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Pío IX y Juan XXIII:
dos papas sobrenaturales y fecundos
Josep Mª Petit Sullà    

Siempre que un nuevo beato es elevado a los altares, la Iglesia exulta de gozo al proclamar la manifestación de la misericordia de Dios sobre los hombres. Es la santidad de la Esposa de Cristo que resplandece en sus nuevos beatos, y que ilumina a los que aún peregrinan sobre la tierra. Cuando estos nuevos beatos han sido los Vicarios de Cristo que han gobernado a la Iglesia durante estos últimos tiempos, en medio de tempestades, dificultades, persecuciones e interpretaciones tendenciosas, el gozo es aún más intenso. Sin embargo, en algunos ambientes eclesiásticos desde el anuncio y la posterior celebración de las beatificaciones de los papas Pío IX y Juan XXIII, no se ha disimulado el desagrado y se han hecho de eco de las reiteradas críticas dirigidas al Papa actual por considerar la beatificación de Pío IX inoportuna e incluso como un gesto provocador hacia un mundo totalmente secularizado.
Se ha querido contraponer la figura de Juan XXIII, el Papa del Concilio Vaticano II, el Papa «moderno», abierto al mundo, que reconcilió a la Iglesia con los nuevos tiempos, el Papa del «aggiornamento», con la de Pío IX, el Papa del Syllabus, el de la definición de la infalibilidad pontificia, el Papa que condenó el liberalismo, el progreso y la civilización moderna, que no entendió los cambios que experimentaba el mundo, y que por ello mismo tomó frente a él una posición de condena y de defensa de posiciones doctrinales y políticas hoy día, después del Vaticano II, felizmente superadas. El mismo hecho de la beatificación conjunta era interpretado como una táctica política dirigida a contentar a los diversos sectores eclesiásticos.
Cuando se contemplan los actos la Iglesia desde una perspectiva naturalista el resultado es la total deformación de su verdadera naturaleza, y así es como, una vez más, ha ocurrido con las beatificaciones de estos dos grandes papas de la historia contemporánea de la Iglesia.
Juan Pablo II en la homilía pronunciada durante la celebración eucarística en el día de la beatificación quiso responder a estas actitudes críticas, recordando la gran veneración que sentía Juan XXIII por su predecesor. Repetidas veces dejó constancia en sus escritos y alocuciones de este profundo sentir.
El 29 de noviembre de 1959 Juan XXIII anotaba en su Diario del alma: «Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria; e imitándole en sus sacrificios querría ser digno de celebrar su canonización». Lo mismo, pero con mayor énfasis, expresó en una audiencia general el 22 de agosto de 1962: «Pío IX, el Papa de la Inmaculada, excelsa y admirable figura del Pastor, del cual se escribió también, comparándolo con Nuestro Señor Jesucristo, que nadie fue más amado y odiado que él por sus contemporáneos. Pero, sus empresa, su entrega a la Iglesia, brillarán hoy más que nunca; unánime es la admiración para con él». Estas son las palabras que leyó el Papa en la audiencia, pero, como ocurría en muchas ocasiones, en las que manifestaba sus deseos y sentimientos más íntimos, el Papa improvisó y añadió otras con carácter de confidencia. En esta ocasión el Osservatore Romano recogió estos detalles: «Su Santidad gustó de confiar a sus oyentes una grata esperanza que acariciaba en su corazón: que le concediera el gran don de poder elevar al honor de los altares, durante el desarrollo del próximo concilio ecuménico, al papa que había decretado y celebrado el Vaticano I».
Como podemos comprobar en estas palabras, Juan XXIII hubiese deseado proclamar beato a Pío IX. Admiraba su labor de pastor y se sentía muy cercano por su forma de ser, no sólo espiritual sino incluso temperamental. Ambos participaban de un don personal de excepcional simpatía y cordialidad que les hacía admirables y queridos por todos los que les conocieron, pero los deseos de Juan XXIII no fueron realidad inmediata.
El camino para la beatificación de Pío IX ha encontrado muchas dificultades y obstáculos. Inmediatamente después de su muerte hubo peticiones a la Santa Sede pidiendo la apertura del proceso de beatificación, pero ya entonces se consideró inoportuno por razones políticas. Pío X ordenó una investigación sobre las virtudes de su predecesor y se nombró el primer postulador de la causa, pero hasta el 7 de diciembre de 1954 no se promulgó el decreto oficial de introducción de la causa de beatificación. La Sagrada Congregación de Ritos se expresaba así: «Por boca de Simeón el Espíritu Santo anunció acerca de Cristo: “Este ha sido puesto como señal de contradicción” (Lc 2, 34). Es más, el mismo Jesús afirmó: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc 9, 23); el que también dijo: “Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). Es, pues, absolutamente necesario que esta misma sea la condición de todos sus seguidores en este mundo, y principalmente la de los Sumos Pontífices que, en cuanto vicarios de Cristo, han de sufrir lo mismo que sufrió el que es la Cabeza del Cuerpo místico que están llamados a gobernar. Esto se cumplió plenísimamente en el Papa Pío IX. En su pontificado podemos comprobar en grado máximo la verdad de las proféticas palabras de David: “Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y su Mesías” (Salmo 2, 2)».
Posteriormente, con ocasión del Concilio Vaticano II, surgieron nuevas dificultades. El Decreto sobre libertad religiosa se interpretó como una rectificación de la doctrina tradicional de la Iglesia tantas veces proclamada por Pío IX. Habrá que esperar el decreto de Juan Pablo II del 6 de julio de 1985 para que se declare la heroicidad de sus virtudes. Al cabo de pocos meses la Congregación para la causa de los santos reconoce un milagro atribuido a su intercesión y parece que ha llegado ya a su término la causa. Sin embargo, volvieron a surgir obstáculos y de nuevo el argumento de su inoportunidad aplazaba su promulgación. Finalmente, el pasado 3 de septiembre junto al Papa que tanto deseó realizar la beatificación era proclamado beato para gloria y gozo de toda la Iglesia.
Fecundidad de la vida y el magisterio de Pío IX y Juan XXIII
Las luchas del Papa Pío IX no fueron una estéril oposición y reaccionaria resistencia a lo moderno, como suele repetirse, sino que abrieron nuevos cauces y fecundos desarrollos para la acción del evangelio en el mundo: los dos dogmas por él proclamados, el de la Inmaculada Concepción en 1854 y el de la infalibilidad papal por medio del Vaticano I en 1870, fueron decisivos para la vida de la Iglesia. Y en su magisterio, en el que se refleja su intensa preocupación apostólica por la salud de las almas, se hace patente el profundo conocimiento de las doctrinas filosóficas que inspiraban la política revolucionaria y descristianizadora de su tiempo. De ahí nace la perseverante y audaz denuncia de los errores de la modernidad.
La renovación de las antiguas órdenes religiosas (por ejemplo, benedictinos y dominicos), la fundación de nuevas congregaciones (especialmente las numerosas puestas bajo el patrocinio del Sagrado Corazón y los salesianos) y el gran auge misionero vivido bajo su largo pontificado (Verbo Divino), inauguraron una nueva era en el cumplimiento del mandato de Cristo de ir a todo el mundo y anunciar el evangelio a toda criatura. El apoyo y aliento que proporcionó a los movimientos católicos en todos los países impulsó la vida de las Iglesias con efectos que aún perduran, por ejemplo, en Alemania, en Francia, en Bélgica; en Hispanoamérica, con la fundación del Colegio Pío Latino Americano en Roma y el establecimiento de relaciones diplomáticas con las distintas naciones americanas; en los países de Oriente, por medio del establecimiento de la jerarquía eclesiástica. En su pontificado se crearon 206 nuevas diócesis y vicariatos apostólicos y se restableció la jerarquía en Holanda, Inglaterra y se dieron los primeros pasos en Escocia. Abrió nuevas universidades, se renovaron los estudios teológicos y eclesiásticos. Apoyó y fomento la etapa inicial del renacimiento de la doctrina de Santo Tomás. Para ello fue decisiva la aportación de la revista Civiltà Cattolica dirigida por los jesuitas y fundada a instancias del mismo Papa.
En cuanto a la fecundidad de Juan XXIII, basta recordar todo lo que el Concilio por él concebido y convocado, aunque no terminado, significó y significará para la Iglesia del tercer milenio.
La confianza en Dios y en los medios sobrenaturales como remedio adecuado frente a la situación político-social de la modernidad
La acción apostólica de ambos pontífices puede comprenderse a partir de la esperanza que ambos pusieron en los medios sobrenaturales como remedio adecuado y proporcional a los males de su tiempo.
Esta confianza en los medios sobrenaturales como remedio contra los males de la época moderna, ambos pontífices la puntualizaron ante todo en el culto al Corazón de Jesús, en la invocación del auxilio de la Virgen María y en el patrocinio de San José.
En su encíclica Quanta cura, del 8 de diciembre de 1864, que tanta polémica suscitó, Pío IX se expresaba así: «Venerables hermanos, ahora, sobre todo en medio de las grandes calamidades de la Iglesia y de la sociedad civil, en medio de la conspiración de los enemigos contra el catolicismo y esta Sede Apostólica; en medio de tanta abundancia de errores, es completamente necesario que acudamos con confianza al trono de gracia para que consigamos misericordia y hallemos gracia en el auxilio conveniente. Por lo cual hemos pensado en excitar la piedad de todos los fieles, a fin de que aunados con Nos y con vosotros, oren y pidan al Padre clementísimo de las luces y misericordias con oraciones fervorosísimas y humildísimas; acudan siempre con fe plena a Nuestro Señor Jesucristo; y pidan sin intermisión y con fuerza al Corazón dulcísimo de Jesús, víctima de amor ardentísimo para con los hombres, para que con sus lazos de amor arrastre todas las cosas hacia Sí, y para que todos los hombres, inflamados en el amor suyo santísimo, procedan según su Corazón, agradando a Dios en todas las cosas y produciendo frutos de toda clase de buenas obras».
En 1856 extendió la fiesta del Sagrado Corazón a la Iglesia universal, en 1864 beatificó a Margarita-María y con ello recibió tal impulso el movimiento de devoción al Sagrado Corazón de Jesús, propagado especialmente por dos grandes apóstoles; el padre Ramière y el padre Chevalier que con razón se ha podido llamar al siglo xix a partir del pontificado de Pío IX como el «siglo del Sagrado Corazón». El padre Ramière hizo llegar al Papa una petición de consagración del mundo al Corazón de Jesús. Había logrado la adhesión de 525 obispos y de más de un millón de fieles, y debido a algunas objeciones que algunos pusieron el Papa no consideró oportuno realizarla pero mandó a la sagrada Congregación de ritos que enviara a todos los obispos una fórmula de consagración para que se recitara públicamente el 16 de junio de 1875, segundo centenario de la gran aparición.
En cuanto a Juan XXIII, siendo aún joven párroco diría que no esperaba de su acción pastoral ningún fruto si no estuviese fundamentada en el Corazón de Jesús.
No hace falta recordar que el Papa Juan XXIII fue devotísimo de la Virgen María. Al ser elegido Papa en 1958 renovó su promesa de rezar el Rosario entero, es decir, los 15 misterios, cada día. Así lo recuerda en la fiesta de la Asunción de 1961: «El Rosario, que a comienzos de 1958 me comprometí a rezar devotamente todo entero, ha venido a ser ejercicio de continua meditación y de contemplación tranquila y cotidiana, que mantiene abierto mi espíritu al vastísimo campo de mi magisterio y ministerio de pastor máximo de la Iglesia, y de padre universal de las almas».
En la fiesta de San Miguel Arcángel de 1961, Juan XXIII dirigió al episcopado y a todos los fieles del orbe católico una Carta apostólica en la que, recordando la memoria de su predecesor León XIII, que al llegar el mes de octubre cada año invitaba a toda la Iglesia al rezo del Rosario con una nueva encíclica, dice: «El Rosario... es forma devota de unión con Dios, y siempre de alta elevación espiritual». Era tan grande la certeza que tenía Juan XXIII en el papel de María Santísima en la economía de la salvación, que llegó a escribir en Aetate hac nostra: «Quien apartado por las borrascas de este mundo, rehúsa asirse a la mano auxiliadora de María, pone en peligro su salvación».
Pío IX, por su parte, en su Testamento espiritual, se expresaba sobre el Santo Rosario en las siguientes palabras: «Oh, cómo me consuela el Rosario en este lecho de muerte. Es el Rosario un evangelio compendiado y dará a los que lo rezan los ríos de paz de que nos habla la Escritura; es la devoción más hermosa, más rica en gracias y gratísima al Corazón de María. Sea éste, hijos míos, mi testamento para que os acordéis de mí en la tierra».
Durante siglos, la Iglesia esperó el día en que San José sería proclamado como el primero y mayor de los santos, protector y patrono de la Iglesia, hasta que el 8 de diciembre de 1870, el Papa de la Inmaculada, Pío IX, secundando unánimemente aspiraciones y deseos de obispos, clero y pueblo cristiano, se confiaba él mismo y todos los fieles al patrocinio de San José, y lo declaraba patrono de la Iglesia católica.
Por su parte, el Papa Juan XXIII, devotísimo también de San José, publicaría con fecha 19 de marzo de 1961 una Carta apostólica en honor del padre adoptivo de Jesús donde lo nombraba patrono del Concilio Vaticano II: «¡Oh San José, invocado y venerado como protector del Concilio Vaticano II! Aquí es donde deseamos llevaros, al enviaros esta Carta apostólica precisamente el 19 de marzo, cuando con la celebración de San José, Patrono de la Iglesia universal vuestras almas podían sentirse movidas a mayor fervor por una participación más intensa de oración, ardiente y perseverante en las solicitudes de la Iglesia maestra y madre, docente y directora de este extraordinario acontecimiento del Concilio ecuménico XXI y Vaticano II (...) ¡Oh San José! Aquí está tu puesto como “Protector universalis Ecclesiae”. Hemos querido ofrecerte a través de las palabras y documentos de nuestros inmediatos Predecesores del siglo pasado, de Pío IX a Pío XII, una corona de honor como eco de las muestras de afectuosa veneración que ya surgen de todas las naciones y de todos los países de misión. Sé siempre nuestro protector».
En la misma línea conviene recordar la introducción que hizo el Papa del nombre de San José en la Plegaria Eucarística I (Canon romano), cuyo texto se había mantenido sin alteraciones desde tiempos inmemoriales.
Dos papas, dos momentos históricos distintos, una misma simpatía y cercanía popular, pero sobre todo dos papas que en un mundo que ha querido prescindir de Dios y ha puesto sus esperanzas en falsos humanismos, proclaman con su magisterio y con su vida que sólo de Dios podemos esperar la salvación. Las textos que transcribimos a continuación en los que se hace referencia a la publicación del Syllabus y a la Convocatoria del Concilio Vaticano II son una buena muestra de ello.
«Dios me ha inspirado a mí, su indigno Vicario, tres cosas: aplicar el remedio a las llagas que consumen a la sociedad moderna, y por eso he publicado la Encíclica Quanta Cura y el Syllabus; abrir los tesoros de la misericordia celestial, y por eso he concedido el Jubileo; poner en evidencia las virtudes de los buenos cristianos, y por eso he dado los decretos que ponen en los altares a esos héroes. ¡Cosa notable! Dios nos obliga a levantar un baluarte contra el torrente de la corrupción general y quiere que ese baluarte lo formen una legión de mártires, confesores y vírgenes» (palabras pronunciadas por Pío IX en la iglesia del Gesú, el 26 de diciembre de 1864).
«Siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores, también Nos, venerables hermanos, deseamos ardientemente invitar a todo el mundo católico a preparase con la oración, las buenas obras y la penitencia. Y puesto que la oración pública es el medio más eficaz para obtener las gracias divinas, según la promesa misma de Cristo ”Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20), es preciso, pues, que los fieles todos sean un solo corazón y una sola alma como en los primeros tiempos de la Iglesia (cf. Hch 4, 32), e impetrar de Dios, mediante la oración y la penitencia, que este extraordinario acontecimiento [el Concilio Vaticano II] produzca aquellos frutos saludables que están en la esperanza de todos, es decir, una tal reactivación de la fe católica, un tal reflorecimiento de caridad y de las buenas costumbres cristianas, que despierte, incluso en los hermanos separados, un vivo y eficaz deseo de unidad sincera y operante» (Juan XXIII, encíclica Paenitentiam agere, de 1 de julio 1962).

 

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