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La noticia dada por el cardenal Sodano
en Fátima después de la ceremonia de beatificación
de los dos videntes Francisco y Jacinta dio origen a una
renovada expectación sobre el contenido de la tercera
parte del llamado secreto de Fátima.
Tuvieron que pasar mas de 80 años
para que las revelaciones de la Virgen en Cova de Iria dadas
en la tercera aparición de los 13 de cada mes, concretamente
el 13 de julio, fueran conocidas en su integridad. Recordemos
brevemente la historia del secreto y la respuesta de la
Iglesia al mensaje de Fátima.
El 13 de julio de 1917 Lucía
y Jacinta tuvieron distintas visiones y mensajes de la Virgen
con el mandato de guardar secreto; sólo lo podían
comunicar a Francisco. El destinatario principal e inmediato
del mensaje era Lucía y era una manifestación
más, seguramente la más decisiva, de la misión
profética que tendría Lucía con el
fin de extender a toda la Iglesia la devoción al
Corazón Inmaculado de María, como prenda de
salvación y misericordia en estos tiempos de olvido
y menosprecio del amor de Dios para con todos los hombres.
Las dos primeras partes del secreto
fueron conocidas en el año 1941, después de
que en 1929 Lucía recibiera la comunicación
de la Virgen de que había llegado el momento en que
el Papa, junto con toda la Iglesia, consagrara al mundo
y de un modo especial a Rusia a su Corazón Inmaculado.
Esta petición estaba íntimamente relacionada
con una parte del secreto, especialmente con los acontecimientos
y promesas que, como había manifestado la Virgen,
se derivarían de la fidelidad al cumplimiento de
su petición de Consagración del mundo y de
Rusia. A partir de aquel momento Lucía procurará
que se cumplan los deseos manifestados por la Virgen, después
de insistentes peticiones de la vidente dirigidas al Santo
Padre, primero a través del obispo de Leiria, luego
a iniciativa de todos los obispos portugueses y, por último.
Ella misma, y a fin de «abreviar los tiempos de tribulación»,
se dirige directamente al Santo Padre con la misma petición.
Publicada ya esta parte del secreto, el papa Pío
XII en un mensaje enviado a Fátima con motivo de
la clausura de las celebraciones del 25 aniversario de las
apariciones, consagra a toda la humanidad al Corazón
Inmaculado de María y aunque no hace mención
explícita de Rusia se refiere de un modo claro a
aquellos pueblos que tienen especial necesidad y que con
tanta y reconocida devoción veneran en sus casas
el icono de la Virgen.
La consagración es explícitamente
la respuesta de la Iglesia a las peticiones que la Virgen
había hecho a través de Lucía. Podemos
subrayar algunos aspectos característicos de esta
consagración, que se repetirán en el futuro
en todo aquello relacionado con Fátima. El Papa consagra
no sólo as católicos, ni tan sólo a
la Iglesia, sino a toda la humanidad, es decir, pueblos
y naciones. Este gesto, como el mismo Santo Padre recuerda,
tiene un precedente no muy alejado en el tiempo y de origen
también parecido. El papa León XIII al inicio
del siglo xx,y con motivo del año jubilar, en la
encíclica Annum Sacrum, en respuesta de
igual modo a la petición de una religiosa, sor María
del Divino Corazón, transmisora de los deseos del
Corazón de Jesús, anuncia la consagración
de todo el genero humano al Sagrado Corazón de Jesús,
consagración que es prenda y esperanza de conversión
de todos los hombres y de que pronto llegue el momento en
que de todos pueblos reconozcan a un solo Dios y Señor.
Pío XII en 1942 «en
esta hora trágica de la historia humana –consagra
al Corazón Inmaculado de María- no sólo
a la Santa Iglesia que pena y sangra en tantas partes y
es por tantos modos atribulada, sino también a todo
el mundo herido por tantas discordias, abrasado en incendios
de odio, víctima de sus propias iniquidades... A
los pueblos que por el error y la discordia, especialmente
aquellos que os profesan singular devoción y en los
que no había casa que no tuviese y venerase vuestra
imagen (hoy tal vez escondida y reservada para mejores días)...
En fin, como fueron consagrados al Corazón de vuestro
Jesús, la Iglesia y todo el genero humano, para que
puestos en Él todas nuestras esperanza, les fuese
signo y prenda de victoria y salvación, del mismo
modo os son perpetuamente consagrados también a Vos
y a vuestro Corazón Inmaculado, oh Madre Nuestra,
Reina del mundo: para que por vuestro patrocinio se apresure
el triunfo del Reino de Dios y todas las generaciones humanas
pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada
y entonen con Vos, de un polo a otro de la tierra, un eterno
Magnificat de gloria, amor y reconocimiento al Corazón
de Jesús, donde se pueden encontrar la Verdad, la
Vida y la Paz».
Ya es conocida la admirable historia
de las repetidas consagraciones; por ocho veces, cuatro
en tiempo de Pío XII y cuatro por parte de Juan Pablo
II, se va a realizar la consagración de forma solemne
y publica. Después de cada una de las siete primeras
consagraciones Lucía manifiesta que no se cumple
totalmente lo pedido por la Virgen; era necesario que toda
la Iglesia consagrase el mundo y Rusia al Corazón
Inmaculado. No será hasta 1989, después de
la consagración realizada por el Papa Juan Pablo
II, junto con todos los obispos, el 25 de marzo de aquel
año, cuando, finalmente, sor Lucía manifieste
que se había ya cumplido lo pedido por la Virgen.
La respuesta en los acontecimientos
ratificaba la realización de aquella petición.
En aquel mismo año caía el muro de Berlín,
símbolo del poder comunista en una parte de Europa,
y se iniciaba el proceso de desintegración del sistema
comunista en la URSS, que culminaría el 8 de diciembre
de 1991, fecha en que dejaba de existir oficialmente la
URSS; el poder político que durante el siglo xx se
significó por realizar directamente, o apoyar en
otros lugares mediante los partidos comunistas de su propio
país, la persecución más sangrante
que los cristianos han sufrido a lo largo de toda su historia,
con mayor número de víctimas, con el propósito
explícito de borrar de la memoria, de la conciencia
y de la vida publica todo rastro de la fe en Dios; poder
político, inspirado en una ideología –el
marxismo– que había asumido como uno de sus
objetivos principales difundir el ateísmo, teórico
y practico, en los pueblos donde se instaurase y que debido
a las alianzas y consecuencias de las dos guerras mundiales
había triunfado en Rusia, convirtiendo aquellos pueblos
de gloriosa tradición cristiana en una de las grandes
potencias mundiales, exportadora de revolución atea
y amenaza permanente de la paz mundial.
Todos estos acontecimientos, de los
que se hacia referencia en el mensaje de Fátima,
tenían una evolución totalmente inesperada,
es decir, providencial, como consecuencia de la consagración
del 25 de marzo de 1989. Rusia aún no se ha convertido,
tal como había prometido la Virgen, pero podemos
confiar fundadamente que la humillación del poder
perseguidor y la posibilidad de que de nuevo se predique
y difunda la fe cristiana en el pueblo ruso son un signo
y anuncio que llegará pronto el día del cumplimiento
de las promesas de la Virgen.
Volviendo al tema de la historia del
secreto de Fátima, tenemos que hacer ahora referencia
a la tercera parte del secreto, que no fue puesta por escrito
por Lucía hasta 1944 a petición del obispo
de Leiria, ante el temor de que, debido a la falta de salud
de la vidente, pudiera a morir sin que la Iglesia hubiera
podido tener conocimiento de él. Después de
escribirlo, según ha manifestado actualmente, siguiendo
su propio criterio, pone como condición, al entregarlo
en un sobre lacrado al obispo de Leiria, que no sea dado
a conocer hasta el año 1960. Poco antes del cumplimiento
de dicho plazo fue entregado a Juan XXIII y, una vez leído,
decidió que continuase en secreto. Lo mismo ocurrió
años mas tarde en el pontificado de Pablo VI.
El atentado que sufrió Juan
Pablo II en la significativa fecha del 13 de mayo de 1981;
la realización, según Lucía, de lo
pedido por la Virgen, los acontecimientos inesperados que
dieron lugar a la caída del comunismo y la beatificación
de los videntes Francisco y Jacinta son hechos que preparan
la decisión de Juan Pablo II de dar a conocer esta
tercera parte del secreto de Fátima. Así era
anunciado el 13 de mayo de este año en Fátima
por el cardenal Sodano, en presencia de Juan Pablo II, después
de la ceremonia de beatificación de los pastorcillos
Francisco y Jacinta. Al mismo tiempo, se comunicaba que
se daría a conocer junto con un oportuno comentario
de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El
26 de junio se podía leer por Internet en la página
del Vaticano el mensaje, junto a una amplia documentación
preparada por dicha Congregación.
La respuesta de los medios de comunicación
que se mueven por el puro sensacionalismo fue de decepción
y en muchos de crítica y ridiculización del
contenido del mensaje. Nos parece que, como en tantos otros
casos, los católicos no hemos sido inmunes a la influencia
de estos comentarios. Como era de esperar, una vez satisfecha
la curiosidad, el silencio hace pronto olvidar la trascendencia
y el carácter providencial del mensaje ahora conocido.
En personas bien intencionadas hemos podido comprobar también
cierta perplejidad ante el mensaje; se han suscitado numerosas
cuestiones en torno a la publicación y a su contenido.
¿Era necesario tanto tiempo en secreto, dado el contenido
del mensaje? ¿Se ha publicado en su integridad el
mensaje? ¿Ha acontecido todo lo profetizado por el
mensaje? ¿Sólo se refiere a hechos del pasado?
Creemos que en gran parte estas preguntas y otras semejantes
pueden responderse leyendo atentamente el mensaje, con la
actitud que nos recomienda el apóstol san Juan en
el Apocalipsis: «Dichoso el que lea y dichosos los
que escuchen las palabras de esta profecía y guarden
lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca».
Recordando también las palabras con que se cierra
el Apocalipsis, que nos ponen en guardia para que no añadamos
ni quitemos nada de lo escrito en este libro.
Como dice la nota de presentación
de la Congregación para la Doctrina de la fe, «Fátima
es sin duda la más profética de las apariciones
modernas», y este mensaje nos tiene que ayudar discernir
sobre la realidad de «los dramáticos y crueles
acontecimientos del siglo xx, uno de los más cruciales
de la historia del hombre» e interpretarlos «según
una dimensión espiritual a que la mentalidad actual,
frecuentemente impregnada de racionalismo, es refractaria».
Siguiendo también alguna de
las indicaciones de la nota firmada por el cardenal Ratzinger,
presentada como un intento de interpretación del
contenido del mensaje y a modo solamente de sugerencias,
nos parece posible subrayar los siguientes puntos. En el
mensaje ahora conocido se reitera el anuncio de la intervención
maternal de la Virgen María en los acontecimientos
presentes, intervención que de no darse el mundo
se vería sumido en un gran castigo de destrucción
sin precedentes. Por tanto, es una llamada a la conversión,
a la penitencia y a la confianza en la intercesión
maternal de la Virgen que quiere mostrar a un mundo alejado
de Dios que los hombres son el objeto de la misericordia
divina, misericordia que siempre pasa por las entrañas
maternales de la Virgen María. En segundo lugar,
también esta parte del mensaje repite algo ya conocido:
estamos en la época de la gran persecución,
«el siglo de los mártires», como afirma
el cardenal Ratzinger, tantos hechos durante el siglo xx
así lo atestiguan; persecución tan universal
que no solamente alcanza hasta la misma persona del Santo
Padre, sino que da lugar a la destrucción de aquello
que ha sido y es el objeto de trabajos, ilusiones y desvelos
del hombre moderno: la gran ciudad que, como afirma la nota
explicativa, inspirándose sin duda en el pensamiento
agustiniano, «puede ser el lugar de comunión
y de progreso, pero también el lugar de peligro y
de la amenaza más extensa». Podríamos
también recordar aquello que nos dice el Apocalipsis
sobre la gran ciudad de la que se anuncia su destrucción:
«sobre la que llorarán los reyes de la tierra,
los que con ella fornicaron y se dieron al lujo cuando veían
la humareda de sus llamas. Se quedarán a distancia
horrorizados ante su suplicio y dirán: ¡Ay,
ay, la Gran Ciudad¡ ¡Babilonia, ciudad poderosa¡
que en una hora ha llegado tu juicio». Siguen todos
las lamentaciones de aquellos que se beneficiaron de la
riqueza de la gran ciudad y termina este capítulo
con palabras de consuelo y de esperanza muy semejante a
las que encontramos en el actual mensaje de Fátima:
«Alégrate por ella –la destrucción
de Babilonia– cielos, vosotros las santos y los profetas,
porque al condenarla a ella Dios ha juzgado sobre nuestra
causa... Porque en ella fue hallada la sangre de los profetas
y de los santos y de todos los degollados sobre la tierra».
El mensaje termina con palabras de
esperanza. La Iglesia de nuestros tiempos se acerca a Dios
vivificada por la sangre derramada por los mártires
y de este modo el mensaje de la Virgen muestra los planes
de misericordia de nuestro Dios que no sólo da la
sangre de su Hijo encarnado para la salvación del
mundo, sino que, además, quiere asociar a los hombres
que también dan su sangre por amor a Dios, al sacrifico
redentor de Cristo para la salvación de toda la humanidad.
Sólo nos queda, recordando las palabras de Pío
XII en la consagración al Inmaculado Corazón
de María –«para que se apresure el triunfo
del Reino de Dios»– y las de sor Lucía
–para que se «abrevien los días de tribulación»–,
repetir confiadamente las palabras que cada recitamos después
de la consagración: «Ven Señor, Jesús».
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