|
Fue el día 11 de diciembre
de 1925, en los últimos momentos del Año Santo, cuando por
su Encíclica Quas primas el Romano Pontífice Pío
XI promulgó la institución de la nueva festividad litúrgica
de Cristo Rey. Testimonio es ella bien fehaciente
de la convicción profunda que inducía al Papa a tomar tal
determinación. Esta convicción de la importancia y de la
actualidad del acto, se deja bien entrever en el recuento
de los antecedentes que lo han ido preparando y con que
se abre la Encíclica.
Mas no sólo
en aquel pasaje, sino en todo el documento, desde el principio
hasta el fin, son tan graves y sentidas las palabras de
Pío XI, que bien se deja conocer que su intento es no transmitir
solamente al pueblo cristiano su juicio maduro y fundamentado
sobre la legitimidad y la conveniencia de la institución,
sino la emoción que en aquel momento embarga su ánimo paternal
y el anhelo vivísimo que siente de ser atendido, comprendido
y secundado.
Porque, ¿qué
es la Encíclica Quas primas sino un eco profundo de aquella
otra Encíclica, Ubi arcano, en donde el mismo Pío
XI dio a conocer al pueblo cristiano y el universo entero
el ideal de su pontificado, cifrándolo en aquella fórmula
de tanta amplitud y profundidad: «La Paz de Cristo en el
Reino de Cristo» ?
En aquella
primera Encíclica, magistral por su doctrina, ¡cómo se trasluce
en todos los párrafos la angustia paternal del corazón del
Vicario de Cristo, al ver al mundo confiado a su tutela
cerrar los ojos a la luz a riesgo de irse despeñando cada
vez más en la ruina! El Papa alza su voz y no cesa de clamor
al mundo descarriado que vuelva los ojos a la luz, que sólo
acogiéndose al imperio salvador de Jesucristo podrá hallar
la vida, la salud, la paz. La Encíclica Ubi arcano, es ciertamente
un toque de alarma, pero más que un toque de alarma es un
gemido de un corazón de padre, que debiera herir y despertar
el corazón de los dormidos.
Transcurridos
ya tres años, ¿había despertado el mundo? Un nuevo gemido
que exhala el corazón del Vicario de Cristo, un nuevo clamor
eco del primero, un nuevo toque al corazón: esto es la Encíclica
Quas primas. Una nueva proposición magistral de la doctrina
del Reino de Cristo, una industria excogitada por el amor
paternal: para que la doctrina salvadora penetre en los
entendimientos y en los corazones; éste es el contenido
de la Encíclica.
EL PENSAMIENTO
DEL PAPA
Se puede encerrar
el pensamiento del Papa en unas pocas proposiciones, cuales
son las que se siguen:
1.° Sólo en
el Reinado de Cristo puede haber paz verdadera y estable.
En é1 sí, fuera de é1, no. Y la paz que se promete no es
sólo la espiritual de las almas, sino la social y la internacional
(Ubi arcano, Quas primas).
2.° El Reinado
que trae consigo las promesas es el aceptado libremente
por los hombres: no el Reinado de mero hecho, ni el Reinado
del mero poder (Passim).
3.° Por consiguiente
entonces reina Cristo en la sociedad, cuando constituida
ésta rectamente, la Iglesia, cumpliendo el divino encargo,
defienda y tutele los derechos de Dios, ora sobre los hombres
en particular, ora sobre la sociedad entera (Ubi arcano).
4.° La realización
de este ideal, no tan sólo se ha de desear y procurar, sino
también se ha de esperar, en cuanto correspondamos al plan
divino (Ubi arcano, Quas primas, Miserentissimus Redemptor).
LA PESTE DE
NUESTRO TIEMPO
Cuantas veces
habla S.S. Pío XI de la realeza de Cristo, dirige su palabra
al mundo actual, al mundo en que nosotros vivimos. No trata
del asunto en forma abstracta, en una forma en que cualquier
Papa de cualquier siglo hubiera podido hablar al mundo de
aquel entonces. Habla para instruir, y persuadir y gobernar
a los hombres actuales, y es la suya una verdadera porfía
para hacerles comprender la actualidad del tema, para convencerles
del interés que tiene aquello de que les habla para el mundo,
en que nosotros vivimos y nos movemos. Los males de nuestro
mundo son gravísimos. Sólo la aceptación voluntaria del
Reinado de Cristo puede remediarlos. Por esto es tan necesario
que el mundo inficionado por la peste de los errores contrarios
a la soberanía de Cristo, sea instruido, según su capacidad,
en la doctrina salvadora, que sepa en qué consiste la soberanía
de Cristo, su justicia y su valor.
¿Cuál es esta
peste que infecciona las almas? No es otra que el Laicismo.
Las palabras de Pío XI son terminantes:
«Al prescribir
al mundo católico, que dé culto a Jesucristo Rey, tenemos
en cuenta las necesidades actuales y aplicamos el remedio
principal a la peste que ha inficionado la sociedad humana.
Calificamos de peste de nuestros tiempos al llamado Laicismo,
a sus errores, a sus intentos malvados. No llegó, sabida
cosa es, a la madurez en sólo un día. Tiempo hacía que estaba
latente en la entraña de las naciones. Comenzóse por negar
la soberanía de Cristo sobre todas las gentes. Negóse a
la Iglesia, el derecho, que es consecuencia del derecho
de Cristo, de enseñar al linaje humano, de dar leyes, de
regir a los pueblos, en orden -claro es- a la bienaventuranza
eterna. Luego paso tras paso se equiparó a la Iglesia de
Cristo con las falsas, poniéndola ignominiosamente al nivel
de ellas. Después se la sujetó al poder civil y poco faltó
para que se la entregara al arbitrio de soberanos y gobernantes.
Más lejos fueron aquellos que pensaron en sustituir la religión
divina por una cierta religión natural, por un cierto sentimiento
natural. Ni tampoco faltaron naciones que juzgaron poderse
pasar sin Dios y hacer religión de la impiedad y del menosprecio
de Dios» (Quas primas).
Esta caracterización
del malhadado Laicismo peste de nuestra sociedad descubre
su próximo parentesco con el liberalismo tantas veces anatematizado,
y convence de que o es el mismísimo liberalismo, ni mas
ni menos, o es el liberalismo llegado a su mayor edad. ¿De
esta apostasía social, de esta separación de Jesucristo,
qué consecuencias se siguen para la sociedad? S.S. nos lo
recuerda a renglón seguido: «Los acerbísimos frutos, tan
frecuentes y duraderos, que este alejarse de Cristo individuos
y naciones, ha producido, los lamentamos ya en la Encíclica
Ubi arcano y de nuevo los lamentamos hoy». Para no alargarnos
mas, hagamos notar solamente el último de sus amargos frutos
que enumera Pío XI: «La humana sociedad trastornada y llevada
a la destrucción.»
Así, la negación
de la realeza de Cristo es peste, ruina, muerte; el acatamiento
de la realeza de Cristo es vida, salud, prosperidad. «Si
un día reconocieran los hombres, en su vida privada y pública,
la regia potestad de Cristo, no es posible imaginar los
bienes que forzosamente penetrarían todas las partes de
la sociedad civil; la justa libertad, la disciplina y la
tranquilidad, la concordia y la paz.»
Quien lea
estos fragmentos copiados y mas quien considere no a la
ligera ni con prejuicios los documentos citados en su integridad,
notará que las palabras del Papa no suenan a formulismos
vacíos, sino a íntima persuasión; que no son meras palabras,
sino espíritu y vida, y el espíritu y la vida, necesitan
comunicarse. De aquí la constancia de Pío XI en buscar maneras
de comunicar, su persuasión, su espíritu, su vida al pueblo
cristiano y al mundo entero.
TÁCTICA DEL
PONTÍFICE
La táctica
de Pío XI es de insistencia, es la de hacer conocer la doctrina
del Reino de Cristo a todos los cristianos y a todos los
hombres, según la capacidad de cada uno. Para este fin propone
esta doctrina y la recuerda en luminosos documentos y pondera
su valor y su interés vital. Y encarga a los jerarcas de
la Iglesia que transmitan sus enseñanzas a los fieles, acomodándolas
a su inteligencia.
Para este
fin instituye la solemnidad litúrgica anual de Cristo Rey
y hace que se celebre en un día y un tiempo del ano que
haga resaltar su importancia, y la razón que da es práctica
y fundada en el conocimiento de los hombres. Las fiestas
anuales hacen entrar por los ojos de los fieles la verdad
que en si encierran; ellas hablan no só1o a la inteligencia
sino al hombre entero, y con esto la doctrina divina se
embebe en el alma de los fieles, y por decirlo así, se convierte
en su carne y en su sangre.
Por donde
se ve que la actualidad de la nueva festividad procede de
la actualidad de la idea que en ella se incluye y se asocia,
de la actualidad de la idea de la realeza de Cristo.
DESARROLLO
DE LA IDEA
Pío XI tiene
fe, fe viva e inconmovible en la idea de Cristo Rey; para
Pío XI la idea de Cristo Rey, del Reino de Cristo es una
de aquellas ideas-fuerza que se abren camino, vencen y avasallan;
difúndase esta poderosa idea y ella conquistara al mundo,
lo salvara de la ruina y le comunicara la paz verdadera,
la paz de Cristo. Mas, ¿de dónde viene a la idea de Cristo
Rey este poder de victoria? ¿es algo nativo en ella o le
sobreviene de fuera, de la libre disposición de Dios? ¿túvolo
ya en todos los tiempos, en todas las circunstancias o requiere
para su ejercicio la coyuntura actual? La idea de Cristo
Rey no es algo nuevo en la Iglesia; no es una nueva emergencia
en la conciencia cristiana; su abolengo es tan antiguo cuanto
lo es el cristianismo; tiene expresión vigorosa en las páginas
del Nuevo Testamento; se encuadra como fórmula dogmática
en el símbolo eclesiástico; se reza y se canta en la liturgia.
¿Por qué los Papas de entonces no atribuyen como Pío XI
a esta idea una virtualidad especial? ¿podríamos imaginarnos
un Papa por ejemplo de la Edad Media, instituyendo la solemnidad
anual de Cristo Rey por una Encíclica Quas primas
esperando de la difusión y conocimiento de la idea la salvación
del mundo? ¿hubiera cristianizado mas al mundo la idea del
Reino de Cristo, que la idea de la Cruz?
Exponemos
con alguna extensión la dificultad precedente, no tan só1o
porque prepara la genuina explicación de la virtualidad
de la idea de Cristo Rey, sino también porque no faltan
panegiristas y aún tratadistas de la Realeza de Cristo
que la declaran y enaltecen poco mas o menos como lo hicieron
en la Edad Media, salvo el estilo moderno y que apenas tienen
en cuenta la particularísima, aunque circunstancial afinidad,
que el mundo actual tiene con ella.
La Realeza
de Cristo es en verdad inmutable. La autoridad del Rey eterno
no admite ni crecimientos ni vicisitudes; podrá sí ser reconocida
por un número mayor o menor de súbditos; podrá ser acatada
con mayor o menor perfecc1ón; mas los derechos de jurisdicción
de nuestro Rey han sido, son y serán en todos los tiempos
los mismos.
Despréndese
de aquí que el significado, el contenido de la idea «Cristo
Rey, Reino de Cristo» y por ende el de la fórmula verbal
que la expresa es, ha sido y será siempre el mismo. No era
diversa la Realeza de Cristo, que veneraban y acataban los
fieles de los tiempos antiguos, los de la Edad Media y nuestros
contemporáneos. Mas el contenido de una idea, de una fórmula
verbal, sin variar en sí mismo, puede ser conocido con mas
o menos claridad, con mas o menos precisión, con mas o menos
determinación. Y si esto sucede a menudo con ideas y palabras
de índole natural, no menos acontece con las ideas y fórmulas
que contienen verdades reveladas. Y en esto precisamente
consiste el desenvolvimiento legítimo y ortodoxo de las
ideas reveladas y de las fórmulas en que se expresan. Tal
ha sucedido y sucede por ejemplo con la idea del Cuerpo
Místico de Jesucristo. Tal ha sucedido también con la idea
de Cristo Rey, del Reinado de Jesucristo.
Al escribir
estas líneas tengo ante mis ojos un libro inédito, escrito
por un autor del siglo XVII, eminente y genial. En é1 estudia
de propósito y con no escasa erudic1ón los problemas concernientes
a la materia que tratamos. Pero, ¡cuán inferior queda aquel
tratado, si se coteja con el cuerpo de doctrina que suponen
y resumen en sus Encíclicas los actuales Pontífices!
El desarrollo
de las ideas, aquella descomposición mental que las particulariza
y define procede naturalmente del cotejo con otras ideas,
de la combinación con ideas afines, etc. Pero lo más frecuente
y normal será siempre que el desenvolvimiento de una de
estas ideas pictóricas de sentido, cual es la del Reino
de Cristo, no llegue a su plenitud, si no es al rozar con
ideas afines, mas aun, al chocar con ideas contrarias. Só1o
cuando pueblos y gobiernos, practica y teóricamente, directa
y expresamente, rechazaron y negaron la soberanía de Cristo,
esta apareció fulgurante, fecunda y necesaria, en toda su
plenitud y en toda su precisión, en sí misma y en sus relaciones.
Ha sido necesario que llegaran los tiempos en que, como
dice el mismo Pío XI en la Encíclica Miserentissimus Redemptor,
pueblo y gobernantes han clamado « no queremos que Este,
que Cristo reine sobre nosotros»; para que los fieles súbditos
de Cristo a conciencia, dándose perfecta cuenta de su acto,
respondieran con aquel otro clamor «es necesario que Este,
que Cristo reine, venga a nos el lo Reino».
Según este
proceso, por el desenvolvimiento de la idea general, pero
fecundísima, del Reino de Cristo, se ha formado todo un
cuerpo de doctrina religioso-político-social, en el cual
a todos los problemas fundamentales de la vida publicano
de los de pormenor, ni de los de índole técnica- se da solución,
la única solución, la solución cristiana.
ACTUALIDAD
PSICOLÓGICA DE LA IDEA
Con esto puede
ya rastrearse de qué manera la idea de Cristo Rey ha llegado
a ser en nuestros días la idea-fuerza destinada a salvar
el mundo moderno.
En el seno
del mundo moderno ha logrado su madurez, su perfecto desarrollo
y en su seno la lleva el mundo, y así, por más que se aturda
y por más coces que tire contra el aguijón, no podrá jamás
librarse de las angustias de su conciencia social, cuyo
imperativo cristiano pesa sobre é1 como una losa. Y cuantas
más soluciones busque para sus problemas de vida o muerte
fuera de la que le ofrece Cristo Rey más sentirá angustias
de agonía, más desesperantes serán sus desengaños.
Jesucristo,
Rey de reyes y menor de los que dominan ofrece al mundo,
desplegándola a la vista de todos, la carta magna de su
soberanía de amor, de su caridad, de su amor de caridad
por cuya falta la sociedad agoniza; y no es verdad que el
hombre moderno no pueda entender tal programa, que la doctrina
religioso-político-social, que se basa en la soberanía de
Cristo sobrepuje la capacidad intelectual del hombre de
nuestro tiempo; tan lejos nos parece esto de la verdad que
a nuestro humilde entender jamás en ninguna época del mundo
han estado los hombres en su generalidad tan preparados
como hoy en día para entender la doctrina religioso-políticosocial,
programa del Reino de Cristo.
Verdad es
que la ignorancia religiosa es en muchísimos casos poco
menos que absoluta; que el mas vil materialismo embota muchísimas
inteligencias y las ciega para que no puedan ver mas allá
de la materia; es verdad que el mas absurdo escepticismo
anula en muchas personas el vigor intelectual y perturba
la orientación del pensamiento; es verdad que la frivolidad
dilettante desdeña a conciencia el esfuerzo serio,
necesario al bien pensar. Confesamos que tales extravíos
mentales dificultan enormemente la inteligencia de la doctrina
salvadora.
Pero también
es verdad que hoy aun en el vulgo que llamamos bajo suele
haber un grado de instrucción, no religiosa por desgracia,
muy superior al que en ningún otro tiempo ha habido. Y esto
especialmente es verdad en materias político-sociales. La
lectura tan difundida aun en las clases inferiores, el interés
por la política y la mayor o menor participación en ella;
la actuación personal en la defensa de los intereses de,
clase, etc., suministran a la muchedumbre una notable cantidad
de ideas, confusas en su mayor parte, absurdas en muchos
casos, en casi todos desvencijadas, sin trabazón ni consistencia;
mas a pesar de tanta pobreza la materia no les es desconocida,
los tecnicismos les dicen algo, la misma presunción vanidosa
les aficiona a instruirse mas. ¿Por que motivo no atenderán
al apóstol que les declare la salvadora y sugestiva doctrina
del Reino de Cristo con tal que les hable con fe y convicción
y acomodándose a su capacidad como encarga S.S.?
Si el apóstol
que les habla sabe presentar la doctrina que transmite como
la carta magna de Cristo Rey que vive en el cielo y gobierna
y quiere gobernar a los hombres para darles la felicidad
verdadera y para unirlos en la paz, en la justicia, en clamor,
¿no se sentirán atraídos hacia tal Rey y por ende hacia
su doctrina?
¿Por qué no
hemos de tener la fe de Pedro, la confianza de Pedro, los
que oímos de labios de Pedro el encomio de la doctrina del
Reino, su eficacia salvadora, su actuación vital?
Contemplen
pobres y ricos, nobles y plebeyos, sabios e ignorantes,
a Cristo presente en su Reino, viviente en su Iglesia, hermoso
y gracioso, como dice San Ignacio, entre los hijos de los
hombres y no les arredrara su verdadera doctrina, antes
bien les atraerá. Contemplen a Cristo presente en su Iglesia,
no con aquella presencia corporal y visible que sonaron
los milenarios, pero si con la presencia de gobierno, con
la presencia de providencia amorosa, con la presencia de
Cabeza mística que influye en sus miembros, en los que acatan
y aman su soberanía, su vida, su verdad, su amor.
Un pensador
no católico, Berdiaeff, en su conocido libro Una nueva
Edad Media, entreve los primeros tenuísimos fulgores
de un día que ya amanece. Este día no es para el sino un
tiempo nuevo en el cual el genero humano acatara amorosamente
el Reinado de Jesucristo. Es una nueva Edad Media enmendada
a gusto del pensador, una Edad Media liberada de la ambición
y del predominio temporal de los Pontífices Romanos; lastima
de tal obcecación sectaria en una vista tan perspicaz como
la de Berdiaeff.
Otra diferencia
se nos antoja a nosotros, diferencia más sutil, só1o al
espíritu perceptible. En la Edad Media, ya pretérita, miraban
los hombres en el Papa, y con razón porque lo es, al Vicario
de Jesucristo; mas sucedió no pocas veces que su vista se
fijaba en demasía en el Vicario, queremos decir en el hombre,
y con esto se olvidaban de Jesucristo y así se sublevaban
contra la supremacía del Papa, porque su orgullo les hacia
ver en el a un soberano temporal que pretendía dominarles.
En la idea
del Reino de Cristo nos parece ver invertidos los términos.
En el primer término se nos presenta Jesucristo viviente
en su Iglesia, viviente en su representante en la tierra.
Si así llegara a mirarse por todo el mundo al Vicario de
Jesucristo, se le vería siempre sobrenaturalizado, más aún,
divinizado.
Esta es la
necesidad mas urgente de nuestro tiempo: sobrenaturalizarlo
todo, incluso el Romano Pontífice. Esta vida sobrenatural
es la que trae consigo el Reinado de Jesucristo; esta es
la que implora sin darse cuenta la indigencia de nuestro
tiempo, esta es la que reclama el alma de nuestra sociedad.
El Reinado
de Jesucristo, la idea de Cristo Rey es de actualidad vital
para el alma del género humano, es una actualidad psicológica.
ACTUALIDAD
PROVIDENCIAL
La esperanza
de que el mundo quiera aceptar el Reinado de Jesucristo
fundada en su actualidad psicológica, no tenemos por que
negarlo, deja al espíritu en zozobra. Tantas veces ve el
hombre lo que le conviene, lo aprecia en lo que vale, se
siente atraído por ello, mas en último término lo rechaza.
¿No será también de temer la misma inconsecuencia de nuestra
sociedad, cuando se enfrente con su remedio y su bien? Mas
he aquí que viene en nuestro socorro a corroborar las esperanzas
un nuevo elemento de fe. ¡La Providencia divina! ¡las promesas
de Paray-le-Monial!: ¡Reinaré a pesar de mis enemigos! Estas
palabras resonaban de continuo en el oído de Santa Margarita.
¿Cómo las entendía la santa? No lo sabemos de cierto. Algo
nos dice de ello aquella promesa de Jesús en una de las
grandes revelaciones: allí habla con más claridad; allí
anuncia que su designio no es otro que la ruina del imperio
de Satanás y la implantación en las almas del imperio de
su amor.
Tal vez los
primeros devotos del Corazón de Jesús no atendieron lo bastante
a estas significativas palabras. Extendióse, muerta la santa,
la devoción al Divino Corazón pedida en las revelaciones,
pero la idea del Reino más bien parece esfumarse. Mas llegado
a su mitad el siglo XIX al choque de la antítesis impía
y liberal, la idea del Reino de Cristo cobra vigencia, claridad
y precisión.
Y a la luz
de esta idea comienzan a interpretarse aquellas misteriosas
palabras: «Reinaré a pesar de mis enemigos.» Y se inicia
la corriente, que es cada día más crecida, de consagraciones
al Corazón de Jesús En ella se unen indisolublemente la
devoción al Corazón de Jesús y la devoción a Cristo Rey.
Y de esta unión indisoluble brotan dos formulas ya usuales:
por la devoción al Corazón de Jesús al Reinado social de
Cristo; y aquella otra en que parecen ya identificarse las
dos devociones: el Reinado del Corazón de Jesús. Y esta
devoción y esperanza de los fieles estriba principalmente
en las promesas de Paray.
Y son los
Papas mismos, Vicarios de Jesucristo en la tierra, los que
también parecen dejarse arrastrar por la corriente de devoción
y esperanza; los que alientan ahincadamente las esperanzas
de los devotos del Corazón de Jesús y en sus públicos documentos
manifiestan paladinamente su esperanza y no dudan en apoyarla
abiertamente en las revelaciones de Paray. Y el Pontífice
León XIII en su Encíclica Annum Sacrum señala en
las apariciones del Corazón de Jesús una nueva época, la
del Reinado de Jesucristo. Y S.S. Pío XI declara en su Encíclica
Miserentissimus Redemptor que al instituir la fiesta de
Cristo Rey se propuso dar complemento a lo que iniciaron
los fieles en sus actos de consagración al Corazón de Jesús
y afirma solemnemente que la celebración de la fiesta es,
sí, una proclamación de la Realeza de Cristo, pero además
es un anticipo de aquel día venturoso en que el universo
entero espontánea y libremente prestará su obediencia al
Reinado suavísimo de Jesús.
Y al terminar
el artículo no podemos dejar en olvido al Pontífice reinante,
que ya en su primera Encíclica hizo suyos expresamente los
actos y las esperanzas de sus predecesores, de que acabamos
de hablar.
Nota: [1]
_______________________________
Publicado en el número 39, de 1
de noviembre de 1945, dedicado monográficamente a la idea
de Cristo Rey, este artículo, en que se estudian en profundidad
las enseñanzas de Pío XI, es uno de los más decisivos como
expresión del ideal apostólico del Padre Orlandis. Fue incluido
en el opúsculo Actualidad de la idea de Cristo Rey, publicado para promover
la renovación del acto de consagración del mundo al Corazón
de Jesús de León XIII durante el año jubilar de 1950, que
contenía también otros dos trabajos del Padre Orlandis «
El Arco Iris de la Pax Romana» y « ¿Somos pesimistas?» y
otros de José Oriol Cuffí, Jaume Bofill y Pere Basil.
El libro inédito, de un autor del siglo XVII, citado es
la obra del jesuita portugués Vieyra: De
regno Christi in terris consummato.
|