Publicado póstumamente
en el libro PENSAMIENTOS Y OCURRENCIAS, Ed. Balmes, Barcelona,
2000.
Sería tarea audaz
tratar de definir cuáles fueron el fin y el contenido
de la rica y en cierto sentido diversa tarea de dirección
espiritual, de magisterio teológico y filosófico,
y de consejo y orientación para la presencia y actividad
de los seglares en la sociedad y en la vida pública,
del Padre Orlandis, a no ser porque él mismo lo expresó
en algunos artículos publicados en Cristiandad,
que se contienen en la presente miscelánea, y de una
forma muy especial en un escrito titulado «Pensamientos
y ocurrencias». Redactado en 1934, sus ideas remontan
al año 1924, pero no fue reproducido en forma ciclostilada
hasta diciembre del año 1942:
«Hace cosa de
diez años -decía el Padre Orlandis en 1934-
me fue viniendo al pensamiento un como esbozo de agrupación,
así de hombres como de mujeres; esta agrupación
se me antojaba que había de ser aquella legión
de almas pequeñas, instrumentos y víctimas del
Amor misericordioso de Dios, objeto de los deseos y las
esperanzas de Santa Teresita del Niño Jesús».
La fecha de 1924 nos
lleva al tiempo inmediatamente anterior al comienzo de las
reuniones con el Padre Orlandis de los jóvenes congregantes
marianos -agrupados con el nombre de Iuventus- que serían
el núcleo fundacional de Schola.
Su reproducción
ciclostilada coincide en el tiempo con las conferencias dadas
por el Padre Orlandis para orientar a los de Schola Cordis
lesu en la fundación de la revista Cristiandad
(25 de octubre de 1942 y 7 de febrero de 1943).
Por último, el
escrito fue impreso y publicado en Cristiandad, en
su número 269, de 1 de junio en 1955, y sería
citado en las sucesivas redacciones de los Estatutos de Schola
Cordis lesu.
«Pensamientos
y ocurrencias» acompaña, pues, incluso cronológicamente,
las etapas que señalan el nacimiento, la maduración
y la fructificación de los grupos y tareas en que se
plasmaría la ulterior presencia y actuación
del carisma apostólico del Padre Orlandis. El propio
Padre lo comunicaba en conversaciones personales como expresando
la síntesis de la vocación y la tarea apostólica
que se sentía llamado a inspirar y alentar en sus discípulos.
Lo primero que se puede advertir en su lectura es que versa
total y únicamente sobre la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús, en la que debían poner
toda su confianza quienes se incorporasen a la agrupación
que él presentía:
«Estas almas por
la luz que del cielo recibirían tendrían una
com¬prensión íntima de la devoción
genuina al Corazón de Jesús y de los designios
que ha tenido Jesús al pedirla. Estas almas arderían
en celo de la gloria de Dios y de la salvación de las
almas y, conocedoras de la realidad, profundamente desengañadas
de sus propias fuerzas y valer y también de la eficacia
de los medios semihumanos y ordinarios que nuestra pobre razón
puede excogitar para hacer frente a las circunstancias y dificultades
extraordinarias de nuestros tiempos, pondrían para
su apostolado toda la confianza en el medio que el mismo Divino
Redentor nos ha dado para vencerlas: la práctica y
difusión y una sincera devoción al Sagrado Corazón
de Jesús, según las normas y caminos que Jesús
se ha dignado señalarnos».
«Lo nuestro
es la devoción al Corazón de Jesús»,
decía, e insistía en advertir que el demonio
«pasa por todo», con tal de que no nos entreguemos
al servicio del Corazón de Jesús.
Los pensamientos y «ocurrencias»
-expresión sutil y velada de algo no obtenido «por
la raciocinación propia», sino «dado inmediatamente
por Dios nuestro Señor»- son un llamamiento a
la com¬prensión de lo que es, en el designio divino,
una devoción sincera al Corazón de Jesús.
Con este fin el Padre Orlandis alude a tres etapas por las
que se ha desarrollado providencialmente esta devoción.
La primera la marcan
las revelaciones de Paray-le-Monial; la segunda, los escritos
y las obras del Padre Enrique Ramière; la tercera,
la difusión de los escritos y la propagación
de la devoción de Santa Teresita del Niño Jesús.
La primera etapa
es la de Paray-le-Monial. Siempre, en sus escritos y
en sus conferencias, hablaba de la devoción al Corazón
de Jesús según el contenido de los escritos
de Santa Margarita María de Alacoque, y se apoyaba
en ellos no sólo para hacer comprender lo que entendía
por devoción sincera al Corazón de Jesús,
sino para alentar con las palabras de la Santa la esperanza
del pueblo cristiano y piadoso del reinado de Cristo de justicia
y caridad.
En las revelaciones
de Santa Margarita María de Alacoque y en el sentimiento
de los fieles devotos del Corazón de Jesús,
en la liturgia y en el magisterio pontificio, hallamos no
sólo la petición de Je¬sús de una
reparación y consuelo ante la ingratitud de los hombres
que rehúsan recibir los beneficios y gracias que anhela
concederles, sino también el anuncio de una misteriosa
promesa escatológica: en el designio divino, esta devoción
es el camino por el que Dios se propone que colaboremos al
cumplimiento de su verdadera profecía de que Él
reinará en el mundo a pesar de sus enemigos, porque
por esta nueva redención destruirá el imperio
de Satanás y sobre las ruinas del mismo levantará
el imperio de su amor.
La segunda etapa
es la de la obra apostólica del Padre Enrique Ramière;
del «santo Padre Ramière», anota, aludiendo
al Padre Gignhac, que había afirmado su convicción
de que el gran apóstol del Corazón de Jesús
había entrado directamente en el cielo sin pasar por
el purgatorio.
Entre sus escritos enumera:
El Apostolado de la Oración, Las Esperanzas de
la Iglesia, El Reinado social de Jesucristo, La divinización
del cristiano; entre sus obras, el Apostolado de la Oración,
los Mensajeros del Sagrado Corazón, las consagraciones
individuales y sociales al Sagrado Corazón de Jesús.
Desarrollando lo que se contenía en germen en Santa
Margarita María de Alacoque, lleno de celo y caridad
verdadera, y sintiendo la impotencia de los esfuerzos humanos
ante las dificultades de nuestro tiempo, el Padre Ramière
propone todo un sistema de ciencia espiritual y de sociología
sobrenatural, que puede sintetizarse en dos principios:
* El Corazón
de Jesús es el centro de toda la vida cristiana y espiritual
por ser fuente de todas las gracias y dones que Dios hace
al hombre y de todos los beneficios que le otorga para su
santificación y divinización.
* El Corazón
de Jesús es el principio único y divinamente
eficaz de toda restauración y renovación social
en el reinado de su amor. Por esto, todo su esfuerzo se ordena
a acercar a los hombres al Corazón de Cristo por la
oración humilde y la consagración sincera; y
esto no sólo como individuos sino como miembros de
la familia y de la sociedad para que en ella reine Cristo.
Las promesas vinculadas
a la devoción al Corazón de Jesús son
para el Padre Ramiére, que ve el mundo abocado a una
catástrofe humanamente inevitable, prenda segura de
la futura espléndida restauración en el reinado
del amor de Cristo.
El Padre Orlandis subraya
todavía dos cosas en la doctrina espiritual del Padre
Ramiére: la relación inseparable entre la devoción
al Corazón de Jesús y la devoción al
Espíritu Santo, Gracia increada, Don infinito y primordial
de Dios que recibimos en la justificación y en la santificación;
la presencia de María en la realización de los
planes salvadores de Dios, María madre de Jesús
y madre nuestra, medianera entre Dios y los hombres en la
dispensación de la gracia.
Pero al hablar el Padre
Orlandis de la tercera etapa, encontramos la «ocurrencia»
fundamental, la que orientó definitivamente su entera
vida apostólica, su convicción de que el Amor
misericordioso del Señor dio a la Iglesia a Santa Teresita
del Niño Jesús -el Padre Orlandis la nombraba
siempre así, con el diminutivo que ella deseaba- como
nueva y especialísima mensajera de su Corazón.
El Padre Orlandis sintió
que en Santa Teresita dio el Señor a su Iglesia un
mensaje capaz de llegar a «inteligencias débiles»,
a «espíritus anémicos y apocados»
a las «almas pobres y débiles, miopes y enfermizas».
Invencible ante todas
las tentaciones de rebeldía y soberbia por las que
el humo de Satanás impregna la modernidad liberal,
democrática y revolucionaria, el Amor paterno de Dios,
expresado en el Corazón de Cristo, ha mostrado por
Santa Teresita, decía el Padre Orlandis, la divina
«democracia» por la que quiere que, de un modo
especial en estos difíciles tiempos, los pobres
sean evangelizados, y se anuncie que el Señor
vino a salvar a los pecadores, y se proponga como
camino único para entrar en el Reino de los cielos,
el hacerse como niños.
El bondadoso Corazón
de Jesús, «que invita a su banquete a los ciegos,
cojos, etc., y les sana como médico divino»,
envía a Teresita, como mensajera de sus misericordias
inefables, «a las almas débiles y pequeñas
para que reciban aliento... luz y confianza los pobres enfermos
de espíritu, tal vez menospreciados o desahuciados
por sus maestros y médicos».
El Padre Orlandis ve
en Santa Teresita del Niño Jesús «un reflejo
viviente y sensible de la ternura del Corazón de Jesús
con los pequeñuelos». En un párrafo que
no admite ni requiere glosa ni comentario dice: «sus
enseñanzas van propuestas con tan sencilla llaneza
y claridad transparente, que no hay espíritu, por poca
cosa que sea, que no pueda hallar allí su alimento
acomodado, luz que le guíe y no le ciegue. Y así
son incontables las almas, antes decaídas y acobardadas,
que atraídas y alentadas por el atractivo celestial
de la Santa y lo consolador de su doctrina, han cobrado alientos
increíbles para subir por el ascensor de la humilde
y suave confianza hasta la más elevada cumbre del amor
de sacrificio; desde el humilde y sencillo sentimiento de
su nada y de su impotencia, por el camino de la infancia espiritual,
hasta la entrega eficaz, perfecta y absoluta de sí,
al amor misericordioso de Dios».
Apoyados en este sentimiento
de su nada y de su impotencia, que Santa Teresita reconocía
como una gracia mayor que todas las consolaciones y carismas,
entendía el Padre Orlandis que los que se incorporasen
a la legión de almas pequeñas no vacilarían
en aceptar como principal medio de su propia santificación
y también de su apostolado el cumplimiento de los encargos
y peticiones que en las revelaciones de Paray hace el Sagrado
Corazón, y que imitarían la manera de practicar
y propagar Santa Teresita el espíritu verdadero de
la Devoción y de alentarse y esforzarse con sus promesas.
El contenido de «Pensamientos
y ocurrencias» mereció la aprobación plena
y el elogio sin reservas del santo obispo Irurita. La profunda
comunión de espíritu entre el Padre Orlandis
y el que pronto sería mártir de la fe cristiana
se revela en el hecho de que, refiriéndose el Doctor
Irurita a la dirección del Padre Orlandis a los socios
de Schola, dijo a uno de ellos, Luis Creus Vidal, que dio
testimonio de ello en el número 5 de Cristiandad
(1 de junio de 1944, p. 4):
«Síganla
-me insistió- sin titubeos. Cuanto ella les mande y
recomiende hacer es el Obispo de Barcelona quien lo manda
y recomienda».
En el último
párrafo de «Pensamientos y ocurrencias»
hablaba el Padre Orlandis finalmente de los contenidos, y
del sentido y finalidad de la tarea formativa que sería,
a lo largo de muchas décadas, objeto de su perseverante
actividad hacia los socios de Schola Cordis lesu:
«Comprender, humilde y amorosamente, con el Padre Ramière,
por qué el Corazón de Jesús es el centro
del dogma cristiano y de la vida espiritual y por qué
su devoción ha de ser la tabla de salvación
en el diluvio de males que nos amenaza y ahoga. Sabrían
que no es algo accidental, sino en absoluto esencial en nuestros
días el invocar y rendir homenaje a Cristo como rey
de las almas y de los pueblos; la trabazón íntima
e indestructible entre la devoción a Cristo Rey y la
devoción al Sagrado Corazón, etc., y otros puntos
puestos en claro en los escritos del Padre, y según
estos conocimientos y convicciones más o menos íntimas
y profundas, según la capacidad de cada persona y la
luz que el Señor le comunicare, determinarían
sus miras e impulsarían su acción».
En estas últimas
palabras encontramos descrita por anticipado la historia del
magisterio que, en conferencias, que tendrían a partir
de 1940, y hasta pocas semanas antes de su muerte en 1958
un ritmo semanal constante, y en muchas conversaciones y «clases
particulares» de muy diversas materias, desarrollaría
el Padre Orlandis.
«En estas lecciones
-escribió él mismo el 1 de abril de 1947- hubimos
de tratar de todo: de historia, de filosofía, de sociología,
de política, de teología, de Escritura. Con
qué provecho, podránlo juzgar los lectores de
Cristiandad. Cuando se me preguntaba qué me
proponía en estas conferencias, solía yo contestar:
mi intento no es otro sino el de formar celadores del Apostolado
de la Oración». Los frutos de su tarea formativa
se hicieron visibles. En 1962, el entonces Director Nacional
del Apostolado de la Oración Padre Luis González
hablando en Barcelona, calificó a Schola Cordis lesu
como «única en el mundo en cuanto a desarrollar
en el plano cultural el ideal del Apostolado de la Oración».
Y el Padre Juan Bautista Janssens, Prepósito general
de la Compañía de Jesús, escribía,
en ocasión del XXX aniversario de Schola en carta de
16 de mayo de 1955 a su Presidente, Domingo Sanmartí
Font:
«Les felicito...
por el magnífico y sólido trabajo realizado
por ustedes en estos seis lustros. Al propagar las grandes
enseñanzas que se encierran en la sólida devoción
al Sagrado Corazón de Jesús y en los documentos
pontificios para promover el reinado de Cristo en el mundo,
estáis realizando un apostolado muy en consonancia
con las necesidades de nuestra época».
Vivía el Padre
Orlandis él mismo su consigna plura ut unum:
Su Teología de la Historia, en su propio sistema y
en el del Padre Enrique Ramière, que veía como
sustancialmente idénticos, y que entendía como
algo opinable o discutible, se ordenaba al optimismo nuclear
del que deberían participar todos los cristianos: «la
esperanza de una realización del reinado de Cristo
sobre la tierra con una perfección mayor que la que
ha alcanzado hasta ahora».
Sentía con el
Padre Ramière, que hablaba de esperanzas de la
Iglesia; y con San Luis María Grignion de Monfort,
que hablaba de la venida de Cristo «como toda la Iglesia
le espera, para reinar en todas partes».
Su convicción
cierta en este punto, nutrida en el estudio de la Sagrada
Escritura, especialmente de los textos de los Profetas, se
integraba en el sentir del pueblo cristiano y en el magisterio
pontificio ordinario, en el que reconocía no darse
textos de carácter definitivo e infalible, pero cuya
autenticidad y seriedad se le hacían patentes.
Recordaba con insistencia
los textos de León XIII en la Annum Sacrum,
al consagrar el género humano al Sagrado Corazón
de Jesús en 11 de junio de 1899 -acto que ha sido recientemente
recordado por Juan Pablo II desde Varsovia el día 11
de junio de 1999- y de Pío XI, que en la Miserentissimus
Redemptor afirma que «al instituir la fiesta de
Cristo Rey anticipamos las alegrías del día
felicísimo en que el universo entero espontáneamente
y de voluntad obedecerá al imperio suavísimo
de Cristo Rey».
El Padre Ramón
Orlandis fue un verdadero hombre de Iglesia. Su comprensión
de la devoción al Corazón de Jesús se
integraba perfectamente con el espíritu del Apostolado
de la Oración, que en sus estatutos de 28 de octubre
de 1951, número 2, establecía:
«El Apostolado
de la Oración considera la devoción al Sagrado
Corazón como un medio que, según la mente de
la Iglesia, responde de modo peculiar a las necesidades de
nuestro tiempo, y prepara y promueve con fervor el advenimiento
del reino de Dios al mundo». Sobre la realidad concreta
e histórica de la misma devoción al Corazón
de Jesús encontramos también una coincidencia
muy decisiva entre la tarea del Padre Orlandis y la actitud
y espíritu del Apostolado de la Oración. Escribía
en diciembre de 1950 su Dirección General:
«La moderna devoción
de la Iglesia al Corazón de Jesús está
inseparablemente unida con Paray-le-Monial, y no puede entenderse,
especialmente en su adecuación y trascendencia para
nuestros tiempos, sin atender a las revelaciones a Santa Margarita
María de Alacoque. »La devoción en que
se pasaran en silencio estas revelaciones no sería
ya la que la Iglesia nos propone en su liturgia y en los documentos
pontificios».
Juan Pablo II en carta
del 5 de octubre de 1986 al Padre Kolvenbach, Prepósito
de la Compañía de Jesús, en la capilla
del entonces beato Claudio de la Colombière, decía:
«Os pido que despleguéis
todos los esfuerzos posibles para cumplir cada vez mejor el
encargo que Cristo mismo os ha confiado: difundir el culto
a su Corazón divino.
»Los abundantes
frutos espirituales que ha producido son bien reconocidos.
Expresándose sobre todo en la práctica de la
Hora Santa, de la confesión y comunión en los
primeros viernes de mes, ha servido para mover a generaciones
de cristianos a orar más y a participar con más
frecuencia en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía.
Se trata de caminos que es de desear se propongan también
hoy a los fieles».
En el escrito «Pensamientos
y ocurrencias» no son mencionados explícitamente
dos nombres de importancia decisiva en la vida y en la tarea
del Padre Orlandis y de la Sección por él fundada
en el seno del Apostolado de la Oración: San Ignacio
de Loyola y Santo Tomás de Aquino.
No sería oportuno
dejar de aludirlos aquí. Porque se dijo del Padre Orlandis
que era «hombre de tres libros: los Ejercicios
de San Ignacio; la Summa Theologica de Santo Tomás
y la Historia de un alma de Santa Teresita del Niño
Jesús.
También en este
punto nos encontramos con el criterio y la actitud de la búsqueda
de la unidad. Veía él una continuidad profunda,
sobre la que escribió en la revista Manresa,
entre el sistema de teología espiritual del Doctor
Angélico y el camino propuesto por San Ignacio en sus
Ejercicios espirituales.
Es generalmente reconocida
la continuidad entre la espiritualidad ignaciana y la devoción
al Sagrado Corazón; y el Padre Orlandis estudió
intencionadamente el sentido de la meditación en la
que «el llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar
la vida del Rey eternal», para hacer patente la presencia
del llamamiento del ejercitante al servicio de Cristo Rey
del universo. No se puede olvidar tampoco que, en la vida
de Schola Cordis lesu, quiso que los Ejercicios de
San Ignacio -que él mismo dio en varias ocasiones en
retiros de diez días- tuvieron una función capital.
En cuanto a su magisterio
tomista, lo ejercía en la perspectiva del reino de
Cristo en las inteligencias y en la sociedad. Estando convencido
de la falta de futuro de la escolástica suarista, advertía,
no obstante, que «nos será más fácil
colaborar con un suarista devoto del Corazón de Jesús
que con un tomista que no lo sea».
Aquel magisterio tuvo
como resultado aquello que, con la revista Cristiandad,
ha sido lo más visible e internacionalmente reconocible
de su tarea: lo que han llamado muchos la Escuela Tomista
de Barcelona, que ha tenido como efecto el hecho, tal vez
único, de más de medio siglo de presencia de
profesores tomistas en una Universidad civil.
Las líneas de
fuerza de su apostolado, que pueden sugerirse con los nombres
de Santo Tomás de Aquino, San Ignacio de Loyola, el
Padre Enrique Ramière y Santa Teresita del Niño
Jesús, vienen a coincidir con las que fueron características
del pontificado de Pío XI: la instauración del
Reinado de Cristo como el único camino hacia la verdadera
paz, la Paz de Cristo, y la esperanza en su Reinado por su
Sagrado Corazón; el mostrar al mundo a Santa Teresita
del Niño Jesús como la estrella de su pontificado;
la renovada aprobación y recomendación, realizada
en Encíclicas expresamente dedicadas a ello, del magisterio
teológico y filosófico de Santo Tomás
de Aquino y del camino espiritual de San Ignacio de Loyola.
Reflexionando en una
perspectiva global sobre estas actitudes y tareas del Padre
Orlandis, admiramos, con profundo agradecimiento a la divina
Providencia, su perennidad y su fecundidad, y a la vez no
sólo su sintonía con las líneas más
centrales del magisterio pontificio, sino también el
acierto de su discernimiento por el que, ante corrientes contrarias,
parecía anticiparse a acontecimientos futuros.
Podemos advertir como
un signo de aquella sintonía algunos hechos que acaecieron
ya después de su muerte en el año 1958:
La canonización
de San Claudio de la Colombière, el testigo fiel del
mensaje del Corazón de Jesús y primer destinatario
de su «encargo suavísimo», de que habló
Juan Pablo II en Paray en la ocasión antes citada,
y que recordó nuevamente en audiencia al Apostolado
de la Oración el día 1 de junio de 1992, al
día siguiente de la canonización del Santo.
La beatificación
de la religiosa del Buen Pastor María del Divino Corazón
(Droste zu Vischering), la mensajera del Señor ante
León XIII, la que le movió en nombre del Señor
a realizar lo que el Padre Enrique Ramière solicitaba
de Pío IX.
La declaración
como Doctor de la Iglesia de Santa Teresita del Niño
Jesús, el carácter «doctoral» de
cuya sabiduría afirmaba el Padre Orlandis con decisión,
según testimonio del Padre Roberto Cayuela.
La ya inmediata beatificación
de Jacinta y Francisco, los videntes de Fátima, que
con sor Lucía recibieron de la Virgen María
el llamamiento a la consagración del mundo a su Inmaculado
Corazón.
El anuncio de la beatificación
de Pío IX, el papa del Concilio Vaticano I, de la definición
de la Concepción Inmaculada de María, de la
fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en la liturgia,
del patrocinio de san José sobre la Iglesia, querido
y admirado por el Padre Orlandis -como lo fue el Papa San
Pío X, cuya canonización vio como una milagrosa
providencia de Dios para su Iglesia- como el gran defensor
de la verdad católica y del orden cristiano en el Syllabus
y en la definitiva encíclica Quanta cura.
Las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, para cuya comprensión nos
preparó adecuadamente la tarea formativa del Padre
Orlandis; en especial sobre la naturaleza del apostolado de
los lai¬cos; la afirmación de que «queda
íntegra la doctrina tradicional católica sobre
el deber moral de los hombres y de las sociedades hacia la
verdadera religión y la única Iglesia de Cristo»,
y la declaración de que «la Iglesia espera, junto
con los Profetas y el Apóstol, el día, sólo
de Dios conocido, en que todos los pueblos invocarán
al Señor con una sola voz y le servirán como
un solo hombre».
Finalmente, las doctrinas
expresadas en el Catecismo de la Iglesia Católica:
«el Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, no ha
llegado sin embargo a plenitud "con gran poder y gloria"
con el advenimiento del Rey a la tierra»; y que hablan
del glorioso advenimiento de Cristo como cumplimiento de la
esperanza de Israel; a la vez que precisan, aludiendo al «Misterio
de iniquidad», impostura religiosa que culminará
en el Anticristo, que «el Reino no se realizará
mediante un triunfo histórico de la Iglesia, en forma
de un proceso creciente, sino por la victoria de Dios sobre
el último desencadenamiento del mal, que hará
descender desde el Cielo a su Esposa».
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