Publicado póstumamente
en el libro PENSAMIENTOS Y OCURRENCIAS, Ed. Balmes, Barcelona,
2000.
Por consiguiente, si
por medio entendemos aquello que dice algún orden a
un fin y de él recibe apetibilidad, evidentemente todo
valor relativo será un valor medio, ya que el valor
relativo es el recibido en un ser, de sí sin valor,
de parte de un fin o de un valor absoluto. Pero sólo
impropia y abusivamente se puede denominar medio a todo lo
que dice orden a un fin o valor absoluto. La imagen dice orden
al ejemplar y de él recibe apetibilidad o valor y sólo
abusivamente se dirá de la imagen que en cuanto tal
es medio del ejemplar; un billete de banco recibe valor de
la garantía oficial o de la aceptación pública,
y sólo impropiamente se llamará su medio.
El medio propiamente
dicho denota conducencia a un fin que se ha de realizar o
conseguir; se llama así porque su uso es un paso que
da el que intenta un fin en el camino que sigue hacia su meta,
la realización o consecución de un fin: el uso
de una medicina es un paso hacia la salud. El orden de medio
a fin es de conducencia; el de la imagen hacia su ejemplar
es más bien de procedencia y de reproducción.
Esto supuesto, afirmamos
ser contrario a la mente de santo Tomás el atribuir
a las criaturas la razón de medio con respecto a Dios.
En efecto, para que las criaturas tuvieran para Dios la razón
o el valor propio de medios, sería preciso que las
quisiera o pudiera usar para realizar o conseguir un fin distinto
de Sí, de su bondad divina, es decir, un fin creado
y finito. Sólo un panteísmo evolucionista podrá
tragar el absurdo de que Dios quiera o pueda realizarse o
conseguirse a Sí mismo y o a su bondad. En esta hipótesis
habría que admitir que Dios se mueve a querer las criaturas
por un fin distinto de Sí, por un valor absoluto distinto
de la divina bondad. Lo cual hemos demostrado ser totalmente
contrario a la mente de santo Tomás.
Y no se diga que Dios
usa de las criaturas como de medio para un fin suyo, cual
es la comunicación de su bondad, la cual se acrecienta
y perfecciona por la actividad de las criaturas, puesta al
servicio de Dios. Porque, como veremos, según santo
Tomás, el fin de la actividad externa de Dios no es
la comunicación de su bondad, que es algo creado, sino
su propia bondad. Este es el único fin de Dios, el
único valor absoluto que para Sí mismo aprecia.
Otra razón hay
poderosísima para decir que Santo Tomás no puede,
en manera alguna, pensar que el orden que las criaturas dicen
a Dios sea el de medio. Y es que el Santo Doctor afirma que
Dios ama a las criaturas todas con amor de benevolencia y
las racionales con amor de amistad; y por lo que se refiere
a estas últimas, supuesta la elevación al orden
sobrenatural, no puede caber la menor duda.
«Aunque nosotros
no amemos a las criaturas con amor de benevolencia, porque
su bien no procede de nosotros, pero Dios sí las ama
con amor de benevolencia, porque por el bien que les quiere
existen y son buenas».
Aunque la razón
que da no es fácilmente inteligible y ahora no sería
oportuno detenernos en explicaciones, la afirmación
es contundente y nunca desmentida, antes bien, confirmada,
como más adelante veremos.
Ahora bien, es absurdo
amar el medio en cuanto es medio con amor de benevolencia;
al medio, como medio, no se le quiere bien; del medio sólo
se procura sacar el mayor partido posible para el fin que
se intenta conseguir o realizar.
GENUINO VALOR RELATIVO
DE LA CRIATURA
Si la criatura para el
querer divino no puede tener sino un valor relativo que le
comunique y refunda la divina bondad, y si este valor no puede
ser el de medio propiamente dicho, ¿cuál será
este valor?
Hemos anticipado que
este valor, según la doctrina de Santo Tomás,
no es otro que el que refunde el dechado o ejemplar en la
imagen que lo representa, y tal vez el que imprime un centro
de orden y de atracción en los elementos ordenados
y atraídos.
1ª Prueba. El artículo
2 de la cuestión 19
Tomemos como punto de
partida el análisis atento de este artículo,
del que hemos hecho centro y base de esta primera parte de
nuestra demostración.
Todo nuestro trabajo
ha de tender a determinar con exactitud el significado que
da Santo Tomás a aquella expresión que en dicha
cuestión hallamos: «Dios se quiere a Sí
mismo y a las cosas distintas de Sí; pero a Sí
mismo como a fin, a las demás cosas en orden al fin
(ut ad finem)». ¿Qué significa exactamente
este ut ad finem? ¿qué orden es el que dice
la criatura a Dios y a su bondad como a fin?. Averiguado esto,
habremos hallado el valor genuino que santo Tomás atribuye
a la criatura con respecto a la voluntad divina; porque el
mismo santo dice que este orden a la divina verdad es la razón
por la cual quiere Dios a la criatura, vult ut ad finem, precisamente
en cuanto dice orden a la divina bondad como a fin.
Para captar perfectamente
el significado de esta expresión es preciso estudiarla
en función de los antecedentes, de los cuales se deduce
como conclusión definitiva.
Ya hemos visto más
arriba que lo que se propone el Santo como problema en este
artículo es «si Dios quiere otras cosas distintas
de Sí», y que, dando el hecho por cierto, se
empeña en descubrir la razón suficiente de este
querer.
Eliminados los motivos
que dicen imperfección y que son propios de las causas
segundas, en cuanto son imperfectas, halla un motivo de la
actuación de las causas naturales que no incluya ni
suponga imperfección, un motivo que radique, no en
la imperfección, sino en la perfección y actualidad
de la causa. Y lo descubre en el motivo de la tendencia a
dar o comunicar el bien poseído, no a buscar el que
no se tiene. Y con esto ha descubierto el motivo de la perfectísima
actuación productiva de Dios.
«Más que
a las otras causas pertenece a la bondad divina el difundir
en otros seres su propio bien, el comunicar a otros seres
su propio bien, en cuanto es posible, el producir seres semejantes
a Sí».
Y como Dios obra como
ser inteligente, esta tendencia a comunicar el bien por semejanza,
será no sólo de la naturaleza sino también
de la divina voluntad, luego la divina voluntad quiere comunicar
su bien a otros seres por semejanza.
De todo esto se desprende
legítimamente la conclusión: Dios se quiere
a Sí mismo -cosa que ya se presupone-, y a otros seres,
a los que quiere producir comunicándoles su bondad
por su semejanza. Hasta aquí todo fluye sin tropiezo.
Pero añade el Santo la expresión que es actualmente
objeto de nuestro examen: «Así Dios, la voluntad
divina, se quiere a Sí mismo, como fin, y a los seres
distintos de Dios los quiere en orden al fin (ut ad finem),
en orden a Dios, a la bondad divina».
Las palabras subsiguientes
nos insinúan la explicación de esta extensión
de la conclusión, que a primera vista parece no deducirse
de las premisas.
«Quiere a los
otros seres en orden al fin en cuanto es decoroso, es conforme
a la divina bondad (condecet divinam bonitatem) que otros
seres participen de ella, claro está que por semejanza».
Como se echa de ver,
lo que está bien a la divina bondad, lo que pide la
divina bondad, es que otros seres la participen por semejanza.
Es evidente que esto equivale a decir que la divina bondad
ejerce su razón de fin en cuanto los otros seres participan
de ella y la participan por semejanza, es decir, en cuanto
son representaciones, trasuntos, imágenes de la divina
bondad.
Luego el valor relativo
según el cual Dios quiere a la criatura es el ser trasunto,
imagen de su divina bondad. Que es lo que queríamos
demostrar ser la mente del Doctor Angélico.
Lo que en términos
tan concisos y pregnantes nos enseña santo Tomás
en el artículo analizado, nos lo desarrolla más
ampliamente en la Suma contra Gentes.
Dios se quiere a Sí
como a fin y a las cosas en orden al fin: «Para todo
el que quiere, lo querido principalmente es su último
fin, porque el fin es querido por sí y por él
son queridas las demás cosas; el último fin
es el mismo Dios».
De quien es querer el
fin, del mismo es querer lo que dice orden al fin, por razón
del fin. Dios es el último fin de todo, por lo mismo
pues que Él quiere ser, quiere también todo
lo demás que a Él se ordena como a fin.
Dios, por lo mismo que
se quiere como a fin, quiere las demás cosas que se
ordenan a Él como a fin. El orden que las criaturas
dicen a Dios es el de participación de su bondad por
semejanza. La voluntad de Dios se termina en las cosas distintas
de Sí, en cuanto participan de su bondad, por el orden
que dicen a la bondad divina, que es la razón de querer
de Dios.
Dios queriendo su bondad,
quiere las otras cosas en cuanto que participan de su bondad.
Dios queriendo su ser, que es su bondad, quiere las otras
cosas en cuanto tienen semejanza de ella.
La razón
por la que quiere las cosas es porque en ellas está
la bondad divina participada por semejanza
Todo el que ama una cosa
según ella misma y por ella misma, ama todo aquello
en que esto se encuentra. Así el que ama la dulzura
por sí misma, ama todas las cosas dulces. Dios ama
su ser, según el mismo y por el mismo, y todo otro
ser es una participación por semejanza de su ser, luego
por lo mismo que se ama a Sí, quiere y ama todas las
cosas. Dios queriendo su ser, que es su bondad, quiere las
demás cosas en cuanto tienen su semejanza.
El valor relativo que
hay en la criatura por la participación por semejanza
de la bondad divina, reúne todas las condiciones requeridas
y suficientes para la solución de los problemas propuestos
y de las dificultades que de ellos surgen.
Estas condiciones son
las siguientes: 1°) ha de ser valor relativo que refluya
en la criatura de la divina bondad. 2°) ha de ser suficiente
para que Dios pueda querer a la criatura. 3°) ha de ser
suficiente para que Dios ame a las criaturas todas con amor
de benevolencia y a las racionales con amor de amistad.
La necesidad de las
dos primeras condiciones y la suficiencia de este valor para
llenarlas, ya quedan demostrados con amplitud. Resta que consideremos
la tercera. Que esta condición sea necesaria quedó
también puesto en claro cuando en esto hallamos una
deficiencia irreparable en el atribuir a las criaturas con
respecto a Dios valor de puro medio.
La exposición
de los datos que nos ofrece santo Tomás en orden a
comprobar la suficiencia de este valor relativo de asimilación
para satisfacer esta necesidad, nos hará ver con más
certeza el fundamento de la misma.
La suficiencia de este
valor para este resultado, es decir, para explicar la posibilidad
de que por él Dios ama a la criatura con amor de pura
benevolencia o también de amistad, según los
casos, se comprueba con esta razón fundamental.
En virtud de este valor
relativo Dios se ama en la criatura, es decir, al amar la
criatura, Dios se ama a Sí mismo. Luego así
como su bondad refluye en la criatura, así el amor
de benevolencia con que se ama a Sí mismo se extiende
a amarse en la criatura y por tanto a amar a la criatura con
el amor con que se ama a Sí mismo. Dios quiere su ser
y su bondad como objeto principal, el cual es razón
de querer las demás cosas, luego en todo lo que quiere,
quiere su ser y su bondad; como la vista en todos los colores
ve la luz.
Toda facultad con una
sola operación o acto tiende a su objeto y a la razón
formal de su objeto, así como con una sola visión
vemos la luz y el color que se hace visible por la luz, y
cuando queremos una cosa, solamente por el fin, lo que se
quiere para el fin, recibe del fin la razón de ser
querido. Y así el fin se compara a ello como la razón
formal al objeto, como la luz al color. Siendo así,
pues, que Dios quiere todas las otras cosas como para el fin,
en su solo acto se quiere a Sí y a lo demás.
Apliquemos ahora esta
razón fundamental para declara la posibilidad y la
necesidad consiguiente del amor de benevolencia y de amistad,
con que Dios ama a sus criaturas.
Si se comprende bien
que la manera, el motivo de amarlas es su propia bondad, que
comunica su propio valor a la criatura, no nos será
difícil llegar a entender como este valor relativo
puede hacer¬las amables con amor de benevolencia y de
amistad, siendo así que por el valor absoluto, ningún
influjo ni de amor ni de deseo podrían ejercer en la
divina voluntad.
Si la manera de comunicar
fuera la propia de un fin, que hace amables los medios conducentes
a su producción o consecución, sería
inexplicable el amor de benevolencia o amistad, porque en
este caso en los medios no se encierra el fin como existente
o poseído en ellos, sino como deseable o producible,
y por lo mismo una vez producido o conseguido el fin, los
medios, como tales medios, pierden todo su valor, ya no son
apetecibles para el fin.
No así el reflejo
o la imagen, que dicen orden al fin precisamente como existente
en su plenitud, como deducidos del fin, no como conducentes
a él. Y por lo mismo el aprecio halla en ellos el fin
de una manera permanente, en una participación de sí
estable y consistente, como una extensión del valor
amado en sí mismo.
Se halla el fin amado
por sí mismo en el objeto que participa de él
por semejanza, en una relación de unidad, que unidad
es la semejanza. La criatura, por su semejanza con Dios, es
en cierta manera una cosa con él.
Esto se entiende cuando
la criatura se considera no según el fundamento de
la semejanza, sino según la relación misma,
según la razón formal de la semejanza.
Porque es de saber que
una imagen, según santo Tomás, se puede considerar
según dos aspectos: según su ser absoluto, y
entonces no se computa en ella sino su valor absoluto; o según
razón formal de imagen, y entonces se computa según
su valor relativo.
En este segundo caso,
dice Santo Tomás, el movimiento del alma hacia la imagen
se termina no en el ser que es imagen, sino en el ser de que
esta es imagen. Así explica el santo Doctor la legitimidad
del culto a las imágenes, en particular del de latría.
Pues bien, lo que dice
él de la veneración y del culto, con idéntica
razón se puede aplicar al amor. El amor que se tiene
a lo que es imagen según su ser y valor absoluto, no
se termina en aquello de que es imagen; mas otra cosa habrá
que decir cuando el afecto tiende a la imagen como imagen,
es decir, cuando se mira en ella no su valor absoluto sino
su valor relativo. Entonces el amor se terminará en
el ser y en el bien de que es imagen. Y así como en
la veneración de la imagen, si no formalmente, por
lo menos materialmente, aun en el caso de que se mire como
imagen, la misma imagen es venerada; no por su propio valor
sino por el que refunde en ella el ser del cual es imagen,
así también cuando una imagen es considerada
como tal, la imagen podrá ser amada no formal sino
materialmente, en virtud del valor de bondad que refluye en
ella el objeto de que es imagen.
Lo veremos por un ejemplo:
¿por qué una madre guarda como un tesoro y cuida
y besa y acaricia un trozo de cartón, en el cual un
joven está representado? ¿por el valor del cartón,
por qué en el hay grabada una figura de joven? Dadle
una imagen preciosa que no represente a su hijo y esta imagen
la dejará fría, ni la cuidará ni la besará.
Dadle una imagen de su hijo, aunque en sí menos perfecta,
entonces todo se transfigura, aquella imagen será objeto
de sus cuidados y cariños porque es la imagen de su
hijo.
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