EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
REDEMPTORIS
CUSTOS
DEL SUMO PONTIFICE
JUAN PABLO II
SOBRE
LA FIGURA Y LA MISIÓN DE SAN JOSÉ
EN LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA
A los Obispos
A los Sacerdotes y Diáconos
A los Religiosos y Religiosas
A todos los fieles
INTRODUCCIÓN
1. Llamado a ser el Custodio
del Redentor, «José... hizo como el ángel
del Señor le había mandado, y tomó consigo
a su mujer» (Mt 1, 24).
Desde los primeros siglos,
los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio,
han subrayado que san José, al igual que cuidó
amorosamente de María y se dedicó con gozoso
empeño a la educación de Jesucristo, también
custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de
la que la Virgen Santa es figura y modelo.
En el centenario de la
publicación de la Carta Encíclica Quamquam pluries
del Papa León XIII, y siguiendo la huella de la secular
veneración a san José, deseo presentar a la
consideración de vosotros, queridos hermanos y hermanas,
algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios «confió
la custodia de sus tesoros más preciosos». Con
profunda alegría cumple este deber pastoral, para que
en todos crezca la devoción al Patrono de la Iglesia
universal y el amor al Redentor, al que él sirvió
ejemplarmente.
De este modo, todo el
pueblo cristiano no sólo recurrirá con mayor
fervor a san José e invocará confiado su patrocinio,
sino que tendrá siempre presente ante sus ojos su humilde
y maduro modo de servir, así como de «participar»
en la economía de la salvación.
Considero, en efecto,
que el volver a reflexionar sobre la participación
del Esposo de María en el misterio divino consentirá
a la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con toda la
humanidad, encontrar continuamente su identidad en el ámbito
del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio
de la Encarnación.
Precisamente José
de Nazaret «participó» en este misterio
como ninguna otra persona, a excepción de María,
la Madre del Verbo Encarnado. El participó en este
misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo
hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor,
por cuyo poder el eterno Padre «nos predestinó
a la adopción de hijos suyos por Jesucristo»
(Ef 1, 5).
I.- EL MARCO
EVANGELICO
El matrimonio
con María
2. «José,
hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer,
porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.
Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por
nombre Jesús, porque él salvará a su
pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21).
En estas palabras se
halla el núcleo central de la verdad bíblica
sobre san José, el momento de su existencia al que
se refieren particularmente los Padres de la Iglesia.
El Evangelista Mateo
explica el significado de este momento, delineando también
como José lo ha vivido. Sin embargo, para comprender
plenamente el contenido y el contexto, es importante tener
presente el texto paralelo del Evangelio de Lucas. En efecto,
en relación con el versículo que dice: «La
generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre,
María, estaba desposada con José y, antes de
empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por
obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18), el origen
de la gestación de María «por obra del
Espíritu Santo» encuentra una descripción
más amplia y explícita en el versículo
que se lee en Lucas sobre la anunciación del nacimiento
de Jesús: «Fue enviado por Dios el ángel
Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen
desposada con un hombre llamado José, de la casa de
David; el nombre de la virgen era María» (Lc
1, 26-27). Las palabras del ángel: «Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo»
(Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María
y, a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el
mensajero tranquiliza a la Virgen y, al mismo tiempo, le revela
el designio especial de Dios referente a ella misma: «No
temas, María, porque has hallado gracia delante de
Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo,
a quien pondrás por nombre Jesús. El será
grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre»
(Lc 1, 30-32).
El evangelista había
afirmado poco antes que, en el momento de la anunciación,
María estaba «desposada con un hombre llamado
José, de la casa de David». La naturaleza de
este «desposorio» es explicada indirectamente,
cuando María, después de haber escuchado lo
que el mensajero había dicho sobre el nacimiento del
hijo, pregunta: «¿Cómo será esto,
puesto que no conozco varón?» (Lc 1, 34). Entonces
le llega esta respuesta: «El Espíritu Santo vendrá
sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo
y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). María,
si bien ya estaba «desposada» con José,
permanecerá virgen, porque el niño, concebido
en su seno desde la anunciación, había sido
concebido por obra del Espíritu Santo.
En este punto el texto
de Lucas coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar
lo que en él se lee. Si María, después
del desposorio con José, se halló «encinta
por obra del Espíritu Santo», este hecho corresponde
a todo el contenido de la anunciación y, de modo particular,
a las últimas palabras pronunciadas por María:
«Hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios, María
con el paso de los días y de las semanas se manifiesta
ante la gente y ante José «encinta», como
aquella que debe dar a luz y lleva consigo el misterio de
la maternidad.
3. A la vista de esto
«su marido José, como era justo y no quería
ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto»
(Mt 1, 19), pues no sabía cómo comportarse ante
la «sorprendente» maternidad de María.
Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta,
pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación
tan difícil para él. Por tanto, cuando «reflexionaba
sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños
un ángel del Señor y le dijo: «José,
hijo de David, no temas recibir en tu casa a María,
tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu
Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de
sus pecados» (Mt 1, 20-21).
Existe una profunda analogía
entre la «anunciación» del texto de Mateo
y la del texto de Lucas. El mensajero divino introduce a José
en el misterio de la maternidad de María. La que según
la ley es su «esposa», permaneciendo virgen, se
ha convertido en madre por obra del Espíritu Santo.
Y cuando el Hijo, llevado en el seno por María, venga
al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Era éste
un nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se ponía
a los hijos. En este caso, sin embargo, se trata del Hijo
que, según la promesa divina, cumplirá plenamente
el significado de este nombre: Jesús-Yehosua', que
significa, Dios salva.
El mensajero se dirige
a José como al «esposo de María»,
aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese
nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret,
desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto,
a José confiándole la tarea de un padre terreno
respecto al Hijo de María.
«Despertado José
del sueño, hizo como el ángel del Señor
le había mandado, y tomó consigo a su mujer»
(Mt 1, 24). Él la tomó en todo el misterio de
su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría
al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando,
de tal modo, una disponibilidad de voluntad, semejante a la
de María, en orden a lo que Dios le pedía por
medio de su mensajero.
II.- EL DEPOSITARIO
DEL MISTERIO DE DIOS
4. Cuando María,
poco después de la anunciación, se dirigió
a la casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel,
mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas
por Isabel «llena de Espíritu Santo» (Lc
1, 41). Además de las palabras relacionadas con el
saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo:
«¡Feliz la que ha creído que se cumplirían
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
(Lc 1, 45). Estas palabras han sido el pensamiento-guía
de la encíclica Redemptoris Mater, con la cual he pretendido
profundizar en las enseñanzas del Concilio Vaticano
II que afirma: «La Bienaventurada Virgen avanzó
en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la
unión con su Hijo hasta la cruz» y «precedió»
a todos los que, mediante la fe, siguen a Cristo.
Ahora, al comienzo de
esta peregrinación, la fe de María se encuentra
con la fe de José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor:
«Feliz la que ha creído», en cierto sentido
se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque
él respondió afirmativamente a la Palabra de
Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo.
En honor a la verdad, José no respondió al «anuncio»
del ángel como María; pero hizo como le había
ordenado el ángel del Señor y tomó consigo
a su esposa. Lo que él hizo es genuina «obediencia
de la fe» (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2Cor 10, 5-6).
Se puede decir que lo
que hizo José le unió en modo particularísimo
a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente
de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación.
El Concilio dice al respecto: «Cuando Dios revela hay
que prestarle «la obediencia de la fe», por la
que el hombre se confía libre y totalmente a Dios,
prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y
de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación
hecha por él». La frase anteriormente citada,
que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente
a José de Nazaret.
5. Él, por tanto,
se convirtió en el depositario singular del misterio
«escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9),
lo mismo que se convirtió María en aquel momento
decisivo que el Apóstol llama «la plenitud de
los tiempos», cuando «envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer» para «rescatar a los que se hallaban
bajo la ley», «para que recibieran la filiación
adoptiva» (cf. Gál 4, 4-5). «Dispuso Dios
-afirma el Concilio- en su sabiduría revelarse a sí
mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,
9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo
encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo
y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18;
2Pe 1, 4)».
De este misterio divino
José es, junto con María, el primer depositario.
Con María -y también en relación con
María- él participa en esta fase culminante
de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa
desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de
ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también
que José es el primero en participar de la fe de la
Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene
a su esposa en la fe de la divina anunciación. Él
es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios
en la vía de la «peregrinación de la fe»,
a través de la cual, María, sobre todo en el
Calvario y en Pentecostés, precedió de forma
eminente y singular.
6. La vía propia
de José, su peregrinación de la fe, se concluirá
antes, es decir, antes de que María se detenga ante
la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez
vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo
de Pentecostés el día de la manifestación
de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu
de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José
sigue la misma dirección, queda totalmente determinada
por el mismo misterio del que él junto con María
se había convertido en el primer depositario. La encarnación
y la redención constituyen una unidad orgánica
e indisoluble, donde el «plan de la revelación
se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos
entre sí». Precisamente por esta unidad el Papa
Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san
José, estableció que en el Canon romano de la
Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera
su nombre junto al de María, y antes del de los Apóstoles,
de los Sumos Pontífices y de los Mártires.
El servicio de
la paternidad
7. Como se deduce de
los textos evangélicos, el matrimonio con María
es el fundamento jurídico de la paternidad de José.
Es para asegurar la protección paterna a Jesús
por lo que Dios elige a José como esposo de María.
Se sigue de esto que la paternidad de José -una relación
que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús,
término de toda elección y predestinación
(cf. Rom 8, 28 s.)- pasa a través del matrimonio con
María, es decir, a través de la familia.
Los evangelistas, aun
afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por
obra del Espíritu Santo y que en aquel matrimonio se
ha conservado la virginidad (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38),
llaman a José esposo de María y a María
esposa de José (cf. Mt 1, 16. 18-20. 24; Lc 1, 27;
2, 5).
Y también para
la Iglesia, si es importante profesar la concepción
virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio
de María con José, porque jurídicamente
depende de este matrimonio la paternidad de José. De
aquí se comprende por qué las generaciones han
sido enumeradas según la genealogía de José.
«¿Por qué -se pregunta san Agustín-
no debían serlo a través de José? ¿No
era tal vez José el marido de María? (...) La
Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica,
que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu
casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella
es obra del Espíritu Santo. Se le ordena poner el nombre
del niño, aunque no fuera fruto suyo. Ella, añade,
dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido
de la semilla de José, porque a él, preocupado
por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra
del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita
la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre
al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María,
plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio
de la unión conyugal con él, le llama sin embargo
padre de Cristo».
El hijo de María
es también hijo de José en virtud del vínculo
matrimonial que les une: «A raíz de aquel matrimonio
fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo
aquella madre, sino también aquel padre, del mismo
modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente,
no de la carne». En este matrimonio, no faltaron los
requisitos necesarios para su constitución: «En
los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del
matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos
la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad,
porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay divorcio».
Analizando la naturaleza
del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás
la ponen siempre en la «indivisible unión espiritual»,
en la «unión de los corazones», en el «consentimiento»,
elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo
ejemplar. En el momento culminante de la historia de la salvación,
cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don
del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y
José el que realiza en plena «libertad»
el «don esponsal de sí» al acoger y expresar
tal amor. «En esta grande obra de renovación
de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y
renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento
de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del
Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una
pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había
sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José
y María constituye el vértice, por medio del
cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador
ha iniciado la obra de la salvación con esta unión
virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad
de purificar y santificar la familia, santuario de amor y
cuna de la vida».
¡Cuántas
enseñanzas se derivan de todo esto para la familia!
Porque «la esencia y el cometido de la familia son definidos
en última instancia por el amor» y «la
familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar
el amor, como reflejo vivo y participación real del
amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor
por la Iglesia su esposa»; es en la Sagrada Familia,
en esta originaria «iglesia doméstica»,
donde todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto,
«por un misterioso designio de Dios, en ella vivió
escondido largos años el Hijo de Dios: es pues el prototipo
y ejemplo de todas las familias cristianas».
8. San José ha
sido llamado por Dios para servir directamente a la persona
y a la misión de Jesús mediante el ejercicio
de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud
de los tiempos en el gran misterio de la redención
y es verdaderamente «ministro de la salvación».
Su paternidad se ha expresado concretamente «al haber
hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de
la encarnación y a la misión redentora que está
unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal,
que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para
hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo;
al haber convertido su vocación humana al amor doméstico
con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón
y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías,
que crece en su casa».
La liturgia, al recordar
que han sido confiados «a la fiel custodia de san José
los primeros misterios de la salvación de los hombres»,
precisa también que «Dios le ha puesto al cuidado
de su familia, como siervo fiel y prudente, para que custodiara
como padre a su Hijo unigénito». León
XIII subraya la sublimidad de esta misión: «Él
se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por
disposición divina fue custodio y, en la creencia de
los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía
que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera
y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos
deben a su propio padre».
Al no ser concebible
que a una misión tan sublime no correspondan las cualidades
exigidas para llevarla a cabo de forma adecuada, es necesario
reconocer que José tuvo hacia Jesús «por
don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella
afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda
conocer».
Con la potestad paterna
sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José
el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en
el Padre, «de quien toma nombre toda familia en el cielo
y en la tierra» (Ef 3, 15).
En los Evangelios se
expone claramente la tarea paterna de José respecto
a Jesús. De hecho, la salvación, que pasa a
través de la humanidad de Jesús, se realiza
en los gestos que forman parte diariamente de la vida familiar,
respetando aquella «condescendencia» inherente
a la economía de la encarnación. Los Evangelistas
están muy atentos en mostrar cómo en la vida
de Jesús nada se deja a la casualidad y todo se desarrolla
según un plan divinamente preestablecido. La fórmula
repetida a menudo: «Así sucedió, para
que se cumplieran...» y la referencia del acontecimiento
descrito a un texto del Antiguo Testamento, tienden a subrayar
la unidad y la continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo
su cumplimiento.
Con la encarnación
las «promesas» y la «figuras» del
Antiguo Testamento se hacen «realidad»: lugares,
personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas
órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio
angélico y recibidos por criaturas particularmente
sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva
del Señor, preparada desde la eternidad para la misión
de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha elegido
para ser «el coordinador del nacimiento del Señor»,
aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción
«ordenada» del Hijo de Dios en el mundo, en el
respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas.
Toda la vida, tanto «privada» como «escondida»
de Jesús ha sido confiada a su custodia.
El censo
9. Dirigiéndose
a Belén para el censo, de acuerdo con las disposiciones
emanadas por la autoridad legítima, José, respecto
al niño, cumplió la tarea importante y significativa
de inscribir oficialmente el nombre «Jesús, hijo
de José de Nazaret» (cf. Jn 1, 45) en el registro
del Imperio. Esta inscripción manifiesta de modo evidente
la pertenencia de Jesús al género humano, hombre
entre los hombres, ciudadano de este mundo, sujeto a las leyes
e instituciones civiles, pero también «salvador
del mundo». Orígenes describe acertadamente el
significado teológico inherente a este hecho histórico,
ciertamente nada marginal: «Dado que el primer censo
de toda la tierra acaeció bajo César Augusto
y, como todos los demás, también José
se hizo registrar junto con María su esposa, que estaba
encinta, Jesús nació antes de que el censo se
hubiera llevado a cabo; a quien considere esto con profunda
atención, le parecerá ver una especie de misterio
en el hecho de que en la declaración de toda la tierra
debiera ser censado Cristo. De este modo, registrado con todos,
podía santificar a todos; inscrito en el censo con
toda la tierra, a la tierra ofrecía la comunión
consigo; y después de esta declaración escribía
a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos,
de modo que cuantos hubieran creído en él, fueran
luego registrados en el cielo con los Santos de Aquel a quien
se debe la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
Amén».
El nacimiento
en Belén
10. Como depositarios
del misterio «escondido desde siglos en Dios»
y que empieza a realizarse ante sus ojos «en la plenitud
de los tiempos», José es con María, en
la noche de Belén, testigo privilegiado de la venida
del Hijo de Dios al mundo. Así lo narra Lucas: «Y
sucedió que, mientras ellos estaban allí, se
le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz
su hijo primogénito, le envolvió en pañales
y le acostó en un pesebre, porque no tenían
sitio en el alojamiento» (Lc 2, 6-7).
José fue testigo
ocular de este nacimiento, acaecida en condiciones humanamente
humillantes, primer anuncio de aquel «anonadamiento»
(Flp 2, 5-8), al que Cristo libremente consintió para
redimir los pecados. Al mismo tiempo José fue testigo
de la adoración de los pastores, llegados al lugar
del nacimiento de Jesús después de que el ángel
les había traído esta grande y gozosa nueva
(cf. Lc 2, 15-16); más tarde fue también testigo
de la adoración de los Magos, venidos de Oriente (cf.
Mt 2, 11).
La circuncisión
11. Siendo la circuncisión
del hijo el primer deber religioso del padre, José
con este rito (cf. Lc 2, 21) ejercita su derecho-deber respecto
a Jesús.
El principio según
el cual todos los ritos del Antiguo Testamento son una sombra
de la realidad (cf. Heb 9, 9 s.; 10, 1), explica el por qué
Jesús los acepta. Como para los otros ritos, también
el de la circuncisión halla en Jesús el «cumplimiento».
La Alianza de Dios con Abrahán, de la cual la circuncisión
era signo (cf. Jn 17, 13), alcanza en Jesús su pleno
efecto y su perfecta realización, siendo Jesús
el «sí» de todas las antiguas promesas
(cf. 2Cor 1, 20).
La imposición
del nombre
12. En la circuncisión,
José impone al niño el nombre de Jesús.
Este nombre es el único en el que se halla la salvación
(cf. Hech 4, 12); y a José le había sido revelado
el significado en el instante de su «anunciación»:
«Y tú le pondrás por nombre Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados»
(Mt 1, 21). Al imponer el nombre, José declara su paternidad
legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama
también su misión salvadora.
La presentación
de Jesús en el templo
13. Este rito, narrado
por Lucas (2, 2 ss.), incluye el rescate del primogénito
e ilumina la posterior permanencia de Jesús a los doce
años de edad en el templo.
El rescate del primogénito
es otro deber del padre, que es cumplido por José.
En el primogénito estaba representado el pueblo de
la Alianza, rescatado por la esclavitud para pertenecer a
Dios. También en esto, Jesús, que es el verdadero
«precio» del rescate (cf. 1Cor 6, 20; 7, 23; 1Pe
1, 19), no sólo «cumple» el rito del Antiguo
Testamento, sino que, al mismo tiempo, lo supera, al no ser
él mismo un sujeto de rescate, sino el autor mismo
del rescate.
El Evangelista pone de
manifiesto que «su padre y su madre estaban admirados
de lo que se decía de él» (Lc 2, 33),
y, de modo particular, de lo dicho por Simeón, en su
canto dirigido a Dios, al indicar a Jesús como la «salvación
preparada por Dios a la vista de todos los pueblos»
y «luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo
Israel» y, más adelante, también «señal
de contradicción» (cf. Lc 2, 30-34).
La huida a Egipto
14. Después de
la presentación en el templo el evangelista Lucas hace
notar: «Así que cumplieron todas las cosas según
la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad
de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía,
llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios
estaba sobre él» (Lc 2, 39-40).
Pero, según el
texto de Mateo, antes de este regreso a Galilea, hay que situar
un acontecimiento muy importante, para el que la Providencia
divina recurre nuevamente a José. Leemos: «Después
que ellos (los Magos) se retiraron, el ángel del Señor
se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma contigo al niño y a su
madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te
diga. Porque Herodes va a buscar el niño para matarle»»(Mt
2, 13). Con ocasión de la venida de los Magos de Oriente,
Herodes supo del nacimiento del «rey de los judíos»
(Mt 2, 2). Y cuando partieron los Magos él «envió
a matar a todos los niños de Belén y de toda
la comarca, de dos años para abajo» (Mt 2, 16).
De este modo, matando a todos, quería matar a aquel
recién nacido «rey de los judíos»,
de quien había tenido conocimiento durante la visita
de los magos a su corte. Entonces José, habiendo sido
advertido en sueños, «tomó al niño
y a su madre y se retiró a Egipto; y estuvo allí
hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo
del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé
a mi hijo»» (Mt 2, 14-15; cf. Os 11, 1).
De este modo, el camino
de regreso de Jesús desde Belén a Nazaret pasó
a través de Egipto. Así como Israel había
tomado la vía del éxodo «en condición
de esclavitud» para iniciar la Antigua Alianza, José,
depositario y cooperador del misterio providencial de Dios,
custodia también en el exilio a aquel que realiza la
Nueva Alianza.
Jesús
en el templo
15. Desde el momento
de la anunciación, José, junto con María,
se encontró en cierto sentido en la intimidad del misterio
escondido desde siglos en Dios, y que se encarnó: «Y
la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros»
(Jn 1, 14). Él habitó entre los hombres, y el
ámbito de su morada fue la Sagrada Familia de Nazaret,
una de tantas familias de esta aldea de Galilea, una de tantas
familias de Israel. Allí Jesús «crecía
y se fortalecía, llenándose de sabiduría;
y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2, 40).
Los Evangelios compendian en pocas palabras el largo periodo
de la vida «oculta», durante el cual Jesús
se preparaba a su misión mesiánica. Un solo
episodio se sustrae a este «ocultamiento», que
es descrito en el Evangelio de Lucas: la Pascua de Jerusalén,
cuando Jesús tenía doce años.
Jesús participó
en esta fiesta como joven peregrino junto con María
y José. Y he aquí que «pasados los días,
el niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin saberlo sus padres» (Lc 2, 43). Pasado un día
se dieron cuenta e iniciaron la búsqueda entre los
parientes y conocidos: «Al cabo de tres días,
lo encontraron en el templo sentado en medio de los maestros,
escuchándoles y preguntándoles. Todos los que
le oían estaban estupefactos por su inteligencia y
sus respuestas» (Lc 2, 46-47). María le pregunta:
«Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira,
tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando»
(Lc 2, 48). La respuesta de Jesús fue tal que «ellos
no comprendieron». Él les había dicho:
¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis
que yo debía ocuparme en las cosas de mi Padre?»
(Lc 2, 49-50).
Esta respuesta la oyó
José, a quien María se había referido
poco antes llamándole «tu padre». Y así
es lo que se decía y pensaba: «Jesús...
era, según se creía, hijo de José»
(Lc 3, 23). No obstante, la respuesta de Jesús en el
templo habría reafirmado en la conciencia del «presunto
padre» lo que éste había oído una
noche doce años antes: «José... no temas
tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado
en ella es del Espíritu Santo» (Mt 1, 20). Ya
desde entonces, él sabía que era depositario
del misterio de Dios, y Jesús en el templo evocó
exactamente este misterio: «Debo ocuparme en las cosas
de mi Padre».
El mantenimiento
y educación de Jesús en Nazaret
16. El crecimiento de
Jesús «en sabiduría, edad y gracia»
(Lc 2, 52) se desarrolla en el ámbito de la Sagrada
Familia, a la vista de José, que tenía la alta
misión de «criarle», esto es, alimentar,
vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio,
como corresponde a los deberes propios del padre.
En el sacrificio eucarístico
la Iglesia venera ante todo la memoria de la gloriosa siempre
Virgen María, pero también la del bienaventurado
José porque «alimentó a aquel que los
fieles comerían como pan de vida eterna».
Por su parte, Jesús
«vivía sujeto a ellos» (Lc 2, 51), correspondiendo
con el respeto a las atenciones de sus «padres».
De esta manera quiso santificar los deberes de la familia
y del trabajo que desempeñaba al lado de José.
III EL VARON
JUSTO - EL ESPOSO
17. Durante su vida,
que fue una peregrinación en la fe, José, al
igual que María, permaneció fiel a la llamada
de dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento
hasta sus últimas consecuencias de aquel primer «fiat»
pronunciado en el momento de la anunciación, mientras
que José -como ya se ha dicho- en el momento de su
«anunciación» no pronunció palabra
alguna. Simplemente él «hizo como el ángel
del Señor le había mandado» (Mt 1, 24).
Y este primer «hizo» es el comienzo del «camino
de José». A lo largo de este camino; los Evangelios
no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio
de José posee una especial elocuencia: gracias a este
silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el
juicio que de él da el Evangelio: el «justo»
(Mt 1, 19).
Hace falta saber leer
esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más
importantes acerca del hombre y de su vocación. En
el transcurso de las generaciones la Iglesia lee, de modo
siempre atento y consciente, dicho testimonio, casi como si
sacase del tesoro de esta figura insigne «lo nuevo y
lo viejo» (Mt 13, 52).
18. El varón «justo»
de Nazaret posee ante todo las características propias
del esposo. El Evangelista habla de María como de «una
virgen desposada con un hombre llamado José»
(Lc 1, 27). Antes de que comience a cumplirse «el misterio
escondido desde siglos» (Ef 3, 9) los Evangelios ponen
ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según
la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba
en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero
matrimonio) y, sólo después de un cierto periodo,
el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes
de vivir con María, José era, por tanto, su
«esposo»; pero María conservaba en su intimidad
el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría
preguntar cómo se concilia este deseo con el «matrimonio».
La respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos
salvíficos, esto es, de la especial intervención
de Dios. Desde el momento de la anunciación, María
sabe que debe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios
de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar
a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del
Espíritu Santo es la forma de donación que el
mismo Dios espera de la Virgen, «esposa prometida»
de José. María pronuncia su «fiat»
El hecho de ser ella
la «esposa prometida» de José está
contenido en el designio mismo de Dios. Así lo indican
los dos Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo.
Son muy significativas las palabras dichas a José:
«No temas en tomar contigo a María, tu mujer,
porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo»
(Mt 1, 20). Estas palabras explican el misterio de la esposa
de José: María es virgen en su maternidad. En
ella el «Hijo del Altísimo» asume un cuerpo
humano y viene a ser «el Hijo del hombre».
Dios, dirigiéndose
a José con las palabras del ángel, se dirige
a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret. Lo que
se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo
expresa al mismo tiempo una especial confirmación del
vínculo esponsal, existente ya antes entre José
y María. El mensajero dice claramente a José:
«No temas tomar contigo a María tu mujer».
Por tanto, lo que había tenido lugar antes -esto es,
sus desposorios con María- había sucedido por
voluntad de Dios y, consiguientemente, había que conservarlo.
En su maternidad divina María ha de continuar, viviendo
como «una virgen, esposa de un esposo» (cf. Lc
1, 27).
19. En las palabras de
la «anunciación» nocturna, José
escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable
vocación de su esposa, sino que también vuelve
a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este
hombre «justo», que en el espíritu de las
más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la
virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor
esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.
«José hizo
como el ángel del Señor le había mandado,
y tomó consigo a su mujer» (Mt 1, 24); lo que
en ella había sido engendrado «es del Espíritu
Santo». A la vista de estas expresiones, ¿no
habrá que concluir que también su amor como
hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No
habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado
en el corazón humano por medio del Espíritu
Santo (cf. Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano?
Este amor de Dios forma también -y de modo muy singular-
el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en
él todo lo que tiene de humanamente digno y bello,
lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza
de las personas y de la comunión auténtica a
ejemplo del Misterio trinitario.
«José...
tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta
que ella dio a luz un hijo» (Mt 1, 24-25). Estas palabras
indican también otra proximidad esponsal. La profundidad
de esta proximidad, es decir, la intensidad espiritual de
la unión y del contacto entre personas -entre el hombre
y la mujer- proviene en definitiva del Espíritu Santo,
que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente al Espíritu,
encontró justamente en Él la fuente del amor,
de su amor esponsal de hombre, y este amor fue más
grande que el que aquel «varón justo» podía
esperarse según la medida del propio corazón
humano.
20. En la liturgia se
celebra a María como «unida a José, el
hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo
de amor». Se trata, en efecto, de dos amores que representan
conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa,
la cual encuentra en el matrimonio de María y José
su propio símbolo. «La virginidad y el celibato
por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad
del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El
matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir
el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo»,
que es comunión de amor entre Dios y los hombres.
Mediante el sacrificio
total de sí mismo José expresa su generoso amor
hacia la Madre de Dios, haciéndole «don esponsal
de sí». Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar
el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él,
por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta
su pertenencia exclusiva a Dios.
Por otra parte, es precisamente
del matrimonio con María del que derivan para José
su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. «Es
cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que
nada puede existir más sublime; mas, porque entre la
beatísima Virgen y José se estrechó un
lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima
dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas
las criaturas, él se acercó más que ningún
otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y
amistad -al que de por sí va unida la comunión
de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como
esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero
de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad,
sino también para que participase, por medio del pacto
conyugal, en la excelsa grandeza de ella».
21. Este vínculo
de caridad constituyó la vida de la Sagrada Familia,
primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio
en Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de
profunda veneración a esta Familia, proponiéndola
como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret,
inserta directamente en el misterio de la encarnación,
constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación-
a este misterio pertenece también una verdadera paternidad:
la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera
familia humana formada por el misterio divino. En esta familia
José es el padre: no es la suya una paternidad derivada
de la generación; y, sin embargo, no es «aparente»
o solamente «sustitutiva», sino que posee plenamente
la autenticidad de la paternidad humana y de la misión
paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia
de la unión hipostática: la humanidad asumida
en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo.
Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está
también «asumido» todo lo que es humano,
en particular, la familia, como primera dimensión de
su existencia en la tierra. En este contexto está también
«asumida» la paternidad humana de José.
En base a este principio
adquieren su justo significado las palabras de María
a Jesús en el templo: «Tu padre y yo... te buscábamos».
Esta no es una frase convencional; las palabras de la Madre
de Jesús indican toda la realidad de la encarnación,
que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José,
que desde el principio aceptó mediante la «obediencia
de la fe» su paternidad humana respecto a Jesús,
siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la
fe se da al hombre, ciertamente cada vez más el don
inefable de su paternidad.
IV.- EL TRABAJO
EXPRESION DEL AMOR
22. Expresión
cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret
es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo
de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento
de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca
toda la vida de José. Para Jesús éstos
son los años de la vida escondida, de la que habla
el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: «Bajó
con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos»
(Lc 2, 51). Esta «sumisión», es decir,
la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida
también como participación en el trabajo de
José. Él que era llamado el «hijo del
carpintero» había aprendido el trabajo de su
«padre» putativo. Si la Familia de Nazaret en
el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo
y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente
el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero.
En nuestra época la Iglesia ha puesto también
esto de relieve con la fiesta litúrgica de San José
Obrero, el 1 de mayo. El trabajo humano y, en particular,
el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial.
Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado
parte del misterio de la encarnación, y también
ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de
trabajo sobre el que ejercía su profesión con
Jesús, José acercó el trabajo humano
al misterio de la redención.
23. En el crecimiento
humano de Jesús «en sabiduría, edad y
gracia» representó una parte notable la virtud
de la laboriosidad, al ser «el trabajo un bien del hombre»
que «transforma la naturaleza» y que hace al hombre
«en cierto sentido más hombre».
La importancia del trabajo
en la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen
aquellos contenidos «que ayuden a todos los hombres
a acercarse a través de él a Dios, Creador y
Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto
al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad
con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación
en su triple misión de sacerdote, profeta y rey».
24. Se trata, en definitiva,
de la santificación de la vida cotidiana, que cada
uno debe alcanzar según el propio estado y que puede
ser fomentada según un modelo accesible a todos: «San
José es el modelo de los humildes, que el cristianismo
eleva a grandes destinos; san José es la prueba de
que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo
no se necesitan «grandes cosas», sino que se requieren
solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas
y auténticas.
V.- EL PRIMADO
DE LA VIDA INTERIOR
25. También el
trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto
por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo
relacionado con la figura de José. Pero es un silencio
que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura.
Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José
«hizo»; sin embargo permiten descubrir en sus
«acciones» -ocultas por el silencio- un clima
de profunda contemplación. José estaba en contacto
cotidiano con el misterio «escondido desde siglos»,
que «puso su morada» bajo el techo de su casa.
Esto explica, por ejemplo, por qué Santa Teresa de
Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo,
se hizo promotora de la renovación del culto a san
José en la cristiandad occidental.
26. El sacrificio total,
que José hizo de toda su existencia a las exigencias
de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra
una razón adecuada «en su insondable vida interior,
de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos,
y de donde surge para él la lógica y la fuerza
-propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes
decisiones, como la de poner enseguida a disposición
de los designios divinos su libertad, su legítima vocación
humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su
condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando,
por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal
que la constituye y alimenta».
Esta sumisión
a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse
a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa
que el ejercicio de la devoción, la cual constituye
una de las expresiones de la virtud de la religión.
27. La comunión
de vida entre José y Jesús nos lleva todavía
a considerar el misterio de la encarnación precisamente
bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz
de la divinidad en orden a la santificación de los
hombres: «En virtud de la divinidad, las acciones humanas
de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo
en nosotros la gracia tanto por razón del mérito,
como por una cierta eficacia».
Entre estas acciones
los Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual,
pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto
físico con Jesús en orden a la curación
(cf., p.e., Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él
sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el
seno materno (cf. Lc 1, 41-44).
El testimonio apostólico
no ha olvidado -como hemos visto- la narración del
nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación
en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret,
por el «misterio» de gracia contenido en tales
«gestos», todos ellos salvíficos, al ser
partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad
de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres,
a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados
en primer lugar eran ciertamente: María, su madre,
y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina
había colocado en su estrecha intimidad.
Puesto que el amor «paterno»
de José no podía dejar de influir en el amor
«filial» de Jesús y, viceversa, el amor
«filial» de Jesús no podía dejar
de influir en el amor «paterno» de José,
¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta
relación singularísima? Las almas más
sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón
en José un luminoso ejemplo de vida interior.
Además, la aparente
tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra
en él una superación ideal, cosa posible en
quien posee la perfección de la caridad. Según
la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas
veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis),
podemos decir que José ha experimentado tanto el amor
a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación
de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo,
como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro
del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo
de aquella misma humanidad.
V EL PRIMADO
DE LA VIDA INTERIOR
25. También el
trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto
por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo
relacionado con la figura de José. Pero es un silencio
que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura.
Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José
«hizo»; sin embargo permiten descubrir en sus
«acciones» -ocultas por el silencio- un clima
de profunda contemplación. José estaba en contacto
cotidiano con el misterio «escondido desde siglos»,
que «puso su morada» bajo el techo de su casa.
Esto explica, por ejemplo, por qué Santa Teresa de
Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo,
se hizo promotora de la renovación del culto a san
José en la cristiandad occidental.
26. El sacrificio total,
que José hizo de toda su existencia a las exigencias
de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra
una razón adecuada «en su insondable vida interior,
de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos,
y de donde surge para él la lógica y la fuerza
-propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes
decisiones, como la de poner enseguida a disposición
de los designios divinos su libertad, su legítima vocación
humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su
condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando,
por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal
que la constituye y alimenta».
Esta sumisión
a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse
a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa
que el ejercicio de la devoción, la cual constituye
una de las expresiones de la virtud de la religión.
27. La comunión
de vida entre José y Jesús nos lleva todavía
a considerar el misterio de la encarnación precisamente
bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz
de la divinidad en orden a la santificación de los
hombres: «En virtud de la divinidad, las acciones humanas
de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo
en nosotros la gracia tanto por razón del mérito,
como por una cierta eficacia».
Entre estas acciones
los Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual,
pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto
físico con Jesús en orden a la curación
(cf., p.e., Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él
sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el
seno materno (cf. Lc 1, 41-44).
El testimonio apostólico
no ha olvidado -como hemos visto- la narración del
nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación
en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret,
por el «misterio» de gracia contenido en tales
«gestos», todos ellos salvíficos, al ser
partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad
de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres,
a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados
en primer lugar eran ciertamente: María, su madre,
y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina
había colocado en su estrecha intimidad.
Puesto que el amor «paterno»
de José no podía dejar de influir en el amor
«filial» de Jesús y, viceversa, el amor
«filial» de Jesús no podía dejar
de influir en el amor «paterno» de José,
¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta
relación singularísima? Las almas más
sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón
en José un luminoso ejemplo de vida interior.
Además, la aparente
tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra
en él una superación ideal, cosa posible en
quien posee la perfección de la caridad. Según
la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas
veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis),
podemos decir que José ha experimentado tanto el amor
a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación
de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo,
como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro
del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo
de aquella misma humanidad.
VI PATRONO DE
LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO
28. En tiempos difíciles
para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la
especial protección del santo patriarca José,
lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica».
El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto
peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida
por Dios a este su siervo fiel, «la Iglesia, después
de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor
y colmó de alabanzas al bienaventurado José,
y a él recurrió sin cesar en las angustias».
¿Cuáles
son los motivos para tal confianza? León XIII los expone
así: «Las razones por las que el bienaventurado
José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia,
y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo
de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho
de que él es el esposo de María y padre putativo
de Jesús (...). José, en su momento, fue el
custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la
Sagrada Familia (...). Es, por tanto, conveniente y sumamente
digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces
solía tutelar santamente en todo momento a la familia
de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste
patrocinio a la Iglesia de Cristo».
29. Este patrocinio
debe ser invocado y todavía es necesario a la Iglesia
no sólo como defensa contra los peligros que surgen,
sino también y sobre todo como aliento en su renovado
empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización
en aquellos «países y naciones, en los que -como
he escrito en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal
Christifideles laici- la religión y la vida cristiana
fueron florecientes y» que «están ahora
sometidos a dura prueba». Para llevar el primer anuncio
de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está
descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial
«poder desde lo alto» (cf. Lc 24, 49; Hech 1,
8), don ciertamente del Espíritu del Señor,
no desligado de la intercesión y del ejemplo de sus
Santos.
30. Además de
la certeza en su segura protección, la Iglesia confía
también en el ejemplo insigne de José; un ejemplo
que supera los estados de vida particulares y se propone a
toda la Comunidad cristiana, cualesquiera que sean las condiciones
y las funciones de cada fiel.
Como se dice en la Constitución
Dogmática del Concilio Vaticano II sobre la divina
Revelación, la actitud fundamental de toda la Iglesia
debe ser de «religiosa escucha de la Palabra de Dios»,
esto es, de disponibilidad absoluta para servir fielmente
a la voluntad salvífica de Dios revelada en Jesús.
Ya al inicio de la redención humana encontramos el
modelo de obediencia -después del de María-
precisamente en José, el cual se distingue por la fiel
ejecución de los mandatos de Dios.
Pablo VI invitaba a
invocar este patrocinio «como la Iglesia, en estos últimos
tiempos suele hacer; ante todo, para sí, en una espontánea
reflexión teológica sobre la relación
de la acción divina con la acción humana, en
la gran economía de la redención, en la que
la primera, la divina, es completamente suficiente, pero la
segunda, la humana, la nuestra, aunque no puede nada (cf.
Jn 15, 5), nunca está dispensada de una humilde, pero
condicional y ennoblecedora colaboración. Además,
la Iglesia lo invoca como protector con un profundo y actualísimo
deseo de hacer florecer su terrena existencia con genuinas
virtudes evangélicas, como resplandecen en san José».
31. La Iglesia transforma
estas exigencias en oración. Y recordando que Dios
ha confiado los primeros misterios de la salvación
de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide
que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación,
que le dé un corazón puro, como san José,
que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado,
y que «por el ejemplo y la intercesión de san
José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados
en justicia y santidad».
Hace ya cien años
el Papa León XIII exhortaba al mundo católico
a orar para obtener la protección de san José,
patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam
pluries se refería a aquel «amor paterno»
que José «profesaba al niño Jesús»;
a él, «próvido custodio de la Sagrada
Familia» recomendaba la «heredad que Jesucristo
conquistó con su sangre». Desde entonces, la
Iglesia -como he recordado al comienzo- implora la protección
de san José en virtud de «aquel sagrado vínculo
que lo une a la Inmaculada Virgen María», y le
encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan
a la familia humana.
Aún hoy tenemos
muchos motivos para orar con las mismas palabras de León
XIII: «Aleja de nosotros, oh padre amantísimo,
este flagelo de errores y vicios... Asístenos propicio
desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas...;
y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada
del niño Jesús, así ahora defiende a
la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda
adversidad». Aún hoy existen suficientes motivos
para encomendar a todos los hombres a san José.
32. Deseo vivamente que
el presente recuerdo de la figura de san José renueve
también en nosotros la intensidad de la oración
que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle.
Esta plegaria y la misma figura de José adquieren una
renovada actualidad para la Iglesia de nuestro tiempo, en
relación con el nuevo Milenio cristiano.
El Concilio Vaticano
II ha sensibilizado de nuevo a todos hacia «las grandes
cosas de Dios», hacia la «economía de la
salvación» de la que José fue ministro
particular. Encomendándonos, por tanto, a la protección
de aquel a quien Dios mismo «confió la custodia
de sus tesoros más preciosos y más grandes»
aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la «economía
de la salvación». Que san José sea para
todos un maestro singular en el servir a la misión
salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete
a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes
viven del trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo,
a las personas llamadas a la vida contemplativa, así
como a las llamadas al apostolado.
El varón justo,
que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza,
ha sido también introducido en el «comienzo»
de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él
nos indique el camino de esta Alianza salvífica, ya
a las puertas del próximo Milenio, durante el cual
debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la «plenitud
de los tiempos», que es propia del misterio inefable
de la encarnación del Verbo.
Que san José obtenga
para la Iglesia y para el mundo, así como para cada
uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a
San Pedro, el día 15 de agosto, solemnidad de la Asunción
de la Virgen María, del año 1989, undécimo
de mi Pontificado.
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