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Su personalidad humana,
su obra y su acción han podido a veces quedar ocultas,
distraída la atención hacia su presencia pública
y su amplio y secular influjo. Llamado desde los siglos
medievales el doctor angélico, canonizado en 1323,
declarado doctor de la Iglesia en 1567, proclamado como
patrono de los estudios por León X111 en 1879, presentado
como doctor común por Pío XI y como orientador
de la ciencia teológica por el Concilio Vaticano
H.
Tomás fue hijo, no primogénito, de una familia
de antiquísima nobleza, en la que se cruzaba la sangre
de ascendientes que habían pertenecido al patriciado
romano, con la de los normandos, los últimos bárbaros
invasores, tan prontamente asimilados a la cultura occidental
romano-germánica, y vertebradores de edificios políticos
en Inglaterra, como en Sicilia y en Nápoles.
La fecha de su nacimiento
se fija hacia 1274-75. Su hogar natal es el castillo de
los condes de Aquino, Rocca-secca. Su padre Landulfo y Agunos
de sus hermanos colaboran y luchan al lado del celebérrimo
emperador Federico II. La educación de Tomás
en Monte Casino, la abadía benedictina, no estaba
desconectada, al parecer, de la esperanza ambiciosa de que
algún día un miembro de la familia de los
condes de Aquino fuese el abad de la influyente institución
monástica.
La vocación
dominicana de Tomás nace en él ya hacia sus
veinte años. La hostilidad de su familia dará
lugar a los hechos en torno a los que se configura la característica
anécdota, con real base histórica. Algunos
historiadores hablan incluso de oposición del propio
Emperador a la vocación dominicana de Tomás:
lo cierto es que su propia madre mueve a sus hermanos al
secuestro del que había ya ingresado en la orden
dominicana, para provocarle y para tentarle, para que abandone
su vocación religiosa. El perseverante Tomás
venció aquel primer obstáculo en su camino.
Hay que recordar, a propósito de esto, y habida cuenta
de que la propia familia le había enviado desde su
infancia como oblato al monasterio benedictino, que las
órdenes mendicantes, los dominicos y los franciscanos,
eran entonces recientes; y tenían en la. sociedad
de su tiempo una posición que podría compararse
a la de un gremio de la naciente y pequeña burguesía;
mientras las grandes abadías estaban constituidas
desde siglos entre los grandes centros de poder en la sociedad
feudal.
Tomás fue un
hombre de acción perseverante. Algunos psicólogos
lo incluyen en su catálogo de ejemplos de talante
"apasionado" -emotividad profunda, disponibilidad
y constancia en la acción, reacción secundaria-.
Si tuviéramos que situarle desde otros cuadros conceptuales
podríamos tal vez decir de él que es un hombre
religioso, especulativo, pero a la. vez fuertemente orientado
a ejercer su influencia, a través del pensamiento,
sobre la sociedad humana.
No interesa aquí
detallar cronológicamente las etapas de su vida,
más que en la medida en que nos sugieran el curso
coherente de sus orientaciones y de sus tareas. En Colonia
es discípulo de San Alberto, el Magno, el que abre
definitivamente las puertas a Aristóteles en la tradición
teológica occidental, y al que el contacto con la
obra aristotélica estimula también en su empeño
de atender a la experiencia y a conocer la naturaleza. Es
la autoridad de su maestro Alberto la que lleva al joven
"bachiller" Tomás al profesorado en Paris.
En París fray
Tomás iba a tener que luchar de nuevo en un doble
o mejor triple frente. Primeramente había que defender
la legitimidad de la presencia de los frailes mendicantes
como maestros en la Universidad. Con una reacción
que no se ha dado sólo entonces en la Iglesia, había
quienes exigían a los que habían hecho profesión
de pobreza evangélica la renuncia al prestigio y
a la influencia del saber teológico y filosófico
Entre el clero secular francés y entre los maestros
seculares de la facultades parisienses, aquella línea
que quería excluir de la Universidad a franciscanos
y dominicos era predominante. Aquí tuvieron que luchar
paralelamente ambas órdenes San Buenaventura, el
franciscano, y Santo Tomás, el dominico.
Si para la. orden
franciscana, por su vocación originaria, había
sido en algún momento algo problemático para
su propia vida interna el tema de los estudios y las ciencias
sagradas, para la orden de predicadores, para los dominicos,
la cuestión ofrecía un aspecto distinto. Su
lema era VERITAS, y la fundación de Santo Domingo
nacía para ser orden de predicadores y de doctores.
El cultivo de la ciencia sagrada y de todas las disciplinas
humanas que aquélla exigía por sí misma,
era algo intrínseco a su propia vocación en
la sociedad cristiana.
Fueron necesarias intervenciones de los propios pontífices
romanos para asegurar en París el derecho de los
frailes mendicantes a la posesión de sus cátedras
en la Sorbona; pero entre tanto la acción polémica
del fraile Tomás se había ejercido decididamente.
Es característico de su mentalidad poderosamente
sintética, capaz de comprender como implicado y exigido
lo que otros ven como incompatible con una determinada misión,
el que la defensa de los frailes mendicantes en su derecho
a la docencia universitaria, la realizase en un opúsculo
titulado Contra los que impugnan el culto divino y la religión.
El otro frente, o
más propiamente doble frente, de significado más
universal y permanente para el futuro de la cultura católica,
era el que se planteaba entre la cerrada hostilidad antiaristotélica
de quienes invocaban la tradición y la autoridad
de San Agustín, desde la facultad de Teología,
y aquéllos que, desde la facultad de artes liberales,
se entregaban, en nombre de la autoridad de Aristóteles
y del Comentador, Averroes, a concepciones filosóficas
incompatibles con el creacionismo bíblico, con la
afirmación de la individualidad personal del hombre
y con su libre albedrío y responsabilidad moral.
Estos aristotélicos
intransigentes, lo que conocemos como "averroístas
latinos", se refugiaron en el lenguaje de la "doble
verdad", para profesarse a la vez creyentes y negadores,
en cuanto filósofos, de aquello mismo que decían
creer.
Tomás de Aquino,
siguiendo la ruta iniciada por Alberto de Colonia, asumió
decididamente la opción por la filosofía aristotélica;
hay que entender que el fraile Tomás es en su intención
central como hombre de pensamiento, un cultivador de la
ciencia sagrada, apoyado en la fe, cuyos artículos
son el principio de la Teología y muy atento a la
tradición total de la Iglesia católica y por
lo mismo y muy especialmente, un heredero y discípulo
de San Agustín.
A través de
su maestro Alberto hereda también mucho del neoplatonismo
cristiano-griego, en el pseudo-dionisio, "el aeropagita"
para los medievales. Se ha dicho que Ton-As es el más
platónico de los aristotélicos, y tal vez
sepia también justo decir que es un teólogo
discípulo de San Agustín que asume, en la
construcción de una síntesis teológica,
el pensamiento de Aristóteles.
De aquí la
lucha en un doble frente. Santo Tomás, intérprete
lúcido de Aristóteles, realiza con el aristotelismo
lo que él mismo afirma haber realizado San Agustín
con el platonismo: aceptar lo racionalmente verdadero, y
por lo mismo conciliable con la verdad revelada, y rechazar
lo falso, incompatible con la fe. De aquí su polémica
contra la tesis averroísta de la "unidad del
entendimiento", destructora de la personalidad del
hombre. Contra ellos escribe: Sobre la unidad del entendimiento
contra los averroístas. Nadie podrá acusar
al fraile Tomás de haber caído en "las
tinieblas del aristotelismo" de que hablaban los agustinianos.
Pero parece claro que, cuando se enfrenta al aristotelismo
averroísta Ton-As necesita en cierto modo también
dejar patente su propia fidelidad a la ortodoxia.
Rechaza la tesis de
la certeza y necesidad de que el mundo sea eterno, sin comienzo
temporal; pero sostiene también que este comienzo
temporal es algo conocido por la fe, puesto que la razón
quedaría sin pruebas demostrativas en pro o en contra
de la finitud del universo en el tiempo. Esta actitud, en
la que sigue al judío Maimónides, escandalizaba
a muchos, entre ellos a San Buenaventura. Pensaban que,
al negarse la demostrabilidad racional de la creación
en el tiempo, se debilitaba también la misma doctrina
creacionista. Santo Tomás escribiría Sobre
la eternidad del mundo contra los murmuradores para contraatacar
en este frente, opuesto al de los averroístas. Es
muy característico de su mentalidad su alegato: querer
armonizar la fe con argumentaciones filosóficas no
suficientemente fundadas racionalmente, ni estrictamente
demostrativas, no conduce a la defensa del misterio revelado,
sino que da ocasión a la burla de los infieles y
al desprestigio de la fe.
Su tares de comentarista
de Aristóteles ocuparía ya toda su vida, en
Paris, más tarde en Italia trabajando junto a la
corte pontificia, y en su últimos años en
Nápoles Labor paralela a sus trabajos como exegeta
de las Sagradas Escrituras. Por una lectura minuciosa y
penetrante es, en uno y otro campo, una de las cimas por
la calidad y la influencia de sus escritos. Cuando se le
considera solo como un escolástico sistemático,
no se atiende tal vez al hecho de que, dejando todavía
incompleta la tercera parte de la Summa Theologica, se dedicase
en los últimos años de su vida a comentar
a la vez los salmos, y las Cartas de San Pablo, y dos tratados
"físicos" de Aristóteles Sobre el
cielo y el mundo y Sobre los meteoros.
Tomás no asumió el aristotelismo con la actitud
de quien sigue una corriente determinada, algo así
como una moda intelectual. En pocos hombres hallaríamos,
en la historia del pensamiento humano, una actitud tan consciente
de independencia intelectual al servicio de la búsqueda
de la verdad.
En la doctrina sagrada
los principios están en las verdades reveladas contenidas
en los símbolos y enseñadas por la Iglesia,
y en este sentido en ella el argumento de autoridad es el
máximo. Entiéndase que se trata de la autoridad
divina, y que "más hay que atender a la Iglesia
que a San Agustín, a San Jerónimo o a cualquier
otro doctor". La misma razón del teólogo
no puede someterse del mismo modo a la Tradición
de la Iglesia que a la autoridad particular de los doctores.
En el terreno de los
conocimientos asequibles a la razón humana por su
misma luz natural, el argumento de autoridad es el ínfimo.
Los hombres no filosofan para saber que han dicho otros
hombres, sino buscando conocer la verdad de las cosas. Tomás
no asume el aristotelismo como optando por "la cultura
vigente", o que estaba irrumpiendo en su tiempo, sino
porque está convencido de las verdades de orden metafísico,
filosófico-natural, antropológico y ético
que pueden hallarse en su obra. Ya San Agustín, dice
con sutil ironía siguió a Platón "cuanto
lo soportaba la fe católica"; advertencia implícita
a sus adversarios agustinianos: si desde el aristotelismo
pueden surgir interpretaciones incompatibles con la concepción
cristiana del universo y del hombre, también podría
ocurrir esto con el platonismo, desviación que consiguió
ser evitada por el gran doctor cuya autoridad había
sido hasta entonces hegemónica en la cristiandad
occidental.
Y santo Tomás
no calla sobre cuál fuese el grave peligro para la
fe que se corría desde un platonismo incondicional:
"es contrario a la fe afirmar que las esencias de las
cosas no existen en las cosas mismas". Desde el platonismo
podría dejarse de lado la realidad del mundo material
para moverse solo en el mundo inteligible de las esencias
y de las ideas; y desde esta perspectiva toda la doctrina
revelada sobre la Encarnación, y la concreta historia
de la salvación, tendrían que ser leídas
solo como mitos sensibilizadores de una "realidad esencial"
ajena a la concreción histórica. La actitud
armónica y sintetizadora de santo Tomás de
Aquino, no intenta conciliar opuestos, sino reconocer el
carácter complementario y correlativo de los principios
que integran las realidades finitas del universo creado.
En las concepciones aristotélicas sobre el origen
sensible del conocimiento intelectual y la unidad sustancial
del hombre; sobre la analogía de los conceptos ontológicos,
y sobre las estructuras acto-potenciales que hacen posible
explicar el devenir en el ente, y la naturaleza de los individuos
poseedores de una misma esencia materialmente singularizada;
encuentra un instrumento apto al servicio de la misma ciencia
sagrada. Puede decirse que es una opción asumida
como teólogo la que mueve a santo Tomás en
lo filosófico a la recepción del pensamiento
aristotélico.
El hilo conductor
o impulso central de la tarea especulativa de fray Tomás,
el dominico, lo hallamos expresado por él mismo en
formulas expresivas e insistentes: la gracia -don divinizante
no destruye la naturaleza, sino que la presupone como el
propio sujeto al que perfeccionar; así la gracia
sobrenatural restaura y potencia la perfección humana
en cuanto tal, además de exigirla previamente. La
fe presupone en el conocimiento racional, por esto la ciencia
sagrada exige asumir instrumentos racionales verdaderos
en su orden, es decir naturalmente verdaderos y cognoscibles
por la luz racional humana. La virtud teologal de la caridad,
amor de amistad entre el hombre y Dios posibilitado por
la comunicación de la vida divina por Dios a los
hombres, por medio de Jesucristo, asume y ordena la inclinación
natural de la voluntad a los fines humanos en cuanto tales.
Teológicamente
es santo Tomás el máximo doctor de un teocentrismo
encarnacionista, esto es, centrado en el misterio de Cristo
que "en cuanto hombre es para los hombres el camino";
y que "por medio de su humanidad nos comunica a nosotros
los hombres la plenitud de la divinidad". En sus grandes
obras sistemáticas brilla genialmente la utilización
de la filosofía aristotélica, con su realismo
ontológico, y su concepción unitaria del hombre
como viviente sensible racional, al servicio del mensaje
central de la proporción y armonía entre la
gracia y la naturaleza, carácter propio de su humanismo
encarnacionista y teocéntrico.
En esta perspectiva
se comprende que tuviese también la necesidad de
un esfuerzo original y creativo en el ámbito metafísico.
Tomás de Aquino, en contraste con muchos autores
que son menos originales de lo que aparentan, es por el
contrario, bajo apariencia de modesta pero independiente
utilización de verdades ya adquiridas por otros,
uno de los metafísicos más originales e innovadores
que hallamos en la historia de la filosofía.
En su concepción
del ente, de lo que es, y del ser como acto y perfección
del ente, opera algo más que una transformación
de la metafísica aristotélica del acto y la
potencia. Es especialmente por esta creación genial
por la que pudo decir Gilson que "santo Tomás
introdujo una filosofía irreductible a cualquier
sistema del pasado, y que por sus principios permanece perpetuamente
abierta al porvenir".
La independencia intelectual
de santo Tomás es de tal manera auténtica
que se muestra como incompatible con el empeño en
decir lo nuevo por lo nuevo. Su actitud es sencillamente
pensante, y por lo mismo respetuosa con los anteriores.
Esto que como teólogo forma parte de su profunda
implantación en la Iglesia, como pensador le lleva
a los más inesperados aprovechamientos de cuestiones
suscitadas por otros. Pero nos hallamos ahora con un caso
en que el aprovechamiento es nada menos que una total inversión
de perspectiva.
Avicena, el filósofo
islámico que con Averroes ejerció en Occidente
la máxima influencia en la recepción de Aristóteles,
había advertido que, al entender la esencia de algo,
no por ello entendemos la razón de que existe. Había
expresado esto diciendo que en todas las cosas del universo
su "existencia" es un accidente de las mismas,
es decir, algo sobrevenido y no esencial. Se introducirá
así una concepción del ente que determinaría
durante siglos el "esencialismo" en la metafísica
occidental, conexo con lo que Martin Heidegger ha llamado
"el olvido del ser". Para santo Tomás el
planteamiento aviceniano fue ocasión de innovar profundamente
la doctrina aristotélica sobre la potencia y el acto.
La esencia finita, a la que no pertenece su propio ser,
es en esta dimensión potencia o capacidad de ser.
El ser o acto de existir no le sobreviene como accidente
sino que es el acto o perfección del ente mismo,
"la actualidad de las esencias", " lo perfectísimo
de todo".
Es el ser el constitutivo
de la perfección de lo que es: "Ninguna perfección
tendría el hombre por su sabiduría, a no ser
que por ella fuese sabio"; es decir, participase del
ser según aquella cualidad. Y aunque el ser como
acto sea contingentemente poseído por los entes creados;
y éstos posean sólo el acto y perfección
finitos, esto patentiza que el ente finito participa del
ser, pero no lo posee en virtud de su esencia. Esta correlación
de la esencia finita como capacidad de perfección,
y del acto de ser como perfección constitutiva del
ente, define para Santo Tomás al ente creado, solo
últimamente explicable desde la comunicación
de la perfección participada por el acto creador.
Por esta primacía del ser, así entendida,
no se afirma la primacía de la contingencia o de
la facticidad. Santo Tomás no puede ser calificado
como "existencialista", y la metafísica
del ser que é1 concibió queda realmente fuera
y por encima de la dialéctica de las tensiones producidas
en la modernidad filosófica. La apertura permanente
de su sistema le deja fuera de las unidimensionalidades
y unilateralismos posteriores, que no han representado,
por lo mismo, un progreso en la comprensión de la
realidad, sino la desintegración de una comprensión
sintética de la misma.
La "metafísica del ser" posibilita a santo
Tomás estructurar con rigor ontológico la
doctrina de la jerarquía o gradación de los
entes. Aquello que llamaba nuestro Jaime Bofill la escala
de los seres. En toda la naturaleza lo más digno
y perfecto, y lo único en que el individuo existente
es "por sí mismo apto para ser amado",
es "la persona". Carecería de sentido el
universo creado si no fuese ordenado finalmente a la perfección
y felicidad de los seres personales que forman parte de
él, a la vez que le trascienden como capaces de alcanzar
la contemplación y la amistad con Dios mismo. "Solo
la criatura racional es por sí misma buscada en el
universo, y todo lo demás en orden a ellos".
Ciencia sagrada y
disciplinas filosóficas concluyen en la obra de santo
Tomás de Aquino en elaborar la más fundamentada
doctrina sobre la dignidad personal del hombre que se haya
pensado hasta hoy en el occidente cristiano. El hombre,
sujeto y término único en el universo visible
de "amor de amistad", único sujeto capaz
de consumar la perfección de su ser en la "felicidad",
es "imagen y semejanza de Dios" según la
expresión bíblica, sobre la que habían
reflexionado ya los Padres de la Iglesia y especialmente
san Agustín.
Hallamos en santo
Tomás algunas profundizaciones y progresos en este
contexto. Los "ángeles" son ciertamente,
como espíritus puros, más perfectos que el
hombre en cuanto imagen de Dios, pero hay una dimensión
en la que el linaje de los hombres se asemeja a Dios más
que los propios ángeles, y ésta no es otra
que la paternidad, la fecundidad vital que causa naturalmente
nuevos seres personales en el universo. "El hombre
nace del hombre, como Dios nace de Dios".
Por esto replicando
con audacia e ironía, esta vez menos contenida que
otras veces, algún doctor griego, que por contaminación
platónica hacia derivar la procreación humana
de la situación subsiguiente a la caída original,
santo Tomás advierte que es ésta una tesis
inconsistente, ya que obligaría a "reconocer
como muy conveniente y necesario el pecado original, para
que se pudiese seguir para la humanidad un bien tan grande
como es la generación de los hijos".
Y a quienes piensan
que, en el hombre no desintegrado por la pecaminosidad no
se daría el placer en el acto generador, responde
santo Tomás que "el deleite que sigue naturalmente
una operación seria tanto más intenso cuanto
más ordenada y pura la naturaleza humana".
Sobre su concepto
del hombre y de su dignidad personal, y su convicción
de que la plenitud de la vida personal, la felicidad, da
sentido dinámico a todas las aspiraciones que ponen
en marcha la vida humana, se fundamentan los riquísimos
desarrollos éticos contenidos en su comentario a
Aristóteles, y de manera excepcionalmente rica en
los tratados en la segunda parte de la Summa Theologica.
La ética de santo Tomás, que revela una personal
experiencia humana, a la vez que asume e incorpora en una
perspectiva cristiana tradiciones filosóficas, es
una moral de fines, completamente alejada de lo que seria
en la modernidad una moral de sentimientos, de normas formales,
o de "valores" escindidos de la realidad de la
vida humana.
Las virtudes morales
refrenan las pasiones excesivas, pero causan en el hombre
virtuoso las pasiones en el caso de que éstas sean
defectivas o ausentes. El deber moral se funda en la necesidad
de la consecución de un fin a que la vida se ordena;
por esto la ley natural, que el hombre conoce por natural
sindéresis, es "conforme a las inclinaciones
de la naturaleza humana". La ordenación última
de todos los bienes humanos a la felicidad es pues el fundamento
del orden moral.
Tal vez para nuestros
días tendría interés llamar la atención
sobre el mensaje, profundamente humano, del gran teólogo
encarnacionista y teocéntrico, llevando nuestra reflexión
hacia las palabras con que introduce él mismo su
comentario a la Metafísica de Aristóteles:
"Todas las ciencias y artes se ordenan a una sola cosa,
a la perfección del hombre, que es su felicidad".
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