Las "veinticuatro
tesis" fueron aprobadas como principios y enunciados
mayores de Santo Tomás en 27 de junio de 1914, y
como "conteniendo todas ellas doctrina auténtica
de Santo Tomás, que habían de ser propuestas
como normas directivas seguras" en 7 de marzo de 1916.
Los responsables de su redacción fueron los que elevaron
a las competentes Congregaciones de la Santa Sede la consulta.
Por la naturaleza de las respuestas, en las que consta no
haber intervenido la entonces Congregación del Santo
Oficio, es obvio que su aprobación no las imponía
a un asentimiento especulativo. Reiteradamente se declaró
por la Santa Sede que seguía vigente la libertad
en las escuelas católicas entre diversos autores
y sistemas.
Pío XII, en
un discurso a la Universidad Gregoriana del día 17
de julio de 1953, precisaba:
"No se confunda la doctrina católica y las verdades
naturales coherentes con ella y reconocidas por todos los
católicos con los propios elementos y los conceptos
peculiares por los que se diferencian etre sí los
varios sistemas filosóficos y teológicos que
se encuentran en la Iglesia."
"Los varios sistemas de doctrina a que la Iglesia permite
adherirse han de convenir absolutamente en todo aquello
que había sido conocido con certeza por la filosofía
antigua y por la filosofía cristiana desde los primeros
tiempos de la Iglesia".
"Pero este conjunto de conocimientos no ha sido expuesto
por ningún otro autor tan lúcidamente, de
modo tan claro y perfecto, ya se atienda a la recíproca
concordancia de cada una de las partes, ya a su acuerdo
con las verdades de la fe y a la espléndida coherencia
que éstas presentan, ni ninguno ha edificado de todos
ellos una síntesis tan proporcionada y sólida,
como Santo Tomás de Aquino, según dijo León
XIII."
Estas palabras de Pío
XII ayudan a comprender cuál es el contenido y el
sentido de las veinticuatro tesis en orden a una caracterización
de la síntesis filosófica tomista.Había
afirmado el Papa Pío X :
"Al proponer a
Santo Tomás como principal guía de la filosofía
escolástica, queríamos entender esto, sobre
todo, de los principios del Santo sobre los que descansa,
como en sus fundamentos, su filosofía."
"En estos principios de Santo Tomás, considerados
en su conjunto y universalmente, no se contiene otra cosa
sino lo que los más excelentes filósofos y
los principales doctores de la Iglesia hallaron sobre el
adecuado concepto del conocimiento humano, sobre la naturaleza
de Dios y de los entes creados, sobre el orden moral y la
consecución del último fin."
"Lo que en la filosofía de Santo Tomás
es capital no debe ser tenido en el género de las
opiniones sobre las que es lícito disputar en sentidos
opuestos, sino que debe ser considerado como los fundamentos
en que se apoya toda la ciencia de las cosas naturales y
divinas." (Motu proprio Doctoris Angelici, 29 de junio
de 1914).
La comparación
de las palabras de San Pío X con las de Pío
XII muestra la coincidencia: "Lo que en la filosofía
de Santo Tomás es capital, no debe ser tenido en
el género de las opiniones sobre las que es lícito
disputar" ;" es absolutamente necesario que estén
de acuerdo los varios sistemas de doctrina a que permite
adherirse la Iglesia (...) con todo aquello que había
sido conocido con certeza por la filosofía antigua
y por la filosofía cristiana."
Por otra parte, las
palabras de Pío XII que sostienen que ningún
otro Doctor ha construido en forma tan coherente un edificio
doctrinal racionalmente sólido y proporcionado y
acorde con la fe hacen comprensible que San Pío X
declarase con energía que se apartan lejos de Santo
Tomás "los que interpretan perversamente o absolutamente
desprecian los puntos que en su filosofía son principios
y enunciados mayores" (Ibid.).
Si por el reiterado
reconocimiento de la libertad de las escuelas consta que
las veinticuatro tesis no dejaron de ser, por virtud de
las respuestas de 1914 y 1916, doctrinas opinables, también
parece que debe admitirse que aquellas aprobaciones trataban
de delimitar algunas líneas fundamentales de aquel
edificio doctrinal elogiado por Pío XII como el construído
sobre aquellas verdades obligatorias en la forma más
coherente y sólida, es decir, de la síntesis
filosófica de Santo Tomás de Aquino.
Las veinticuatro tesis
fueron redactadas por tomistas de la Compañía
de Jesús con el intento de que la respuesta de la
Santa Sede fuese garantía de la legitimidad de su
enseñanza. San Ignacio, en las constituciones de
la Compañía, había puesto a Santo Tomás
de Aquino y a Aristóteles como normativos para la
enseñanza de la teología y de la filosofía.
Estas mismas circunstancias
explican que las veinticuatro tesis sean doctrinas que delimitan
la síntesis tomista preferentemente frente al suarismo.
Contienen una elaboración de la doctrina del acto
y la potencia, ciertamente muy acertada y útil para
una comprensión auténtica de la síntesis
tomista, pero claramente insuficiente para una reelaboración
actual de una filosofía cristiana, es decir, distinguida
pero unida y no separada respecto de la Sacra Doctrina,
que ponga de manifiesto la aptitud, que alababa León
XIII en la doctrina de Santo Tomás, para corregir
los errores contemporáneos y recoger los frutos de
un progreso sano y verdadero.
Esta tarea exigirá
ante todo advertir la coherencia armónica del aristotelismo
tomista con aquellos principios capitales heredados de San
Agustín y de los Padres latinos y griegos, que precisamente
por estar más cercanos a la herencia común
del pensamiento cristiano tienen un carácter nuclear
y capital en la síntesis del Doctor Angélico."Aquel
gran discípulo de San Agustín" -así
hablaba de Santo Tomás el agustiniano Cardenal Enrique
Noris- asumió la doctrina aristotélica del
acto y la potencia desde la intención central de
su tarea teológica: la armonía entre la gracia
y la naturaleza, que la gracia presupone y perfecciona.
Entre los aristotélicos
tiene un lugar preeminente, como reconoció nada menos
que Brentano, y la autenticidad de su comprensión
de la potencia pura, la materia prima como "el término
medio entre el ente en acto y la nada" hizo posible
también la luminosa comprensión de la unidad
hylemórfica del compuesto humano y el estudio de
las potencias del alma, la naturaleza del acto intelectual
y la infinitación intencional del cognoscente en
acto de conocer. Temas centrales en la consideración
de la referencia del hombre a la verdad del ente que en
Santo Tomás constituye la fundamentación metafísica
del "realismo pensante", y deja sin sentido el
camino perdido de una "teoría del conocimiento".
Santo Tomásllevó
a la línea del ente transcendental la correlación
potencia-acto, no porque entendiese la esencia y la forma
en cuanto tal, que afirma ser acto, en univocidad con la
materia o con la nada, sino porque alcanzó a afirmar
el ser (esse) como "el acto del ente": "el
ser mismo es lo perfectísimo puesto que se compara
a todo a modo de acto (...) y el ser mismo es la actualidad
de todas las cosas y aun de las mismas formas, por lo que
no se compara a lo otro como lo recipiente a lo recibido,
sino como lo recibido al que recibe" (S. Th. Iª
Qu. IV artº 1º).
La distinción
entre la esencia y el ser como constitutiva del ente finito
y creado, se integra en la perspectiva, desde la que se
entiende metafísicamente a Dios como "el Ser
mismo subsistente", en la que no alcanzamos a situarnos
en la verdadera atmósfera de Santo Tomás si
descuidamos la simplicísima advertencia de Cayetano:
"El ente se convierte con el bien". La creatureidad
no se define formalmente por la dependencia o por la finitud,
sino por la participación en la perfección
, que Dios comunica libremente y liberalmente en el acto
creador. Dios no crea para adquirir ni aumentar su propia
infinita perfección, sino para comunicarla por los
bienes que reparte a las criaturas. "Nosotros somos
porque Dios es bueno": es esta una afirmación
de San Agustín que pertenece también a aquello
que en Santo Tomás es capital.
"El bien difusivo
de sí mismo" del neoplatonismo cristiano no
es antitético sino fundante respecto del bien como
"aquello a que todas las cosas tienden". Porque
las cosas tienden a su perfección y lo bueno es el
ente "perfectivo de lo otro a modo de fin". La
comprensión agustiniana de las dimensiones del bien
creado: modo, especie y orden, como vestigio de la divina
Trinidad, que en el ser personal son memoria, inteligencia
y voluntad como su imagen son, con el ejemplarismo agustiniano,
capitales en la síntesis del Doctor Angélico.
Por esto Santo Tomás
puede pensar los grados de perfección del ser como
niveles de emanación, que constituyen la vida, y
el supremo grado de vida que es según la inteligencia,
cuya operación vital natural es el lenguaje. Por
eso Santo Tomás puede caracterizar el individuo viviente
según el entendimiento, en el que se funda la inclinación
personal del amor, como lo dignísimo en toda la naturaleza,
y afirmar que la persona es lo único que es por sí
mismo querido en el universo de los entes, mientras que
todas las demás cosas lo son por causa de la persona.
"La gloria de Dios es que el hombre viva", decía
San Ireneo de Lyon.
La finitud no es algo
negativo ni privativo. Al ente finito le ha comunicado Dios,
que crea por pura liberalidad, y cuyo amor infunde y crea
la bondad en las cosas, las potencias receptivas de perfección
que son como el modo de la perfección participada.
Así, no somos corpóreos porque se nos haya
privado de la espiritualidad pura de un ángel, sino
porque Dios ha querido que participen del carácter
de imágenes de su vida, también seres corpóreos;
ni somos finitos sino porque Dios se ha dignado comunicar
la semejanza participada de su bien infinito a una multitud
de entes diversos en su naturaleza y en su grado de perfección.
La ontología
agustiniana del bien finito, especie, modo y orden, capital
en la obra de Santo Tomás, permite también
superar la antítesis entre intelectualismo y voluntarismo
en la naturaleza de la felicidad. Podría decirse
que en la bienaventuranza eterna su esencia o especie es
el bien divino, objeto óptimo de la contemplación
intelectual; su modo, la inmediatez intuitiva, cara a cara,
de la contemplación beatificante; su orden, el amor
teologal que permanece plenamente en la vida eterna y que
poseemos los hombres viadores como lo más excelente
ya desde ahora.
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