Siempre que un
nuevo beato es elevado a los altares, la Iglesia exulta
de gozo al proclamar la manifestación de la misericordia
de Dios sobre los hombres. Es la santidad de la Esposa de
Cristo que resplandece en sus nuevos beatos, y que ilumina
a los que aún peregrinan sobre la tierra. Cuando
estos nuevos beatos han sido los Vicarios de Cristo que
han gobernado a la Iglesia durante estos últimos
tiempos, en medio de tempestades, dificultades, persecuciones
e interpretaciones tendenciosas, el gozo es aún más
intenso. Sin embargo, en algunos ambientes eclesiásticos
desde el anuncio y la posterior celebración de las
beatificaciones de los papas Pío IX y Juan XXIII,
no se ha disimulado el desagrado y se han hecho de eco de
las reiteradas críticas dirigidas al Papa actual
por considerar la beatificación de Pío IX
inoportuna e incluso como un gesto provocador hacia un mundo
totalmente secularizado.
Se ha querido contraponer la figura de Juan XXIII, el Papa
del Concilio Vaticano II, el Papa «moderno»,
abierto al mundo, que reconcilió a la Iglesia con
los nuevos tiempos, el Papa del «aggiornamento»,
con la de Pío IX, el Papa del Syllabus, el de la
definición de la infalibilidad pontificia, el Papa
que condenó el liberalismo, el progreso y la civilización
moderna, que no entendió los cambios que experimentaba
el mundo, y que por ello mismo tomó frente a él
una posición de condena y de defensa de posiciones
doctrinales y políticas hoy día, después
del Vaticano II, felizmente superadas. El mismo hecho de
la beatificación conjunta era interpretado como una
táctica política dirigida a contentar a los
diversos sectores eclesiásticos.
Cuando se contemplan los actos la Iglesia desde una perspectiva
naturalista el resultado es la total deformación
de su verdadera naturaleza, y así es como, una vez
más, ha ocurrido con las beatificaciones de estos
dos grandes papas de la historia contemporánea de
la Iglesia.
Juan Pablo II en la homilía pronunciada durante la
celebración eucarística en el día de
la beatificación quiso responder a estas actitudes
críticas, recordando la gran veneración que
sentía Juan XXIII por su predecesor. Repetidas veces
dejó constancia en sus escritos y alocuciones de
este profundo sentir.
El 29 de noviembre de 1959 Juan XXIII anotaba en su Diario
del alma: «Pienso siempre en Pío IX, de santa
y gloriosa memoria; e imitándole en sus sacrificios
querría ser digno de celebrar su canonización».
Lo mismo, pero con mayor énfasis, expresó
en una audiencia general el 22 de agosto de 1962: «Pío
IX, el Papa de la Inmaculada, excelsa y admirable figura
del Pastor, del cual se escribió también,
comparándolo con Nuestro Señor Jesucristo,
que nadie fue más amado y odiado que él por
sus contemporáneos. Pero, sus empresa, su entrega
a la Iglesia, brillarán hoy más que nunca;
unánime es la admiración para con él».
Estas son las palabras que leyó el Papa en la audiencia,
pero, como ocurría en muchas ocasiones, en las que
manifestaba sus deseos y sentimientos más íntimos,
el Papa improvisó y añadió otras con
carácter de confidencia. En esta ocasión el
Osservatore Romano recogió estos detalles: «Su
Santidad gustó de confiar a sus oyentes una grata
esperanza que acariciaba en su corazón: que le concediera
el gran don de poder elevar al honor de los altares, durante
el desarrollo del próximo concilio ecuménico,
al papa que había decretado y celebrado el Vaticano
I».
Como podemos comprobar en estas palabras, Juan XXIII hubiese
deseado proclamar beato a Pío IX. Admiraba su labor
de pastor y se sentía muy cercano por su forma de
ser, no sólo espiritual sino incluso temperamental.
Ambos participaban de un don personal de excepcional simpatía
y cordialidad que les hacía admirables y queridos
por todos los que les conocieron, pero los deseos de Juan
XXIII no fueron realidad inmediata.
El camino para la beatificación de Pío IX
ha encontrado muchas dificultades y obstáculos. Inmediatamente
después de su muerte hubo peticiones a la Santa Sede
pidiendo la apertura del proceso de beatificación,
pero ya entonces se consideró inoportuno por razones
políticas. Pío X ordenó una investigación
sobre las virtudes de su predecesor y se nombró el
primer postulador de la causa, pero hasta el 7 de diciembre
de 1954 no se promulgó el decreto oficial de introducción
de la causa de beatificación. La Sagrada Congregación
de Ritos se expresaba así: «Por boca de Simeón
el Espíritu Santo anunció acerca de Cristo:
“Este ha sido puesto como señal de contradicción”
(Lc 2, 34). Es más, el mismo Jesús afirmó:
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese
a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc
9, 23); el que también dijo: “Si me han perseguido
a mí, también os perseguirán a vosotros”
(Jn 15, 20). Es, pues, absolutamente necesario que esta
misma sea la condición de todos sus seguidores en
este mundo, y principalmente la de los Sumos Pontífices
que, en cuanto vicarios de Cristo, han de sufrir lo mismo
que sufrió el que es la Cabeza del Cuerpo místico
que están llamados a gobernar. Esto se cumplió
plenísimamente en el Papa Pío IX. En su pontificado
podemos comprobar en grado máximo la verdad de las
proféticas palabras de David: “Se levantan
los reyes de la tierra y los príncipes conspiran
contra el Señor y su Mesías” (Salmo
2, 2)».
Posteriormente, con ocasión del Concilio Vaticano
II, surgieron nuevas dificultades. El Decreto sobre libertad
religiosa se interpretó como una rectificación
de la doctrina tradicional de la Iglesia tantas veces proclamada
por Pío IX. Habrá que esperar el decreto de
Juan Pablo II del 6 de julio de 1985 para que se declare
la heroicidad de sus virtudes. Al cabo de pocos meses la
Congregación para la causa de los santos reconoce
un milagro atribuido a su intercesión y parece que
ha llegado ya a su término la causa. Sin embargo,
volvieron a surgir obstáculos y de nuevo el argumento
de su inoportunidad aplazaba su promulgación. Finalmente,
el pasado 3 de septiembre junto al Papa que tanto deseó
realizar la beatificación era proclamado beato para
gloria y gozo de toda la Iglesia.
Fecundidad de la vida y el magisterio de Pío IX y
Juan XXIII
Las luchas del Papa Pío IX no fueron una estéril
oposición y reaccionaria resistencia a lo moderno,
como suele repetirse, sino que abrieron nuevos cauces y
fecundos desarrollos para la acción del evangelio
en el mundo: los dos dogmas por él proclamados, el
de la Inmaculada Concepción en 1854 y el de la infalibilidad
papal por medio del Vaticano I en 1870, fueron decisivos
para la vida de la Iglesia. Y en su magisterio, en el que
se refleja su intensa preocupación apostólica
por la salud de las almas, se hace patente el profundo conocimiento
de las doctrinas filosóficas que inspiraban la política
revolucionaria y descristianizadora de su tiempo. De ahí
nace la perseverante y audaz denuncia de los errores de
la modernidad.
La renovación de las antiguas órdenes religiosas
(por ejemplo, benedictinos y dominicos), la fundación
de nuevas congregaciones (especialmente las numerosas puestas
bajo el patrocinio del Sagrado Corazón y los salesianos)
y el gran auge misionero vivido bajo su largo pontificado
(Verbo Divino), inauguraron una nueva era en el cumplimiento
del mandato de Cristo de ir a todo el mundo y anunciar el
evangelio a toda criatura. El apoyo y aliento que proporcionó
a los movimientos católicos en todos los países
impulsó la vida de las Iglesias con efectos que aún
perduran, por ejemplo, en Alemania, en Francia, en Bélgica;
en Hispanoamérica, con la fundación del Colegio
Pío Latino Americano en Roma y el establecimiento
de relaciones diplomáticas con las distintas naciones
americanas; en los países de Oriente, por medio del
establecimiento de la jerarquía eclesiástica.
En su pontificado se crearon 206 nuevas diócesis
y vicariatos apostólicos y se restableció
la jerarquía en Holanda, Inglaterra y se dieron los
primeros pasos en Escocia. Abrió nuevas universidades,
se renovaron los estudios teológicos y eclesiásticos.
Apoyó y fomento la etapa inicial del renacimiento
de la doctrina de Santo Tomás. Para ello fue decisiva
la aportación de la revista Civiltà Cattolica
dirigida por los jesuitas y fundada a instancias del mismo
Papa.
En cuanto a la fecundidad de Juan XXIII, basta recordar
todo lo que el Concilio por él concebido y convocado,
aunque no terminado, significó y significará
para la Iglesia del tercer milenio.
La confianza en Dios y en los medios sobrenaturales como
remedio adecuado frente a la situación político-social
de la modernidad
La acción apostólica de ambos pontífices
puede comprenderse a partir de la esperanza que ambos pusieron
en los medios sobrenaturales como remedio adecuado y proporcional
a los males de su tiempo.
Esta confianza en los medios sobrenaturales como remedio
contra los males de la época moderna, ambos pontífices
la puntualizaron ante todo en el culto al Corazón
de Jesús, en la invocación del auxilio de
la Virgen María y en el patrocinio de San José.
En su encíclica Quanta cura, del 8 de diciembre de
1864, que tanta polémica suscitó, Pío
IX se expresaba así: «Venerables hermanos,
ahora, sobre todo en medio de las grandes calamidades de
la Iglesia y de la sociedad civil, en medio de la conspiración
de los enemigos contra el catolicismo y esta Sede Apostólica;
en medio de tanta abundancia de errores, es completamente
necesario que acudamos con confianza al trono de gracia
para que consigamos misericordia y hallemos gracia en el
auxilio conveniente. Por lo cual hemos pensado en excitar
la piedad de todos los fieles, a fin de que aunados con
Nos y con vosotros, oren y pidan al Padre clementísimo
de las luces y misericordias con oraciones fervorosísimas
y humildísimas; acudan siempre con fe plena a Nuestro
Señor Jesucristo; y pidan sin intermisión
y con fuerza al Corazón dulcísimo de Jesús,
víctima de amor ardentísimo para con los hombres,
para que con sus lazos de amor arrastre todas las cosas
hacia Sí, y para que todos los hombres, inflamados
en el amor suyo santísimo, procedan según
su Corazón, agradando a Dios en todas las cosas y
produciendo frutos de toda clase de buenas obras».
En 1856 extendió la fiesta del Sagrado Corazón
a la Iglesia universal, en 1864 beatificó a Margarita-María
y con ello recibió tal impulso el movimiento de devoción
al Sagrado Corazón de Jesús, propagado especialmente
por dos grandes apóstoles; el padre Ramière
y el padre Chevalier que con razón se ha podido llamar
al siglo xix a partir del pontificado de Pío IX como
el «siglo del Sagrado Corazón». El padre
Ramière hizo llegar al Papa una petición de
consagración del mundo al Corazón de Jesús.
Había logrado la adhesión de 525 obispos y
de más de un millón de fieles, y debido a
algunas objeciones que algunos pusieron el Papa no consideró
oportuno realizarla pero mandó a la sagrada Congregación
de ritos que enviara a todos los obispos una fórmula
de consagración para que se recitara públicamente
el 16 de junio de 1875, segundo centenario de la gran aparición.
En cuanto a Juan XXIII, siendo aún joven párroco
diría que no esperaba de su acción pastoral
ningún fruto si no estuviese fundamentada en el Corazón
de Jesús.
No hace falta recordar que el Papa Juan XXIII fue devotísimo
de la Virgen María. Al ser elegido Papa en 1958 renovó
su promesa de rezar el Rosario entero, es decir, los 15
misterios, cada día. Así lo recuerda en la
fiesta de la Asunción de 1961: «El Rosario,
que a comienzos de 1958 me comprometí a rezar devotamente
todo entero, ha venido a ser ejercicio de continua meditación
y de contemplación tranquila y cotidiana, que mantiene
abierto mi espíritu al vastísimo campo de
mi magisterio y ministerio de pastor máximo de la
Iglesia, y de padre universal de las almas».
En la fiesta de San Miguel Arcángel de 1961, Juan
XXIII dirigió al episcopado y a todos los fieles
del orbe católico una Carta apostólica en
la que, recordando la memoria de su predecesor León
XIII, que al llegar el mes de octubre cada año invitaba
a toda la Iglesia al rezo del Rosario con una nueva encíclica,
dice: «El Rosario... es forma devota de unión
con Dios, y siempre de alta elevación espiritual».
Era tan grande la certeza que tenía Juan XXIII en
el papel de María Santísima en la economía
de la salvación, que llegó a escribir en Aetate
hac nostra: «Quien apartado por las borrascas de este
mundo, rehúsa asirse a la mano auxiliadora de María,
pone en peligro su salvación».
Pío IX, por su parte, en su Testamento espiritual,
se expresaba sobre el Santo Rosario en las siguientes palabras:
«Oh, cómo me consuela el Rosario en este lecho
de muerte. Es el Rosario un evangelio compendiado y dará
a los que lo rezan los ríos de paz de que nos habla
la Escritura; es la devoción más hermosa,
más rica en gracias y gratísima al Corazón
de María. Sea éste, hijos míos, mi
testamento para que os acordéis de mí en la
tierra».
Durante siglos, la Iglesia esperó el día en
que San José sería proclamado como el primero
y mayor de los santos, protector y patrono de la Iglesia,
hasta que el 8 de diciembre de 1870, el Papa de la Inmaculada,
Pío IX, secundando unánimemente aspiraciones
y deseos de obispos, clero y pueblo cristiano, se confiaba
él mismo y todos los fieles al patrocinio de San
José, y lo declaraba patrono de la Iglesia católica.
Por su parte, el Papa Juan XXIII, devotísimo también
de San José, publicaría con fecha 19 de marzo
de 1961 una Carta apostólica en honor del padre adoptivo
de Jesús donde lo nombraba patrono del Concilio Vaticano
II: «¡Oh San José, invocado y venerado
como protector del Concilio Vaticano II! Aquí es
donde deseamos llevaros, al enviaros esta Carta apostólica
precisamente el 19 de marzo, cuando con la celebración
de San José, Patrono de la Iglesia universal vuestras
almas podían sentirse movidas a mayor fervor por
una participación más intensa de oración,
ardiente y perseverante en las solicitudes de la Iglesia
maestra y madre, docente y directora de este extraordinario
acontecimiento del Concilio ecuménico XXI y Vaticano
II (...) ¡Oh San José! Aquí está
tu puesto como “Protector universalis Ecclesiae”.
Hemos querido ofrecerte a través de las palabras
y documentos de nuestros inmediatos Predecesores del siglo
pasado, de Pío IX a Pío XII, una corona de
honor como eco de las muestras de afectuosa veneración
que ya surgen de todas las naciones y de todos los países
de misión. Sé siempre nuestro protector».
En la misma línea conviene recordar la introducción
que hizo el Papa del nombre de San José en la Plegaria
Eucarística I (Canon romano), cuyo texto se había
mantenido sin alteraciones desde tiempos inmemoriales.
Dos papas, dos momentos históricos distintos, una
misma simpatía y cercanía popular, pero sobre
todo dos papas que en un mundo que ha querido prescindir
de Dios y ha puesto sus esperanzas en falsos humanismos,
proclaman con su magisterio y con su vida que sólo
de Dios podemos esperar la salvación. Las textos
que transcribimos a continuación en los que se hace
referencia a la publicación del Syllabus y a la Convocatoria
del Concilio Vaticano II son una buena muestra de ello.
«Dios me ha inspirado a mí, su indigno Vicario,
tres cosas: aplicar el remedio a las llagas que consumen
a la sociedad moderna, y por eso he publicado la Encíclica
Quanta Cura y el Syllabus; abrir los tesoros de la misericordia
celestial, y por eso he concedido el Jubileo; poner en evidencia
las virtudes de los buenos cristianos, y por eso he dado
los decretos que ponen en los altares a esos héroes.
¡Cosa notable! Dios nos obliga a levantar un baluarte
contra el torrente de la corrupción general y quiere
que ese baluarte lo formen una legión de mártires,
confesores y vírgenes» (palabras pronunciadas
por Pío IX en la iglesia del Gesú, el 26 de
diciembre de 1864).
«Siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores, también
Nos, venerables hermanos, deseamos ardientemente invitar
a todo el mundo católico a preparase con la oración,
las buenas obras y la penitencia. Y puesto que la oración
pública es el medio más eficaz para obtener
las gracias divinas, según la promesa misma de Cristo
”Donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20),
es preciso, pues, que los fieles todos sean un solo corazón
y una sola alma como en los primeros tiempos de la Iglesia
(cf. Hch 4, 32), e impetrar de Dios, mediante la oración
y la penitencia, que este extraordinario acontecimiento
[el Concilio Vaticano II] produzca aquellos frutos saludables
que están en la esperanza de todos, es decir, una
tal reactivación de la fe católica, un tal
reflorecimiento de caridad y de las buenas costumbres cristianas,
que despierte, incluso en los hermanos separados, un vivo
y eficaz deseo de unidad sincera y operante» (Juan
XXIII, encíclica Paenitentiam agere, de 1 de julio
1962).
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