lo racional, y
en nosotros mismos, el conocimiento sensible que conpartimos
con los animales no racionales se ordena al conocimiento racional,
que es superior. Pero, en el orden de la gracia, lo que es
menos común se ordena a lo más común
(S. Th. I0 Secundae, Qu. 101, art1 51, ad tertium).
En el Catecismo se afirma
que el sacerdocio "ministerial" se ordena al sacerdocio
regio de todos los bautizados (n1 1547). La práctica
de los consejos en el estado de perfección se ordena
al perfecto cumplimiento de los preceptos, porque la santidad,
que es vocación universal, no es de consejo, sino de
precepto y consiste, principalmente, en el amor a Dios y al
prójimo (S. Th. II0 Secundae, art1 31-41). Nadie es
santo por ninguna cualidad humana eminente, ni por ningún
carisma excelente, ni por alguna misión jerárquica
elevadísima, sino por la fidelidad con que, por amor,
desempeña sus deberes y sirve a su prójimo.
También es una vocación universal la del apostolado,
como enseña muy clara y fundamentadamente el Concilio
Vaticano II, pero el mismo Concilio dice que el apostolado
especializado y activo, en asociaciones apostólicas,
se ordena al apostolado individual, que consiste, esencialmente,
en el mismo ejemplo cotidiano de la vida cristiana. Todo apostolado
asociado se ordena al apostolado individual, que no puede
ser sustituído por aquél.
Pensando en esta doctrina, comprenderemos a los teólogos
que, reconociendo que la Maternidad divina de María
es la razón de ser de todos sus privilegios y dignidades,
no obstante, podemos pensar en la superioridad eminente del
hecho de haber sido concebida sin pecado original. El singularísimo
don de ser Madre del Hijo de Dios está providencialmente
destinado a la vocación universal de todos los hombres
a ser hechos hijos de Dios por Cristo, y María tiene,
en forma plena y perfectísima, desde el primer instante
de su concepción, aquello que todos estamos llamados
a tener.
Esto significa también
que la santidad de María y de José, por la que
son imitables, es, de alguna manera, más excelente
que su singular elección para pertenecer al orden hypostático
de la Encarnación redentora.
Ahora vamos a pensar,
y es muy rápido y sencillo de hacer, en la santidad
de San José, y la vamos a ver por la lectura del Evangelio.
Es un falso tópico decir que sabemos poco de San José
porque en la Escritura se habla poco de él. Leamos
el texto de San Mateo 1, 18-25 y atendamos a los versículos
24 y 25:
"Despertado
José del sueño, hizo como le ordenó el
Ángel del Señor, y recibió consigo a
su mujer"... "Y, nacido el Hijo, él
le puso por nombre Jesús". También
en esto cumple literalmente lo que se le había dicho:
"Le pondrás por nombre Jesús, porque
Él salvará al pueblo de sus pecados".
Leamos ahora a San Lucas:
"Subió
también José desde Galilea de la ciudad de Nazaret,
a la Judea, a la ciudad de David que se llama Belén,
por ser él del linaje y familia de David, para inscribirse
en él, juntamente con María, su esposa"
(Luc 2, 4-5).
"Y, cuando se
cumplieron los ocho días para circuncidarle le pusieron
por nobre Jesús, como había sido llamado por
el Ángel antes de que fuese concebido en el seno materno"
(Luc. 2, 21). "Y, cuando se les cumplieron los días
de la purificación, le subieron a Jerusalén
para presentarlo al Señor" (Luc. 2, 22).
"Y he aquí que había un hombre en Jerusalén
llamado Simeón, temeroso de Dios y justo, que esperaba
la consolación de Israel" (Luc. 2, 25-28)
"y, cuando sus padres introducían al niño
Jesús para cumplir las prescripciones de la Ley, Simeón
lo recibió en sus brazos, y bendijo a Dios ... y su
padre y su madre estaban admirados por las cosas que les decían.
Y los bendijo Simeón y dijo a María, su Madre
... A ti misma una espada te traspasará el alma"
(Luc. 2, 33-35).
La profecía de
participar en la Pasión se dirige a María, que
había de estar al pie de la Cruz. La bendición
de Simeón de parte de Dios es para "su padre y
su madre". El Evangelista añade después:
"Y así
que cumplieron todas las cosas ordenadas en la Ley del Señor,
se volvieron a Galilea" (Luc. 2, 39).
Volvamos a San Mateo,
quien, después de narrar la Adoración de los
Magos, dice:
"Así
que partieron, un Ángel del Señor se aparece
en sueños a José diciéndole: Levántate,
toma contigo al Niño y a Su Madre y huye a Egipto,
y estate allí hasta que yo te diga ... Él, levantándose,
tomó consigo al Niño y a Su Madre de noche,
y huyó a Egipto, y estuvo allí hasta la muerte
de Herodes" (Mat. 2, 13.15).
"Habiendo muerto
Herodes, he aquí que un Ángel del Señor
se aparece en sueños a José: "Levántate
y toma al Niño y a Su Madre, y marcha a tierras de
Israel, porque han muerto ya los que atentaban contra la vida
del Niño" ... Él, levantándose,
tomó al Niño y a Su Madre y entró en
tierras de Israel. Mas, habiendo oído que reinaba en
Judea el hijo de Herodes, temió ir allá; pero,
avisado por Dios en sueños, se retiró a la región
de Galilea y, llegado allá, se estableció en
una ciudad llamada Nazaret" (Mat. 2, 19-23).
Y, en San Lucas, encontraremos
el último de los hechos narrados por los Evangelistas,
la pérdida en el Templo de Jerusalén, entre
los Doctores:
"El Niño
crecía y se robustecía, llenándose de
sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él.
Iban sus padres cada año a Jerusalén por la
fiesta de Pascua. Y, cuando fue de doce años, habiendo
ellos subido, según la costumbre de la fiesta, y acabados
los días, al volverse ellos, se quedó el Niño
Jesús en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus
padres. Y, creyendo ellos que él andaría en
la comitiva, caminaron una jornada, y le buscaban entre los
parientes y conocidos y, no hallándole, se volvieron
a Jerusalén para buscarle. Y sucedió que, después
de tres días, le hallaron en el Templo. Sus padres,
al verle, quedaron atónitos, y le dijo Su Madre: "Hijo,
)por qué lo hiciste así con nosotros? Mira que
tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando".
Díjoles Él: "Pues, )por qué me buscábais?
)No sabíais que había Yo de estar en la Casa
de Mi Padre?" Y ellos no habían comprendido la
palabra que les había dicho. Y bajó en su compañía,
y se fue a Nazaret y vivía sometido a ellos, y Su Madre
guardaba todas estas cosas en su corazón, y Jesús
progresaba en sabiduría, en edad y gracia ante Dios
y los hombres" (Luc. 2, 40-51).
De José, al que
llama el Evangelista Mateo, narrando las palabras del Ángel,
"Hijo de David" (único en todo el Evangelio,
con el propio Jesús, en ser llamado con este título
mesiánico) leemos en el Evangelio, inequívocamente,
que era el esposo de María, que era el padre de Jesús
y que era varón justo. Los dos primeros títulos
hablan de su dignidad de asociado a la Encarnación
redentora. El último define su santidad. "El justo
vive por la fe" y la fe se manifiesta en las obras al
obedecer a los divinos mandatos (Iac. 2, 21-26; Heb. 11, 1-40).
También en el
Evangelio, José es presentado como "el artesano
o carpintero" y Jesús como "el hijo del carpintero",
lo que se dice expresando la sorpresa de los vecinos de Nazaret
de que Jesús pudiese ser tan sabio. Lo que quiere decir
que José no tenía prestigio de hombre "enterado"
y experto en el conocimiento de las Sagradas Escrituras. José,
en el diario trabajo en un ambiente aldeano, nos muestra la
santidad en lo cotidiano.
La Liturgia de las Horas
de la Solemnidad de San José pone estos textos de la
fe como principio de la salvación que viene de Dios,
que vive y se manifiesta en la obediencia a la voluntad divina.
De la lectura del Evangelio
parece que se nos manifiesta este hecho: José no tomó
nunca ninguna iniciativa, no se refieren de él deliberaciones
que precedan a propósitos o decisiones. Sólo
se nos narran, reiteradamente, hechos en los que le vemos
haciendo lo que se la ha dicho de parte del Señor,
sin vacilar, sin dudar, una vez conocida la voluntad divina.
Con una obediencia heroica, y una fe incondicionada. Aquella
imagen que ponía Santa Teresita, que quería
ser la "pelotita del Niño Jesús",
la vemos cumplida en José, que está siempre
en manos de Dios y en su vida patentiza la fe obediente, y
el abandono confiado a la providencia paterna de Dios.
María y José
fueron destinados por Dios a una misión única
en la economía salvífica. Pero la cumplieron
en lo oculto y silencioso de la vida cotidiana.
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