Artículo
editorial de un número monográfico (núm.
27, de 1 de mayo de 1945) sobre la caída, en
1806, del Sacro Romano Imperio, continuación
del Imperio Romano, que una interpretación generalizada
veía como "lo que detiene" el misterio
de iniquidad, cuya eclosión preparará
el dominio universal del Anticristo.
Quien esta advertencia
suscribe, no es por cierto el director de la Revista; no
es siquiera -aunque algunos puedan creerlo- quien tuvo la
iniciativa en su aparición. Es, sí, desde
los orígenes, el inspirador de la Revista; no hay
para qué disimularlo. Es asimismo, digámoslo
así, su curador espiritual en la menor edad. Claro
es, dicho sea entre paréntesis, que ni inspiración
significa escritura al dictado, ni curatela, entorpecimiento
de iniciativa o movimiento.
De esta su relación
con respecto a CRISTIANDAD se origina
y en esta relación se funda una ineludible responsabilidad:
la de procurar con solicitud competente el bien de la Revista,
que no es ni puede ser otro, sino el que ésta tienda
siempre a su fin, sin tropiezos ni desviaciones de orden
espiritual.
Exige esto, a todas
luces, vigilancia y quien tenga bien conocido así
el fin como la índole de CRISTIANDAD,
forzosamente se hará cargo de que la vigilancia no
podrá ceñirse al mero cuidado de que en ella
nada aparezca que no sea conforme al dogma y a la moral
cristiana entendidos estos términos en su sentido
estricto. Más es lo que exigen el fin y la índole
de CRISTIANDAD: exigen que nada de
lo que en ella se publique desdiga en lo más mínimo
del nombre que con orgullo -orgullo santo- ostenta en su
portada con caracteres deliberadamente llamativos. CRISTIANDAD
desde su primera concepción quiso llamarse "CRISTIANDAD"
y rechazó toda otra designación onomástica,
tal vez más a la moda, más velada, menos audaz,
menos -por qué no decirlo- menos provocativa. Y este
nombre lo escogió a conciencia, previendo que con
él, en algunos sectores, sería quizás
menos bien recibida, arriesgándose a ver tal vez
reducida su publicidad.
CRISTIANDAD, al elegir
este nombre, declaró sin rebozo qué vida quería
vivir, que quería vivir en un todo del espíritu
cristiano, del espíritu de la Iglesia de Jesucristo,
de la Iglesia una, santa, católica y apostólica,
de la Iglesia romana, única verdadera, de la Iglesia
cristiana auténtica.
CRISTIANDAD, por ser
CRISTIANDAD, no se encoge ante el peligro de que la motejen
de beata y así sin ningún asomo de empacho
se profesa a la luz del día devotísima del
Sagrado Corazón de Jesús, lo cual a no pocos
cristianos podrá parecer una sencilla beatería.
Todo esto es la explicación del por qué CRISTIANDAD
quiere y exige de su curador espiritual que la vigile, no
sea que en su juvenil inexperiencia, se desvíe un
solo paso del camino que conduce a su meta; que nada pueda
descubrirse en sus páginas, que, visto a la luz del
Vaticano, pueda parecer una mancha en su perfecta ortodoxia;
una sombra proyectada por la interposición de un
criterio menos conforme con el de la Madre Iglesia.
Si algo así
un ojo cristianamente avizor descubrieran las páginas
de CRISTIANDAD, no lo ponga en duda el lector, habría
sido un desliz inconsciente y CRISTIANDAD le agradecería
en el alma un aviso de benevolencia. Los que forman el núcleo
de la Redacción no se tienen por maestros infalibles
y quien ejerce la vigilancia bien puede unos instantes dormitar.
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* *
No es empero el espíritu de
Cristo y de su esposa la Iglesia espíritu de congojas
y apreturas. Donde está el espíritu de Dios,
allí está la libertad, la libertad verdadera,
la libertad de los hijos de Dios. Por esto precisamente,
porque se entrega sin recalcitraciones ni titubeos, sin
tacañerías ni minimismos al espíritu
maternal de la Iglesia, CRISTIANDAD se gloría de
vivir en la legítima y genuina libertad. Por esto
siempre dejará a sus redactores y colaboradores la
justa y honesta libertad de opinar, en todo aquello que
la Verdad Eterna deja a la discusión bien intencionada
y caritativa de los humildes mortales.
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Otra observación: dado el carácter
peculiar de la Revista, que no tiene pretensiones de científica
y menos de magistral, no sería justo ni razonable
exigir de ella en todos los casos aquella precisión
de nomenclaturas, aquella exhauriente totalidad de comprensión,
aquella extensión de conocimientos eruditos, que
se pueden, con razón, pedir al maestro, al hombre
de ciencia. Cuando CRISTIANDAD quiere ilustrar a sus lectores
con autoridad magistral, halla un recurso eficacísimo,
ciertamente bien compatible con su humildad y modestia,
y de esta recurso se vale en todos los números: el
recurso de convertirse en altavoz de la palabra autorizada,
de los Romanos Pontífices, de los Sagrados Doctores,
de los autores aprobados por el sufragio cristiano.
Además, con gusto y agradecimiento
pide y obtiene la colaboración y la firma de escritores
prestigiosos, sacerdotes y seglares, que con su reconocido
crédito ornen y enriquezcan sus columnas.
La Teología de la Historia
Para que el lector aprecie la razón
de dedicar todo un número de CRISTIANDAD a un tema
en apariencia inactual e intrascendente, es prenotando indispensable
enterarle de una de las aficiones preponderantes de aquellos
que constituyen el núcleo de redacción.
Formados éstos en Schola Cordis
Iesu y por ende en el seno del Apostolado de la Oración,
cuyo lema se expresa en aquella petición: "Adveniat
regnum tuum", es obvio que desde el principio concibieran
vivos deseos de entender a fondo la idea, que se expresa
en la fórmula universalmente admitida: el Reinado
Social de Cristo y que una vez comprendidas las riquezas
de contenido, que en esta fórmula se encierran, los
tesoros de salud que en ella y por ella se ofrecen al mundo
enfermo, extendieran sus deseos a dar a conocer tales tesoros
al mundo, que por desgracia, no los conoce en su valor ni
los busca para su remedio. ¿Dónde, pues, habían
ellos de buscar la comprensión de tales tesoros y
dónde habían de hallar la orientación
y el estímulo para comunicarlos? Consentáneo
era acudir a los escritos y a las empresas del que con razón
es llamado segundo fundador del Apostolado, de aquel egregio
varón cuyo nombre es Enrique Ramière. Él
fue quien consolidó la obra del P. Gautrelet, su
primer fundador; él quien le dio vida nueva y robusta,
infundiéndole la savia divina cuya fuente es el Corazón
de Cristo y con ello le dio su forma definitiva. El P. Enrique
Ramière vio con una claridad que no habían
alcanzado ni los contemporáneos de Santa Margarita
María, ni los que en el siglo XVIII y en la primera
mitad del XIX se aplicaron al estudio y al comentario de
las revelaciones de Paray, la significación de aquella
promesa de reinado: "reinaré a pesar de mis
enemigos" que en ellas de continuo se repite; y a la
luz de esta claridad comprendió que tal promesa no
se hizo tan sólo a los cristianos considerados aisladamente,
sino a las sociedades en que ellos vivían; más
aún, al mundo entero. Y vio más aquel eminente
varón; vio que Jesucristo quería salvar al
mundo, valiéndose de la devoción a su Corazón
divino, ya que ésta es el medio providencial, por
el cual quiere establecer su reinado de amor en el mundo
pecador y rebelde.
En realidad, en aquellos momentos
solemnes, en que un rincón de un convento de la Visitación
el Divino Redentor sembraba las semillas de su obra providencial,
un genio escrutador y adivinador de lo porvenir, tal vez
hubiera podido sentir los primeros escalofríos, anunciadores
de aquella tempestad espantosa que en los siglos subsiguientes
derribaría tronos y altares y que, lejos de purificar
el ambiente, lo dejaría saturado de miasmas capaces
de gangrenar la humana sociedad.
El P. Enrique Ramière no hubo
de prever lo futuro; él veía con sus propios
ojos la devastación revolucionaria, y se daba cuenta
perfecta de que el mundo seguía respirando aquel
aire pestilencial. Por esto el P. Ramière, enardecido
en celo y en deseos de iluminar las inteligencias obscurecidas,
intensifica su vida de espíritu y de apostolado y
multiplica sus trabajos, escribe libros, emprende obras,
etc., para que los miopes y los ciegos vean dónde
está el camino de la salvación.
En sus luminosos trabajos intelectuales,
para alumbrar las inteligencias no se encierra en el círculo
de las verdades y de los principios abstractos; haces ver
las normas y las leyes de la providencia divina actuando
en la vida de los pueblos y de todo el género humano
y acude a la revelación divina para rastrear los
planes que ha trazado Dios a la humanidad y para sondear
con humilde osadía lo que en lo porvenir estos planes
le reservan. Y esto no por estéril curiosidad, sino
para orientar los espíritus y alentarlos con la esperanza.
Y para esto estudia la historia, no
tan sólo a la luz de la razón, sino también
a la luz más poderosa de la revelación divina.
Y si no crea una ciencia que ya cultivaron San Agustín
y Bossuet es quien primero le da el nombre adecuado y lleno
de significación de Teología de la Historia.
* * *
Ahora bien, los miembros de Schola
Cordis Iesu se enamoraron de esta ciencia y se esforzaron
por adquirirla con ecuánime seriedad y supliendo
sus carencias de formación teológica con consultas
humildes pero pertinentes. Y al poner en estos estudios
un interés creciente y fecundo no pudieron contentarse
con los problemas planteados explícitamente por el
P. Ramière; mas siguiéndole como guía
se hallaron con nuevos problemas de fecundidad insospechada
y no se arredraron ante ellos, sino que trabajaron por resolverlos,
para enriquecer sus inteligencias y fecundar su corazón.
El fin del Imperio Romano
Pues bien, el tema que en este número
de CRISTIANDAD se estudia es de aquellos temas que, aun
siendo de índole meramente histórico-positiva,
puede tener insospechadas repercusiones en los problemas
de Teología de la Historia.
Formulado en términos imprecisos,
el problema es como sigue: ¿En qué momento
de la Historia feneció el Imperio Romano?, y puestos
a precisar, si se pregunta ¿a qué imperio
nos referimos, al fundado por Augusto o al imperio medieval,
al conocido en la Historia con el nombre de "Sacro
Imperio Romano de nación germánica"?
Se responderá sin titubeo que al primero, al fundado
por Augusto poco antes del nacimiento de nuestro Señor
Jesucristo.
Planteado así el problema tal
vez sorprenderá a más de un lector de CRISTIANDAD.
¿Quién en la escuela primaria no aprendió
ya de memoria que el edificio levantado por Augusto cayó
en ruinas hace quince siglos al empuje de los bárbaros
de Norte? ¿Y qué tiene esto que ver con la
Teología de la Historia?
Dilate algo más su paciencia
quien la ha tenido para seguirnos hasta ahora. Uno de los
acontecimientos revelados como futuros en la Sagrada Escritura
es la aparición a su tiempo del hombre llamado del
pecado, del Anticristo, supremo perseguidor de la Iglesia.
En los tiempos de fe más viva preocupaba hondamente
este hecho profetizado; ahora casi ha desaparecido del cuadro
de las preocupaciones humanas. Pues bien, fundándose
en la Escritura, los autores eclesiásticos de los
tiempos primeros de la Iglesia pensaban que debía
haber sucesión de continuidad entre la desaparición
del Imperio Romano y la aparición del Anticristo,
y por esto fue uno de los motivos de pánico temor
para los cristianos del siglo V el derrumbamiento del Imperio.
Parecía a primera vista suficiente
razón para abandonar aquella interpretación
de la Escritura, la natural decepción que había
de producir en los espíritus el tener ante la vista
las ruinas del Imperio. Y, sin embargo, no fue así;
continuaron los escritores eclesiásticos aferrados
a la interpretación tradicional, y no la abandonaron
ni siquiera cuando en el siglo XV, al conquistar los turcos
Constantinopla, pereció de muerte miserable el Imperio
de Oriente, y quedó tan arraigada la creencia que
aun a fines del siglo XVI un varón tan eminente como
San Roberto Belarmino no dudaba en esgrimir contra la estolidez
de los protestantes que decían que era el Anticristo
el Pontífice Romano, un argumento fundado en la interpretación
tradicional, es a saber: que mal podía ser el Papa
el Anticristo ya que éste no había de aparecer
mientras durase el Imperio Romano y éste aun existía.
En nuestros tiempos se ha variado
de táctica: los intérpretes de la Escritura,
dando por supuesto que hace siglos desapareció de
la Historia el Imperio Romano, abandonan la interpretación
tradicional y buscan nuevas explicaciones.
Empero, se preguntan los redactores
de CRISTIANDAD, ¿es tan cierto como se supone que
hace siglos acabó el Imperio fundado por Augusto?,
y para hallar respuesta a esta pregunta recurren a los historiadores
no preocupados por prejuicios extrahistóricos y hallan
que éstos afirman con fundamento que el IMPERIO FUNDADO
POR AUGUSTO DURÓ HASTA PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX Y
FENECIÓ EN EL AÑO 1806 DECAPITADO POR EL SABLE
DE NAPOLEÓN.
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Conociendo ya el lector la importancia
de los hechos acontecidos en 1806, esperamos que tendrá
el espíritu más preparado para comprender
no ya la materia de cada artículo en particular,
sino la intención general de este número;
y se dará cuenta de que este problema admite y exige
una ampliación y desarrollo que con el favor de Dios
se propone CRISTIANDAD ofrecerle en posteriores elucubraciones
históricas.
No está de más, para
concluir, recordar que dentro de la primera quincena de
mayo -el cinco del mismo mes- se cumple el aniversario de
la muerte de Napoleón; lo cual no deja de dar oportunidad
a este número.
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