En el Congreso Josefino
de El Salvador, septiembre de 2001
Conversaciones telefónicas recientes
sobre el riquísimo contenido doctrinal que hallamos
en los volúmenes publicados a partir del Congreso
de 1970 sobre San José en los quince primeros siglos
de la Iglesia, y el título de la ponencia de Pedro
de La Noy al próximo Simposio de El Salvador: "De
la Redemptoris Custos a la Teología dogmática",
me han sugerido una idea que voy a exponer del modo más
explícito que esté a mi alcance.
La doctrina sobre San José ha
ido madurando ciertamente con lentitud y retraso en comparación
no sólo con la cristología, sino incluso con
la mariología. Y parece haberse dado como una tendencia
al silencio que ha hecho posible, a veces, ciertas vacilaciones
y algún retroceso en las formulaciones doctrinales.
Pero parece falso y desorientador suponer,
como se hace a veces, que sabemos muy poco sobre San José.
Existe en la Iglesia, en el pueblo de Dios, en el sentido
de la fe del pueblo cristiano, en la tradición teológica,
en la liturgia y en la plegaria de los fieles, un contenido
objetivo cierto, conexo con las verdades más centrales
sobre la Encarnación redentora y la economía
del Misterio salvífico. Hay, pues, que reconocer
la posibilidad de elaborar una dogmática sobre el
Patriarca San José, apoyada en aquellas fuentes,
y que alcanzaría a una enunciación sistemática
coherente y fundamentada.
A modo de invitación a quienes
participen de esta convicción, aludiré a algunos
puntos sobre los que me parece alcanzada una alentadora
certeza en la contemplación del Patriarca José
en su oficio en la obra de Salvación de la humanidad.
Esta certeza no se ha expresado en formulaciones ex catedra
por parte del magisterio pontificio, pero sí en numerosas
expresiones por parte de los Papas o de los obispos, que
dan un testimonio indudable de cuál es la fe de la
Iglesia sobre el Patriarca José.
Unas palabras de Paulo VI, incluídas
por Juan Pablo II en la Redemptoris Custos núm.7,
ponen a José con María, en antítesis
con Adán y Eva en cuanto fuente del mal en el mundo,
en el inicio de la Salvación de la humanidad:
"En el umbral del Nuevo Testamento
(...) hay una pareja; la de José y María constituye
el vértice por el cual la santidad se esparce por
toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la Salvación
con esta unión virginal y santa."
En esta perspectiva que contempla a
San José puesto por designio divino en el inicio
de la Salvación de la humanidad, se había
situado ya el obispo Venerable Torras i Bages:
"Hay un bienaventurado en el cielo
a quien Cristo, Señor nuestro, constituyó
Padre, protector e intercesor de todo el linaje humano,
porque fue Padre, protector y custodio suyo en la tierra,
y el amor de Cristo hacia nosotros es tan grande que quiso
darnos el mismo padre y la misma madre que Él tuvo"
(Obres Completes del Ilm. Senyor Doctor Josep Torras i Bages,
Bisbe de Vic, Barcelona, Biblioteca Balmes, 1935, vol. XXV,
págs. 13-14).
"Predestinación admirable
de José sobre todos los antiguos Patriarcas: Adán
es el tronco del linaje humano: San José lo es del
pueblo cristiano; Abraham, Padre de los creyentes: también
San José; San José protector de Cristo, protector
del pueblo cristiano. Cristo y el pueblo cristiano forman
un solo cuerpo" (íbid. pág. 17)
Si contemplamos al Patriarca José
desde el designio salvífico por el que Dios dispuso
la Encarnación del Verbo, su misión nos hará
comprender adecuadamente el misterio de su matrimonio con
María y de su paternidad respecto de Jesús,
el Hijo de Dios. Escribió Garrigou-La Grange:
"Lo más probable es que
San José fue predestinado a su misión excepcional
antes que a la Gloria, pues su predestinación no
se distingue del decreto de la Encarnación, que no
se refiere a la misma Encarnación de un modo común,
sino a la Encarnación del Verbo de María Virgen
desposada al Varón llamado José, de la casa
de David" (De Christo Salvatore. Turín, 1945,
pág. 522. Citado por el P. Francisco de Paula Solà
en La predestinación de San José. Estudios
Josefinos, 19 (1965) pág. 165).
Estas afirmaciones vienen a ser la
consumación plena de la capital tesis que formuló
Francisco Suárez en la Disputación VIII de
su Comentario sobre la III Parte de la Summa Teológica
de Santo Tomás: De mysteriis vitae Christi, al afirmar
la pertenencia de José al orden hypostático.
Este mismo oficio o misión soteriológica
del Patriarca José ilumina la realidad y el significado
de su matrimonio con María y de su paternidad respecto
de Jesús. En la Encíclica de León XIII
Quamquam pluries hallamos este espléndido testimonio
pontificio de la fe de la Iglesia:
"La casa divina que José
gobernó con patria potestad contenía los comienzos
de la Iglesia naciente. La Virgen Santísima, al modo
como es la Madre de Cristo, así es la Madre de todos
los cristianos (...) por lo cual el bienaventurado Patriarca
tiene encomendada a sí, por razón peculiar,
la multitud de los cristianos de los que consta la Iglesia,
a saber, la familia innumerable extendida por toda la tierra
sobre la cual, por ser el esposo de María y el padre
de Jesucristo, goza de una autoridad de algún modo
paterna." (DS, 3262-3263).
León XIII afirma, pues, como
razón de ser del patrocinio paterno del Patriarca
José sobre la Iglesia el hecho de ser esposo de María
y padre de Jesucristo: quia vir Mariae et pater est Iesu
Christi. Es improcedente recordar vacilaciones, causadas
por dificultades conceptuales accidentales a la cuestión,
que se dieron en otros tiempos para no afirmar lo que ya
Suárez en su tiempo pudo establecer categóricamente:
la realidad del matrimonio de María y José
es una verdad de fe, como reconocen unánimememte
los teólogos (De mysteriis vitae Christi, Disp. VII,
Sect. 2, nº 2).
En la ordenación del matrimonio
con María al nacimiento del Hijo de Dios de la Madre
Virgen hallamos la razón del misterio del matrimonio
virginal y de la virginidad de José que, vindicada
por San Jerónimo (Contra Helvidio, ML 23, 203), fue
afirmada por San Pedro Damiano notando que es la fe de la
Iglesia (Ep. VI Ad Nicolaum Secundum. ML 145, 384). Fe de
la que dan también testimonio las frecuentísimas
expresiones del lenguaje de la Iglesia en su plegaria privada
y pública al invocar a José como "el
castísimo esposo de María".
El capital tema de la paternidad de
José respecto a Jesús ha progresado también
en la misma teología en nuestros últimos siglos.
Había sido ya orientado en el sentido adecuado por
San Agustín y por cierto en conexión con el
hecho de la transmisión de la herencia davídica
por José, al que en el Evangelio hallamos como nombrado
e invocado en nombre de Dios por su Ángel, "hijo
de David".
El capital principio podría
hoy, después de los espléndidos y documentados
estudios, ser afirmado en la forma más indudable.
Voy a alegar sólo dos testimonios que coinciden con
otros innumerables: el de Juan Pablo II, que calificaba
la paternidad de José respecto de Jesús como
"encarnación perfecta de la paternidad en la
familia humana y al mismo tiempo sagrada" (Catequesis
en la Audiencia de 19 de marzo de 1980) y el del santo y
ferviente apóstol de San José José
María Vilaseca, que habló así de la
paternidad virginal del Señor San José:
"La paternidad virginal del Señor
San José con relación a Cristo, Señor
nuestro, es tan divina como la de su divino matrimonio,
y supuesto que éste es verdadero, indudablemente,
pues de él nos hablan las Sagradas Páginas,
así también estos mismos Libros nos demuestran
que es real esta divina paternidad. El mismo Crisóstomo,
arrebatado en espíritu por esta sublime doctrina
tan honrosa para el que es padre de Dios, lleno de admiración,
dijo: "¡Oh, bienaventurado José, tú
eres el verdadero padre de Cristo (...) así te proclaman
los Evangelistas, así te llamó tu misma esposa!"
(Muy piadosas preces al Señor San José, México,
1837, día 27 de febrero, lección III).
Quiero añadir aquí, en
apoyo de la doctrina del Padre Vilaseca, y recuerdo de homenaje
al que fue mi maestro en Teología Josefina, el Padre
Francisco de Paula Solà S.I., que también
este afirmaba la legitimidad de la expresión "padre
de Dios" atribuída a San José (Pertenencia
de María y de José al orden hypostático,
Estudios Josefinos, 1962, pág. 143).
La excelsa misión de San José
fue ya caracterizada por Suárez como "superior"
a la de los mismos Apóstoles, y como consecuencia
de ella, sostenía que podía también
afirmarse una primacía en la santidad, en la fidelidad
con la que el que el Evangelio califica de "justo"
ejercitó en su obediencia la fe en las promesas y
designios divinos.
León XIII, en su encíclica, afirma: "Es
cierto que la dignidad de la Madre de Dios es tan alta que
nada podría superarla (...) pero no hay duda de que
San José se acercó más que nadie a
aquella dignidad por la que la Madre de Dios es superior
a todas las naturalezas creadas".
Con este texto en el que advertimos
una afirmación sin ningún matiz interrogativo
ni limitativo, concuerdan plegarias como las preces eucarísticas
que aprobó el Papa Benedicto XV para la solemne reserva
del Santísimo Sacramento, que concluyen con las dos
deprecaciones:
"Bendito sea San José,
su castísmo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos"
Santa Teresa del Niño Jesús,
hace pocos años proclamada Doctor de la Iglesia,
en sus manuscritos autobiográficos afirma que desde
su infancia "se confundía su devoción
a San José con la que profesaba a la Virgen Santísima".
Su ejemplo puede aducirse para dar razón a quienes
consideran que el culto a San José tendría
que ser visto más como cercano al que damos a la
Virgen Madre de Dios que al que tributamos a todos los demás
ángeles y santos. Tampoco se explicaría de
otro modo el sentido del culto a la Sagrada Familia tal
como fue aprobado por la Iglesia a partir de León
XIII y Benedicto XV.
En la pertenencia de José, como
Cabeza y Padre, a aquella familia que fue el origen de la
Iglesia, basaba precisamente San Bernardino de Siena, en
un celebérrimo sermón, su creencia en la resurrección
corporal de José, asociada a la de Cristo, y por
la que "aquella Santa Familia permanece eternamente
unida en la gloria como lo había estado en la tierra".
Esta doctrina no ha pasado hasta ahora de ser "piadosamente
creíble", pero no podemos olvidar que fue profesada
por muy insignes teólogos y santos, entre ellos por
el venerado y santo Pontífice, el Beato Juan XXIII.
Roguemos a la Santísima Virgen
y a su esposo el Patriarca José que uno de los frutos
del Simposio de El Salvador sea un resurgir de la Teología
Josefina que contribuya y ayude al magisterio jerárquico
a una mayor iluminación y exhortación de los
fieles en su devoción a San José.
En
Barcelona, 14 de septiembre del año 2001,
fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Firmado:
Francisco Canals Vidal
|