Publicado póstumamente
en el libro PENSAMIENTOS Y OCURRENCIAS, Ed. Balmes, Barcelona,
2000.
Es vulgar y hasta socorrida,
en la filosofía escolástica la división
del fin en finis qui, fin que se quiere, y finis
cui, fin para quien se quiere. No sería imposible
que estos tecnicismos o barbarismos hubieran hecho reír
a más de un humanista despreciador de la escolástica.
Pues bien, a pesar de esto, con sólo penetrar un poco
en la significación de estos tecnicismos se descubre
en ellos un profundo contenido de verdad ontológica
y psicológica. Nada menos se contiene en la desdeñada
división la determinación de los valores esencialmente
diversos con que se presentan al aprecio racional de las cosas
y las personas y, consiguientemente, la diferencia radical
del afecto a que son acreedoras las personas de aquel otro
afecto, de que racionalmente pueden y deben ser objeto las
cosas.
Por lo dicho se podrá
entrever cómo en la tal distinción se vislumbre
la supremacía de la persona sobre las cosas, su esencial
dignidad y autonomía, y la esencial servidumbre y dependencia
de las cosas con respecto de las personas.
DECLARACIÓN DE
SANTO TOMÁS
Sin alcanzar un conocimiento
suficiente de contenido de la mentada división, diríamos
ser imposible llegar a captar la mente de santo Tomás
sobre el valor de las criaturas ante el aprecio de Dios. No
hemos hallado en la obra del Santo los términos técnicos,
pero sí las realidades por ellos significadas, y por
cierto, precisadas y explicadas según su valor. Y por
esto creemos que ha de ser lo más conducente a nuestro
intento, traer las palabras mismas más esenciales del
Santo, haciendo de ellas breves comentarios.
«Amar es querer
bien a otro y así el movimiento del amor tiende hacia
dos objetos, es a saber: hacia el bien que a alguien se quiera,
ya sea a sí mismo, ya a otro; y hacia aquello a que
se quiere el bien» (Ia-IIae, q. 26, art. 4, c.).
Aquí tenemos
ya exactamente definidos el fin que se quiere, finis qui,
y el fin para quien se quiere, finis cui. Al bien que se quiere
a otro se tiene amor de concupiscencia, y aquello a que alguien
quiere el bien se tiene amor de amistad (o de benevolencia
si no se da la correspondencia). De lo dicho se viene en conocimiento
del valor, de la apreciabilidad y apetibilidad delfinis qui
y del finis cui.
Como el objeto de todo
amor es su causa motiva y ésta mueve al amor precisamente
por su valor, por su apreciabilidad y apeticibilidad, se deduce
lógicamente que el valor de un finis qui es el de un
bien capaz de mover al amor de concupiscencia y que el valor
de un finis cui es el propio de un objeto que tiene virtualidad
para causar el amor de amistad y benevolencia.
Dando un paso más,
¿qué tal ha de ser el objeto para que posea
virtualidad o valor para causar, ya sea el amor de concupiscencia,
ya sea el de amistad y benevolencia? Sólo los seres
subsistentes tienen virtualidad o valor para mover al amor
de amistad o benevolencia; los seres accidentales o inherentes
sólo pueden causar el amor de concupiscencia:
«De dos maneras
se puede amar una cosa: de una manera como bien subsistente;
de otro modo como bien accidental o inherente. Como bien subsistente
se ama aquello a que alguien quiere un bien; como bien accidental
o inherente se ama aquello que se desea para otro; así
se ama la ciencia no para que ella tenga un bien, sino para
ser poseída. A esta postrera manera de amar se ha denominado
concupiscencia; a la primera, amistad (la , q. 60, art. 3,
ad 2).
Avanzando algo más,
¿es la mente de santo Tomás el atribuir a todos
los seres subsistentes valor o virtualidad de objeto motivo
al amor de benevolencia o amistad? Nada más falso que
esto.
Se pregunta el santo
doctor si las criaturas irracionales se han de amar con amor
de caridad y su respuesta negativa dice lo siguiente: «Ninguna
criatura irracional puede ser amada con amor de caridad, y
esto por tres razones, de las cuales las dos primeras se refieren
en general a la amistad, la cual no puede tenerse hacia las
criaturas irracionales. La primera es que la amistad se tiene
hacia aquel a quien le queremos bien y, hablando con propiedad,
no podemos querer bien a una criatura irracional porque no
es de ella propiamente el tener bien, sino sólo de
la criatura racional que es señora de usar del bien
que tiene según su libre albedrío. La segunda
razón es porque toda amistad se funda en alguna comunión
de vida y las criaturas irracionales no pueden tener comunicación
en la vida humana, la cual es según razón. Por
estas razones no se puede tener amistad a una criatura irracional,
a no ser metafóricamente, secundum metaphora»
(IIa-IIae, q. 25, art. 3, c)
Luego el amor de amistad
y aun de sencilla benevolencia, sólo puede tenerse
a las personas por su valor de persona, por la autonomía
propia del ser dotado de libre albedrío, que le hace
sujeto de derechos y de deberes, y por su dignidad racional
que le capacita para la vida y trato social. Según
esto, los seres no subsistentes y los seres irracionales no
tienen valor de apreciabilidad o apetibilidad sino en tanto
que pueden ser queridos con amor de concupiscencia, es decir,
en cuanto pueden ser bien de una persona, en cuanto pueden
ser queridos para ella.
Evidente es, por lo
que acabamos de decir, que cuando santo Tomás atribuye
al bien o valor objeto del amor de concupiscencia el de un
ser accidental o inherente a un bien subsistente, no habla
de accidentalidad o inherencia física o natural, sino
de accidentalidad o inherencia de posesión, sea física,
sea moral; ya que todo ser irracional, aunque sea subsistente,
puede comunicar su bien o su valor a una persona en cuanto
ésta en virtud de la posesión moral o jurídica,
puede usar de él a su arbitrio.
LA UNIÓN POR EL
AMOR
Habrán echado
de ver cómo la confrontación de lo objetivo
y de lo subjetivo da luz creciente para el conocimiento de
lo uno y de lo otro. No hemos llegado, con todo, al término
de esta confrontación. Lo que falta por decir acerca
del amor de benevolencia o de caridad nos hará ver
con mayor claridad cuál es en realidad el valor propio
de persona.
Basta lo dicho hasta
aquí para caer en la cuenta de que, al afirmar que
el amor es querer bien, no es amar con amor de benevolencia
cualquiera manera de querer bien. El dueño de un caballo
le quiere bien, cuando para sustentar su vida le proporciona
el pienso conveniente, y no por esto le ama con amor de benevolencia.
El señor romano que todos los días daba de comer
a sus esclavos y, si le convenía, aún los engalanaba
con ricos vestidos, los quería y hacía el bien
y ¿quién dirá que les amaba con amor
de benevolencia? Sólo en el caso de que les hubiera
alimentado y vestido, no en favor de sí mismo, sino
en favor de los esclavos mismos, hubiera realizado con respecto
a ellos un acto de amor de benevolencia. Sólo entonces
les hubiera tratado según la dignidad y valor de personas
humanas y no según el valor utilitario de cosas. Al
tratarles como les trataba les ponía al mismo nivel
de valor que a sus caballos. Oigamos a santo Tomás:
«Para la verdad
del amor se requiere que el que ama quiera el bien de uno,
en cuanto es de éste, porque aquel cuyo bien quiere
uno, no en favor de él, sino de otro, sólo es
querido accidentalmente, como si uno quiere conservar el vino
para beberlo, o quiere un hombre por su propia utilidad o
deleite, accidentalmente quiere el vino o el hombre, en el
fondo (per se) se quiere a sí mismo».
Pero aún falta
dar un último paso, ¿qué cosa es este
amor que es un querer del bien del otro porque es bien de
éste? Este amor es una unión afectuosa de una
persona con otra, que se asemeja a la identidad substancial
de una persona consigo misma y por la cual el que ama se ha
con respecto al amado como a sí mismo.
«Hay en el amor
una unión de afecto, y la persona que ama a otra persona
con amor de amistad le quiere bien, como se quiere a sí
misma, y así lo mira como otro yo, en cuanto le quiere
bien como a sí mismo, y por esto del amigo se dice
ser otro yo. San Agustín dice en sus Confesiones: "Bien
dijo uno de su amigo que era la mitad de su alma"»
(Ia-IIae q. 28, art. 1 c).
«Esta unión
la hace formalmente (por sí mismo) el amor, es decir,
en ella consiste el amor, y por esto dijo Agustín en
el libro 8 De Trinitate, cap. 10, que el amor es una cierta
unión que aúna dos cosas o tiende a aunarlas:
el amante y lo amado» (Ibid).
«Esta unión,
esencialmente, es el amor mismo y se da por la coaptación
del afecto en cuanto en el amor de amistad el que ama se ha
respecto del amado como a sí mismo» (Ibid. ad
2).
«Por este amor
de la persona amada se dice que está en la que ama,
en cuanto por cierta manera de complacencia está en
su afecto... no por una razón extrínseca, como
sucede cuando uno quiere a otro por algún motivo ajeno,
sino por la complacencia en lo amado que en sí tiene
radicada; por lo cual el amor se dice, íntimo, y se
habla de entrañas de caridad. [...] El que ama, a su
vez, se dice estar en el amado en cuanto reputa los bienes
y males del amigo como suyos propios, y la voluntad del amigo
como propia, y por esto es propio de los amigos querer lo
mismo y alegrarse y entristecerse de lo mismo. [...] El amado
está contenido en el que ama como impreso en su afecto
por una cierta complacencia y el que ama está contenido
en lo amado en cuando quiere y obra en favor del amado, como
en favor de sí mismo, como quien reputa el amigo como
identificado consigo mismo (idem sibi)». (Ia-Ilae, q.
28, art. 2, c) Con esta explicación del amor de amistad
o benevolencia, queda caracterizado en sus rasgos esenciales.
Claro está que en su perfección admite grados
y que no siempre la identificación afectuosa en que
consiste, alcanza la perfección típica, según
la cual el Santo Doctor nos lo describe. Pero que esta es
la tendencia de este amor es indudable, la conciencia y la
experiencia lo atestiguan.
CONCLUSIONES
La declaración
que Santo Tomás nos ha dado de la esencia, tendencia
y efectos del amor de amistad o benevolencia, proyecta una
luz nueva e intensa sobre el valor de la persona. La persona
como tal, no puede sin abuso ser querida con otro amor que
no sea éste; esto exige su valor. Además, es
tal el valor de la persona, por ser persona, que puede y merece
ser amada con un tal amor. La persona, por ser persona, vale
tanto que puede y merece que otra persona se le una con la
unión afectiva en virtud de la cual la mire y trate
como a sí propio y quiera para ella efectivamente los
bienes y cosas que son objeto de las conveniencias y deseos
de la misma, como los querría para sí mismo.
El que toda persona, sólo por serlo, pueda ser objeto
de este amor, es indicio cierto de la esencial igualdad de
todos los hombres; y el no ser capaz, como tal persona, sino
de este amor, es suficiente argumento para probar la diferencia
radical entre persona, racional y libre, y cosa, irracional
y carente de libertad.
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